Retaguardia Jazz Band

A lo largo de la historia de la música popular chilena, la Retaguardia Jazz Band se adjudicó una emblemática posición de estandarte del jazz tradicionalista, sobrepasando largamente a la gran cantidad de conjuntos hot que surgieron a través del tiempo con la misma facilidad con que pronto desaparecieron. Manteniendo intacto su carácter de agrupación compuesta por músicos aficionados, este ensamble fundado en 1958 pasó a ser en sí misma una institución nacional a partir de la “preservación jazzística”, todo un concepto en Nueva Orleans, donde espacios como el antiquísimo club Preservation Hall y su banda se han encargado de perpetuar este clásico estilo.

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Años

Santiago, 1958 -

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Retaguardia Jazz Band

Integrantes

Antonio Campusano, piano (1958 – •).
Roberto Millar, clarinete (1958 – 1976).
Rodrigo Eitel, trompeta (1958).
Agustín Cardemil, trombón (1958 – 1959).
Manuel Soler, banjo (1958 – 1959).
Luis Herrera, contrabajo (1958 – 1959).
Alberto Quiroga, batería (1958).
Carlos Subiabre, trompeta (1959).
Sergio Larraín, batería (1959).
Domingo Santa Cruz, tuba (1960 – 1961 / 1963 – 2002).

Santiago Aldunate, batería (1960).
Luis Castillo, trompeta (1960 – 1972).
Ramiro Lagos, trombón (1960 – 1973).
Sergio Miquel, banjo (1960 – 1961).
Gregorio Cenitagoya, banjo (1961 – 1963).
Dante Castillo, tuba (1961 – 1962).
Alfredo Finger, banjo y trompeta (1963 – 1967 / 1975 – 1979).
Jorge León, banjo (1963 – 1974 / 1985 – •).
Alfonso Araya, batería (1963 – 1967).
Víctor Mandujano, batería (1967 – 1969).

Jaime Silva, batería (1969 – 1971).
Guillermo Gabler, clarinete (1970 – 2002).
Sergio Martínez, trompeta (1971-1975).
Galo Uribe, batería (1971).
Enrique Planas, trompeta (1972 – 2013).
Marcelo de Castro, batería (1972 – 1975).
Juan Carlos Águila, banjo (1974 – 1984).
Pedro Bacigalupe, trombón (1975 – 1977).
Rossina Rojas, banjo (1975 – 1982).
Alfredo Puga, clarinete (1976 – 2002).

Michael Weiss, saxo tenor (1976 – 1978).
Lorenzo Martínez, batería (1976 – 1977 / 1980 – 1987).
Jaime O’Ryan, batería (1976 – 1978).
Boris Castillo, trombón (1978 – 1979).
Antonio Gaete, batería (1978 – 1980).
Duccio Castelli, trombón (1980 – 1982).
Juan Cristián Amenábar, banjo (1979 – 1988).
Alfredo Espinoza, saxo alto (1980 – 1997 / 2002 – 2011).
Daniel Abancens, tuba (1980 – 1982).
Patricio Santibáñez, trombón (1983 – •).

Jorge Carvallo, batería (1987 – 2004).
Boris Ortiz, clarinete y saxo alto (1998 – •).
Cristián Alvarez, tuba (2002 – •).
Nelson Oliva, batería (2004 – 2009).
Roberto Michillanca, batería (2010 – •).
David Barrios, saxo alto y clarinete (2011 – •).
Esteban Estay, trompeta (2013 – •).
Ricardo Barrios, trompeta (2014 – •).

Iñigo Díaz

Los inicios: con Domingo Santa Cruz
Tal como se describe desde su esencia, la génesis de la Retaguardia Jazz Band se encuentra entre las motivaciones de un grupo de músicos amateurs. Aún sin alcanzar la mayoría de edad, en 1957 los estudiantes universitarios Antonio Campusano y Roberto Millar arribaron a la vieja casa de McIver donde se emplazaba entonces el Club de Jazz. Habían realizado una temporada de audiciones de discografía jazzística Bobby Hackett, Eddie Condon, Muggsy Spanier, Fats Waller y Benny Goodman, obviando de paso las posibilidades que ofrecían Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Lo de Campusano y de Millar, así como en adelante lo sería para los militantes de esta banda, era una opción total por el jazz clásico antes que el moderno.

