Claudio Pájaro Araya: El folclor y lo que nace
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Entrevista

Claudio Pájaro Araya: El folclor y lo que nace


Cuarenta años después de haber fundado el fundamental conjunto Huara, el músico de Antofagasta aún se entrega a la composición y el trabajo en grupo como parte de una opción radical —dice—, de creación y de vida. Innovar a partir de la raíz andina es una de las marcas de este intérprete de charango, cuatro, tiple y percusión, alguna vez miembro de Congreso y hoy ocupado junto a El Bloque Depresivo, entre otras alianzas. «En torno a lo que hago casi siempre hay otra música rondando», ilustra, y es precisamente ese encuentro heterodoxo la distinción de su camino sin par en la música chilena.

Marisol García | 1 de marzo de 2018 Fotos: Marisol García

Claudio Pájaro Araya: El folclor y lo que nace

1984, República Democrática Alemana. En los ratos libres de una gira que lo ha llevado hasta allí como parte de la banda del músico Osvaldo Torres, el chileno Claudio Araya recorre Berlín Oriental por primera vez. Camina con curiosidad entre las particularidades de una urbe de peso histórico y orden con fecha de expiración. Le asignan a un guía con buen español, y entonces no duda:

—¿A dónde puede uno ir a una discoteque? —pregunta.

No era el baile desenfrenado el rasgo que podía esperarse encontrar en una ciudad rodeada por un muro de 3,6 metros de altura y más de trescientas garitas de vigilancia. De bailar, se bailaba, aunque a un ritmo propio. Y fue eso lo que más le gustó al antofagastino cuando al fin estuvo dentro de su primera Diskothek:

—Entré y quedé alucinado. No era el punchi-punchi del tecno, sino que sonaba música electroacústica —recuerda Araya—. La cabeza me hizo ¡pa! Era como escuchar a Béla Bartók mezclado con, no sé, Kraftwerk. Me cambió la perspectiva de un montón de cosas. Al poco tiempo compuse “Viene el chaparrón” y “Cafuzo”.

Precisamente esos dos temas iban luego a darle el título al segundo y el tercer cassette de Huara (en 1988 y 1989, ambos por Alerce), el conjunto que Claudio Pájaro Araya fundó en 1978 y que lo ha ocupado de modo intermitente por diferentes décadas, formaciones y proyectos. De los muchos encargos musicales recibidos por él desde entonces, ha sido Huara el que sobre todo lo ha asentado en el prestigio de ser uno de los compositores e intérpretes de raíz andina —es avezado en charango, tiple, cuatro venezolano y cajón peruano— más creativos, innovadores y rigurosos de las últimas cinco décadas en Chile.

Y si viene al caso recordar lo de la discoteca en Berlín Oriental es porque a Araya, hombre reacio a entrevistas, también cabe valorárselo en su desprejuicio. De referencias casi siempre asociadas al folclor, el músico nacido en Antofagasta en enero de 1958 dice que se guarda para sí mismo las dudas con las que enfrenta el tironeo entre tradición y modernidad, cultivo y creación; sin aún resolverlas del todo.

—Por lo pronto, eres bastante más heterodoxo que la definición de cultor andino.
—Es que avancé, po’. Yo digo que el folclor es dinámico. Y, sí, soy folclorista, pero avancé en términos de abrir la mente. Soy riguroso con lo que sé de las raíces; en algunas cosas, sí soy muy tradicionalista. Pero, por otro lado, no estoy para quedarme pegado. Entonces tengo una gran pelea entre el folclor y lo que me nace a mí. En torno a lo que yo hago casi siempre hay otra música rondando.

Es un hecho que a Pájaro Araya le rondan músicas, ritmos, instrumentos y también otros muchos músicos. Sus asociaciones paralelas eran ya una marca en sus tiempos junto a Huara, y siempre con grandes nombres, a veces con giras al extranjero incluidas: Los Jaivas, Joe Vasconcellos, Osvaldo Torres, Cristina González; y sobre todo Congreso, a cuya formación se sumó en varios instrumentos de cuerda y algunas percusiones entre 2001 y 2004.

—Uno se queja de más. Pero a veces he tenido que decidir entre un grupo y otro, y de los buenos —admite.

