Marisol García
Además de las muchas versiones grabadas por Martínez para clásicos del bolero y vals peruano ("Nuestro juramento", "Amigo de qué", "Flores para mi madre", "El viento entre las hojas"), fueron de su autoría canciones como "Hoy se casa" y "Boda gris", tan populares como desoladoras. Se trataba de un sesgo intencional: «Todo lo que tengo en mi repertorio son dramas —decía el cantante—, porque estoy convencido de que al público le gusta sufrir».
Desde el Norte Grande
La primera juventud de Luis Alberto Martínez fue lejana a los centros disqueros del país, geográfica y profesionalmente hablando. Entusiasta de la canción romántica, cuando se empleó como jefe de estación de Ollagüe, en pleno altiplano, aprovechaba los tiempos muertos en el trabajo para componer con su guitarra. Y antes de ese cargo, como marino de la Armada era conocido por animar las jornadas con algún tarareo. Su modelo absoluto entonces era el ecuatoriano Julio Jaramillo.
Pero sus primeros cantos ante público los ofreció en bares de Ollagüe y luego en radios de Antofagasta, y tan buenos resultados tuvo que se animó a dejar trabajo y novia, y trasladarse por sus medios a Santiago. Durante un tiempo, alternó el canto nocturno junto a los tríos Los Tres Brillantes y Los Chamacos, con un trabajo diurno de lavador de platos en una fuente de soda de calle Santa Rosa. El productor Luciano Galleguillos lo envió recomendado a Rubén Nouzeilles, entonces a cargo de la dirección artística de Odeon. En su oficina, Martínez le cantó “Amigo de qué” y "Nuestro juramento". «Venga a grabar mañana», fue la respuesta del ejecutivo, quien, in-situ, le firmó un contrato por cinco años.
Grabó en sus primeras sesiones junto a establecidos sesionistas, como el contrabajista Iván Cazabón, el baterista Arturo Giolito y el trompetista Lucho Aranguiz (más adelante, se iban a registrar también sesiones suyas junto a Valentín Trujillo). El single “Amigo de qué” / “Cancioncita viajera” fue el primero suyo, en 1961; como el debut adulto de un hombre ya largado al canto profesional solista. En los siguientes dos meses grabaría otros diez temas. El timbre y estilo de Martínez probarían ser irresistibles para el público afín al bolero. Según Rubén Nouzeilles, «tenía lo que más cuesta encontrar en un artista popular, que es lo sencillamente bonito, lo que suena bien, lo que está bien interpretado».
De esa inicial popularidad, recordaba Martínez, uno de los protagonistas del libro periodístico Llora, corazón (2017):
En la carrera de todos los artistas hay períodos buenos y períodos malos. Mientras estuve en Odeon, la promoción del sello era excelente y me hice muy popular. Fue un tiempo de avisos en las radios para anunciar mis discos, de notas en Ritmo, Clarín, Ecran. De la fotonovela Cine-Amor hice seis. El Pollo Dorado, el Night & Day, el Hollywood, El Manila, La Yapa: recuerdo todos esos locales en su mejor época. Hubo muchas giras por Chile, a veces con estrellas de la Nueva Ola, como Danny Chilean. Él también es de Antofagasta, y cuando fuimos para allá el año ‘64, a cantar en el Teatro Nacional, tuvieron que cerrar las calles del alboroto que se armó. Presentábamos nuestro espectáculo como un mano a mano entre bolero y rocanrol. Cuando nos bajamos del taxi no podíamos caminar de toda la gente que había. A mí me dejaron desnudo en la calle, se lo juro.
Más allá de su repertorio de boleros de fácil adherencia, la marca reconocible de Martínez estaba en su sencilla disposición sobre el escenario, de intencional cercanía al público, opuesta a la escuela de brillo distante que comenzaba por esos años a legitimar la televisión. Podía comprobarlo tanto en pequeños locales como el par de veces que, hacia mediados de los años sesenta, consiguió llenar por convocatoria propia el capitalino Teatro Caupolicán. Escribió Joaquín Riveros en The Clinic: «El reino de Martínez estaba en Chile, acotado en una corriente del bolero que hasta entonces monopolizaba el ecuatoriano Julio Jaramillo. Era lo que alguien elegantemente llamó 'el bolero popular romántico', paralelo al romántico a secas, cuyo gran intérprete en Chile era por lejos Lucho Gatica. Si éste enamoraba a las mujeres con su voz pastosa y engolada, Luis Alberto Martínez las hacía llorar con un repertorio derechamente trágico».
La carga sentimental y dramática queda fuera de dudas al leer los títulos de su repertorio: “Flores para mi madre”, “Te vi pasar con otro”, “Calabozo de mis penas”, “Lágrimas de hombre”, “Angustia”, “Llorarás” y la exitosa “Hoy se casa” como favoritas de su audiencia en vivo.
Partida de Chile
Un viaje a Bolivia, en 1972, inició el período de alejamiento del cantante de Chile. En La Paz se casó, armó hogar entre varias ciudades, trabajó un tiempo junto a los grupos Los Ponchos Rojos y Los Genios, y no volvió al país sino hasta principios de los años ochenta. Radicado desde entonces en Playa Ancha, el intérprete se mantuvo vinculado a espectáculos revisteriles, encuentros de boleristas y presentaciones en restaurantes de provincias; haciéndose cargo él mismo de la grabación, edición y venta de nuevos discos. En los últimos años, solía acompañarlo su esposa, la cantante María Teresa Airam.
Su último concierto fue el 21 de diciembre de 2025, en una junta de vecinos del cerro Playa Ancha. Iba a fallecer tan solo un par de semanas después.
Luis Alberto Martínez puede quedar en la memoria popular como uno de los intérpretes de bolero popular de más extendida trayectoria. O, como escribió un cronista, «la voz más triste de Chile». Pero es probable que lo de cantor cebolla lo califique con más precisión en el panorama del canto chileno, un calificativo con el que él nunca tuvo problemas, tal como definía en el citado libro Llora, corazón:
«¿Si me molesta? ¿Por qué me va a molestar? Es un término que tiene que ver con la emoción y eso es bonito, es elegante. Yo le pongo sentimiento al canto, y no me molesta que destaquen eso; más me voy a preocupar el día que no digan nada de mí. Nunca deja de maravillarme cómo estas canciones les siguen gustando a la gente hasta hoy. Cuando canto nadie se mueve. Y luego aplausos, aplausos, aplausos».