2000
Trompetista y fiscornista formado en la Universidad de Chile. Desde ese campo de la música docta contemporánea fue emigrando hacia otras rumbos creativos y expresivos, vinculándose con la escena del underground y el avant-garde de mediados de los 2000. Integró los talleres de improvisación de Martin Joseph y junto a su hermano mayor, el saxofonista Edén Carrasco, y también ha realizado trabajos en la música experimental como integrante del grupo de free rock LaKut. En 2016 se unió a la banda de fusión contemporánea de la cantante Arlette Jequier y entre sus principales colaboraciones en el campo del jazz figura su presencia en el sexteto del clarinetista Mauricio Barraza que se presentó en 2015 en el Festival de Jazz de Providencia.
Delineado desde los años de esplendor de la radio, la orquesta, la boite y la industria discográfica propias del siglo veinte, la figura del músico de oficio capaz de valerse en los diversos géneros populares de la época en Chile tiene una expresión exacta en Rafael Traslaviña. Con más de seis décadas dedicadas a la música, este pianista tocó y grabó en discos de jazz, cueca, tango y otros ritmos bailables, y a su muerte ocurrida en 2011 dejó como herencia una estatura bien ganada entre los principales instrumentistas de esa era en la música popular.
Luego de las muchas sociedades musicales que ocuparon al músico Miguel Conejeros desde los años ochenta, Fiat600 ha resultado ser su proyecto más duradero y de amplio alcance. La autogestión de esta persistente propuesta electrónica es la marca musical más profunda de un músico vinculado en su temprana juventud al punk-rock local, y que también mantuvo en paralelo al dúo Bipolar, pero que hoy se asienta cómodamente a solas entre máquinas.
El usual desinterés de los músicos por clasificar su obra es un lugar común que no corre con este grupo, iniciado como Familia Miranda y transformado luego en Familea (se pronuncia "Famílea") Miranda. En el ejercicio de definir su estilo, por ejemplo, caben términos autoacuñados como "Añejeida noiserock" y "Super sonic acid noize lo-fi". O "Rock millonario de Santiago de Chile", si hay que mostrar el pasaporte. Lo que hacen no tiene nombre: cada vez hay que inventarle uno nuevo, desde sus inicios en 1999 en Santiago de Chile hasta la expedición europea que sostienen desde 2006 a la fecha con sede en Barcelona. Así se escucha en sus discos Familia Miranda (2001), Ferguson (2003) y Ensayo ≠ error (2006). Es rock instrumental, propulsado por guitarras eléctricas, con actitud punk pero inquietud por experimentar y donde la imaginación no sólo sirve para inventar nombres: esta música suena fuerte, pero responde a una relojería fina y rigurosa.
No son muchas las agrupaciones chilenas con la tradición de un instrumento —y no la de un repertorio— como brújula de trabajo, y Diapasón Porteño destaca por esa excepcionalidad y por la libertad con que la asumen. Así, sus grabaciones y colaboraciones abarcan el trabajo con tonadas, tango, boleros y cuecas. El extendido oficio musical de sus integrantes ha ganado la confianza de intérpretes tan reconocidos como Ángel Parra, Cecilia Echenique y Max Berrú, a quienes han secundado en la grabación de discos. Su objetivo ha sido, dicen sus integrantes, ejercer como «un eslabón entre los antiguos cultores de la guitarra popular chilena y latinoamericana, y las nuevas generaciones».
Tres nuevos nombres del bajo eléctrico en torno al jazz-funk estallaron a mediados de los 2000: entre Jaime Ferrada (en Alüzinati) y Roberto Trujillo (en LaMonArt), el único que se pasó al contrabajo de manera determinante fue Eduardo Peña, conocido en los círculos jazzísticos como Crespo. Un músico solvente e inquieto que se abrió paso en la escena con una pulsante propulsión de líneas de soporte, composiciones personales y un inédito liderazgo de agrupaciones entre una partida de emergentes contrabajistas de esa década: Alonso Durán, Nelson Vera, Sebastián Gómez, Pablo Vidal o Milton Russell, son algunos de sus contemporáneos.