Sus asociaciones no se detienen hasta hoy, cuando mantiene colaboración regular con gente como Los Celestinos o Evelyn Cornejo, y además ha pasado a estar en todos los shows de El Bloque Depresivo. Su trabajo con Aldo Macha Asenjo es de hace años, y diversificado: estuvo con él también en grabaciones de LaFloripondio (como el disco Gimnasia para momias, 2015, y el Víctor Jara, Tributo Rock, con su versión para “Ingá”) y de Chico Trujillo (Reina de todas las fiestas, 2014), y además han trabajado juntos en composición y en vivo para uno de los proyectos menos difundidos con el villalemanino en voz, Cabezas Rojas.

—El Bloque Depresivo es lo que ahora me da el trabajo, pero lo que de verdad me gusta es trabajar con el Macha. Él sí es un partner. Nos volvemos medio rayados, tiramos ideas. Con él voy a lugares que están fuera de ese circuito de graaandes festivales, que me cargan porque son todos iguales: tocar por turno frente a un montón de gente que te filma con el celular. El Macha es un tipo súper austero, fondeado, que puede ir a pequeños teatros donde la gente sí está para escuchar. Entonces me siento a gusto con cómo es él.

Nombra entre sus otros partners de trabajo y de vida a Claudio Molina, el cofundador de Huara; el fallecido tecladista Jaime Vivanco —a él está dedicado el disco El fulgor—, a Tilo González y al Gato Alquinta (una foto del cantante de Los Jaivas en el Festival de Piedra Roja se tomó la polera que viste esta mañana). Cuando más aporta a la música, dice, es cuando aquellos con quienes toca lo dejan sentirse «a mis anchas».

—Trabajar con un grupo es ponerse a las órdenes de la dirección de otro. No debe ser siempre fácil. ¿Eres bueno en eso de ser empleado?
—No, para nada; soy re parado en la hilacha [sonríe]. Si no me gustan ciertas cuestiones lo dejo entrever. No es de farsante, pero yo les sirvo mucho a los grupos porque he aprendido no sólo a tocar los instrumentos sino a hacer exploraciones por mi cuenta, y desarrollar cosas con ellos. Y eso lo llevo a dónde me llamen.

—Eres consciente del prestigio que tienes entre los músicos.
—… son cosas que a mí me pasan así: ¡wuf! —responde y su mano se mueve rápida junto a su cara, como una ventolera—. Me dicen que soy el mejor intérprete de cuatro del país, el mejor en cajón peruano… sé que no es así. Me tienen como virtuoso pero no lo soy. Lo que sí he hecho es explorar en los instrumentos. No me quedo en tocar charango, sino que cambio las afinaciones. Hago en el cuatro cosas que no haría un venezolano. Pero a eso se llega con una suerte de oficio, con mucho tiempo. Y escuchando muuuucha música que va llevándote a cosas que son totalmente sin miedo.

—¿Y qué te aportan los grupos a ti?
—Nada. Son cabros chicos.

Dice lo anterior y se ríe, por supuesto. Sobre esa mezcla de sensibilidad y tormento, de picardía y dedicación, escribió una vez el sociólogo iquiqueño Bernardo Guerrero:

De los miles de pájaros que nos habitan, hay uno, sincero y blanco, lleno de sonrisas y de acordes. Un pájaro capaz de ponerle música al mismo infierno. Y es que este pájaro conoce tanto el cielo como el infierno. Se trata de un pájaro de buen agüero, pájaro nortino, por cierto. Pájaro mezcla de miles de aves de nuestro norte grande, grande como Sabella, duro como el Tani, tierno como la Lemus. […] Pájaro Maestro de noches estrelladas, pájaro que reinventaste el paisaje musical de nuestros abuelos indios/campesinos y de obreros salitreros, pájaro de veredas capitales, pero de corazón de despacho de la esquina del barrio, pájaro de corazón de Tambo Atacameño. Pájaro hijo de Wiracocha.

