Isabel Parra
Foto: Antonio Larrea

Discos

Isabel Parra

A través de una extensa carrera dirigida por su firme y a la vez dulce sello de autora, Isabel Parra se ha destacado como una de las más reconocibles voces de la música popular chilena, más allá de sus excepcionales vínculos familiares. La hija de Violeta, hermana de Ángel, sobrina de Roberto y madre de Tita —por nombrar sólo a algunos de sus parientes destacados en la canción— se caracteriza por una pluma delicada, pero de ácida observación cuando así lo dicta la contingencia; y es entre estos dos polos que se debaten sus más importantes composiciones. Es, entre otras cosas, la gran voz femenina de la Nueva Canción Chilena.

Fechas

Santiago - 29 de junio de 1939

Décadas

1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Grupos

Isabel Parra

Marisol García

Su discografía se ha desarrollado en diversos países y con importantes colaboradores, y encuentra etapas reconocibles en el trabajo a dúo junto a su hermano Ángel (en el dúo Isabel y Ángel Parra, activo desde fines de los años sesenta), sus musicalizaciones para versos de Violeta Parra y sus discos propiamente solistas. El cubano Silvio Rodríguez, el argentino León Gieco y los chilenos Inti-Illimani, Los Jaivas, los Blops y Víctor Jara han sido sólo algunos de los compañeros de sus valiosas grabaciones. Además de su labor musical, Isabel se preocupa de modo constante del legado de su madre como directora de la Fundación Violeta Parra.

Junto a Violeta
Sus inicios están ineludiblemente vinculados a la carrera de su madre (es la primera hija de su matrimonio con el ferroviario Luis Cereceda), con quien recorrió parte de Europa a partir de 1961 y a cuyo catálogo acudió en diversas oportunidades durante los inicios de su trayectoria. Su debut discográfico fue junto a Violeta y su hermano Ángel, con quienes grabó un primer disco en París (Los Parra de Chillán, 1963). Con Ángel seguiría colaborando hasta principios de los años setenta en paralelo a su trabajo solista, usualmente en la interpretación a dúo de canciones del folclor latinoamericano (puede buscarse su discografía conjunta bajo Isabel y Ángel Parra).

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Destacada fue, además, su labor en la musicalización de versos legados por Violeta, como “Lo que más quiero” y “Qué palabra te dijera”, incluidos inicialmente en el disco Violeta Parra (1970). Su hermoso timbre de voz la legitimó como intérprete —siempre a cargo de su inseparable cuatro, un instrumento de cuerda típico de Venezuela—, hasta que gente como su amigo Víctor Jara la envalentonó a dar el paso como autora. «Lo primero que compuse habrá sido el año 65, pero eran como chispacitos. Cuando uno tiene al lado a una Violeta Parra, a un Víctor Jara… uno dice qué voy a meter mi cuchara aquí. Pero después sentí que tenía que hablar por mí misma», recuerda.

Así, sus primeras composiciones aparecieron en Isabel Parra. Volumen 2 (1968), un disco formado principalmente por musicalizaciones de Paco Ibañez para versos de Góngora y García Lorca, y en el cual también figuraba Julio Villalobos (integrante de los Blops) en guitarra. En el siguiente, Cantando por amor (1969), comenzó a destacarse con mayor propiedad una pluma interesada en lo que ella identifica como un «amor abarcador», no sólo centrado en los conflictos de pareja, tal cual lo demuestran títulos como “Canción de cuna” y “Amores bailando”.

Su nombre es parte activa del movimiento de la Nueva Canción Chilena, como dueña de casa de la mítica Peña de los Parra a partir de 1964, y como uno de los nombres más vendedores de la etiqueta Dicap. La cantautora se acogió además a los amplios márgenes de desprejuicio que propulsaba el movimiento, colaborando con Víctor Jara, Luis Advis, Inti Illimani y Quilapayún; y alterando los estrictos códigos que rigen a la canción tradicional de Chile y Latinoamérica. «Siempre he agarrado estructuras folclóricas para deformarlas, en un sentido creativo», explica. En el disco De aquí y de allá (1971) quedó en evidencia su adelantado interés por la Nueva Trova cubana, descubierta en uno de sus viajes a La Habana. Fue suyo el principal impulso por traer ese año a Silvio Rodríguez (uno de los autores más influyentes en su música), Pablo Milanés y Noel Nicola a Chile, cuando los tres músicos debutaron en el país con un concierto en la peña de Carmen 340.

Durante el gobierno de la Unidad Popular se integró al Departamento de Comunicaciones de la Universidad Técnica del Estado, tal como Inti Illimani y Víctor Jara. Se hicieron más frecuentes sus viajes al extranjero, invitada a festivales en La Habana, Berlín y Lima (donde obtuvo el primer lugar del Festival del Agua Dulce, con la canción “La hormiga vecina”). Diversas colaboraciones la ocuparon ese mismo año, entre ellas el álbum La población, de Víctor Jara, y un disco grabado en La Habana junto a Silvio Rodríguez, Sergio Vitier y otros músicos (Isabel Parra y parte del grupo de experimentación sonora del ICAIC). Junto a Inti Illimani participó de la cantata Canto para una semilla (1972), compuesta por Luis Advis a partir de las Décimas de Violeta Parra, obra que no volvería a ser presentada en Chile sino hasta el año 2004, con Advis ya fallecido.

