Gabriela Pizarro

Gabriela Pizarro es una de las tres investigadoras esenciales del folclor chileno, junto a Violeta Parra y Margot Loyola. Como ellas, conjugó las principales disciplinas de ese quehacer, entre la investigación, la creación, la difusión y la enseñanza. Sus huellas quedan en la trayectoria del conjunto Millaray, que ella fundó en 1958, en la exploración sin precedentes que emprendió por la música de Chiloé, en los discos que grabó con el grupo o como solista y en su vocación por la docencia, como profesora y directora de conjuntos. Durante el esplendor de la proyección folklórica de los ’50 y ’60, pero también bajo la más dura resistencia a la dictadura, Gabriela Pizarro se dedicó con el mismo carácter al arte popular que contribuyó a descubrir y a enseñar.

Fechas

Lebu - 14 de octubre de 1932
Santiago - 29 de diciembre de 1999

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |

Géneros

Grupos

Gabriela Pizarro

David Ponce

De Lebu a Santiago
Gabriela Eliana Pizarro Soto nació en Lebu, provincia de Arauco, el 14 de octubre de 1932. Sus padres fueron Blanca Hortensia Soto, originaria de esa ciudad, y José Abraham Pizarro, un hijo de inmigrantes españoles proveniente de Ovalle que llegó a Lebu a trabajar en la administración del ferrocarril minero.

–Mi abuelo Abraham era contador, trabajaba en el norte, en el salitre, y lo trasladaron a la zona del carbón –recuerda el folclorista Héctor Gitano Pavez, hijo de Gabriela Pizarro–. Ahí se desarrolló la infancia de mi mamá. Mi abuela Hortensia era músico y tenía un pensamiento bastante arraigado con la clase trabajadora.

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Foto: Fondo Pavez Pizarro

Hortensia Soto fue la primera en estimular en su hija el interés por el folclor. La madre había estudiado en el Conservatorio Nacional y en Lebu era una activa participante del coro de la iglesia, de la orquesta de profesores y de grupos de teatro, zarzuela y opereta. Y tan o más determinante fue la mujer que crió a Gabriela Pizarro: la cantora campesina Elba González, de Cañete, le mostró el arte popular vivo en las casas de canto y las festividades religiosas. Así evoca esos años la propia folclorista en el libro Gabriela Pizarro Soto y su andar en el folclor chileno (2002), de donde están tomadas sus siguientes citas.

“Mi papá era un gran amante de la ópera y no le gustaban las chinganas. No podía ni verlas. Mi nana y yo nos internábamos en una calle del barrio popular (…), y ahí había una casa en la que se juntaban el fin de semana a bailar. Y ella era la que tocaba y cantaba. En esa casa había siempre una fuente grande con mote con huesillos y se servía aloja (mistela). Ella cantaba y cantaba sus valses en guitarra. Cuando la sacaban a bailar eran unos bailes como corridos, como caminados, agañados”, describe Gabriela Pizarro, quien también alude al Mes de María y a las procesiones de la Cruz de Mayo entre esos recuerdos tempranos.

–Desde muy pequeña le atrajo el folclor. Le llamaban la atención las cantoras, las muertes de angelitos que veía en Lebu siendo una niña. Eran cosas que estaban arraigadas en su sensibilidad –recuerda su hijo. Por razones de trabajo la familia se trasladó a Santiago en 1939, y en 1942 se estableció en una casa de calle Caupolicán en la comuna de Ñuñoa, mientras la alumna Gabriela Pizarro reanudaba los estudios básicos en el colegio María Inmaculada Concepción y los terminaba en la Escuela Suiza de Peñalolén donde su madre enseñaba música. A los trece años, en 1945, ingresó a la Escuela Normal, pero en cuarto año interrumpió esos estudios, por causa del reposo al que la obligó una enfermedad al corazón, sumada a una precoz miopía.

Gabriela Pizarro mostró desde temprano una salud frágil, pero la música quedó a salvo. Al mismo tiempo empezó a tomar clases de guitarra con la profesora Isabel Soro, y las primeras tonadas, valses, cuecas y boleros que aprendió a tocar fueron también el comienzo de su carrera definitiva.

Loyola y Parra, la maestra y la madrina
Entre los 21 y los 22 años, Gabriela Pizarro se enroló en dos escuelas trascendentes para su formación. En 1954 su profesora Isabel Soro la presentó a los cursos de la Escuela de Temporada que desde 1949 dictaba Margot Loyola en la Universidad de Chile, donde compartió aulas con unos jóvenes Rolando Alarcón, Víctor Jara, Silvia Urbina y Cuncumén. Y entre 1955 y 1961 fue parte del coro de la misma universidad, donde recibió una educación vocal formal, conoció a académicos como Manuel Dannemann, Alfonso Letelier y Raquel Barros y formó su primer grupo folclórico junto a Jaime Rojas, futuro integrante de Cuncumén.

