Quilapayún
Foto: Antonio Larrea

Discos

Quilapayún

Quilapayún es la expresión más comprometida y política de la música en Chile, y al mismo tiempo un poderoso proyecto artístico. El grupo fue el mayor emblema de la Nueva Canción Chilena, el más identificado con el gobierno de la Unidad Popular,  y su repertorio fue el que mejor representó, antes y después del Golpe Militar de 1973, a la izquierda política del país y de otras partes del mundo. En 1973, nombrados “embajadores culturales” por Salvador Allende, estaban en París el 11 de septiembre y allí comenzó su exilio. Los años siguientes tuvieron una intensa actividad de solidaridad con Chile y un proceso de renovación artística. El fin de la dictadura en 1988 significó la salida de algunos integrantes y un período de menor actividad. Tras algunas crisis, y la existencia de dos grupos que reclamaban el nombre Quilapayún, hoy continúan su historia, con músicos en Chile y Francia, y consagrados como una de las agrupaciones más importantes de la historia de la música popular chilena.

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Años

Santiago, 1965 -

Décadas

1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Integrantes

Julio Numhauser, voz y guitarra (1965 – 1967).
Julio Carrasco, voz y charango (1965 – 1968).
Eduardo Carrasco, voz, quena, zampoña y dirección (1965 – 1988 / 2003 – • QCh).
Patricio Castillo
, voz y bajo (1965 – 1966 / 1969 – 1971 / / 1992 – • QFr).
Carlos Quezada
, voz y percusión (1966 – 1992 / 2003 – • QCh).
Pedro Ávalos (1967).
Guillermo Willy Oddó, voz y guitarra (1967 – 1987).
Rodolfo Parada, voz, guitarra y dirección artística (1968 – • QFr).
Hernán Gómez, voz, guitarra, charango, zampoña y quena (1968 – 2002 / 2003 – • QCh).
Rubén Escudero, voz y charango (1971 – 1974 / 2003 – • QCh).
Hugo Lagos
, voz, quena, zampoña, guitarra, cuatro y tiple (1973 – 2002 / 2003 – • QCh).
Guillermo García
, voz, guitarra y percusión (1974 – 2001 / 2003 – • QCh).
Ricardo Venegas, voz, quena, zampoña, guitarra, cuatro, charango y bajo (1979 – 1992 / 2003 – • QCh).
Patricio Wang, voz, piano y dirección musical (1982 – • QFr).
Daniel Valladares, voz, charango, cuatro y tiple (1992 – 2004).
Cristián Goza, voz, quena, guitarra, charango y tiple (2002 – 2004).
Marcelo Velis, voz y guitarra (2002 – 2003).
Álvaro Pinto, voz, quenacho, zampoña, tiple, cuatro y mandolina (2002 – 2004 / • QFr).
Mario Contreras, voz, guitarra, tiple, charango, bongó y congas (2002 – • QFr).
Ismael Oddó
, voz y guitarra (2003 – • QCh).
Chañaral Ortega, voz y piano (2003 – 2006 QFr).
Sergio Arriagada, voz, quena, zampoña y flauta traversa (2003 – • QFr).
Sebastián Quezada, voz y percusión (2005 – • QCh).
Ricardo Venegas (hijo), voz, bajo y guitarra (2004 – • QCh)
Fernando Carrasco, voz, guitarra, charango, quena (2009 – • QCh).

-QCh: Quilapayún Chile /Francia (dirigido por Eduardo Carrasco)
-QFr: Quilapayún Francia (dirigido por Rodolfo Parada y Patricio Wang)

Jorge Leiva

Solemnes en su sonido y presencia, fruto de la rigurosa dirección artística de Víctor Jara en sus primeros años, las canciones de Quilapayún van desde los contenidos latinoamericanistas, antimperialistas y, a veces, abiertamente contingentes, a profundas reflexiones de la existencia humana. Con ritmos e instrumentos andinos como base, su sonido se distingue sobre todo por su poderoso trabajo vocal. No hay una voz solista en el conjunto: Todos cobran protagonismo en distintos momentos, en un espíritu colectivo que es otro de los sellos del grupo.