Trío de vocación experimental, vinculado en diferentes momentos de su histori a bandas como diAblo y Colectivo No. Su dirección sonora ha sido el dub, música jamaicana originada en la expansión sónica de las bases del reggae remezcladas y procesadas. Con presentaciones en Santiago, Valparaíso, Lima y hasta Londres, logró configurar una discografía hecha de compilaciones, remezclas, registros en vivo y grabaciones compartidas con otros músicos. Fueron, también, parte habitual de diversos encuentros de música experimental en Chile, tales como Fobia y La Experimental Experience, antes del cierre de la primera década de los 2000.
Una canción ambientada en el capitalino barrio Bellavista de comienzos de los '80 es la nítida postal con que empieza a sonar la historia de Rudy Wiedmaier, un autor y cantante que se inició como trovador de canciones acústicas y que derivó desde el Canto Nuevo hacia el rock, el soul y la adaptación musical de poetas chilenos.
No son muchos los dúos que en la historia de la música popular chilena consiguieran tanto el éxito como para traspasar con buenas posibilidades las fronteras. Tal vez Sonia y Myriam sea el único antecedente importante hasta la aparición de La Sociedad, la dupla formada por Daniel Guerrero y Pablo Castro que logró imponer en los años noventa la canción romántica con notable respuesta del público, marcando incluso clásicos radiales, como "Nada quedará". Su historia tuvo episodios internacionales, hasta que al comienzo de los 2000 terminó, y sus dos integrantes iniciaron disímiles carreras en la composición, la producción y el trabajo solista. El 2012 anunciaron una serie de presentaciones en vivo, inaugurando una segunda etapa en la historia de La Sociedad, la que se extendió por cuatro años.
Saxofonista y flautista iniciada en el jazz en '80 en la escuela de Roberto Lecaros, Amelia Wenborne fue una pionera entre las mujeres instrumentistas dentro del jazz, más allá de la tradicional participación de género en el canto. Pronto pasó a acomodarse en el lenguaje del swing orquestal y sobre todo en el latin jazz, integrando filas de cañas en agrupaciones como Los Andes Big Band (del trompetista Santiago Cerda) e Irazú (del saxofonista Raúl Gutiérrez). Ha tocado en los círculos del Club de Jazz desde los tiempos de la sede en calle California. También es profesora de saxofón en el Instituto Projazz.
Productor, compositor y multiinstrumentista, Camilo Cintolesi desarrolló durante años su labor musical vinculándose a otras bandas, principalmente Tiro De Gracia (de la cual fue parte durante dos años). Acumula hasta ahora dos álbumes solistas (en 2005 y 2010), así como una experiencia breve como gestor de un sello independiente (Maravilla Records). Hijo del músico Vittorio Cintolesi, vivió parte de su niñez en París, y se inició en tempranas clases de piano y guitarra eléctrica. Formó sus primeras bandas cuando aún era estudiante escolar, de entre las cuales la más destacada fue Roma (con la cual publicó Vagomundo, en 1990; y, más tarde, el EP Rock chileno). Cintolesi tiene el título de ingeniero de ejecución en sonido, y como tal asesoró puntuales etapas de las bandas Bambú, Weichafe, Rojo Latino e Índice. Desde 2016 su vehículo de trabajo musical es la Camilo Cintolesi Band.
Videoclips, singles incluidos en compilados y espacios creados por ella misma en radio, TV e internet, además de discos como Barouh (2012) e Inevitable (2015) fueron las herramientas con que la cantante Paula Barouh ha hecho oír rock melódico bajo influencias de música industrial, electrónica y oscura. Vocalista invitada en discos de Mal de Chagas, Santo Barrio, Usted No! , entre otros, inició su formación vocal a los 17 años, y cuenta entre sus maestras a Ana María Meza. Más adelante Paula Barouh replanteó su música presentándose con el nombre de Descargo y Maleficio, una propuesta de electrónica de beats y canciones, y una puesta en escena de bordes teatrales. La música y la imagen se plantearon entonces como crítica hacia el entorno social y artístico de Chile, descrito a través de las ideas de hostilidad, desigualdad y desesperanza. En cierto modo, el álbum Descargo y maleficio (2018) vino a anticipar el estallido social de un año después.
