Jazz
Aunque nacido en Estados Unidos en el profundo albor del siglo XX, el jazz se ha convertido en una de las músicas más universales de los tiempos modernos y su lenguaje rítmico y libertad expresiva ha sido asimilada por músicos de todas las latitudes y todas las épocas. Su categoría mestiza confronta la instrumentación, la melodía y la armonía de la música europea con el ritmo, el fraseo y el alma del blues, que a su vez proviene de la música africana. Conducido por un elemento intangible llamado “swing” y reinventado en cada interpretación por su carácter improvisacional, el jazz tomó el control de la música en Nueva Orleans, la cuna del jazz, y luego en Chicago, Kansas City y Nueva York, la capital del jazz, atravesando las décadas con un sinnúmero de estilos subsidiarios que explican el nacimiento de escuelas y estéticas: ragtime, stride o hot jazz en los primeros años, swing, bop, cool y third stream en una edad mediana, free, avant-garde y fusión en los tiempos modernos. Un cuadro de honor del jazz se ilustra con creadores universales, que son además los principales referentes de la historia: en la tradición están Jelly Roll Morton, Louis Armstrong y Duke Ellington y en la modernidad Charlie Parker, Miles Davis y John Coltrane.
Joaquín Fuentes forma parte de la generación del jazz de la pospandemia, precoces músicos que surgieron en la escena a fines de los años '10, se encontraron de lleno con el estallido social y las cuarentenas de 2020 y salieron a flote con presencia en discos y apariciones en el circuito: Alfredo Tauber, Juan Pablo Salvo, Camilo Aliaga o Nahuel Blanco, por mencionar a algunos de los más visibles durante ese período. En su caso, sin estudios formales de música ni de piano, Fuentes se convirtió en líder y estrenó el disco de piano trío La búsqueda (2019), un dinámico primer ejercicio de creación que marcó un rumbo.
Músico e ingeniero en sonido, Alejandro Manríquez integra una partida de guitarristas de jazz que fueron promovidos por el Instituto Projazz desde mediados de los años 2000 (Nicolás Yankovic, Armando Ulloa, Cristóbal Gómez, Diego Riedemann), pero su ruta camino fue acercándose siempre a la música de fusiones latinas. Primero como colaborador de las cantantes de jazz y bossa Muriel Valle y Verónica Garay, del compositor, bajista, pianista y acordeonista Pedro Melo (de Entrama), y finalmente a través de sus propios discos.
Una vida musical de itinerancias tuvo la cantante de jazz Juana Rodríguez, iniciada muy joven en el circuito de la música popular chilena en los tempranos ’90, antes de convertirse en solista en lugares tan cosmopolitas como Barcelona (2000), donde grabó su primer disco de standards, Speak low (2006), y en Nueva York (2006), donde continuó con su trabajo de composición, arreglos y performance en el jazz vocal.
A la zaga de las cantantes de jazz más reconocidas de la década de 1990, como Rossana Saavedra y Claudia Acuña, una joven Muriel Valle comenzó a aparecer en un circuito alternativo al epicentro del Club de Jazz. Sin embargo fue ella la que primero editó un trabajo de canciones norteamericanas, como voz iniciada en este campo: en 1999 autoprodujo y publicó el disco Standard jazz y blues, a dúo con el guitarrista Christopher Fox. Casi como un "eslabón perdido" del canto jazzístico, Muriel Valle conectó a dos generaciones de cantantes: la de los años '90 y la que surgió en los tempranos años 2000 con Myriam Olivares y Alexandra Inzunza.
Saxofonista alto y flautista, compositor, integrante del grupo de fusión Motete y además geólogo, Sergio Joaquín Olivares es un exponente del jazz contemporáneo en el norte. El paisaje del desierto de Atacama, la ciudad de Copiapó donde nació y se formó como músico y la inmensidad de la geografía en ese territorio han estado presentes en su historia musical, hasta desembocar en sus primeros trabajos, Subducción (2023) y Orogénesis (2026), donde Olivares compaginaba los mundos de la música y la geología.
Dos décadas a la cabeza del grupo Nexus teóricamente hablan de una bitácora sin contratiempos en el viaje del saxofonista alto Patricio Ramírez. Pero eso es sólo la parte final de una historia de múltiple militancia, idas y venidas y permanentes altibajos de quien ha sido considerado uno de los primeros jazzistas no tradicionales de nuestra historia, el más respetado y vigente de su generación desde que apareciera en 1955 por el Club de Jazz y estallara como el gran referente del saxofón moderno en un paso transversal por las décadas.