A partir de 1988, varios músicos fueron dejando paulatinamente al conjunto. Algunos regresaron a Chile con el retorno a la democracia, y la actividad del grupo descendió visiblemente. Todos debieron buscar otros oficios para ganarse la vida, pero – con nuevos músicos en sus filas- la actividad de Quilapayún nunca se detuvo del todo. Entre 2001 y 2003, sin embargo, una crisis determinó que tres integrantes históricos abandonaran el grupo y se unieran a sus ex compañeros en Chile y Francia para cantar de nuevo como Quilapayún.

Por eso, desde el 2003, hubo dos conjuntos paralelos con el mismo nombre. El enfrentamiento se dirimió en los tribunales de propiedad intelectual, y tuvo dos elencos: Uno con músicos en Francia – dirigida por Rodolfo Parada y Patricio Wang- y otra con músicos en Chile y Francia- dirigida Eduardo Carrasco- y que, con la incorporación de hijos de los músicos, suma 11 integrantes. Esta “facción” (llamada imprecisamente por la prensa chilena como “facción chilena”) tiene el reconocimento oficial en Francia, y -desde el año 2015- el de la justicia chilena.

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Foto: Quilapayún

El origen: tres barbas
Tres estudiantes universitarios fueron el eje fundador del grupo: Los hermanos Julio y Eduardo Carrasco y Julio Numhauser. El nombre, que en lengua mapuche significa ‘tres barbas’, buscaba representar la fuerza que querían transmitir, y su compromiso político, que al poco tiempo los llevó a ser orgullosos militantes del Partido Comunista.  Si bien su inspiración era la música folklórica, la búsqueda de autenticidad los llevó a diferenciarse deliberadamente de la estampa de los conjuntos de huasos y de la elegancia del Neofolklore, que se difundía mucho en esos años. Ellos eran distintos: Conocedores del trabajo de Violeta Parra, y en un camino musical que en Chile se había desarrollado muy poco (y que habían hecho grupos  como Los de Ramón o Los 4 Hermanos Silva), el grupo se volcó sobre todo al folklore latinoamericano

Pero Quilapayún agregaba a ese discurso artístico un componente político. Como dice Eduardo Carrasco en su libro La revolución y las estrellas, abiertamente buscaban hacer “música revolucionaria”, y esos dos ejes – el contenido político y social y el sonido latinoamericano- serán la base de la identidad de los primeros tiempos de Quilapayún.

La casa de Julio Numhauser contaba con una especial colección de instrumentos, que fueron el soporte para los primeros tiempos del grupo, cuando la idea no pasaba de ser un pasatiempo. Se acercaron entonces al cantautor  Ángel Parra a pedirle que fuera su director, en un trabajo conjunto que, si bien no se prolongó por mucho tiempo, contribuyó a consolidar la personalidad de Quilapayún. En 1965, todavia sin ponchos, se subieron por primera vez a un escenario en la Peña de la Universidad de Chile.

Transformado de trío a cuarteto con la incorporación de Patricio Castillo (estudiante de Filosofía, que permanecerá en forma intermitente hasta 1969, y que luego regresará en los años 90), el grupo adoptó entonces su clásica vestimenta de ponchos negros de Castilla, a la usanza de los arrieros cordilleranos, y que les otorgaba una estampa neutra,  y que ellos tomaron justamente por eso: No querían adscribirse a ninguna región de Chile o América Latina.

En 1966, ya con el egresado de Artes Carlos Quezada integrado al grupo, en la Peña de Valparaíso le pidieron al cantautor Víctor Jara, que tomara la dirección del conjunto. A pesar de sus múltiples ocupaciones, el cantautor asumió con generosidad ese rol, y – como dice Eduardo Carrasco en el documental Quilapayún más allá de la canción– “forjó la personalidad de Quilapayún”. Como director de teatro , Jara desarrolló una cuidada puesta en escena, e impuso de un disciplinado ritmo de funcionamiento. Eso terminó por configurar el solemne y trabajado sonido y puesta en escena que distingue hasta hoy a Quilapayún, con su marcado trabajo vocal, y una displina artística rigurosa, que se expresa tanto en los ensayos, en la composición y en el escenario, también distingue su gestión profesional.

