Alfredo Espinoza

Por el tiempo en que en Francia fue conocido como "el chileno del saxofón", Alfredo Espinoza ni siquiera tenía en planes convertirse en la leyenda viviente del jazz nacional. Mientras en Santiago y Valparaíso (su ciudad natal) su nombre no significaba más que la asociación entre dos palabras, según narran las crónicas en Buenos Aires y París su figura era "mitológica". Su muerte a los 72 años, en 2015, tras un largo retiro de la música, golpeó a la comunidad musical que vio partir a una leyenda chilena del jazz.

Fechas

Valparaíso - 28 de diciembre de 1942
Santiago - 29 de abril de 2015

Décadas

1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Grupos

Iñigo Díaz

Espinoza era dueño de una brillantez inventiva sobre el saxo alto como si hubiera sido un Charlie Parker perdido en el tercer mundo. De hecho una bitácora de erráticos zig-zags y la lucha frente a un transtorno mental fueron finalmente —como ocurrió también con Bird— razones válidas para entender cómo fue que Alfredo Espinoza llegó a tocar el saxofón de la manera en que lo hizo por cuatro décadas y a transformarse así en el genio del jazz chileno.

Valparaíso, Buenos Aires, París
Nació en el porteño Cerro Cordillera. Aprendía la armónica, flauta, guitarra o citarina "de oído" y con dotes evidentes. En 1954 su familia se trasladó a Buenos Aires y ahí comenzó un adiestramiento con el tubista clásico Rómulo Angel Díaz. Tenía diecisiete años cuando su maestro lo integró a un conjunto de jazz tradicional formado por escolares. Entonces Espinoza tocaba el clarinete siguiendo a sus ídolos Johnny Dodds y Buster Bailey.

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Foto:

Su habilidad innata lo llevó a integrar simultáneamente conjuntos bonaerenses de música dixie siendo aún menor de edad: los Dixie Sincopators, los St. Louis Stompers y los Kansas City Stompers. Una función sorpresiva con esta última banda encontró a Espinoza sin su clarinete a mano. Le pidieron que tocara un saxofón alto que permanecía estático como elemento decorativo en una casa. En treinta minutos había comprendido y dominado las transcripciones de digitación del clarinete al saxo. Esa noche lo tocó con maestría. Fue el año cero para el solista único que muy pronto llegaría a ser en el saxo alto.

En el Buenos Aires jazzístico se hablaba del estilo fresco y melódico de Espinoza. No resultó extraño que fuera reclutado en 1965 por la Porteña Jazz Band (agrupación histórica, símil de la Retaguardia Jazz Band en Chile). En esta banda tocó todo el repertorio de Nueva Orleáns con su nuevo instrumento, ahora siguiendo al altoísta Frankie Trumbauer. Se mantuvo en la banda hasta 1969.

El 1 de enero de 1970 Espinoza buscaba departamento en el barrio latino de París. Se había lanzado en una misión de búsqueda de la Haricots Rouges Jazz Band, orquesta a la que quería integrarse. Pero se encontró de pronto viendo a la Pieds de Poule Jazz Band. Estos "pies de pollo" (traducción literal) eran los rivales de los "porotos rojos" (traducción literal), y cuando sus músicos vieron tocar a Espinoza se adelantaron a sus intenciones y lo contrataron. Su nombre se multiplicó en París y quien no conocía a Espinoza sabía de la existencia de "le chilien du saxophone".

La noche interminable
Pero los buenos años estaban por acabarse. En 1980 regresó a Valparaíso, donde se vinculó al trompetista Sergio Acevedo y al contrabajista Luis Basaure. Por primera vez, Espinoza abordaba temáticas del jazz moderno concentrándose en la figura de Charlie Parker y en velocísimos despliegues bop como en "Yardbird suite". En 1981 se integró al quinteto experimental de la Universidad de Valparaíso que comandaban sus nuevos compañeros, el UV5 (muy poco después se llamaría definitivamente UV6, con el ingreso del joven saxofonista Andrés Bonnet). Pero la vena clásica de Espinoza seguía muy viva. Después de una histórica aparición en el Club de Jazz, en la que dejó en evidencia el abismo entre él y los jazzistas chilenos, Espinoza fichó en la Retaguardia Jazz Band con la que permaneció por más de 25 años. Poco después llegó a La Banda del Jazz (1982-84), circunstancia que lo conectaría con el pianista Giovanni Cultrera, su futuro cable a tierra.

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Foto: Cristián Soto López

Entonces fue cuando su salud mental empeoró. En sus momentos más críticos, un Espinoza golpeado por el alcoholismo llegaba a fumar hasta dos paquetes de cigarrillos por día y pasaba semanas sin levantarse de la cama. Si no perdía el saxofón, perdía la lógica de cualquier conversación en que estuviera participando. Dejó de tocar. Nadie sabía dónde estaba, salvo algunos que lo vieron vagar por las calles de Valparaíso. Los músicos de Santiago temían que Espinoza pudiera morir en cualquier momento, entonces grababan los mágicos solos —incluso en los ensayos—, para resguardar su arte. Su figura se hizo legendaria en plena vida. Cuando su madre falleció, Espinoza tenía 55 años y se trasladó a la capital.