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Formado en 2005 a partir de la unión de los quintetos de los guitarristas Roberto Dañobeitía y Federico Dannemann, esta pequeña orquesta de jazz tardó apenas una temporada en demostrar la viabilidad de una línea creativa que hasta entonces no había sido abordada en el trabajo de las big bands chilenas vinculadas a la estética del swing. Quintessence estableció un enfoque contemporáneo con respecto a la composición para ensambles y la expansión de los arreglos orquestales.
Ignacio Gutiérrez es un saxofonista tenor de la escena jazzística de la pospandemia. Sus recorridos musicales de tienen que ver con el territorio de Valparaíso y la Quinta Región y más que nada con el formato de la big band, que fue su espacio de formación y primera época pese a que en su disco debut Gutiérrez expuso música para quinteto de jazz contemporáneo. Nacido en Curepto y criado en Talca, a los 18 años comenzó estudios de música en la U. de Valparaíso y al año siguiente ya se encontraba explorando la dinámica y la orgánica del saxofón y la música improvisada. La llegada del saxofonista Jonathan Gatica desde Quilicura a Viña del Mar sería un hito para Gutiérrez, quien se hizo su alumno de saxofón y jazz. Junto a Gatica y otros estudiantes Gutiérrez integró el ensamble Retrasax, que estudiaba e interpretaba solos de Charlie Parker en armonías a cinco voces, junto con piezas originales del propio Gatica. Para ese conjunto Gutiérrez escribió una de sus primeras piezas, titulada "Trawun". Más adelante estudió con Agustín Moya con miras a ampliar su rango como solista y luego se integró a la orquesta porteña Situación de Calle Big Band, dirigida por el trombonista de la Quinta Región José Moraga. Junto a esta agrupación grabó el disco Visiones (2025) y junto a la bigband del propio Moraga, el disco Caminos (2024). En 2025, con el sello Animales en la Vía, Ignacio Gutiérrez presentó su primer disco como líder y compositor, titulado Por fin acá, con un quinteto formado por José Moraga (trombón), Nicolás Reyes (guitarra), Felipe Ovalle (contrabajo) y Ayelén Lautaro (batería)
Orlando Avendaño instala su nombre en la historia del jazz chileno como el baterista que estableció definitivamente en los escenarios la dinámica, la intensidad y la agresividad de los primeros solistas bop surgidos en Nueva York a partir de la década de 1940. Fue, a la larga, el sucesor de Lucho Córdova como figura predominante en el jazz tras los tambores y platillos, experimentando una carrera profesional meteórica que lo llevó a integrar una serie de conjuntos fundamentales a partir del año 1960. Orlando Avendaño es el “niño terrible del jazz”.
Agrupación orquestal de swing vinculada al instituto del mismo nombre y que inició su trayectoria bajo la dirección del cornista y trompetista Gerhard Mornhinweg. Ha revisado repertorios abiertos desde el swing clásico al jazz crossover. Al momento de llegar a la Projazz Big Band, el propio Mornhinweg ya tenía gran experiencia en la conducción de estas agrupaciones de jazz en bloque, dado que desde 1994 encabezaba la emblemática Conchalí Big Band y muchos de sus músicos llegaron al Instituto Projazz en calidad de becados para seguir aprendiendo.
Fueron algunos de los defensores más acérrimos del jazz clásico en Chile, provenientes de distintos grupos históricos, los que se reunieron en una all stars para retomar sus acciones y formaron la Old Fashion Jazz Band. Fue una agrupación de “preservadores” y cultores de las antiguas modas de lo que se llamó “trad jazz”, y se presentaron principalmente en programaciones didácticas y familiares en el Club de Jazz capitalino.
Baterista de jazz de la generación cero-cero, la historia de René Gatica ha transcurrido largamente en Buenos Aires, a donde llegó a los 22 años para estudiar y convertirse en un músico profesional. Desde Argentina tomó posición como sideman de músicos de la primera línea de la escena, como el pianista Ernesto Jodos, y en 2017 se estrenó como líder con un quinteto post-bop con el que grabó el disco Rana, su histórico apodo surgido del popular títere televisivo (la Rana René), una derivación fonética y de marcado carácter bebop de su nombre de pila.
