Osvaldo 'Gitano' Rodríguez

La Nueva Canción Chilena tuvo muchas voces solistas destacadas, y la de Osvaldo Gitano Rodríguez se distingue por al menos dos características. Primero, legó a la canción popular chilena un himno imperecedero, independiente incluso de la época que lo vio nacer, como ha sucedido con su "Valparaíso". Pero además el cantautor, poeta y dibujante porteño buscó documentar el momento y los ambientes que protagonizaba, con libros y textos valiosos para comprender mejor el ambiente artístico de su época, escritos durante su exilio en Europa. En ese continente Rodríguez profundizó su interés por la literatura (llegó a publicar dos poemarios, un libro de cuentos y la novela El día que me quieras) y mantuvo estudios universitarios, razón por la que su carrera discográfica es muy breve, con sólo dos discos originales: Tiempo de vivir (1972) y Los pájaros sin mar (1976), más un tercero en vivo editado en 1989 por el sello Alerce.

Fechas

Valparaíso - 26 de julio de 1943
Barlodino (Italia) - 16 de marzo de 1996

Décadas

1960 |1970 |1980 |1990 |

Géneros

Marisol García

Peñas de puerto y de cuidad
Antes que escritor o cantor consciente, Rodríguez fue un joven de vivos intereses culturales, un bohemio y un viajero, y de ahí el sentido de su apodo: Gitano. Criado en el Cerro Artillería, sus años como alumno del colegio Mackay de Viña del Mar lo acercaron a la poesía y le permitieron destacar como dibujante. Más tarde dejó incompletos sus estudios en las escuelas de Bellas Artes de Viña del Mar y de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Valparaíso, aunque sí consiguió un título en Santiago, como Bachiller en Letras de la Universidad de Chile. Para entonces ya interpretaba y componía canciones, y con poco más de 20 años de edad consiguió galardones en festivales universitarios costeros.

Su amigo Payo Grondona comenzaba por entonces a difundir la idea de un folclor urbano, atento a la tradición de la música del campo chileno pero a la vez nutrida por los afanes de los jóvenes de ciudad. En ese mismo experimento buscó insertarse Rodríguez, quien además fomentó esa nueva «vanguardia porteña» con la parcial gestión de las peñas Del Mar y De Valparaíso (a esta última llevó a Violeta Parra en 1965). El intercambio con la Peña de los Parra y su histórico elenco se dio naturalmente, y fue suficiente para una cierta presencia capitalina que el Gitano, sin embargo, no buscó intensificar. Su mundo era el del puerto, aunque en sus visitas a Santiago valoraba ser uno de los pocos que resultaba bienvenido en la Carpa de La Reina. Violeta Parra fue su inspiración mayor. Su primer repertorio estuvo conformado por canciones recopiladas por la artista, a quien valoró desde un principio como una poeta con guitarra, tal como, más tarde, lo haría con Paco Ibáñez y Leonard Cohen.

En 1969 mostró por primera vez en vivo el vals “Valparaíso”, la canción que hoy marca el recuerdo de su nombre, y que llegó a convertirse en un himno para la ciudad. El tema no estuvo grabado en disco sino hasta tres años más tarde. El valioso LP Tiempo de vivir, su única publicación para el sello Dicap, contenía también “Soneto a Violeta Parra”, “1º de mayo en la plaza del pueblo” y su versión para “Ha llegado aquel famoso tiempo de vivir”, hermosa composición de los argentinos Martín Micharvega y Albee Pavese que consiguió en su voz una profundidad memorable.
En los años de la Unidad Popular, Osvaldo Rodríguez era a la vez militante comunista, acuarelista, cantautor y poeta publicado, y además jefe de Extensión de la Facultad de Arte y Tecnología de la Universidad de Valparaíso. Tenía ya una esposa y un hijo. Su militancia, sin embargo, a partir de septiembre de 1973 iba a costarle un largo y no muy fácil exilio.

El destierro sin mar
Una misma máquina de escribir trasladó el Gitano entre Buenos Aires, ​Berlín, Rostock, París, Madrid, Praga, ​Göttingen, Volterra, Bardolino y Würzburg, sus sucesivas residencias como exiliado chileno. Levantó con ella textos diversos que incluyen un generoso y revelador epistolario: «No podría imaginarme qué habría hecho si nunca hubiera salido de Valparaíso. Y es, quizás, porque nunca he salido de esa ciudad —le escribe en una carta a su amigo, el académico británico Robert Pring-Mill—. Ando buscando Valparaíso como una obsesión, por todas partes».