Canción de exilio
Tras el Golpe de Estado, Isabel vivió su exilio principalmente en París, ofreciendo recitales por toda Europa, Estados Unidos y la Unión Soviética; y grabando discos como Acerca de quien soy y no soy (1979) y Tu voluntad más fuerte que el destierro (1983), cargados de crítica frente a los abusos de la dictadura pinochetista (por lo cual llegaron a Chile sólo como tímidas importaciones). Algunas de sus colaboraciones frecuentes de esa época son con su hermano Ángel, el cantautor Patricio Castillo y el grupo Quilapayún. Eduardo Carrasco, de este último conjunto, detalla en el libro La revolución y las estrellas:

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«Chabela, como intérprete de la canción chilena es un remanso de dulzura y femeneidad, en un movimiento en el cual, hasta el momento, han predominado los artistas masculinos. Su figura delicada, su voz pura, desprovista de toda afectación, su sensibilidad mejor dispuesta para cantar los arreboles que los cielos tempestuosos, su repertorio siempre escogido para expresarse como mujer antes que nada, le agregaban a nuestros conciertos ese otro lado de la vida que nunca conseguiremos mosrándonos solos. Su perfecta dicción le da a cada palabra una signifcación escondida, expresando a veces el dolor de una herida, como otras veces la simple ternura que proviene de un verdadero amor al mundo y al canto. La ternura no puede ser fingida, y aunque es uno de los sentimientos más frágiles, cuando se manifiesta, transforma a quien es capaz de expresarla en una luminosa imagen de vigor y fortaleza».

También en la capital francesa escribio y publicó El libro mayor de Violeta Parra, colección de recuerdos personales, cartas y fotos de su madre (reeditado en 2009). Los discos Vientos del pueblo (1974) y Como una historia (1976) reforzaban la temática del destierro y el dolor ante la pérdida de sus más cercanos, con títulos como “Este presente festín se lo regalo a cualquiera” y su musicalización para “Ay, canto, qué mal me sales”, con los versos que Víctor Jara escribiera en el Estadio Chile horas antes de ser asesinado.

En 1981, contrariada por el manejo que había tenido la etiqueta en Europa, pidió la liberación de su contrato con Dicap y publicó Tu voluntad más fuerte que el destierro (1983) de modo independiente. Su labor artística la hizo acreedora en 1985 del premio “Officier de l’ordre des arts et des lettres” otorgado por el Ministerio de la Cultura de Francia. Ese mismo año pudo escucharse su colaboración en el proyecto de Los Jaivas Obras de Violeta Parra, en el que Isabel recordaba a su madre con una notable interpretación para “Un río de sangre”.

En 1984 la administración militar le permitió entrar por cuarenta y cinco días a Chile con la condición de no cantar públicamente (poco antes, Quilapayún había compuesto la canción “Es el colmo que no dejen entrar a la Chabela”). Cercana al fin a la patria prohibida, Isabel Parra decidió radicarse en Buenos Aires hasta el decreto de fin de su exilio, que llegaría recién tres años más tarde. En Argentina grabó Enlaces (1987) junto a Celeste Carballo, Piero y León Gieco. Este último la invitó a participar de su disco de folclor tradicional argentino De Ushuaia a la Quiaca, también con Gustavo Santaolalla en los créditos.

En 1987 regresó a Chile y realizó una gira de reencuentro por varias ciudades del país. En 1992 concretó su largo anhelo de convertir la Peña de Carmen 340 en la Fundación Violeta Parra, dedicada a preservar el legado de su madre. En 1998 aportó con una nueva versión para “El encuentro” al disco tributo a Víctor Jara editado por Alerce y que también incluía a artistas tan dispares como Jorge González, Lucho Barrios y Silvio Rodríguez. El álbum Colores la devolvió en el año 2000 a la dinámica de difusión y ventas, a través de un trabajo realizado en estrecha colaboración con Silvio Rodríguez en Cuba, y en el cual también figuraban Horacio Salinas y Jorge Coulon (Inti Illimani), y sus hijas Tita y Milena. A fines de 1999, el sello Warner Chile emprendió una extensa labor de puesta al día de algunos de sus discos, incluyendo la publicación de una antología doble (Antología), que resulta una estupenda introducción al sello de femenino sentimiento con el que Isabel Parra se ha acercado a los más diversos temas.

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Entre 2003 y 2004, las presentaciones de Isabel Parra se interrumpieron con la publicación del libro-disco Ni toda la tierra entera (resultado de una beca Guggenheim, y estructurado sobre diferentes recuerdos y fotos, más un disco que incluyó cinco títulos antes inéditos) y el álbum Puras cuecas, en el que reunió canciones campesinas que solía interpretar su madre y que fueron grabadas entre 1963 y 1985 en Santiago y ciudades de Europa (con la colaboración de Ángel y Roberto Parra, y de integrantes de Quilapayún e Inti Illimani). Firme como siempre, y tras el cierre de Carmen 340 por falta de fondos, la artista se abocó a defender el legado de su madre en una serie de iniciativas tendientes a inaugurar al fin un museo con su obra, y que tuvo incontables promesas frustradas hasta finalmente verlo inaugurado, en agosto de 2015.

«Yo no tengo toda la vida para dedicarla a esto. Sé que cargo con un manto pesado, porque me ha tocado defender este patrimonio y porque me he negado sistemáticamente a que se use y abuse de la Violeta», explicó en un momento de ese proceso. La de Isabel Parra es la historia de una mujer fuerte y de vínculos privilegiados, que ha logrado que su música combine el rigor y la fina sensibilidad que distinguen su personalidad.

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El debut solista del tecladista de Kalfu

Parte de la banda de fusión Kalfu, Pablo Diaulo se acerca a otros ritmos latinoamericanos  en su debut solista. Candombe, cueca o zamba con letras sociales. Tá brá la cosa se llama el disco, adelantado con el sencillo “Minorías”.