Luis Hernán Araneda – El Baucha

Cantor de fuste y observador privilegiado de la vida callejera de Santiago durante casi todo el siglo XX, Luis Hernán Baucha Araneda protagonizó historias suficientes para levantar mil cuecas. Integrante fundador (junto a Hernán Nano Nuñez) del conjunto Los Chileneros, «El Baucha» representó en sus últimos años de vida a una cultura casi extinta, aquella que tuvo al folclor urbano como la expresión de los márgenes más ásperos y esforzados de la vida en la gran ciudad. Se ocupó desde niño entre mataderos, mercados y arrabales, manteniendo una sola y gran constante: su amor por el canto vivo y poderoso, ése que él llamaba «de combate»; capaz de enamorar mujeres «y hacer llorar a los choros», en sus palabras.

Fechas

Santiago - 20 de julio de 1927
Santiago - 13 de septiembre de 2014

Décadas

1940 |1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Grupos

Marisol García

Sus grabaciones junto a Los Chileneros fueron registros pioneros de la llamada cueca brava, pero Araneda se asoció también en distintos momentos al conjunto Los Centrinos, el Dúo Rey-Silva y a músicos como Mario Catalán, Héctor Pavez, Lautaro Parra, Piojo Salinas y Pepe Fuentes. Su voz se aplicó y destacó también en la tonada, el bolero, su adorado tango gardeliano y canciones populares de México, Cuba y Perú. El cantautor Mario Rojas escribió una vez que «en los armónicos de su voz vibra el grito pregonero, del vendedor ambulante, del matarife […]. Nos cobija en su rincón de siempre, antes de que se derrumbe el último muro que nos conecta con una patria y un Dios sobrevivientes».

 El Baucha se mantuvo activo hasta el final, en canto y en grabaciones. Su segundo disco solista apareció semanas antes de su muerte, en septiembre de 2014. El chilenero se fue en el mes de la patria, dejando un álbum con título de manifiesto: Yo nací pa’ cantar cueca.

Barrios Estación y Matadero
Ni él mismo sabía bien cuándo pasó de ser Luis Araneda a «El Baucha», el apodo que se ganó en algún momento entre sus infinitos conocidos del santiaguino Barrio Estación, en el que nació y creció.

Su infancia transcurrió entre mercados y vehículos de carga, pues su padre era dueño de una flota de carretones, y ya a los cinco años Bauchita colaboraba con su trabajo. Para distraerse, cantaba. Armonizando voces con sus dos hermanos mayores (su madre había sido cantora campesina), se ganó el respeto de los transeúntes y comerciantes del sector. Siendo aún un niño llamaba la atención con su desinhibición y fuerza vocal. De a poco, el pequeño fue aplicándose en la interpretación de cuecas, que acompañaba tañendo sobre cualquier lata y, más tarde, sobre el pandero. Su espíritu libre y arriesgado quedó mucho más tarde reflejado en una composición suya titulada «El atorrante». Canta allí: «Yo soy un pobre atorrante que me tiro a los solares / que me tapo con el viento y me abrigo con el aire / Por la mañana, salgo en busca de la vida / Lo primero que encuentro: la policía».

Un amigo de su padre lo incorporó a sus andanzas de cuequero aficionado cuando aún no cumplía los trece años de edad. Con él conoció nuevos mercados, bares y barrios, y también el bolero y el tango. Baucha consideraba que «Carlos Gardel es lo más grande en el mundo entero. No habrá en la historia de nuevo alguien como él. Yo corría a ver sus películas. Luego, en mi gusto están Lucho y Arturo Gatica».

En esa dinámica incansable y curiosa, la de Araneda fue destacando como una de los más poderosas voces sin pulir de su época. En las llamadas ruedas de cantores aprendió a dominar la improvisación, el ritmo del pandero y el registro de pito elevado que resulta ideal para las cuecas. Cuando el canto era símbolo de rudeza, el Baucha se ganó el respeto de los administradores del Matadero de Santiago, y consiguió ahí un trabajo estable en el que se desempeñó por treinta años. «Fue por el canto que me convertí en matarife», decía. En las legendarias ruedas de cantores de los parques O’Higgins y Cousiño, conoció en los años cuarenta a Hernán Nano Nuñez, cantor y compositor, con quien se unió primero en una estimulante rivalidad y luego en una eterna amistad. Formó con él el dúo Los Chileneros, identificado desde un principio con una cueca con apellido: «arrotada», «chilenera» o «brava», la llamaban. Al poco tiempo, la Municipalidad de Santiago los distinguió por su aporte al rescate de las tradiciones.

Los Chileneros fueron la banda sonora sin registro de una capital especialmente viva en los barrios de Estación Central, el Mercado y La Vega; una ciudad de códigos rudos que hacía florecer el arte urbano incluso en los bajos fondos de conventillos, prostíbulos y quintas de recreo. Era la suya una mezcla de celebración, vida obrera y coa; lejos de la descripción costumbrista que caracterizaba a la música campesina.

