Gustavo Becerra Schmidt

Gustavo Becerra-Schmidt, el compositor el más joven en recibir el Premio Nacional de Arte, en 1971, fue una de las figuras vitales en la renovación de la creación y la formación musical. Abordó todos los tipos de música, incluyendo óperas, sinfonías, oratorios, música electroacústica y colaboraciones con agrupaciones de la órbita popular como Quilapayún. Su figura y su obra representa un punto de inflexión en la historia de la composición académica moderna.

Fechas

Temuco - 26 de agosto de 1925
Oldenburgo (Alemania) - 03 de enero de 2010

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |

Géneros

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José Oplustil

Después estudiar en el Conservatorio de Temuco hasta 1935, Becerra-Schmidt siguió su formación en el Conservatorio Nacional hasta 1948, tomando los cursos de composición con Pedro Humberto Allende y Domingo Santa Cruz, dirección con Armando Carvajal y musicología con Vicente Salas Viu. Después de terminar sus estudios, se dedicó a tres labores fundamentales: la creación, la enseñanza y la investigación.

Rumbo al destierro y la historia
Entre 1954 y 1956 viajó por Europa para investigar sobre educación musical y estudiar la didáctica de la composición. Como resultado de esta experiencia, publicó un extenso trabajo teórico titulado “Crisis de la enseñanza de la composición en occidente”, editado entre 1958 y 1959 en la Revista Musical Chilena. En Europa también compuso y trabajó como profesor invitado en entidades de Italia, Austria, Alemania, Francia y España. A su retorno a Chile, Becerra-Schmidt fue nombrado director del Instituto de Extensión Musical en 1958 y secretario general de la Facultad de Ciencias y Artes Musicales de la Universidad de Chile en 1968. En ese periodo obtiene el premio Olga Cohen (1958) y premios de honor y a la mejor obra en los festivales bienales de música chilena (1958 y 1962).

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Foto: Memoria Chilena

Paralelamente, su participación en eventos y festivales internacionales le aproxima a las nuevas tendencias y corrientes estéticas. Después de asistir a la Tribuna Internacional de Compositores de la Unesco en 1963, el autor incorporó mayor libertad e informalidad en su lenguaje, adoptando procesos aleatorios y notación abierta, escritura gráfica y una mayor interacción entre voces e instrumentos con grabaciones y sonidos electrónicos.

Dos hitos en la carrera de Becerra-Schmidt ocurrieron en 1971. Ese año ganó el Premio Nacional de Música, siendo el galardonado más joven de la historia de esa distinción y fue nombrado agregado cultural de la Embajada de Chile en Alemania Occidental. Pero con el golpe militar de 1973, fue destituido del cargo, exonerado de la Universidad de Chile y tuvo que solicitar asilo. A partir de 1974, y durante dos décadas, Becerra-Schmidt trabajó en la Universidad de Oldenburgo, enseñando análisis, composición y teoría general de la música. Siguió con sus investigaciones y colaboraciones para diversas publicaciones, mientras que su obra se incrementó considerablemente. La Universidad de Oldenburgo celebró los 65 años del autor en 1990 con un tributo sin precedentes para un músico chileno en Alemania.

La extensa producción de Becerra-Schmidt incluye partituras en casi todos los formatos y estilos. El compositor siempre se concentró en la relación de la música con la sociedad y el poder político, el desarrollo de una participación musical real de todos los estratos y ámbitos sociales, así como la importancia de establecer una comunicación entre creador y público. Su obra no sólo plasmó directamente esas ideas, sino que además adoptó y aplicó todos los estilos musicales para obtener significados específicos, sintetizando elementos de las músicas popular y académica con estilos históricos y referencias interculturales. Por eso es que el numeroso catálogo del autor incluya música para el cine y cantatas o canciones populares al lado de sinfonías, conciertos, cuartetos, sonatas y óperas.

Primera etapa creativa
Como ha escrito Fernando García, la producción de Becerra-Schmidt puede dividirse en cuatro etapas, que están someramente limitadas por sus viajes al extranjero. Una primera fase se extiende desde sus inicios creativos hasta mediados de la década de 1950 y ella está nutrida por el aprendizaje y la asimilación de los maestros, la historia de la música, las primeras investigaciones en el folclore y un predominio del neoclasicismo.