En Europa el porteño redobló su interés por la literatura. Como ensayista y cronista, se ocupó en varios artículos para prensa, una tesis-ensayo que obtuvo el Premio Casa de las Américas (La Nueva Canción Chilena: continuidad y reflejo, 1988) y su libro más conocido, Cantores que reflexionan (publicado originalmente en Chile por editorial Lar, en 1984, y más tarde reeditado por Hueders). En éste, el creador alterna recuerdos, crónicas, análisis, entrevistas y citas a otros artículos, orientado todo ello por lo que llamó el «deseo de historiar la Nueva Canción Chilena», y como tal no tardó en convertirse en referencia para aprender sobre el movimiento. El compositor Sergio Ortega le había dicho al conocerlo que veía en él a «un pensador de la música», y era esa rara cualidad de un cantautor que a la vez aporta al cauce del oficio y teoriza sobre él la que muy claramente se desplegaba en sus escritos.

Tras la publicación de Cantores que reflexionan, el chileno trabajó como profesor invitado en las universidades de Göttingen (Alemania), Siena y Sassari (Italia), y dictó varias conferencias en universidades europeas y norteamericanas. La escritura fue dejándole menos espacio al canto. El segundo disco del Gitano, ya en el exilio, sería el último suyo como grabación de estudio. Los pájaros sin mar (1976) es uno de los álbumes más intimistas del canto de exilio chileno, un trabajo desolado y melancólico, que se alejaba por completo de la épica revolucionaria y que en cambio eligió registrar la abatida intimidad de los desterrados.

Difícil retorno
Tras dieciséis años de forzada distancia, Rodríguez se reencontró con Valparaíso en 1989, pero la familiaridad de sus cerros no alcanzó a remediar la extrañeza que le produjo conocer la peor cara del país en transición. La desigualdad económica, el aire contaminado de la capital, la ingratitud de sus pares escritores son asuntos sobre los que les escribió, pasmado, a sus amigos. Sin su biblioteca ni sus discos a la mano, el departamento que arrendó en Reñaca junto a su esposa y su hija menor se le volvió un lugar extraño, en el que no consiguió arraigarse. Así su proceso de retorno tuvo dos tandas, ninguna de ellas feliz. Durante la primera, impresionado por el deterioro de la ciudad, el músico comenzó una campaña ante la Unesco en París para recuperar algunos edificios porteños con financiamiento de instituciones europeas. Hizo clases en la Universidad y ofreció algunos conciertos (el registro de uno de los cuales, en el capitalino Café del Cerro, levantó un cassette para el sello Alerce). Sin embargo, la falta de otras oportunidades laborales devolvieron pronto a la familia a Italia.

Regresaron en enero de 1993, con Rodríguez invitado como jurado del Festival de Viña. Probando si acaso era posible esta vez alargar una mejor estadía, trabajó como profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación (UPLA) y en el Instituto de Arte de la Universidad Católica, además de dictar una serie de charlas sobre la vida y obra de Violeta Parra para el Instituto Cultural del Banco del Estado. En 1994 presentó Canto de extramuros, una colección de cuentos suyos con prólogo de Julio Cortázar (a quien había conocido brevemente en París). Pero poco después, aproblemado por inconvenientes de salud y de presupuesto, el Gitano emprendió el último regreso a Italia, y se instaló en el pueblo de Bardolino ya de modo final junto a su mujer Silvia y la hija de ambos.

De vuelta en Europa, escribe:

Fui incapaz de adaptarme otra vez a esa realidad tan mía pero tan distante. En 16 años de destierro (aunque como ya escribí no soy un des-terrado, sino un des-olado, de las olas del mar que me quitaron), perdí la capacidad de luchar, la capacidad política de ser más táctico, más zorro o, en definitiva, saber remar contra la corriente. Enfrentado a la lucha política al interior de Chile me encontré sin armas.

Varias enfermedades se le vinieron encima en menos de tres años. El dibujo, la escritura y la guitarra ocuparon sus horas hasta el final. Osvaldo Rodríguez Musso murió en Bardolino el 16 de marzo de 1996, a los 53 años de edad.

Dos meses más tarde, sus cenizas retornaron a Valparaíso para un tributo póstumo y masivo, que duró casi todo un día, y que incluyó el reconocimiento de la alcaldía como hijo ilustre, una romería matinal desde el Muelle Prat y una placa recordatoria en uno de los muros exteriores de su casa de infancia. En la Biblioteca Severín se leyeron algunos de sus escritos, en la Iglesia La Matriz se oró por su descanso eterno, y en la Plaza Sotomayor sonó la música en vivo de Inti-Illimani, Payo Grondona, Illapu y Congreso, entre otros músicos y conjuntos. Hasta allí llegó una romería de actores dirigida por Andrés Pérez. Grandes nombres del arte chileno se ocuparon en un tributo excepcional que resultó tan sincero como tardío.

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