Sergio Ortega

Los hitos contemporáneos se recuerdan muchas veces a través de las canciones que acompañaron a sus protagonistas. En Chile, la llegada al poder de la Unidad Popular, en 1970, tuvo dos grandes himnos, reconocibles popularmente hasta hoy y no sólo en nuestro país. “Venceremos” y “El pueblo unido jamás será vencido” son las dos creaciones más famosas de Sergio Ortega, un músico nortino que también se ocupó en obras para el mundo docto, teatral y cinematográfico; y que se asoció en proyectos creativos con los más grandes nombres de la Nueva Canción Chilena, principalmente los grupos Quilapayún e Inti-Illimani.

Fechas

Antofagasta - 02 de febrero de 1938
París - 15 de septiembre de 2003

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |

Géneros

Grupos

Sergio Ortega

Marisol García

Además, su trabajo junto a Pablo Neruda dio forma a la ópera Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, la única obra del género con firma del Nobel chileno. El autor se estableció en Francia luego del Golpe de Estado, y su muerte, en septiembre del 2003, fue noticia de cobertura internacional. Su biografía se cruzó muchas veces con la de Luis Advis, un compositor chileno con quien no es osado compararlo, pues coincidieron en su disposición para tender puentes entre los mundos clásico y popular. Ambos tenían, según los entendidos, el talento de encauzar en sus composiciones algo del indefinible «carácter chileno».

Como Advis, Sergio Ortega nació en el norte (en la ciudad de Antofagasta, en 1938) y una vez en Santiago siguió clases de música con Roberto Falabella y Gustavo Becerra. También intentó un cruce entre campos musicales, si bien no fue siempre comprendido por sus contemporáneos. Ortega era popular para los doctos y docto para los populares. Pero, sobre todo, era un artista que no concebía la expresión musical alejada de sus circunstancias sociales, profundamente autocrítico y, a la vez, libertario en su construcción musical.

Joaquín Murieta, su obra con Neruda
Sergio Ortega no contó con antecedentes musicales significativos en su familia, pero se interesó desde temprano en la interpretación en piano. Se ocupó durante su juventud en orquestas juveniles, pero sin pensar en una dedicación profesional. Así, del colegio San Ignacio pasó a la Universidad Católica a estudiar por un tiempo Arquitectura y luego Literatura. Hasta que se decidió por sistematizar su vocación natural, e ingresó al Conservatorio de la Universidad de Chile. Para 1969 ya estaba haciendo clases de música en esa institución, y tuvo entre sus alumnos a Horacio Salinas y Guillermo Rifo, entre otros muchos futuros destacados compositores.

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Foto: Raúl Álvarez

A todas luces, Sergio Ortega fue un alumno de excepción. Tenía menos de treinta años de edad cuando Pablo Neruda le encargó musicalizar el montaje de su traducción de Romeo y Julieta y, luego, una obra de teatro escrita por él y basada en la historia de un aventurero que emigró a California durante la «fiebre del oro» para terminar convertido en un bandido justiciero. La ópera Fulgor y muerte de Joaquín Murieta fue estrenada en 1967 en el teatro Antonio Varas, bajo la dirección de Pedro Orthous. La obra, que recorrió Europa con éxito, tuvo otros dos montajes en Chile antes del fallecimiento de Ortega: en diciembre de 1988 y junio del 2003; (en ambas ocasiones, en el Teatro Municipal de Santiago).

Los críticos hoy destacan cómo fue capaz de fundir magistralmente campos expresivos diversos («adelantándose a la Nueva Canción», según Luis Advis). El propio Ortega definió la obra como una combinación de «tradición oral, popular y los “oficios experimentales” de los que hablaba Neruda». El compositor nunca se acomodó a la lectura solemne que muchos querían seguir dando a la música de grandes montajes. «La ópera debe ser una fiesta», era su punto de vista.

La sociedad entre Ortega y Neruda tuvo una tercera y última coincidencia con su trabajo para una versión escénica de Canto general, estrenada en 1970, en la que también participaron Gustavo Becerra y el grupo Aparcoa.