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Foto: Revista Musical Chilena

Algunos ejemplos de este periodo son el tercer cuarteto para cuerdas, subtitulado “Del viejo mundo” y escrito en París en 1955; la «Tercera sonata para violoncello y piano», que data de 1956, fue compuesta sobre temas de René Amengual y dedicada a la memoria de este autor; o la segunda sonata para guitarra, concebida en 1956 para Liliana Pérez Corey.

El paso desde la primera a la segunda etapa lo definió la «Primera sinfonía» (1955), que se estrenó en Zurich en 1956 durante el Festival Internacional de Música Contemporánea. Luego se presentó en Washington y recién se conoció en nuestro país en 1957 cuando la dirigió Antal Dorati en la temporada de la Orquesta Sinfónica de Chile. Ese año recibió el premio de música del Círculo de Críticos de Arte de Santiago.

Esa «Primera sinfonía» de Becerra representó el segundo intento del compositor de trabajar con materiales dodecafónicos sin desligarse de la tradición histórica y la tonalidad, algo que no era aceptado entonces por los “apóstoles del dodecafonismo”, como afirmaría el propio Becerra.

Segunda etapa creativa
Un siguiente periodo en la creación de Becerra-Schmidt se extiende hasta 1963 y en ella se aprecian la introducción de lenguajes y técnicas de la vanguardia, el desarrollo de sistemas propios de composición y el intento de acercar la música de tradición escrita a aquella de tradición oral, algo que alcanzaría mayor énfasis en la tercera etapa creativa del autor.

Característica de este periodo es la «Segunda sinfonía», compuesta por Becerra-Schmidt en 1957 y organizada en tres movimientos llamados «Alfa y Omega», «Tu Solus Altisimus» y «De Profundis». Además de estar construida sobre una serie de doce sonidos que gobierna toda la obra, esta partitura también trasluce modernidad a través de la orquestación, con la suma de un oscilador de audiofrecuencia al aparato instrumental tradicional.

La «Segunda sinfonía» fue estrenada en 1958 en el VI Festival de Música Chilena y logró el Premio de Honor. En el mismo evento, el Concierto para Flauta del autor ganó otro Premio de Honor y el Primer Premio. Además, la segunda sinfonía obtuvo el Premio por Obra del Instituto de Extensión Musical en 1958 y alcanzó el segundo lugar en el Concurso de Música Orquestal auspiciado por CRAV en 1963. Otro ejemplo es el único «Concierto para piano» de Becerra-Schmidt, que data de 1958 y se estrenó en 1962 durante la Temporada de Invierno de la Sinfónica de Chile. Comprende tres movimientos de velocidades contrastantes, con una prominencia en el uso de las percusiones y una escritura compleja y virtuosa para el solista. Todo el material sigue el sistema dodecafónico no serial ideado por el propio compositor.

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Foto: Archivo Becerra Schmidt

Uno de los productos finales en esta etapa fueron «Cueca larga», compuesta en 1961 para coro, piano y percusión, o las «Canciones de alta copa», escritas en 1962 sobre textos del poeta Andrés Sabella. Con un idioma arraigado en el Chile popular, la música refleja el humor de la poesía y la intención de desarrollar un lenguaje sonoro más propio y característico de la soberanía cultural del país.

Las canciones se estrenaron parcialmente en diciembre de 1962, durante las Semanas de la Cultura realizadas en el edificio del Comité Central del Partido Comunista, y tuvieron al tenor Hanns Stein acompañado por un conjunto que dirigió por Agustín Cullel y que, entre sus filas, tuvo a Víctor Jara en la guitarra. La partitura se interpretó completa para una grabación en disco publicada por la Editorial Universitaria en 1970.

Tercera etapa creativa
Aunque la tercera etapa de Becerra-Schmidt se inicia en 1963 y se extiende hasta 1971, el paso de la segunda a esta tercera etapa no es tan claro en términos estilísticos. Por un lado, está el uso de las nuevas técnicas para extender el lenguaje, y por el otro, un giro a la temática histórica y testimonial que expresa una preocupación por los problemas que golpean a sectores mayoritarios de la población.

