2000
Sólo superado por la popular cantante argentina María Jimena Pereyra en el debutante concurso televisivo de talentos vocales de TVN, “Rojo, fama contrafama”, Leandro Martínez (su nombre real es Sergio Martínez) saltó desde el set para ubicarse como el nuevo gran exponente de la balada latina AM, tras la generación de cantantes que dominaron los '90: Santos Chávez, Álvaro Véliz o Douglas. Martínez fue uno de los favoritos durante todo el período de vigencia del semillero y alcanzó resonancia entre el gran público con sus álbumes editados por BMG, Todo lo que soy (2003) y El deseo de amar (2005).
Trío de música experimental nacido desde la Universidad Católica, a partir de la experiencia del guitarrista Marco Palma, como alumno de composición. El conjunto, que operó como núeclo de rock, con guitarra, bajo y batería, dio, sin embargo, mayor protagonismo a los materiales sonoros, obtenidos de objetos de la vida cotidiana. La banda perteneció a una generación de cultores de música improvisada durante la década de los 2000, junto a nombres como Payaya, Dolores Fiuler, Sollec y Yonhosago.
Parte de una familia de músicos, Bronko Yotte se acercó tímidamente al rap al salir del colegio, justo en los años en que el género se extendía masivamente en el mundo y en Chile. Tras fenómenos como el disco Ser humano, de 1997 de Tiro de Gracia, las presentaciones de rap se hicieron frecuentes en festivales estudiantiles y en ese circuito dio sus primeros pasos. Desde entonces, ha acumulado más de una decena de producciones, en las que han aparecido varias veces músicos de otras dimensiones, como Gepe o Cristóbal Briceño, con canciones que hablan menos de barrios, y más de reflexiones existenciales. Es profesor de lenguaje y ejerció ea profesión por casi una década, y, en simultáneo, ha desarrollado en la música varios equipos de trabajo (protagónica es su sociedad con la cantante Masquemusica). Bronko Yotte ha sido también el compositor y el productor de casi toda su historia musical, y en ese camino ha llegado a parrillas radiales y a grandes escenarios, convertido en uno de los nombres más llamativos y coloridos del hip-hop chileno.
Hay varias etapas en la historia de Lucybell, separadas cada una por las distintas formaciones del grupo y una evidente evolución en su sonido. Con más de tres décadas de trabajo, y una proyección continental paulatina; a la biografía del grupo la definen también las entradas, salidas y reingresos de sus integrantes, todos los cuales registran además proyectos en paralelo al de la banda. Fue una dinámica que nunca amenazó la estabilidad de su nombre, capaz de mostrar una trayectoria firme en un estilo distintivo, que, sin abrazar los códigos más obvios de lo popular, consiguió varios hits (“Mataz”, “De sudor y ternura”, “Carnaval”, "Milagro", “Mil caminos”, "Tu sangre", "Sembrando en el mar", y otros). Su éxito en Chile derivó en los esfuerzos de internacionalización que ocuparon durante un tiempo al grupo, sobre todo en Los Ángeles (California) y Ciudad de México. A inicios de 2025, Lucybell —para entonces, ya consolidado como un trío— anunció formalmente el «receso indefinido» de su trabajo en la música, el cual se hizo efectivo con masivos shows de despedida en Santiago de Chile, en octubre de 2025.
El agua y el viento son los elementos naturales que confluyen en la formación de este grupo, como está escrito textual en las historias anteriores de sus integrantes. El cantante y compositor Nelson Araya se inició en Agua, y la dupla entre José Miguel Marambio y Óscar Larraín proviene de Viento del Sur, los dos grupos chilenos literalmente más viajeros de cuantos se aventuraron en la música latinoamericana en los años '70 y '80.
La historia del grupo de rock experimental y progresivo Ábrete Gandul aparece dividida en dos etapas definidas por su estética musical que hacen pensar en la puesta en marcha de dos bandas distintas que operaron bajo el mismo nombre.
Verónica Jara es una cultora del canto latinoamericano y la música de raíz folclórica, que ella expone a través de una propuesta de fusión. Autora, compositora, intérprete y educadora, su nombre tuvo un primer eco en la música chilena en 1998, cuando obtuvo el premio a la mejor intérprete de la competencia folclórica en el Festival de Viña del Mar. En esa oportunidad cantó la tonada punteada "Revoloteando en el alma", junto al grupo Viento. Diez años después, Verónica Jara volvería a competir en esa categoría, con su canción "Yo no tengo la culpa", pieza en 6/8 con guitarra eléctrica que titularía el disco que más representativo de su historial como cantautora: Yo no tengo la culpa (2011).
