Osvaldo Torres

Compositor, intérprete e investigador, Osvaldo Torres fue uno de los miembros fundadores de Illapu, a quienes acompañó por siete años, y luego ha desarrollado su trabajo musical solista principalmente en Francia, aunque siempre fiel a la identidad cultural de su lugar de origen. Ha dedicado la vida a la poesía, la música y el estudio de la historia, tradiciones y vida de la cultura nortina de Chile. Su discografía combina trabajos solistas y colaboraciones (Horacio Durán, Claudio Pájaro Araya, Quilapayún, entre otros), y ha trabajado además con los conjuntos Quilmay y Karumanta.

Fechas

Antofagasta - 23 de enero de 1953

Décadas

1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Grupos

Osvaldo Torres

Milena Bahamonde

Illapu y los orígenes
La historia artística de Torres comienza en Antofagasta, por los años '70, cuando su padre le habló de unos primos lejanos, Roberto y Andrés Márquez, que cantaban en la Radio Cooperativa con el cuarteto Los Quintos (muy semejante al Clan 91 y a Los Bric-a-Brac). El joven ya estudiaba charango y quena, se avecinó a los parientes y juntos formaron el conjunto Illampu («rayo» en quechua), que luego pasó a llamarse Illapu. La propuesta fue esta vez diferente: desarrollar un estilo y una forma musical vinculados a las raíces del norte chileno, basándose en las culturas kunza y aymará. Osvaldo Torres permaneció en el conjunto desde su creación en 1970 hasta 1977, y aportó a su repertorio composiciones como "Baguala india" y "Chungará". En las siguientes décadas, volvería a colaborar con el conjunto en algunos discos y proyectos puntuales.

El período inicial de la dictadura en Chile lo pasó en Santiago, entre peñas y otros palcos del Canto Nuevo. Destaca en este período su creación del monólogo La vigilia (1978), a petición de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Describe el libro Canción valiente:

En la pieza, las voces de cuatro recitadoras (todas ellas integrantes de la AFDD) acompañan el relato de una mujer que busca a su esposo desaparecido. Al monólogo de su dolor se le intercalan canciones alusivas al drama mayor del país. Las dos mil quinientas copias que alcanzaron a publicarse de un casete con la grabación de la obra se repartieron mano a mano, y son hoy tan difíciles de encontrar como algún registro de las únicas siete ocasiones en las que ésta se presentó en vivo. Durante octubre de 1979, un grupo compuesto por Osvaldo Torres, Isabel Aldunate, cuatro recitadoras y tres instrumentistas montó La vigilia en espacios como la Parroquia de la Universidad de Concepción, el templo de los Padres Franciscanos de Chillán, la Iglesia del Espíritu Santo de Iquique, y la capitalina Vicaría de la Solidaridad. En la localidad de Lonquén, cerca de Santiago, se mostró parte de la obra en actos de homenaje organizados luego del hallazgo de restos humanos en los hornos de una mina de cal […]. De más está decir que, a sólo cinco años del Golpe de Estado, encuentros como aquéllos debían organizarse con sumo cuidado y sin posibilidad alguna de promoción. «Llegábamos a cada lugar sin saber si habría o no público», recuerda Torres.

Antes de decidir en 1985 su mudanza a París, Francia, Osvaldo Torres alcanzó a publicar cuatro cassettes para el sello Alerce, todos ellos centrados en música, sonidos y tradición nortina. Desde su residencia europea, tardaría diez años en retomar las publicaciones discográficas (con Les araucans du Chili, 1995).

La continuidad
Osvaldo Torres regresó a Chile en 1999 para presentar su disco Fósil... la continuidad. El disco era para entonces uno entre muchos derroteros de trabajo, también con encargos musicales para la televisión francesa, películas del cineasta Bernard Giraudeau, y un disco para niños, entre otros. El total de su recorrido como investigador y músico está abordado en el libro «Cuando la memoria era un río…». Cantares de Osvaldo Torres (2014), del sociólogo iquiqueño Bernardo Guerrero. Comenta ahí el académico sobre el trabajo del creador:

Lo que está claro es que lo andino es el común denominador de su obra. Lo andino entendido como sonoridad y como ética […]. Se aleja del folklorista que recoge piezas para ese museo que es el escenario. Discrepa del que se admira de lo exótico. Lo de Torres es tratar de ver el mundo como lo ven los aymaras. Por lo mismo, viaja, lee, convive y vuelve a leer, vuelve a convivir y vuelve a viajar.