 

Más que el avance precoz en la interpretación de charango, fue la creación lo que, antes de la adolescencia, abrió a Claudio Araya a lo que ya entonces entendió iba a ser el camino inescapable de la música. Su entorno era el de una familia extendida de siete hermanos, padre viajero, y un andar dificultado por la pobreza y avivado por el relato pampino de tíos suyos en el salitre. La Antofagasta de su infancia en las faldas del cerro El Ancla hacía que la vista se perdiera en el encuentro único de desierto y mar: «Nunca en mi vida volví a ver más tierra pelada que allá».

—Tu historia es la de un autodidacta.
—Pero es que no tenía más cómo, po’. La población en la que vivía era mayormente boliviana. Eran mis amigos, y con ellos aprendí charango.

De la práctica solitaria en las cuerdas, Araya pasó, no sabe cómo, a componer su primer tema a los 12 años de edad:

—Me daba miedo mostrarlo, quizás por vergüenza —recuerda—. ¿Quién va a escuchar esto?, pensaba. Pero a la vez me sentía tan contento. Porque había creado, ¿entiendes?

—Qué linda sensación a los 12 años.
—No sé cómo decírtelo: es descubrir la luz y el amor. Es como que se te prende de pronto una ampolleta, pang, y te vas para adelante, nomás. Pero con miedo. Porque no tienes idea lo que viene por delante.

—Es como enamorarse.
—Como enamorarse, sí. Yo vivo enamorado de la música, aunque la música ha sido infiel conmigo muchas veces…

—¿Ingrata?
—¡Uf! Todo el rato. La música ha sido para mí una mezcla de tormento, ansiedad, enamoramiento. La única vez que no me he sentido deprimido por las dificultades de la música ha sido en el tiempo con Huara. Era un momento en que yo sentía que hacíamos lo que teníamos que hacer sin tener que preguntarle a nadie cómo hacerlo. Nos contábamos un cuento entre nosotros. Era como estar en el teatro.

Entre otras muchas cosas, Huara fue el vehículo en el que Claudio Araya consolidó una opción radical de quiebre con sus esperables perspectivas en Antofagasta y una adultez adocenada por el trabajo asalariado. «Lo único que yo sentía era que tenía que salir de ahí», recuerda sobre sus años de juventud frente al desierto. Vino un tiempo a Santiago por primera vez en 1975 para grabar con el quenista Fernando Sepúlveda en un estudio pagado por el sello IRT-Alba. Fue su primer crédito en un disco. Tres años después, habiendo ya tocado junto a grupos nortinos como Sacha, Tambo, y Tambo Atacameño, decidió quedarse en la capital junto a Huara, aunque lo de «instalarse» sería impreciso para describir a un músico errante en viajes de trabajo y de exploración.

—Mi opción por la música fue radical. Súper radical —dice—. La música te llena una soledad enorme. He tocado varias veces en el metro, y me da lo mismo. La vida de uno es pesada. Hablo por mí y no tengo miedo de decirlo, porque me parece que ahora nadie radicaliza nada.

—¿Sigue estando en ti esa sensación de quiebre incluso ahora que tu oficio está consolidado?
—No sé en qué etapa estoy de mi vida. Más contemplativa que antes, más depurativa, quizás. Pero, no sé, eso es algo muy íntimo. Te lo tendría que explicar con golpes. Con instrumentos. Yo pienso mucho, más que la chucha, pero también me callo. En general me causa espanto todo esto.

—¿Todo qué?
—Todo. La vida cotidiana. Ver cómo la gente se hace mierda sin tener ni cinco minutos de espacio para ver dónde está, po’. Eso a mí la música… yo a veces sufro mucho, como toda la gente, pero la música hace que tengas otra perspectiva del mundo en general. Y también los viajes te abren la mente. Si no pasas eso como que no estás comunicado. Tienes que saber que hay música maravillosa en Brasil, en Bolivia. Que en Perú y en Ecuador puedes escuchar a tipos que tocan al unísono veinte cosas a la vez. Por eso yo soy ancestral.

—… que es diferente a ser tradicional. Casi no se habla de eso acá.
—No, porque no cachan. Me refiero a lo antiguo, a la raíz misma. Ahora, en Chile y afuera, hay un proceso de redescubrir el folclor. Pero tengo mi opinión sobre eso, aunque me cuesta darla.