Victor Jara, además, le entregó al conjunto algunas composiciones (“Somos pájaros libres”, “Gira, gira, girasol”, “El soldado”) y los presentó al sello Odeón (EMI), la multinacional con la que trabajaron hasta 1973. Entre sus colaboraciones más significativas está la grabación de un disco en conjunto, Canciones folklóricas de América, y la puesta en escena del tema “Plegaria a un labrador”, con el que Jara participó en 1968 del Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, en el Estadio Chile. El tema obtuvo el Primer Lugar (compartido con “La chilenera”, de Richard Rojas) y se convirtió en un imperdible del cancionero de la época, hasta hoy es un pilar de los conciertos de grupo, y es – sin duda – un clásico de la música popular chilena,

En 1967 registraron su primer disco para el sello Odeón (Quilapayún), con canciones de Ángel Parra (“El pueblo”), Víctor Jara (“La canción del minero”, “La cueca triste”), populares latinoamericanas y algunas propias, en el inicio de un camino que los llevó a registrar cinco discos con esa compañía. El retiro de Julio Carrasco y Numhauser (quien más tarde formó Amerindios y desarrolló luego una carrera solista) dejó a Eduardo Carrasco como el único integrante original. Así, una nueva formación de Quilapayún tomó forma con tres nuevos nombres. Willy Oddó, Hernán Gómez y Rodolfo Parada, los tres estudiantes de Ingeniería de la Universidad Técnica del Estado, y con experiencia previa en música.

En paralelo a sus grabaciones con Odeón, Quilapayún inauguró en 1967 la Discoteca del Cantar Popular, Dicap, compañía discográfica del Partido Comunista. La iniciativa nació de una serie de canciones muy políticas que el grupo quería grabar y que, ante la posible negativa de EMI, prefirieron hacerlo con las Juventudes Comunistas. El disco se llamó X Vietnam, fue un saludo al Noveno Festival Mundial de las Juventudes Democráticas en Bulgaria, y apareció bajo etiqueta Jota Jota (más tarde, Dicap). El sello editó hasta 1973 buena parte del catálogo de la Nueva Canción Chilena, y ratificó el carácter angular que Quilapayún tuvo en la conformación de ese movimiento.

De la consolidación al golpe
Tras la edición del disco Basta (1969), que incluyó el clásico “La muralla”, el grupo se separó de Víctor Jara (quien emprendió un trabajo similar con los nacientes Inti-Illimani), y se acercó a otros formatos musicales. Su intención coincidió con la propuesta del compositor Luis Advis para registrar la Cantata Santa María de Iquique. El trabajo , obra mayor de la música chilena, es una Cantata que narra una matanza de obreros del salitre ocurrida en Iquique, en diciembre de 1907. La historia se presenta alternando relato, canciones e interludios instrumentales, y fue compuesta por Advis pensando en las, entonces, seis voces de Quilapayún.

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Fotos: Quilapayún / Antonio Larrea

Grabada en 1970, la Cantata Santa María de Iquique, y estrenada en agosto de ese año en el Estadio Chile, fue la primera obra conceptual del conjunto y es un momento esencial en la música popular chilena. A ella le siguieron las obras Vivir como él (1971), de Frank Fernández (un homenaje a un guerrillero vietnamita) y La fragua (1973), historia de la lucha de clases escrita por Sergio Ortega. Pero éste fue sólo uno de los vértices del trabajo de Quilapayún en los años ’70, porque su actividad durante el gobierno de la Unidad Popular fue excepcionalmente intensa. Siempre como sexteto (tras el reemplazo de Patricio Castillo por Rubén Escudero), el grupo hizo giras por el país y el extranjero, creó una escuela de “quilapayunes” para jóvenes (que multiplicaron bandas como ellos en todo Chile), y siguió grabando para EMI y Dicap de modo simultáneo.