Música para teatro y cine
Su trabajo como sonidista del teatro Antonio Varas contactó a Ortega desde muy joven con el mundo de las tablas. Así, se hizo cargo de la música para obras de Alejandro Sieveking (Asunto sofisticado) e Isidora Aguirre (La dama del canasto), y más tarde aceptó la invitación del cineasta Miguel Littin para componer la banda sonora del que resultaría siendo un gran clásico del cine chileno, El chacal de Nahueltoro (1969). Fue suya también la música original para el clásico El húsar de la muerte (1925), de Pedro Sienna, única pieza del cine mudo chileno que permanece con vida. Hacia el final de su vida, Ortega compuso también una canción para la cinta Taxi para tres (2001).

En 1970, el músico asumió como director artístico de la naciente señal televisiva de la Universidad de Chile. Fue ése el período más productivo de su vida, gracias a una capacidad «para componer a una velocidad espantosa», según algunos de sus amigos. El locutor Ricardo García lo entrevistó por entonces para la revista Ramona, y así lo describió por escrito:

«Este barbudo incansable y en constante movimiento se las arregla para componer en cualquier momento, dirigir el Canal 9 de TV y hasta se da tiempo para jugar ajedrez y estudiar los partidos de Fisher-Spassky».

Colaboró con Inti-Illimani en la composición del disco Canto al programa (1970), también con aportes de Luis Advis y letras de Julio Rojas. La de la “canción comprometida” era una veta que a esas alturas le resultaba cómoda, y una a una iban saliendo las composiciones de observación político-social; muchas veces, barnizadas por un humor sutil. Fueron suyos grandes éxitos entre los sectores de izquierda de la época, como “Las ollitas”, “El enano maldito” y “No se para la cuestión”.

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Foto: Dicap

“Trabajábamos en su casa de Lo Cañas”, recuerda Eduardo Carrasco, de Quilapayún, sobre sus encuentros creativos. Gracias a ellos surgió La fragua, cantos para chilenos, una colección de “crónicas populares” presentada por primera vez en el Teatro Municipal, en 1971; con narración de Roberto Parada y canto de Quilapayún. No faltó quien se quejase en algún diario por cómo a la elegante sala había «entrado la chimuchina». La obra fue un año más tarde corregida y editada en disco. En una entrevista citada en el libro Ricardo García, un hombre trascendente, Ortega explicaba que La fragua es «un homenaje a la historia social de Chile, a las luchas obreras, al conjunto de procesos que se han ido sumando y que han conducido al actual gobierno […]. No sabría decir si es una cantata o qué. En realidad, no podría definirlo musicalmente».

El compositor confiaba en la fusión natural de canto y compromiso, y sintió como una extensión natural de su trabajo la composición, por ejemplo, de los himnos de la C.U.T., la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, y de las Juventudes Comunistas. Pero sus cumbres en esta línea fueron, sin duda alguna, “Venceremos” y “El pueblo unido jamás será vencido”. La primera fue compuesta junto a Claudio Iturra (letrista) para la campaña presidencial de Salvador Allende, y la segunda es una emotiva canción con ritmo de marcha y estribillo en plan de proclama («¡El pueblo unido jamás será vencido!»), que fue grabada apenas tres meses antes del asalto militar a La Moneda. Poco antes, y tal como a Víctor Jara, el presidente Allende había nombrado a Sergio Ortega en el cargo de Embajador Cultural del gobierno de la Unidad Popular.

Trabajo en el exilio francés
Los militares ubicaron a Ortega en las largas listas de chilenos obligados a dejar el país, y su destino fue el mismo que el de sus amigos de Quilapayún: Francia. Se instaló primero en Nanterre, donde trabajó con el colectivo musical chileno-francés Taller Recabarren. Más tarde, establecido en Pantin, asumió como director de la Escuela Nacional de Música. De ese período se destaca su trabajo en Bernardo O’Higgins Riquelme, 1810. Poema sonoro para el padre de mi patria, una obra compuesta en 1978 y estrenada en un festival austríaco. Para la celebración del bicentenario de la Revolución Francesa, Ortega trabajó una elogiada trilogía operática.

Muchos de los chilenos que compartieron con él su exilio lo recuerdan como un hombre siempre activo en los debates y actividades organizados en torno a Chile y su drama político y social (llegó incluso a ser nombrado Secretario del Comunal Francia del Partido Comunista chileno, aunque no aceptó el cargo). Obtuvo la nacionalidad francesa años más tarde, y decidió quedarse en Europa cuando en Chile se levantó al fin su orden de exilio.