Tras conocer en 1958 a Domingo Santa Cruz (integrante de una famosa Santiago Jazz Band), un número no menor de jóvenes aficionados comenzó trabajar en un taller jazzístico dirigido por el tubista en el Club de Jazz. Campusano tenía algunos estudios de piano clásico y Millar optó por el clarinete. Unos meses más tarde el conjunto tomaba forma y adoptaba el nombre de “Retaguardia” para apuntar su compromiso con la música que se ubicaba “atrás” en el tiempo (las escuelas de Nueva Orleans, Chicago o Kansas City). Otras versiones indican que fue el propio Domingo Santa Cruz quien bautizó así a este conjunto-escuela que cada noche asistía a los conciertos del Club de Jazz. Al ver que los músicos amateurs se encontraban a la expectativa de algún cambio en el programa, les dijo «ustedes están siempre ahí, en la retaguardia».

Por entonces, el conjunto no tocaba más que unas pocas melodías: “Anita’s birthday”, “Tin roof blues” “Revolutionary blues” y “Georgia bo-bo”. Con Santa Cruz como tutor, y además de Campusano y Millar, la primera formación de la Retaguardia Jazz Band tuvo a Agustín Cardemil (trombón), Carlos Subiabre (trompeta), Luis Herrera (contrabajo) y Alberto Quiroga (batería). La banda respetaría durante años la formación clásica de Nueva Orleans, con el instrumental melódico de la tríada clarinete-trompeta-trombón, más la inclusión del banjo como ayudante armónico, la tuba como eslabón y el washboard (tabla de lavar ropa) como acompañante rítmico de la batería.

Las primeras temporadas en el Club de Jazz daban cuenta de un grupo inestable y errático de músicos muy motivados pero en vías de aprendizaje. Por eso llamó la atención que en 1960 la Retaguardia fuera llamada a participar en el Festival de Jazz de Concepción. Fue incluido como el número de apertura, el más débil del certamen. Pero sus músicos aceptaron la invitación sin dudar, pues tenían todo para ganar. Entonces ya incluían en sus filas al trompetista Luis Castillo, proveniente de una tradicional familia de jazzistas, y al baterista Jaime Silva.

Poco después, la disolución definitiva de la Santiago Jazz Band llevó a cerrar la incorporación del tubista Domingo Santa Cruz Morla, hijo del reputado compositor docto Domingo Santa Cruz Wilson, como miembro estable. Este músico iba a ser quien le daría finalmente un rostro distintivo al conjunto y muy reconocible entre el público que lo siguió a través de las décadas. Santa Cruz era por entonces —y lo fue durante sus largos años de actividad en el jazz— un acérrimo defensor de las líneas clásicas del jazz, por sobre las contemporáneas. Para él, el jazz era una forma de arte y no una excusa para que los músicos destacaran demostrando sus dotes como solistas. Esa filosofía se impuso entre los integrantes de la Retaguardia.

Durante todos los años ’60, la banda debió competir no sólo contra la generación de músicos alineados con el modernismo jazzístico, sino además con un nuevo conjunto surgido en 1964 y que entonces solía “aplastar” las performances de la Retaguardia dado el avanzado nivel de sus músicos: los Santiago Stompers. Sin embargo este combo orientado a la música de Chicago nunca logró sobreponerse al concepto que representaba su rival y terminó siendo investido como el “vicedecano” del jazz clásico, detrás de la Retaguardia Jazz Band.

La consolidación: con Alfredo Espinoza
Dado su carácter amateur, la agrupación comenzó entonces una rotativa de músicos en todas sus líneas, salvo entre los tres instrumentos fundadores: Campusano (piano), Millar (clarinete) y Santa Cruz (tuba). En la década siguiente, una pequeña facción del grupo se convirtió en la Mapocho Washboard Band, que ingresó al estudio en 1973 para grabar un single. El impulso se trasladó luego a la Retaguardia en pleno, que entonces grabó para el sello Asfona los álbumes Años 1920-1930 (1974) y El jazz de la retaguardia (1975). En ambos incluyó por única vez a una mujer en sus filas, la banjoista Rossina Rojas.

Fue la época en que logró una fisonomía consistente y un crecimiento notorio como banda. El despegue y solidez musical de los ’70 se logró además con la incorporación de músicos como Guillermo Gabler (clarinete), Enrique Planas (trompeta), Pedro Bacigalupe (trombón), Juan Carlos Aguila (banjo) y Marcelo de Castro (batería, puntal de la Goodway Jazz Band y los primeros Stompers). Hacia mediados de los ’70, la Retaguardia ya había equiparado fuerzas con su rival más enconado.