Quilapayún ya había grabado temas emblemáticos como “La muralla” y “Carabina 30 30” cuando registraron “Venceremos”, de Sergio Ortega, (con letra de Claudio Iturra), el himno oficial de la campaña presidencial de Salvador Allende. La incorporación a su repertorio de canciones que ellos llamaron “contingentes” —como “Las ollitas”, “La batea” o “El enano maldito acota”—, los puso en el centro de la polarización política que se vivía en esos años. En el Festival de Viña de 1973 esa condición tuvo una dramática muestra: abucheados por parte del público, apenas pudieron terminar su actuación mientras se producían enfrentamientos en las graderías.

En agosto de 1973 – convertidos en sepeteto con la integración de Hugo Lagos en 1972- emprendieron una gira que no tuvo regreso. Originalmente surgió como una idea del propio presidente Allende para que lo acompañaran el encuentro de Países No Alineados en Argelia, pero el mandatario no viajó debido a la delicada situación política en Chile. El grupo, entonces, agendó  fechas en París, y allí los soprendió el 11 de septiembre. Mientras daban una entrevista en la radio L’Humanite, se enteraron atónitos de la llegada de los militares chilenos al poder.

Fue el inicio de un exilio que se prolongó hasta fines de los años ’80. En ese período la banda evolucionó en su música y sus convicciones, manteniendo una compleja comunicación con el público local, pues, evidentemente, la música de Quilapayún fue prohibida en el país. Durante la dictadura militar, el solo hecho de tener un disco del conjunto era motivo de sospecha para los servicios de seguridad.

El exilio y los cambios
Instalados en Colombes, una comuna aledaña a París, Quilapayún inició una serie de presentaciones en conciertos de solidaridad con la situación en Chile, y se convirtió en Europa en un símbolo de la resistencia. Hicieron incluso una histórica presentación en Barcelona, cuando España aun estaba gobernada por Francisco Franco y el concierto se hizo rodeado de fuerzas militares.

Desde entonces, y durante los años siguientes, recorrieron los cinco continentes llamando la atención sobre la situación chilena. De formación estable, tuvieron apenas dos cambios de integrantes.  quilapayun03En 1974 salió  Rubén Escudero (que se fue a estudiar a Londres), y en 1978 Eduardo Carrasco resolvió salir de escena para dedicarse solamente a la dirección. En el reemplazo de ambos llegaron dos músicos .que habían sido parte de los elencos de “quilapayunes” hasta 1973: Guillermo García y Ricardo Venegas.

El pueblo unido jamás será vencido (1974), que incluye el himno del mismo nombre escrito por Sergio Ortega y estrenado en Chile poco antes de su partida,  fue su primer disco en el exilio, que fue seguido por el disco Adelante, donde aun predominaban los códigos líricos y musicales del Quilapayún de siempre.

Pero sus procesos creativos los fueron acercando a otras dimensiones a partir de entonces. En 1979 editaron el disco Umbral, lo que coincidió con su alejamiento del Partido Comunista, y el establecimiento de lazos con el pintor surrealista chileno Roberto Matta y el compositor Gustavo Becerra. “La revolución y las estrellas” llamaron a este nuevo proceso. “Pusimos la idea del arte y la cultura adelante, y nos alejamos del estalinismo”, explica hoy el entonces director del conjunto. “De poner el arte al servicio de la revolución. pusimos la revolución al servicio del arte”.

Y todas las banderas que flamearon / se han ido desgarrando con el tiempo / Habría que decir que ya no estamos / cantando por las grandes alamedas“, decía, por ejemplo, el tema de Eduardo Carrasco “Luz negra”, que ilustra esa nueva filosofía, que tuvo otras expresiones en su trabajo artistico: Sumaron nuevos ritmos, agregaron temáticas más alegres en sus canciones, incoporaron rutinas de poesía y piezas de humor en sus conciertos. En 1982 se integró el músico Patricio Wang (proveniente de Barroco Andino), cuya versatilidad fue un fundamental aporte para la nueva personalidad de Quilapayún.