Pese a ello, el músico intentó hacer visitas regulares a Santiago. La última fue en junio del 2003, cuando llegó a supervisar un nuevo montaje de Fulgor y muerte de Joaquín Murieta. En esa ocasión, un foro organizado por la SCD registró valiosas opiniones, dictadas por Ortega en una mesa redonda que también ocupaban sus amigos, los compositores Fernando García, Luis Advis y Horacio Salinas.

« La Nueva Canción Chilena era absolutamente inevitable, porque había una ola muy grande, que movía al país desde el fondo hasta arriba», dijo entonces sobre el movimiento del cual fue protagonista. «No había manera de oponerse; era una ola de cambio. Nosotros éramos otra cosa y estábamos movilizados hacia otra cosa. Hay veces en que la Historia no se puede contener».

El 2003 era un año especial, de gran debate en Chile en torno a los treinta años del Golpe de Estado. Ortega habló del trabajo que desarrollaba entonces junto a su hijo, Chañaral (más tarde, incorporado a la facción francesa de Quilapayún), para una ópera basada en la famosa novela mexicana Pedro Páramo, y aceptó iniciar conversaciones para ofrecer cursos temporales de composición en la Escuela de Música Popular de la SCD. Partía entonces a Finlandia, pues Joaquín Murieta se presentaría en el Festival de Ópera de Savonlinna.

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Pocos en Chile se enteraron de que, sólo semanas más tarde, se le diagnosticó un avanzado cáncer al páncreas. En septiembre del 2003, Sergio Ortega ya estaba en coma en el hospital de Saint Louis, de París. Murió el día 15 de septiembre, a los 65 años de edad, rodeado de su mujer y sus tres hijos. Poco antes, había explicitado su deseo de ser enterrado en Chile. «Será, simbólicamente, su definitiva vuelta del exilio», anunció entonces su hijo.

Ortega, póstumo
Los restos de Sergio Ortega llegaron al país el día 27, y fueron recibidos con una serie de homenajes oficiales, incluyendo una caravana con paradas en la CUT, el teatro Antonio Varas, la Facultad de Artes de la Universidad de Chile y el Teatro Municipal (donde el Coro, a cargo de Max Valdés, interpretó las partes finales de Fulgor y muerte de Joaquín Murieta). Hubo discursos del ministro de Cultura y el secretario general del PC. Sus restos fueron enterrados al día siguiente en el Cementerio General, en medio de sentidas palabras de quienes lo conocieron y el canto final de “El pueblo unido…” en las voces de Eduardo Carrasco, José Seves, Max Berrú y Horacio Durán, entre otros.

A través de un discurso, Horacio Salinas lo destacó como «un creador magnífico, anti cualquier clase de sistemas, y contrario a los intimismos. Nunca se rindió ante la moda. Buscó las formas musicales adecuadas a su creación más allá de las convenciones, de las salas de conservatorio. Indagó en las calles el sonido. Hizo su revolución en la música chilena […]. A Sergio le debemos que, en gran medida, la música chilena se hiciera universal».

Una serie de ediciones póstumas con su trabajo y reflexiones es aún materia pendiente. Una sobrina suya, Céline Loiseau, filmó un mini documental con una entrevista, al que tituló L’ecume dispersée (La espuma dispersada) y que fue exhibido en festivales franceses. Pese a las gestiones del documentalista Patricio Guzmán (director de La batalla de Chile), el material no ha sido mostrado hasta ahora en nuestro país. Del mismo modo, un anunciado DVD con el registro del montaje de 1988 de Joaquín Murieta en el Teatro Municipal de Santiago permanece en los archivos privados de su equipo realizador.

Por mientras, las canciones de Sergio Ortega siguen apareciendo en los lugares más inesperados. La suerte de “El pueblo unido…” debe ser de los casos más curiosos en la historia de nuestra canción popular. El tema —en los últimos años, cita frecuente en los conciertos de Álvaro Henríquez— participó en el festival pop Eurovisión 2005, a través de una lectura libre a ritmo de rap adaptada por un conjunto de origen ucraniano. “Razom nas bagato” fue como quedó convertido el himno en las manos del dúo Hryndzholy, el cual lo había impuesto popularmente durante la llamada «revolución naranja» del 2004, cuando una serie de protestas obligaron a una repetición de las elecciones presidenciales en ese país de Europa Oriental.

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