Entre 1946 y 1958, el Baucha se ganó la vida como vendedor y obrero en Mendoza (a donde llegó a pie, según una de las muchas historias que convertían cualquier entrevista con él en una delicia). «Me hubiera quedado allá, si no es porque mi madre se enfermó —decía—. Me sabía más tangos que los argentinos. Los dejaba con la boca abierta».

Grabaciones y colaboraciones
Durante los años sesenta, un acto de apoyo a Salvador Allende le permitió conocer a Rubén Nouzeilles, el entonces director artístico del sello Odeon. «»Tiene un timbre muy bonito», me dijo. Y ahí me invitó a su oficina».

La posibilidad cierta de grabar un disco estructuró entonces a Los Chileneros como un cuarteto (cuando a Araneda y Núñez se unieron Raúl Perico Lizama y Eduardo Mesías). Ese primer álbum fue publicado en 1967 bajo el título La cueca centrina, y constituye hoy un registro básico para comprender el subgénero de la cueca brava.

Las posteriores grabaciones y presentaciones del Baucha se fueron enmarcado dentro de diversas asociaciones —todas ellas, a estas alturas, materia de leyenda—, no sólo con Los Chileneros, sino que también con el grupo Los Centrinos (con Perico Lizama y Luis Téllez), el Dúo Rey-Silva (con el cual se presentó más de un año de modo constante en una peña de Macul), Humberto Campos, Mario Catalán, Héctor Pavez, Lautaro Parra, Benedicto Piojo Salinas (grabó con él en su fundamental disco Cuecas con escándalo) y Pepe Fuentes.

Mantuvo la cueca viva incluso cuando todo atentaba contra la bohemia, como sucedió en los años posteriores al Golpe de Estado. «Mantuvieron la tradición cantando en las fondas del Parque O’Higgins, o localidades como Peñaflor o El Monte. Incluso llegó a aparecer en el programa televisivo «El festival de la una» —recuerda el investigador Luis Castro—. Ellos hicieron patria».

Figura solista
El cambio de siglo trajo un renovado interés por la cueca brava y el arte popular chileno, y en ese auge El Baucha iba tomar un protagonismo sin competencia. Junto a Los Chileneros formó parte del elenco artístico para una de las galas presidenciales del cambio de mando (2000) y se presentó en el Festival de la Canción de Viña del Mar de 2001, cuando su música comenzaba a validarse al fin en su categoría patrimonial. En el verano de 2006, y ya con Nano Núñez fallecido, Araneda recibió en La Moneda a nombre del grupo el premio Presidente de la República.

De lo urbano y lo divino (2005) fue su primer disco solista, y un buen modo de introducirse en la diversidad de su repertorio. Entre sus dieciocho títulos había allí doce cuecas (todas compuestas por él, incluyendo una en homenaje a su amigo Perico Lizama y otra para los tenistas chilenos galardonados en Grecia, Nicolás Massú y Fernando González: «Dos campeones olímpicos»), tres boleros, una tonada («Tierra chilena», de Segundo Zamora) y la conocida habanera «Mi viejo San Juan». De lo urbano y lo divino fue grabado con Mario Rojas como productor musical y contó con muchos de sus colaboradores habituales en vivo; entre ellos el pianista Aladino Reyes y el cantante Luis Castro.

Nueve años más tarde, presentaba Yo nací pa’ cantar cueca, grabación hecha en vivo «y de un tirón» en una casa de Providencia con parte de la formación de Los Trukeros, y que el músico alcanzó a presentar en junio de 2014 en Santiago. «Será mi último disco», le había advertido al productor Francisco Bermejo, y eligió para ello un repertorio casi exclusivo de cueca. «Nos puso en un training de canto de dos tonos más arriba. A los 85 años», recordaba Rodrigo Miranda, uno de los músicos en el estudio. Sólo en sus últimos días la vida pudo calmar al Baucha, cuando complicaciones de salud lo llevaron a irse despidiendo de todo desde su casa en Renca. Falleció la mañana del 13 de septiembre.

«Con él se va un Chile que la modernidad sepultó para siempre», fue una frase del respectivo obituario en el sitio El Mostrador. Dos carretones enflorados y a caballo acompañaron su último trayecto hacia el Cementerio General. Fue una tarde de domingo en que la cueca improvisada por amigos y admiradores no se detuvo por horas, con pañuelos y panderos agitados entre los nichos. Y esto le dijo a El Mercurio Rodrigo Miranda, uno de sus últimos colaboradores: «Veíamos en el Bauchita un ejemplo de cantor. Si hay algo que podemos aprender de él las nuevas generaciones es precisamente su gesto. Su gesto de juglar, de cantor, de un hombre que se cuidaba, que mantuvo una relación profesional con los jóvenes hasta el último. Y eso significa mucho más que haber tomado una clase con él. Hay que observar sus vida, su comportamiento, cómo vivió intensamente la cueca, y podremos sacar nuestras conclusiones de cómo debe vivir un cantor».

Es el tipo de descripciones que se le dedican a un maestro.

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