La repercusión de esta nueva etapa fue intensa. En 1981 participaron en el prestigioso programa de televisión  francés Le Gran Echiquier , donde solo han estado los grandes nombres de la música francesa, y donde estuvieron junto a Julio Cortázar, Roberto Bravo y con una escenografía diseñada por Roberto Matta. Y ese mismo 1981 protagonizaron un concierto sinfónico en España con el director griego Mikis Theodorakis, y en 1983 fueron  uno de los primeros grupos que visitaron Argentina tras la salida de los militares. En 1984 estuvieron nada menos que dos semanas presentándose en el Teatro Olympia de París, para presentar el Tralalí Tralalá. Y en 1988, ad portas de su regreso a Chile, grabaron una una nueva cantata de Luis Advis (Sinfonía los tres tiempos de América) junto a Paloma San Basilio.

En tanto, en Chile, la censura que sufría su música, las dificultades para acceder a sus nuevos discos (apenas el sello Alerce se atrevió a editar algunas compilaciones) y la distancia con el entonces contundente Partido Comunista restaron difusión a su música, sobre todo la de esta nueva etapa.  Por eso los discos de ese tiempo, apenas fueron conocidos en el país, pese a su relevancia musical e histórica.

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Foto: Quilapayún

En 1988  se acabó el exilio en Chile y pudieron ingresar a su país.  Tal como Inti-Illimani e Illapu, Quilapayún regresó a participar de la campaña del NO a Pinochet, y se enfrentó a la decisión de permanecer en Francia o retornar a Chile.

Tras un concierto de reencuentro en el capitalino teatro California, al que convocaron cerca de dos mil personas y del cual registraron un nuevo disco en vivo, el conjunto partió de regreso a Francia. Eduardo Carrasco y Willy Oddó (quien ya había renunciado a Quilapayún el año anterior) no volvieron con ellos. Carrasco decidió concentrarse en labores académicas y en una intermitente carrera de cantautor solista. Oddó murió asesinado en noviembre de 1991, en confusas circunstancias que llenaron la crónica roja de la época, y que representó un duro golpe humano para sus compañeros.

Encuentros y desencuentros
Tras su gira por Chile y la salida de su director (rol que se dividió desde entonces entre Parada y Wang), la actividad del grupo descendió ostensiblemente. En 1992, se retiraron Carlos Quezada y Ricardo Venegas (luego líder de Preludio), poco después de la edición de Latitudes, en lo que fue un período complejo para los músicos de Quilapayún, que ahora tenían en sus filas también al ex Ortiga Daniel Valladares.

La falta de actividad los obligó a todos a buscar otros oficios para vivir, algunos muy alejados de la música. Tuvieron largos períodos de inactividad y escasas presentaciones en vivo durante la década. Hubo años enteros en los que incluso no se presentaron en público. En 1997 regresaron a Chile tras casi una década de ausencia, y realizaron un remontaje de la Cantata de Santa María de Iquique. Matizado con “quince canciones esenciales” seleccionadas por el conjunto, el espectáculo se ofreció primero ante unas 15 mil personas en la abandonada salitrera de Santa Laura, y luego en otras tres ciudades a lo largo del país, incluyendo dos noches de lleno en el capitalino Teatro Monumental. Entonces, el actor Héctor Noguera reemplazó a Héctor Duvauchelle, el narrador original, y fue sin duda un poderoso reencuentro del grupo con el público chileno.

Quilapayún volvió a Francia y anunció una próxima visita que no materializó sino hasta fines de 1999, pero con una convocatoria claramente menor. Un poco antes, casi toda su discografía pasó al sello multinacional Warner Music, permitiendo así la reedición de quince de sus más importantes álbumes y la publicación de una Antología doble en 1998.

