Fernando García

La enseñanza, el puente hacia las audiencias, la responsabilidad republicana y el vínculo entre compatriotas son baluartes que Fernando García considera parte de su ubicación como compositor. Se le ha considerado por eso «un músico cabal», destacado entre sus pares por la dimensión ciudadana de su obra. Premio Nacional de Artes Musicales 2002, su trabajo en la interpretación, la musicología, la composición y la docencia, ha cargado su extensa y diversificada obra de un contenido vinculado a su tiempo y a su país. Componer música ha sido para él una rutina sin pausa, desde sus tiempos de estudiante, más tarde en complemento con las labores universitarias, en medio de un exilio forzado y, pasados los 80 años de edad, en un ejercicio constante.

Fechas

Santiago - 04 de julio de 1930

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Marisol García

Miembro de la Academia de Bellas Artes del Instituto de Chile, de la Asociación Nacional de Compositores de Chile y del Colegio de Compositores Latinoamericanos de Música de Arte, muchas de las más de trescientas obras de Fernando García se han conocido, interpretado y aplaudido en América, Europa y Asia. Su compromiso con la docencia lo mantuvo por décadas vinculado como profesor titular a la Universidad de Chile, institución en la que también ocupó cargos técnicos y directivos, y para cuya Revista Musical Chilena —de la cual fue subdirector durante siete años— avivó su interés inagotable por la investigación musicológica. García vivió casi dieciocho años de exilio en Perú y Cuba, y en ambos países, ricos en tradición y actividad artística, el chileno contribuyó también al ambiente académico, musical y cultural.

Su música estuvo adosada a maestros del clasicismo como también luego a vanguardias del siglo XX, y muestra expreso manifiesto político así como el cruce con la poesía de Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Ha sido utilizada en montajes de ballet, y se ha escuchado en radios de América y Europa. La audiencia expuesta a su talento ha sido, por eso, transversal.

Formación y docencia
Fue un estímulo familiar temprano el que alentó la inquietud de Fernando García por la música y la creación, en parte por la dedicación al chelo de su abuelo médico. Aprendió ese instrumento y el piano desde niño. Varios de sus familiares eran cercanos a la comunidad musical de su tiempo, y él recuerda haber visto de pequeño en su casa a compositores y músicos como Pedro Humberto Allende, Alfonso Leng, Enrique Soro, Domingo Santa Cruz y Arnaldo Tapia.

Pensó que no tenía condiciones de intérprete, y decidió entonces ingresar a la Escuela de Medicina, pero detuvo esos estudios luego de dos años: ya sabía que su camino adulto sería el de la música.

La formación de García tuvo el privilegio del contacto con algunos de los mejores compositores chilenos de su tiempo. Desde 1950, contó con una sucesión de magníficos maestros particulares de composición: primero, Juan Orrego Salas; luego, Carlos Botto y Juan Allende-Blin; y al fin Gustavo Becerra-Schmidt, de quien fue alumno entre 1957 y 1960.

Siguió también estudios de trombón con Abraham Rojas y, a mediados de los años sesenta, de musicología con el investigador español (avecindado en Chile) Vicente Salas Viu. Eran años en que, junto a sus estudios, también subía al escenario como trombonista de la Orquesta Sinfónica de Profesores del Ministerio de Educación y como tenor en el Coro de la Universidad de Chile.

Sumaba así lecciones artísticas y de vida. En tiempos de profundas revisiones estéticas, comunitarias y políticas en el país, Fernando García aprendía no sólo claves de renovación musical, sino también de compromiso hacia el devenir de la sociedad chilena. En tal sentido, su quehacer se enlaza con el de contemporáneos suyos como Roberto Falabella, León Schidlowsky, Tomás Lefever y Sergio Ortega, «aquella mítica generación de los sesenta [que] absorbe y hace propias las adquisiciones y reflexiones lingüísticas de la vanguardia cosmopolita pero las vive desde un domicilio vernáculo y americano», en palabras de Jorge Martínez Ulloa. La obra de Fernando García se definió por eso atenta a su entorno y a su tiempo, no distraída en la revisión de siglos pasados europeos. La impronta la iba a transmitir más tarde en sus clases en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, donde ejerció por casi tres décadas (interrumpidas por sus años de exilio) como profesor de análisis, teoría, historia de la música y musicología. Muchos músicos e investigadores escucharon sus clases; algunos de los cuales iban a destacar más tarde en el ámbito popular o de investigación, como Horacio Salinas, Flor Motuda (Raúl Alarcón), Rodrigo Torres y José Pérez de Arce.

Había comenzado su trayectoria en la universidad como Inspector del Coro Sinfónico, al inicio de la década de 1960. Después de la reforma de 1968 pasó a ser el primer director del recíén formado Departamento de Música de la Facultad de Ciencias y Artes Musicales y de la Representación. Fue luego miembro de su Consejo Normativo, al tiempo que continuaba como profesor. Esto hasta 1973 cuando fue exonerado. Volvió de su exilio en Lima y La Habana en 1990, y se reincorporó de inmediato a la casa de estudios, donde trabajó hasta su retiro, en 2009.