Una década completa de vida musical en España retrasó en parte la entrada del baterista Cristóbal Massis al circuito del jazz chileno. Desde que apareció en 2011 tocando en el quinteto del trompetista Cristián Cuturrufo, su nombre se multiplicó en colaboraciones y apariciones en diversos escenarios. Estudioso de las tradiciones baterísticas más amplias, Massis desembocó en un análisis de la música de tríos de Bill Evans, liderando a su vez, en 2017, su primer elenco en este formato, el mismo con que grabó el álbum We love Bill Evans (2018).
Para Roberto Lecaros —el patriarca del clan de jazzistas chilenos que lleva ese apellido— la enseñanza fue tal vez la más trascendental de las artistas de su historia como músico. Desde que en 1979 fundara una de las primeras academias de formación en estos rudimentos, Lecaros tuvo siempre la mirada atenta en los "diamantes en bruto" que pudieran aparecer en su entorno. Su club, el recordado L'Atelier, operó como escenario de lanzamiento de nuevas figuras desde los años '80: los guitarristas Mauricio Rodríguez o Roberto Dañobeitía, los contrabajistas Jorge Rocha o Rodrigo Galarce, y el baterista Cristóbal Rojas se llevaron su primeros aplausos en L'Atelier o tocando al interior de las bandas de Roberto Lecaros.
Guitarrista de jazz fusión, compositor y líder de proyectos, Luciano Vergara Yáñez ha sido un nombre en la escena de músicas creativas de Valparaíso, donde en tiempos pandémicos organizó su gran "instrumento", un sexteto con el que daría forma y sonido a sus partituras. Integrante de la Orquesta Andina, proyecto porteño del compositor y director Félix Cárdenas, Vergara se planteó entonces en un punto confluyente entre la música de cámara de tradición escrita y la improvisación jazzística, con el grupo que presentó entonces en espacios de Valparaíso como Luciano Vergara Ensamble. Así utilizó sonoridades de distintos mundos musicales, guitarra eléctrica, piano, contrabajo, batería, saxofón, bandoneón y violín. Su primer disco es Música para romper ciclos (2024), un sólido cuerpo de composiciones que como estreno en la escena al año siguiente la valió el premio Pulsar en la categoría Fusión.
La Orquesta Huambaly fue la más popular, sobresaliente y profesional agrupación de música afrocubana en la explosiva década de 1950, con repertorios de mambo, chachachá, rumba, bolero e incluso swing que estimularon a un nuevo público chileno y de paso lanzaron al estrellato a una serie de solistas de alta categoría que integraban sus filas. Durante toda la década fue la orquesta tropical mayor, primero con sus temporadas en el restorán Nuria y finalmente con la histórica gira por Europa de 1959, que como corolario de un éxito sin precedentes también precipitó su final. En honor a su memoria y su música vibrante, 50 años después de su disolución nuevos músicos recogieron el legado para interpretar esos repertorios pioneros formando una una "nueva orquesta Huambaly".
Desde su aparición a comienzos de los '70 a la cabeza del Trío Jazz Moderno, el pianista Moncho Romero se transformó en uno de los principales músicos chilenos que profundizaron sobre la estructura del trío jazzístico acústico. Romero no sólo fue un músico de jazz permanente, sino que además actuó como contrabajista clásico en la Orquesta Sinfónica de Concepción, su ciudad natal.
Elenco de jazz manouche y swing gitano encabezado por el guitarrista Cristóbal Gómez, quien en paralelo a su trabajo solista como músico de jazz contemporáneo fue progresivamente explorando la tradición de la guitarra y el swing de Django Reinhardt. De este modo, Gómez incluso llegó a integrarse temporalmente como primera guitarra a las alineaciones del grupo Santiago Hot Club, tras la retirada del astro Panchito Cabrera en 2007.
No sólo su nombre y presencia frente al micrófono del grupo experimental, rockero y subversivo Fulano marcó una línea de música en dictadura. También fue el enfoque vanguardista que Arlette Jequier le dio al canto popular el que instauró toda una escuela musical desde el underground. Ocurrió desde mediados de los ‘80, cuando el sexteto apareció por primera vez en universidades y subterráneos con esta joven cantante, y también en las décadas posteriores cuando dos generaciones de voces femeninas encontraron en Jequier un sello musical y una inspiración absoluta. Independizada después de 30 años, Jequier abrió otra rama del canto cuando inició su camino solista con una propuesta que ella definió como "la música de lo impermanente", representada en las canciones de su primer disco, Aire (2018).