La vanguardia encuentra eco en obras como la segunda sonata para contrabajo y piano (1963), el primer «Concierto para guitarra y orquesta» (1964), la «Tercera sinfonía» (1965), «Homogramas I» (1966) y el «Concierto para oboe, clarinete, fagot y orquesta de cámara» (1970). En ellas aparecen la aleatoriedad y la notación gráfica con episodios “abiertos”, así como libertad para los intérpretes para manejar los parámetros del discurso musical.

Característica de esta tercera etapa es la «Tercera sinfonía» fechada en diciembre de 1965, una partitura que fue estrenada un año después en el X Festival de Música Chilena. Tal como las sinfonías anteriores del autor, recurre a una orquesta tradicional y enfatiza el uso de las percusiones, pero incorpora un instrumento ajeno a la orquesta, en este caso, un órgano Hammond.

El acervo latinoamericano y los problemas del hombre en la sociedad contemporánea quedaron plasmados en obras épico-musicales que renovaron el repertorio sinfónico-vocal chileno: «Cantata del amor americano» (1965), los oratorios «La araucana» (1965), «Macchu Picchu» (1966) y «Lord Cochrane de Chile» (1967), «Responso para José Miguel Carrera» (1967), «Elegía a la muerte de Lenin» (1969) y «Oda al alambre de púa» (1969).

Cuarta etapa creativa
A partir de 1971, Becerra inicia un cuarto y último periodo creativo, el que fue afectado por el exilio forzado desde 1973 y que, además de reforzar una preocupación por temas sociales y políticos, se concentró en el sonido y sus proyecciones múltiples, con música que se mueve entre la síntesis de antiguas técnicas y una constante preocupación por lo nuevo.

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Foto: Archivo Becerra Schmidt

Una de las primeras obras “europeas” fue «Historia de una provocación», escrita en 1972 para voz, instrumentos y cinta y estrenada en la Unesco en París. La partitura plantea un diálogo entre la imposición de una historia oficial y sus secuelas en la vida de un hombre enfrentado a esa circunstancia, estableciendo una distancia entre el poder y la vida real dentro de un contexto político y social cargado de represión y violencia. En el exilio, Becerra-Schmidt trabaja en una serie de proyectos multidisciplinarios con estetas y filósofos del arte, politólogos, historiadores y pedagogos. Primero aparece un grupo de partituras concebido para funcionar artística y políticamente como las cantatas «Corvalán» y «Chile 1973», o el himno «Ossietzky Lied», dedicado al Premio Nobel de la Paz, todas escritas en 1974.

Después de colaboraciones con Quilapayún en las cantatas «Américas» (1978) y «Allende» (1980) o la canción «Memento» (1980), el compositor dirige su creación hacia contenidos pacifistas e incrementa la síntesis de estilos y medios. Conciertos para percusión y para violoncello aparecen al lado del «Oratorio menor para Silvestre Revueltas», piezas mixtas «Das schweigen» y «Dialog», o numerosas creaciones electrónicas y multimediales.

Becerra-Schmidt continuó manteniendo vínculos con intérpretes y entidades musicales chilenos hasta sus últimos días. Sofía Asunción Claro estrenó su «Concierto para arpa» en Madrid, Marcelo de la Puebla fue el destinatario de la «Cuarta sonata para guitarra», que el guitarrista Diego Castro interpretó en Chile, y el ensamble CIMA interpretó «Génesis» en el XVI Festival de Música Contemporánea de la Universidad Católica en 2006.

Recientes y notables iniciativas para difundir el legado de Becerra-Schmidt han sido los artículos de Federico Schumacher para la Revista Musical Chilena, los discos del netlabel  Pueblo Nuevo y el sello discográfico SVR con la creación electroacústica y registros históricos de música orquestal del autor, así como el Concurso Latinoamericano de Composición Electroacústica Gustavo Becerra-Schmidt que organiza la Comunidad Electroacústica de Chile.

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