—…
—Hay que estudiar. No es cosa de llegar, meter un charango con un buen productor, y luego muestras en vivo tu canción de pop con charango, y suena mal. Entiendo que hay que vivir, y que a la gente le gusta ser reconocida, pero el sentido creativo de las cosas se va diluyendo.

—¿Cómo se cuida ese sentido creativo?
—Aprendí hace mucho tiempo eso que llaman contemplación: quedarte pegado, en vivo y en directo, mirando qué pasa. Al espacio y a la gente. Y eso me ha reforzado interiormente la necesidad de crear. Por eso estoy haciendo cosas todo el rato.

«Huara fue una banda ignorada que aparecio en un momento absorbido por la obsesión politica y la lenta irrupcion de otros estilos, como el rap y el reggae, que desagregaron aun mas su llegada ante el publico», escribió una vez sobre el conjunto el investigador Fabio Salas. «Demasiado intelectuales para los adolescentes y demasiado eclécticos para los jazzistas, […] Huara presentaba una sintesis de dos elementos que hasta entonces habian ido separados: el baile y la exigencia auditiva».

Incluso a estas alturas, a cuarenta años de su formación con Claudio Araya, Claudio Molina y Bernardo Contreras, el Huara motiva palabras de admiración entre músicos jóvenes. Pájaro sabe de la marca del conjunto en las creaciones de otros, pero su alcance más profundo sólo puede imaginarlo:

—Al parecer el Huara sobrepasó las generaciones. Hay cabros que me dicen que han descubierto en esos discos un material que es como si hubiese sido hecho ahora. El mismo Roberto [Márquez] me dijo una vez que ellos habían tomado cosas del Huara y las habían incorporado a Illapu.

—¿Por qué no fue una banda más difundida, entonces?
—Recuerdo que una vez [el músico y productor] Jaime de Aguirre nos dijo: «Ustedes han elegido el camino más difícil, el de la música instrumental». Asumimos que teníamos que buscar un camino dentro de eso, sabiendo que no íbamos a ser famosos, y que no nos interesaba, tampoco.

Seis discos (uno de ellos grabado en París, en 1990, junto a músicos de Los Jaivas) y varias presentaciones por Chile y el extranjero (incluyendo una gira de seis meses por Canadá, Estados Unidos y México en 1987) son hasta ahora el legado de Huara, un conjunto de creación y exploración en el sonido andino por el que pasaron en diferentes momentos músicos relevantes para el conjunto de la creación nacional, como Pedro Villagra, Juan Flores, Patricio Quilodrán y Jaime Vásquez. La profusión de timbres y la grabación en vivo de sus discos explica, en parte, la frescura de su sonido.

—La definición exacta del sonido de Huara viene de la creación y de la armonía. El primer disco lo tomamos como un experimento, y de ahí en adelante seguimos en lo que yo veo como una exploración. Los discos de Huara se van mucho a la profundidad de las cosas. Es lo que he buscado siempre: ir a la raíz, meterme en el hoyo… Es la razón de ser.

Comparsa Huara (Chile Profundo, 2007) es, hasta ahora, el único disco solista de Claudio Pájaro Araya, autor de los dieciséis temas incluidos y con créditos en cuerdas, percusiones, moceño y canto. Producido por Mario Rojas y con la participación de músicos como Raúl Aliaga y la banda Wiracocha, el disco instaló el paisaje del Norte Grande a través de un sonido expansivo y profundo; también misterioso.

—Voy a decir algo que puede sonar raro, pero yo nunca me sentí muy identificado con la música andina —precisa de pronto—. Aprendí a tocar charango de niño, pero a la vez me puse a escuchar rock. Y mientras mis amigos estaban en la música boliviana, yo conseguía discos de Yes, Ten Years After, Rolling Stones… De hecho, creo que en Huara hay una pasada por el rock que es bien definitoria, aunque jamás hablaría de «rock andino», qué ridículo.

—Quizás sea que la raíz andina define mejor tu música que la nostalgia de la tradición.
—Es que no soy un cultor. Me pongo a discutir con los músicos andinos si entran a definir y encasillar cómo es que se usan los instrumentos. Sería increíble ser un músico andino, pero no lo fui. Los instrumentos están para usarlos, y en eso me ocupo: en explorar con ellos. En irme a lo más profundo. Y en eso voy a seguir.