El uso metafórico de una planta agreste como símbolo de rebeldía explica el nombre de uno de los mejores grupos aportado por el Canto Nuevo a la música chilena. Ortiga nació bajo dictadura pero con la inspiración trascendente de la Nueva Canción Chilena, y debió trabajar bajo circunstancias históricas adversas un lenguaje musical plagado de simbolismos, sutilezas y omisiones que muchas veces fueron incluso más explícitas que aquello que entonces no se permitía decirse. Su condición de «puente» entre ambos movimientos es evidente en las citas de su discografía, pero es también dato biográfico: el conjunto tuvo su raíz en los talleres del Quilapayún formados en 1971 para desparramar simultáneamente por todo Chile el canto social de la Unidad Popular. Aunque su largada en Santiago generó justificada atención, e hitos musicales, su decisión de emigrar a Europa, en 1983, afianza la mayor parte de su historia fuera de nuestras fronteras.
Con un sonido denso y oscuro, este trío santiaguino asomó en la movida rockera chilena de inicios de los 2000 con elementos contemporáneos y recursos musicales perspicaces. Tan raro como su nombre, Pacu (que es como en guaraní se le llama a un pez de río de gran tamaño y muy estimado por su carne) buscaba inspiración en grupos extranjeros, como los estadounidenses Tool, para demostrar sus aires progresivos y la fusión de rudeza con sonidos electrónicos. Con su disco Sube (desde la profundidad del ser) (2004), además de lucir la sólida interpretación del vocalista Claudio Robledo mostraron un elegante uso de secuencias y sonidos electrónicos, trabajados junto a César Ascencio, guitarrista de la banda rockera Libra.
La mujer que con mayor sentimiento ha cantado el vals peruano y el bolero en Chile es Palmenia Pizarro. Iniciada a comienzos de los años ‘60, desarrolló su carrera en Chile y luego en México, donde vivió y cantó entre 1973 y 1997. Revalorada por una nueva generación de auditores desde los años '90, tal como ocurrió con Cecilia, Palmenia Pizarro reanudó su trabajo en escenarios en Chile en una ruta que la consolidó como una de las indiscutidas reinas en el canto popular. Solo se vio interrumpida debido a una enfermedad que la sacó de los escenarios en 2024, pero su nombre es parte de la historia ancha y profunda de la música popular chilena, con un sello, canto y sensibilidad quedaron marcados en valses y boleros como "Cariño malo", "Ódiame", "Ajeno" y "Amarraditos".
La bitácora de viaje del grupo Congreso mantendrá por siempre un espacio reservado a la figura de Ernesto Holman, el bajista eléctrico que introdujo sonoridades modernas y nuevas propuestas no sólo al interior de este conjunto quilpueíno, sino entre una amplia comunidad de músicos de fusión que siguieron sus pasos. Holman abrió las posibilidades expresivas del llamado bajo activo a un grupo de solistas en las décadas de 1980 y 1990, demostrando que su instrumento no necesariamente debía estar relegado a una sección rítmica. Holman ha sido, además, un pionero en la inspiración de la música mapuche y militante de la "resistencia ternaria", una defensa aguerrida de los ritmos de la tierra.
Contrabajista egresado de la Conchalí Big Band, ha integrado agrupaciones jóvenes durante los últimos años 2000 como los quintetos post-bop y avant-garde de los saxofonistas Cristián Gallardo y Diego Manuschevich, el cuarteto del guitarrista Diego Farías, además de la formación de octeto de 2007 y 2008 de Los Ogros del Swing.
Fontanabeat fue la continuación de Marinaclub, el trío pop que el guitarrista y compositor Claudio Pérez Herrera formó en 2001. Ampliado entonces a cuarteto junto a una nueva cantante femenina, Catalina Binder, comenzó a funcionar en la música pop incrustando elementos de funk, hip-hop y electrónica. Su sonido fiestero legó un único EP, Primera temporada (2007). Poco después de su disolución en 2009, Pérez Herrera, que trabajaba además en la industria de la música y la publicidad, siguió adelante como solista con un disco de canciones propias, titulado Recreo (2011).