Claudia Elso integra una partida de solistas sureñas con voz propia que se hicieron escuchar a fines de los años 2000 en distintos frentes, desde Vasti Michel y Fabiola González, comprometidas con el folclor, hasta Rocío Peña y Daniela Henríquez, dentro del pop. Su trabajo autoral tomó cuerpo en 2013, cuando publicó el disco Concepción árbol de poder, representativo de la ciudad donde nació y se convirtió en músico.
Una de las primeras y más establecidas bandas del rock experimental durante los '90, fue la que encabezaron el bajista José Miguel Candela y la cantante Cecilia García. En una década de existencia Cangrejo delineó un camino muy propio, integrando no sólo los tópicos habituales en el rock, sino también una serie de variantes expresivas: improvisación libre, composición electroacústica, canción tradicional, experimentación con poesía e incluso el teatro y la danza contemporánea como artes integradas a su discurso.
Una canción de amor atípica para los estándares populares —adulta, de cuidados arreglos instrumentales, muchas veces dramática— es la forma por la que se ha encauzado la voz poderosa de Gloria Simonetti, incluso desde su temprana juventud. La cantante se convirtió en la intérprete femenina chilena más exitosa de la generación surgida después del Neofolclor, y desde sus inicios en los años sesenta ha persistido casi sin interrupciones en su aplicación a la música.
Una mezcla de cantautor, rockero y cantante pop es Gonzalo Yáñez, músico uruguayo afincado en Chile desde su adolescencia, y quien tuvo su primer acercamiento profesional a la música a través de la banda No me Acuerdo. Fue un grupo de vida breve que contó, sin embargo, en un momento con la producción de Jorge González. Ese contacto motivó más tarde la incorporación de Yáñez como guitarrista invitado de Los Prisioneros. Hoy el joven se desempaña como solista, y compositor y productor por encargo.
Ha sido la gestión del colectivo Los Guachacas lo que, desde fines de los años '90, ha mantenido activo y le ha dado nombre público a Dióscoro Rojas. Sin embargo, el cantautor desarrolló en su juventud una interesante carrera musical, que en distintos momentos lo emparentó con la Nueva Canción Chilena y el Canto Nuevo. Hoy es más preciso describir su trabajo como el de un gestor cultural y cantautor que se ocupa de manera amplia de los códigos de la música, la cultura y las emociones de la vida popular urbana.
Ha sido una excepción en el jazz mundial, y ciertamente en el jazz local, el liderazgo de los contrabajistas, músicos hechos y formateados para el apoyo de un solista o como parte de una sección de ritmo. Salvo grabaciones como las de René Sandoval, Marco Reyes y Daniel Navarrete, el contrabajo permaneció por décadas en el plano secundario. Por eso la aparición de Rodrigo Álvarez desde Concepción señala también una vía de acceso a estas variantes. Álvarez publicó Creciente (2010) junto a otros músicos de esa ciudad sureña, y más tarde, con Concepción (2015), consolidó una faceta como compositor de jazz. Luego, Álvarez alcanzaría también la composición para música de cámara contemporánea, con obras para piano, cuarteto de cuerdas o clarinete solo.
Como una joven promesa de la guitarra eléctrica en los comienzos de 1991, Mauricio Rodríguez traspasó rápidamente los territorios del blues-rock en que se desplazaba siendo miembro de La Banda del Capitán Corneta, para instalarse como uno de los guitarristas de jazz más activos y sobresalientes del período. Presente en la escena del jazz de la transición, Rodríguez fue parte de la generación que expandió esta música hacia una nueva época en la composición moderna y la autogestión discográfica, representada en uno de los trabajos pioneros en este ámbito: el disco Datriza, que produjo en 1998 con su primer conjunto como líder, Almendra Trío.
Máscaras de luchadores mexicanos sobre sus rostros, identidades ficticias como Percutor, Cobalto y Conde Danilo Wagner, el ideario que atraviesa todo su trabajo y el sonido que cultivan son los rasgos que permiten reconocer a Enmascarados de Monterrey. Es imposible referirse a esta música –oscilante entre el rock crudo, eléctrico y críptico y la electrónica instrumental– sin tomar en cuenta la imaginería religiosa y mexicana que inunda la concepción completa de la banda.