Ángel Parra
Foto: Dicap

Discos

Ángel Parra

La muestra de su canto por el mundo, y el contacto con grandes figuras musicales marcaron la trayectoria y la vida de Ángel Parra (de nacimiento, Luis Ángel Cereceda Parra), uno de los cantores relevantes nacidos en Chile durante el siglo XX y figura de la Nueva Canción Chilena tanto por su creación como por la disposición que desde muy joven tuvo para alimentar ese movimiento con alianzas, iniciativas de trabajo y contenido. El entorno familiar en el que creció fue privilegiado para esa vocación, y ya en la adolescencia lo tenía presentándose junto a su hermana mayor (en el dúo Isabel y Ángel Parra) y su madre, Violeta Parra, en escenarios de Chile y el extranjero. Pero luego, por propios decisión y mérito, llegó a colaborar estrechamente con los más grandes nombres de la canción latinoamericana de su tiempo, como Atahualpa Yupanqui, Pablo Milanés y Víctor Jara. Décadas más tarde, Parra seguía interesado en buscar entre nombres jóvenes socios para sus ideas.

Fechas

Valparaíso - 27 de junio de 1943
París (Francia) - 11 de marzo de 2017

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Grupos

Marisol García

Su producción fue incansable, activa hasta sus últimos días. Trabajó géneros como la cueca chora, la copla, el tango, el bolero, la chanson y la trova; además de ocuparlo periódicamente en la autoría de novelas y puntuales cruces a la televisión y el cine. Prácticamente autodidacta en la guitarra, el canto y la escritura, Parra fue un artista versátil en formatos y temáticas, además de prolífico: más de setenta álbumes suyos se reparten en etiquetas de diversos países. Fue parte de una familia de profundo y extenso aporte a la música popular chilena, en la que también ha destacado su descendencia: el guitarrista Ángel Parra Orrego (Los Tres, Ángel Parra Trío) y la cantante Javiera Parra (Javiera y Los Imposibles) son hijos suyos.

Activa adolescencia
La influencia de su madre convirtió a Ángel Parra en un artista e investigador precoz. Se saltó la educación secundaria (fue su madre quien le enseñó a leer, en casa) y ejerció diversos oficios desde una edad temprana, en parte para mantener el presupuesto familiar y en parte para perfeccionarse como cantor. Un período de su adolescencia, por ejemplo, lo vivió en la casa de Isaías Angulo, uno de los guitarroneros más destacados de Puente Alto, y de quien aprendió la técnica sobre ese complejo instrumento. Su formación iba, así, dándose entre maestros sin título de tales, pero de todos modos privilegiados. Surgían encargos y trabajos de lugares inesperados: muy joven, Parra aceptó labores en la naciente señal de televisión de la Universidad de Chile. Tuvo además un breve paso por el Conservatorio para estudios de oboe.

La influencia de su madre y el estímulo de ésta para entender la música y la creación como actividades incorporadas naturalmente a lo cotidiano lo convirtieron en cantor sin buscarlo. A fines de los años cincuenta ya era parte activa del mundo discográfico, y publicó un miniálbum junto al grupo Los Norteños (Cuatro villancicos chilenos).

«Yo era un aprendiz de Violeta —recordaría sobre su infancia—. Ella me enseñó a leer, a escribir, a sumar, a restar… Nunca me sentí artista. Descubrí la palabra artista mucho después. Es algo que pasa por trabajar, por aprender, por ser servicial, por ayudar a los más viejos, para construir algo».

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Foto: Peña de los Parra

Viajó en 1962 a Europa junto a sus hermanas Isabel y Carmen Luisa para reunirse con Violeta Parra, quien ya mostraba el canto popular chileno ante audiencias nuevas, en Finlandia, Alemania, Italia y la ex Unión Soviética. Varias veces se presentaron como Los Parra de Chile, moldeando luego un dúo natural junto a su hermana Isabel. Adentrándose luego en locales parisinos para la música en vivo, los jóvenes hermanos se hicieron parte del circuito musical en torno al Barrio Latino, determinando con ello un estilo que los distinguió como sociedad. Su intención, explicaban, era presentar un tipo de canto popular «no estereotipado, capaz de mostrar los matices de América Latina».