En 1999, esa misma etiqueta publica Al horizonte, trabajo grabado en París que combinó composiciones propias con versiones para títulos de autores como Serge Gainsbourg y Víctor Jara, buena muestra de la amplitud de referentes que para entonces caracterizaba a un conjunto que ya acogía sin prejuicios instrumentos eléctricos y citas a la llamada world-music. “Lo esencial ha sido siempre el tratar de modernizar la canción tradicional”, explicaron al presentar ese álbum, con un conjunto al que se había reincorporado, tras casi 30 años, el músico Patricio Castillo.

Pero el conjunto acunaba una crisis en su interior. El año 2001, de Quilapayún fue apartado Guillermo García, y al año siguiente renunciaron Hugo Lagos y Hernán Gómez. Sus enfrentamientos con el director Rodolfo Parada, entonces, se hicieron públicos: Lo acusaban de registrar el nombre del grupo a título personal y de establecer formas de administración inadecuadas. Parada, junto a Patricio Wang y Patricio Castillo, reclutaron nuevos músicos y el año 2002 realizaron  un concierto en el Palau de la Música de Barcelona, que el 2004 se editó como el DVD A Palau.

Dos Quilapayún
El año 2002, cuando la crisis del conjunto se hizo evidente, todos los ex integrantes del grupo que permanecían en Chile y Francia se reunieron. Ya había establecidos contactos previos, y – en Francia- a los tres renunciados – García, Lagos y Gómez- se sumó Carlos Quezada e Ismael Oddó, hijo de Willy. Realizaron una presentación, mientras simultáneamente en Chile el fundador  Eduardo Carrasco se unió a Ricardo Venegas y Rubén Escudero, y como esa formación de ocho músicos anunciaron lo que ellos bautizaron como “El reencuentro”.

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Fotos: Música Andina

Su presentación en la celebración de los 30 años del Golpe Militar y un concierto en el Teatro Teletón de Santiago – que fue luego editado como DVD- marcaron el comienzo de un nuevo período en Quilapayún. Al mismo tiempo, un largo proceso judicial  los tuvo enfrentados con el otro grupo, en una disputa legal que ya no permite al Quilapayún de Parada presentarse con ese nombre en Europa (actúan como Guillatún), y que ha dejado todo el patrimonio discográfico e histórico en manos del Quilapayún que dirige Carrasco.

En cualquier caso, es ese conjunto el que ha mostrado una actividad mayor. Tras su reencuentro el 2003, realizaron presentaciones en México D. F., Quito, Madrid y en Francia. El 2005 llenaron tres veces el Estadio Víctor Jara junto a la facción histórica de Inti-Illimani, en una jornada también editada como disco y DVD a fines de 2005. Ese mismo año editaron una revisión de cortes inéditos de su historia La vida contra la muerte. Dos años después, y con grabaciones en Francia y Chile, grabaron un nuevo disco de canciones originales, Siempre, con temas de originales, y versiones de canciones Víctor Jara, Violeta Parra, Luis Advis e incluso del uruguayo Leo Masliah.

Con ensayos regulares, y presentaciones en vivo dentro y fuera de Chile, el grupo ha sumado a tres músicos: En Francia al percusionista Sebastián Quezada (hijo de Carlos Quezada) y en Chile al bajista Ricardo Caito Venegas (hijo de Ricardo Venegas) y al experimentado Fernando Carrasco, compositor, ex Barroco Andino, en los 70 parte de la escuela de “Quilapayunes” y amigo cercano del conjunto. Con estos 11 integrantes (seis en Chile y cinco en Francia), el grupo tiene un funcionamiento “modular”, y distintos músicos se trasladan de un continente a otro para cumplir con su agenda en vivo según el repertorio que monten en cada espectáculo.

El año 2009, con su singular forma de trabajo en dos países, registraron Solistas, un nuevo disco de canciones originales, que incluyó un tema con los fundadores Julio Numhausser y Julio Carrasco, además de una colaboración con el rapero Jimmy Fernández. El 2012 presentaron un nuevo DVD en vivo, de su concierto de homenaje a Víctor Jara grabado el 2009 en el Teatro Teletón. Sus giras los han llevado a Francia, España., Argentina, Venezuela, Ecuador, México y Chile.