Composición y compromiso
Son más de trescientas las obras completadas por Fernando García, compositor prolífico y riguroso que dice encontrar el sentido de su labor en el hecho mismo de componer, incluso sin saber si esa música será o no interpretada, ni por quién ni dónde.

Ese compromiso con la propia expresión le ha permitido avanzar por fuera de cauces establecidos, abriendo su creación a una multiplicidad de propuestas. Escribir es, según él, algo que lo entretiene, que ordena ideas instaladas porfiadamente en su cabeza; «y así, sin darme cuenta, voy “resolviendo el puzzle”», como explicaba en una entrevista.

Se cuentan entre sus piezas más relevantes Estáticas (1961), Variaciones (1959), Sinfonía (1960), Urania (1965), Firmamento sumergido (1968), América insurrecta (1962) y Poemas árticos, a partir de la obra de Vicente Huidobro.

Composiciones como el Himno de la CUT (1963), Canto a Margarita Naranjo (1964), Tres canciones para una bandera (1965), La tierra combatiente (1965), La arena traicionada (1967), Los héroes caídos hablan (1968) y ¡Cómo nacen las banderas! (1972) son lecturas suyas de estricto apego al devenir social y político chileno de su tiempo. Puede sumarse a éstas Las raíces de la ira, escrita en 1976, en Perú, como indignidado tributo al asesinado Víctor Jara, con quien compartió labores en la Universidad de Chile. Militante del Partido Comunista de Chile desde 1959, Fernando García define al arte por fuera de la lógica de mercado, y ha manifestado su convicción en que, dentro de esa excepcionalidad, debe mantenerse como una actividad de enriquecimiento de la población resguardada por el Estado.

Sin un solo género ni estilo único de desarrollo musical, García se ha visto involucrado incluso en piezas de alta experimentación, como cuando, en 1956, apoyó a León Schidlowsky en la creación de Nacimiento, obra de imposible comparación, sin partituras ni instrumentos musicales, creada por encargo para una obra de mimos pero que hoy es reconocida como la primera referencia chilena de la electroacústica. Una pesada grabadora de cintas magnetofónicas, un dictáfono, sus propias voces, pailas, sartenes y cacerolas de la casa sirvieron entonces a los dos compositores en el primer ensayo local de música concreta.

América insurrecta (1962), en tanto, lo puso en contacto con la poesía de Pablo Neruda desde una cierta osadía musical que García mantuvo luego en otras piezas de cruce con los versos del Nobel. La obra es simbólica de una sensibilidad de época de apertura social y americanista, marcada por innegable trazos de identidad chiena.

Los suyos son, por eso, hitos creativos de señas en apariencia dispares, imposibles de acotar a una sola palabra definitoria. El lazo entre todos ellos, sin embargo, es firme y bien claro. Lo describe, sin quererlo, el propio compositor: «Nada he inventado. Yo soy un hijo de mi tiempo».

Exilio e investigación
El destierro forzado por la dictadura en 1973 fue para Fernando García un cambio drástico, aunque nunca invalidante para su música. «Llegué a Perú un día viernes en la noche, y el lunes en la mañana estaba trabajando», recuerda de la apurada mudanza a Lima junto a su esposa, la destacada bailarina y coreógrafa Hilda Riveros, días después del Golpe de Estado. En la capital peruana, el compositor se ocupó por seis años como músico e investigador para el Instituto Nacional de Cultura. Entre sus trabajos más significativos allí se cuenta la redacción de parte del fundamental catastro Mapa de los instrumentos musicales de uso popular en el Perú (1978), un trabajo de equipo llevado a cabo junto a Josafat Roel Pineda, Alida Salazar y César Bolaños.

A partir de 1979, la pareja se estableció por más de diez años en La Habana, Cuba, donde ambos encontraron valiosas invitaciones de proyección profesional. García recibió encargos del Gran Teatro de La Habana y fue también asesor musical de la prestigiada Alicia Alonso.

La edición de las entradas sobre Chile en el importante Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana (2002), elaborado bajo la dirección del musicólogo español Emilio Casares, fue una de las principales ocupaciones de Fernando García a su regreso a Santiago luego de sus años de exilio. Se incorporó también entonces al equipo de la Revista Musical Chilena, de la cual fue subdirector desde 1993 y durante siete años. Numerosos y muy variados textos suyos sobre compositores, libros de música y grabaciones se guardan en los archivos de esa publicación con su firma.

Pocas figuras como Fernando García mantienen en Chile esa múltiple validez en la creación y divulgación: «En la música hay tres patas inseparables unas de otras. Está quien compone, quien interpreta y también quien escucha —ilustra él—. El trabajo musical no sirve de mucho si no hay una preocupación por formar público, por generarle una audiencia. Porque no puede ser que algo tan notable como es la música no llegue a la gente. Es como aprender a leer o escribir. Es un derecho del ser humano poder escuchar y disfrutar al maestro Beethoven».

Parte de sus reflexiones, así como valiosos datos biográficos, están registrados en un libro preparado junto a Eduardo Carrasco: Conversaciones con Fernando García (2018).

 

 

 

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