Cantautora moderna que se inspira en la raíz folclórica, Paula Herrera comenzó actuando con el pseudónimo de Amarantha para no ser confundida con la "hermana menor" de uno de sus padrinos musicales, Pablo Herrera. Pero al comenzar la década de 2010 recuperó su identidad, dejó atrás el pop y la balada de sus discos Sueño de vida (2008) y Once (2009), y tomó definitivamente el camino de la canción de autor expuesta en un álbum que marcaría ese quiebre decisivo: Verde y celeste (2011).
Una década completa de vida musical en España retrasó en parte la entrada del baterista Cristóbal Massis al circuito del jazz chileno. Desde que apareció en 2011 tocando en el quinteto del trompetista Cristián Cuturrufo, su nombre se multiplicó en colaboraciones y apariciones en diversos escenarios. Estudioso de las tradiciones baterísticas más amplias, Massis desembocó en un análisis de la música de tríos de Bill Evans, liderando a su vez, en 2017, su primer elenco en este formato, el mismo con que grabó el álbum We love Bill Evans (2018).
Versátil baterista y estudioso de las músicas actuales, Cristóbal Tobar tiene una historia que transita en diversos caminos simultáneamente, entre el jazz sanguíneo en el que se inició hasta el drum and bass y sobre todo el funk en sus distintas dimensiones. Ocasionalmente DJ y activo músico de figuras del pop independiente como Pedropiedra, Mariel Mariel, Andrés Landon, Marcelo Vergara y el grupo Uruz, Tobar tuvo su estreno como líder con un proyecto de jazz funk al que denominó Nasty Trío y con el que en 2017 llegó al disco: Sucio y sensual.
En la segunda mitad de los años noventa, la céntrica población de San Eugenio cobijó a una escena subterránea de hip-hop que, alentada por el éxito mediático de grupos como La Pozze Latina y Makiza, apuntó a emigrar desde los circuitos marginales para transformarse en referentes masivos. Nombres como Léxico y JF2 quedaron tempranamente en el camino, pero el trío MDM sí supo abrazar el éxito comercial e imprimirle a su propuesta un sello distintivo, que llegó a radios con temas como "Baby silicona" y "Todo te di". Acuñaron el concepto «Gremlyn-style» para definir su música: rimas que sin dejar la contingencia y crítica social tuvieron al humor como uno de sus principales ingredientes. A lo largo de doce años y dos discos, MDM aportó varios nuevos rasgos al hip-hop chileno.
Andrés Pérez Muñoz es uno de los saxofonistas de jazz de mayor contundencia aparecidos en el inicio del milenio, poco después de que arribara Agustín Moya, formado en la Conchalí Big Band, la misma orquesta educativa en la que él se instruyó. Ahí donde Moya tiene potencia como solista, Pérez exhibe un lirismo propio. Solista, compositor, líder de conjuntos, productor musical, investigador, gestor y dirigente gremial, además de sus trabajos estrictamente musicales, que incluyen la formación y dirección de la Mapocho Orquesta, Andrés Pérez es el responsable de la gestión editorial del Real book chileno.
Antonio Toño Restucci es uno de los compositores y solistas más relevantes en la historia de la música de fusión en Chile. Guitarrista y sobre todo mandolinista, generó un lenguaje musical que terminó ramificándose en la música chilena contemporáne, en distintos espacios y tiempos, consolidando una posición aparentemente secundaria como nombre propio, pero central como una entidad musical desde la década de 1980, cuando la idea de fusión pasó de ser una vanguardia a una escuela musical. Antonio Restucci ha sido un músico influyente y respetado, a partir de esa propuesta de mixturas musicales desde sus cuerdas, acústicas, que toman elementos del folclor latinoamericano, la música flamenca, la música docta y el jazz fusión.
Hay una ventana abierta hacia alguna playa del Caribe en la tapa del disco con que Mambotur empezó a vender música electrónica en Europa durante 2002, pero la imagen no es caribeña ni europea. La ventana de la foto está a unas cuadras de la calle Tobalaba en Santiago, en una casa de calle Crisantemos, y de donde salió un grupo chileno de música electrónica célebre en el mundo exterior. En la escalada de gente que desde fines de los años 90 mezcló bases tecno y sonido tropical en Chile, Mambotur fue el tercer peldaño después de Gonzalo Martínez y de Señor Coconut, y el dúo que mejor explotó el estilo.