En 1976 se produjo un hito clave en la historia de la agrupación. Tras participar en su primera aventura en el extranjero (festival jazzístico en Mendoza), la sorpresiva muerte de Roberto Millar, uno de los fundadores, golpeó fuerte en el resto de los miembros. La Retaguardia entró en un período de silencio y replanteamiento que tuvo su desenlace con la incorporación del clarinetista Alfredo Puga y el saxofonista Michael Weiss. Entre ambos suplirían la plaza del Millar, quien además de ser el histórico clarinete del grupo, por entonces se encontraba inspeccionando la sonoridad del saxo tenor.

Al comenzar los ’80 vinieron nuevas grabaciones. Una serie extensiva del repertorio que la banda tocaba al revés y al derecho después de más de veinte años en la escena. Retaguardia Jazz Band, volumen 3 (1981), Retaguardia Jazz Band, volumen 4 (1983), Retaguardia Jazz Band ’88, 30° aniversario (1988), editados de manera independiente, describían a una agrupación muy afiatada, infinitamente más sólida que en los años ’60 y orientada a la improvisación en bloque. Para esas grabaciones ya se había incorporado el estupendo saxofonista Alfredo Espinoza, capaz de igualar al estelar Luis Huaso Aránguiz, de los Santiago Stompers.

Además, la banda contó con la militancia del trombonista italiano Duccio Castelli, quien sustituyó a Boris Castillo, uno de los músicos que venía escribiendo parte de la historia del jazz tradicional desde los años ’60. Castelli trabajó entre 1980 y 1982, y estableció una relación cercana con Alfredo Espinoza que más tarde lo llevaría a escribir la biografía Alfredo Espinoza jazzman. Legendario y oscuro (2011, traducida al español en 2013).

Las renovaciones: con Ortiz y Álvarez
Hacia mediados de la década alineaban además el bajoista Jorge León (tras un largo receso y un paso por los Stompers) y el trombonista Patricio Santibánez (de la desaparecida South Pacific Jazz Band), como sustituto de Duccio Castelli, de regreso a su natal Italia. Durante los años del régimen militar, la Retaguardia no vivió demasiados contratiempos. Hasta 1994 pudo actuar en televisión, en temporadas sucesivas en escenarios diversos e incluso en Argentina, Brasil e incluso en Nueva Orleans (la cuna del jazz). Al comenzar los ’90 apareció como uno de los primeros números no clásicos en las Semanas Musicales de Frutillar, encuentro donde grabó el doble álbum En las XXII Semanas Musicales de Frutillar (1990). Dos oportunidades adicionales del conjunto (1993 y 2001) hicieron honor al jazz en este tradicional encuentro musical.

En los ’90, la trayectoria internacional del grupo continuó en el mexicano Festival Cervantino de Guanajuato. Y tras grabar el álbum Jazz tradicional (1996), la banda incorporó a un nuevo músico, muy joven y alineado con el jazz clásico. El clarinetista Boris Ortiz, miembro de una generación de jazzistas surgidos en esos años, remaba al revés de sus pares, todos muy modernos en sus tendencias. Se integró al grupo como depositario de una tradición musical cuyo objetivo era proyectarla hacia el siglo XXI.

Fue un proceso que comenzó a concretarse con el retiro en 2002 de los emblemáticos Domingo Santa Cruz y Alfredo Puga, y del baterista y dibujante Jorge Carvallo en 2004. Entonces la Retaguardia comenzó un proceso de sistemáticos cambios, convocando a músicos jóvenes como el tubista docto Cristián Álvarez y el baterista Nelson Oliva. El retiro de dos históricos más, como Alfredo Espinoza en 2011 y Enrique Planas en 2013, obligaron al elenco a reorganizar su formación, que se renovó en cuanto a sonido con la llegada de David Barrios (saxo alto y clarinete) y los trompetistas Esteban Estay (de La Bix Band) y el astro Ricardo Barrios (activo entonces en Los Rumberos del 900). Una larga historia que se cierra con las históricas actuaciones en los festivales Jazz in Marciac de Francia en 2009, y el Whitley Bay Jazz de Inglaterra en 2010.

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