Su primera propuesta era un repertorio ciento por ciento chileno con dos voces, guitarra y bombo. Fue una elección que reforzó su identidad en un medio ocupado entonces por las señas más reconocibles del canto latinoamericano. De ese tiempo proviene la primera grabación francesa de Isabel y Ángel junto a su madre. En el disco Au Chili avec los Parra de Chillan (1963, Arion) colaboraron también, brevemente, su hermana Carmen Luisa Arce y la hija mayor de Isabel, Tita. Son ellos cuatro, de espaldas a la cámara, quienes aparecen en la foto de portada del LP, con una lista de temas tomados en su mayoría del folclor chileno.

Entre muchas influencias, la capital francesa afirmó el gusto de Ángel Parra por música argentina, sobre todo el tango y la zamba. «Ese tiempo que pasamos en París nos abrió los sentidos, los ojos y las orejas», recuerda el cantor en su libro de memorias Mi nueva canción chilena, y en legítimo uso de la primera persona del plural familiar. «Por sobre todo, nos abrió el corazón a toda América Latina. A partir de esa experiencia aprendimos a respetar a nuestros hermanos latinoamericanos».

Fue en Francia que Isabel y Ángel Parra llegaron a apreciar a la canción de nuestro continente como el camino por el cual querían seguir en adelante. Allí conocieron canciones, maestros y también instrumentos, los que luego afirmarían una destacada discografía propia, que avanzó en paralelo a la de las dos trayectorias musicales solistas de ambos hermanos por separado.

La época de la Peña
Regresó al país en 1964, decidido a continuar con su trabajo entre sus compatriotas e imponer las raíces de su música en el ambiente nuevaolero. En el libro En busca de la música chilena, recuerda el cantor: «De regreso de Europa, fuimos al Pollo Dorado y otros locales nocturnos a pedir trabajo. Por supuesto que no nos contrataban, porque yo andaba con los mismos eternos pantalones de cuero, no tenía traje de huaso con manta y espuelas, y a ellos no les servían nuestras canciones folclóricas auténticas, ni menos las canciones políticas. Empezamos a juntarnos en la pieza grande de la casona de Carmen».

Fundó allí la legendaria Peña de los Parra, epicentro de la actividad musical en vivo de la Nueva Canción Chilena. Sus primeros conciertos integraban cuecas compuestas por su tío Roberto Parra, las cuales luego dieron forma al disco Las cuecas del tío Roberto (1972). En 1965 grabó el primero de varios oratorios, Oratorio para el pueblo, en el que participaron el Coro Filarmónico de Santiago, dirigido por Waldo Aránguiz, y los cantautores Rolando Alarcón, Isabel Parra y Julio Mardones. En 1966 dirigió a Quilapayún en su debut en vivo en Valparaíso. Para entonces, Ángel Parra ya era parte activa de un movimiento que, más que ideológico, concebía —en sus palabras— al canto «puesto al servicio de un ideal, de una utopía».

En 1967 comenzó a presentarse junto a los Curacas, conjunto de música andina del cual llegó a ser director artístico. Se intensificaron sus viajes al extranjero y participó de una serie de festivales de música comprometida, como el Primer Encuentro de la Canción Protesta, realizado en 1967, en Cuba; y en el cual también figuraban su hermana Isabel y Rolando Alarcón. En 1969 estuvo en el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena con el tema “Amigo, soldado, hermano”. Bajo etiqueta Dicap, el LP Canciones funcionales incorporó uno de sus títulos más populares, “La democracia”, muestra de la ironía que avivó muchas de sus composiciones.