Los nuevos cuidados jugaron a favor. Tras quince años de oscuridad, retomó su saxo alto y se reintegró a la comunidad jazzística actuando en los conjuntos del clarinetista Sergio Miquel. Después de una vida completa como sideman, Espinoza debutó como líder en el disco de standards Alfredo Espinoza y la Hot Swing Jazz Band (2000), registrado en vivo en junio de ese año con un quinteto que incluyó a Boris Ortiz (clarinete), Federico Dannemann (guitarra), Pablo Lecaros (contrabajo) y Antonio Gaete (batería). Fue la antesala de un nuevo disco grabado en las mismas condiciones del directo y en el mismo tradicional escenario y que lo pondría en la primera línea del swing a nivel fonográfico: Jam session en el Club de Jazz (2002), en formato de cuarteto.

En paralelo, Espinoza trabajó con un quinteto bop con Sebastián Jordán (trompeta), Roberto Dañobeitía (guitarra), Roberto Carlos Lecaros (contrabajo) y Félix Lecaros (batería), que abordó sobre el repertorio de sus desconocidas composiciones. El grupo realizó una grabación en directo desde el club El Perseguidor en 2002, que se convertiría en su álbum póstumo en 2015: Own's blues. Su música iba nuevamente hacia el cielo. Sus líricos y límpidos solos volvían a ser como en la gran época: cada vuelco sorprendía hasta los más críticos auditores.

Escape al silencio: la huella del saxofonista
Desde ahí Espinoza comenzó a componer piezas jazzísticas. Durante sus estadas en Buenos Aires y París había sido un creativo arreglador, pero en Santiago se consolidó como compositor. El cuarteto grabó "Own's blues" y "Swinging the new", mientras el quinteto estrenaba espléndidas piezas como "Melancholy stomp", "Minor tune swing" o "Jamming news". El músico alternaba su liderazgo con nuevas colaboraciones junto a grupos de jazz tradicional en la capital y el puerto, acompañanado esporádicamente a los grupos La Bix BandValparaíso Dixieland Jazz Band . Además, Espinoza apareció en reiteradas ocasiones como músico esteler en en La Piedra Feliz junto al cuarteto del baterista Moncho Pérez.

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Foto: Carla Pinilla / Emol

A esa altura, Espinoza ya había encontrado en Cultrera a su máxima conexión musical. Desde 1990 ensayaban semanalmente repertorio swing en duetos de saxo alto y piano, y en 2003 este proyecto llegó a los escenarios del club Thelonious y de El Mesón Nerudiano. Una masiva audiencia seguía estas sesiones públicas, hasta que al dueto se integraron otras figuras del jazz clásico: el trompetista Daniel Lencina, el clarinetista Boris Ortiz o la cantante Danielle Gilson. Con este armado grabó en 2005 los álbumes Jazz! y Clásicos de Navidad en jazz.

En 2009 el documental Escape al silencio, de los realizadores Diego Pequeño y Ana María Lara, rastrearon la historia de Espinoza de Santiago a París y de Barcelona a Valparaíso, con un acento que omitía los aspectos biográficos. Se trataba de una historia en busca del mito del jazzista chileno, narrado por los coprotagonistas de su historia, principalmente sus amigos músicos, el baterista Marcelo de Castro y el trombonista italiano Duccio Castelli, además de los jazzistas europeos que lo conocieron durante los años '70.

La película fue presentada en el Festival In-Edit de ese año. Para entonces Alfredo Espinoza ya estaba en plena recuperación, pero aún así nadie supo con certeza qué ocurría en su pensamiento. En 2011, una biografía escrita por Castelli y editada en Italia con el título Alfredo Espinoza jazzman. Legendario y oscuro, tuvo en 2013 su traducción en Chile, mientras que Esteban Estay, el trompetista y líder de La Bix Band fue el gestor de la antología definitiva de Espinoza en Restrospectiva (2012), disco que reunió sus más importantes solos en el período 1975-2010.

Pero una larga vida de fumador le cobraron al músico una factura cara de pagar. En 2011, en plenas facultades creativas, se le diagnosticó un enfisema y un cáncer pulmonares, lo que lo obligó a retirarse progresivamente de la actividad musical. A inicios de 2013, Alfredo Espinoza estaba completamente retirado, cerrando de este modo su historia jazzística de grabaciones y actuaciones. Murió en abril de 2015, apenas unas horas después del gran baterista Lucho Córdova. La música que brotó de su saxofón fue por siempre el reflejo de la compleja y adelantada mente del que ha sido investido como el más grande jazzista chileno de toda la historia.

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