En el 2013 lanzaron el disco Encuentros, que contó con la colaboración de  músicos invitados (como Alvaro Henríquez, Ana Tijoux, Manuel García, Camila Moreno, Mauricio Redolés, Chancho en Piedra, entre muchos otros), y donde alternaron nuevas y viejas canciones. Ese mismo año protagonizaron tres conciertos a tablero vuelto en Santiago, en el Teatro Nescafé  de las Artes, con la que es hasta ahora la única cita donde han estado en un mismo escenario los 11 músicos. El 2015 celebraron 50 años de vida, con un concierto gratuito – que convocó a cerca de 10 mil personas – frente a la Moneda en el centro de Santiago, y donde participaron 10 de los 11 músicos del conjunto. Con el mismo motivo han estado en varios otros países, en un itinerario de celebraciones que extendieron hasta el 2016. El 2016 se estrenó en cines el documental Quilapayún, más allá de la canción, que se exhibió en cines y se mostró en más de diez países en América, Europa y Asia, y que retrató la historia y la intimidad del conjunto.

Al mismo tiempo, la facción del conjunto que dirige Rodolfo Parada ha protagonizado también su historia, y se sigue considerando el único y verdadero Quilapayún, incluso tras los fallos judiciales del 2015.  Tras la partida de Valladares el 2004, sumaron otros tres músicos que cambiaron varias veces. Editaron un DVD con un concierto en el Palau de la Música Catalana de Barcelona el año 2004, y desde el año 2007 han estado varias veces en Chile, fundamentalmente en el Teatro Caupolicán: El mismo 2007 celebrando los 100 años de la matanza de Santa María. El 2010 en el festejo de los 45 años del grupo. El 2011 en el espectáculo Juntos aquí estamos, con Illapu y la facción de Inti-Illimani que integran los hermanos Coulón. El 2014 en el teatro Nescafé de las Artes, presentando el que es el único disco de su historia: Absolutamente Quilapayún. Su último show – y su última aparición pública como conjunto- fue el 2015, en una jornada doble en el Caupolicán,  con Illapu e Inti-Illimani, celebrando 50 años de vida.

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Foto:

Por los mismos días de ese concierto, un fallo del Tribunal del Propiedad Intelectual chileno cerró la disputa por el nombre, reconociendo como representantes del nombre al colectivo de nombres integrantes del otro conjunto, en desmedro de la inscripción a nombre de Rodolfo Parada. Por eso, de mantenerse este fallo, esta grupo ya no  podrá seguir usando el nombre de Quilapayún, en una restricción que tienen en Francia hace al menos una década, donde se presentan públicamente  con el nombre de Guillatún.

El conflicto del nombre parece haber llegado a su final, pero fue una situación que – evidentemente- no les resultaba nada cómoda a ninguno de los involucrados.  Al margen de la imprecisa relevancia mediática que se le ha dado al conflicto, en el contexto histórico de los más de 50 años de Quilapayún es indudablemente un episodio menor.

El conjunto es hoy un activo actor de la música chilena. Se puede ver en vivo regularmente, sus discos están casi todos disponibles en formato compacto y su música goza del espacio que se ha ganado en 50 años. Es imposible hacer la historia de Chile sin pasar por las canciones de Quilapayún.

Adiós a Orlando Salinas, el autor de “Como quisiera decirte”

Compositor y guitarrista, Orlando Salinas fue uno de los autores fundamentales de la música chilena. Varias canciones de Los Angeles Negros (“Como quisiera decirte, “Porque te quiero”. “No morirá jamás”, entre otras) son parte de su patrimonio. Generoso y alegre, falleció hoy. Este es su testimonio en el documental Angeles Negros (2008).

El segundo disco de Testa

Testa es Teresita Cabeza, ex cantante de Galatea. Su estilo lo define como “Música electrónica en español y formato canción”, y adelanta su segundo disco con el tema “Todo”, cuya base musical es el clásico “Cómprate un tambor”, de su abuelo Antonio Prieto.