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Fotos:

Ángel Parra ofrecía ya entonces pruebas de su desprejuicio estilístico, colaborando por igual con exponentes del más alto compromiso político (Víctor Jara, Quilapayún) como con los Blops, una de las primeras bandas en Chile interesada en fusionar rock y raíz folclórica. Durante el gobierno de la Unidad Popular, Ángel Parra publicó Corazón de bandidoCanciones de patria nueva (en el que incluyó un tema de Pablo Milanés). Entonces también apareció una antología de la Nueva Canción editada por el Mapu (Se cumple un año ¡y se cumple!), la cual se inauguraba y cerraba con “Cuando amanece el día”, una de sus composiciones más importantes y que luego le dio nombre a un LP completo publicado por Dicap.

Aparte de su madre, su mayor influencia fue la del músico argentino Atahualpa Yupanqui, a quien conoció largamente, con quien se presentó en vivo y quien le entregó su poema “En el Tolima” para que lo musicalizara. Con él registró El último recital, grabado en conjunto en Zurich, en 1992. Parra musicalizó los versos de diversos poetas, incluyendo los de Federico García Lorca (“El galapaguito”), Pablo Neruda (en los álbumes Arte de pájaros y Sólo el amor), Gabriela Mistral (en el disco Amado, apresura el paso, donde comparte voces con su hija, Javiera).

Además ha trabajado la prosa de Manuel Rojas (Chile de arriba a abajo) y Volodia Teitelboim, en cuyo trabajo se inspiró el álbum Pisagua, el último que alcanzó a publicar Dicap antes del golpe de Estado. Su discografía se cruza en varios momentos con el cine, incluyendo musicalizaciones para El ñato Eloy (1968), de Humberto Ríos, y La tierra prometida (1970) y Los náufragos (1994), de Miguel Littin; además de una serie de documentales trabajados durante la UP.

Al exilio
El golpe de Estado de 1973 y la delación de una vecina le significaron el inmediato traslado como prisionero al Estadio Nacional, y luego el paso sucesivo por diversos recintos de detención instalados por la incipiente dictadura. Fue en su prisión de seis meses en Chacabuco que compuso el Oratorio de Navidad, que montó por primera vez junto a otros reclusos. Nació allí uno de los discos más singulares de la historia de la música chilena: Chacabuco registra una grabación clandestina realizada en prisión en 1974,  y cuyo cuidadoso traslado al exterior y luego al extranjero permitió más tarde convertirlo en LP.

Liberado al fin de la prisión militar, Ángel Parra vivió su exilio primero en México, donde continuó su labor musical presentándose en los más importantes escenarios del país, como el Auditorio Nacional, y administró durante un tiempo La Peña del Ángel.

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Dos años más tarde viajó a París, Francia, donde vivió hasta su fallecimiento, en marzo de 2017. Mantuvo allí siempre un activo ritmo de publicaciones y conciertos por Europa, sin nunca interrumpir por mucho tiempo las visitas a Chile, donde vino en varias ocasiones a presentar libros de su autoría (novelas, memorias) o a supervisar proyectos concretos, como su colaboración con el cineasta Andrés Wood para la película Violeta se fue a los cielos (2011), primer largometraje de ficción sobre la vida de su madre. En su última visita a Santiago, en el verano de 2017, mostró en preestreno en el Centro Cultural Palacio La Moneda su propia obra fílmica en tributo a su madre: el documental Violeta más viva que nunca (codirigido por Daniel Sandoval) reúne testimonios registrados por el cantor durante una década con cercanos a Violeta Parra y a él mismo

Ángel Parra encontró la muerte como un creador activo, que seguía publicando discos hasta pasados sus 70 años, con temas que alternaban el repertorio infantil, bohemio, erótico, militante y de raíz folclórica. La suya fue una discografía imparable y de excepcional extensión y diversidad. Tuvo una vida tomada por el arte y que la vez nutrió a éste de ideas, valores y firme chilenidad.

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