Gabriela Pizarro ya había visto actuar en Santiago al célebre dúo de Las Hermanas Loyola, y ahora encontraba en Margot a una maestra que valoraba el arte popular que ella había conocido en su infancia. “Había que hacer una prueba para participar en un encuentro de canto en el Teatro Baquedano. Había que sacarle una segunda voz a una cueca… En la cordillera llueve y en la mar está tronando… Yo ya la estaba sacando al oído y ella dijo ‘Díganle a esa niñita que venga para acá’. Y por eso me cotizó”, recuerda en sus memorias. “Yo la adoraba. Era una cosa loca detrás de la Margot. Era fascinante”.

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Con ese impulso, en 1956 Gabriela Pizarro volvió a Lebu y entrevistó a las cantoras Noemí Chamorro, de Quiapo, y Olga Niño, entre otras. De ellas aprendió cuecas, mazurcas, tonadas, canciones religiosas y bailes como el chapecao y el chincolito, con los que dio forma a un primer repertorio a base de cantos y danzas de Lebu que incorporó al grupo folclórico. Y un segundo encuentro fundamental estaba por venir. En 1957 sustituyó a Violeta Parra, que estaba de gira, en la emisión radial “Imágenes camperas” que la cantante tenía en radio Chilena.

“Necesitaban a una persona para cubrir un espacio de folklore en una radio. Ahí cantaba la Violeta. Yo la admiraba. Era igual a todas las señoras que había conocido en el campo”, recuerda. Tres meses duró el reemplazo. “Y conocí a la Violeta a su llegada. Cuando le entregué la audición yo había preparado un ponche de culén y unos alfajores negros para festejarla. Ella me hizo cantar (la tonada) ‘La jardinera’, me acogió muy bien, se interesó. Después tenía fiestas y a veces me llamaba para que le colaborara”. Algunas de esas invitaciones fueron a la ramada de Violeta Parra en el Parque Cousiño (1958) y su carpa en La Reina (1965).

Violeta Parra también era mayor que mi madre, y tenía otro sistema de enseñanza, vivencial, por el contacto con las cosas. Daba tareas: “vaya a tal parte, hable con tal persona, ahí hay un material importante que trabajar”. Su personalidad era muy fuerte. Para mi mamá era un asunto de protección, en realidad, porque nunca tuvo ese carácter fuerte con el medio que tenía la Violeta –explica Gitano Pavez, cuya hermana mayor, Gabriela Pavez, es por añadidura ahijada de Violeta Parra. Entre la maestras de Gabriela Pizarro, si Margot Loyola fue la formadora, Violeta Parra iba a ser la comadre.

Millaray y el golpe
Dos hitos más tuvieron lugar en 1957. Ese año Gabriela Pizarro inició un nuevo conjunto folclórico al alero de la Casa de la Cultura de Ñuñoa, y actuó en el programa de radio “Un pueblo canta”, impulsado por el escritor Julio Alegría y dependiente del Departamento del Pequeño Derecho de Autor de la Universidad de Chile. Ahí tocó música de autores chilenos como Petronila Orellana y Críspulo Gándara con sus flamantes aprendices.

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“Había que ponerle un nombre, porque ya no era yo quien cantaba sola, sino un grupo. Entonces se hizo un concurso entre las personas que trabajaban en el Derecho de Autor, de qué nombre ponerle a este grupo de jóvenes. Ahí nos pusieron Millaray, que significa flor de oro”, explica. Millaray hizo la más completa exploración en la música de Chiloé, grabó cinco discos en la colección El folklore de Chile para el sello Odeon y es uno de los dos esenciales conjuntos de proyección folclórica chilenos junto a Cuncumén.

Gabriela Pizarro se casó en 1960 con uno de los más aventajados integrantes de Millaray, el cantante y autor Héctor Pavez. Tuvieron cinco hijos, la mayoría de ellos vinculados al canto o la danza: Gabriela (n. 1961), Anaís (n. 1962), Valentina (n. 1963), Héctor (n. 1964) y Julieta Pavez (n. 1965). Además de dirigir al conjunto, la folclorista siguió trabajando de modo individual. Dictó cursos en las casas de la cultura municipales de San Miguel (1963), Santiago (1969) y La Granja (1973). Desde 1966 fue profesora de guitarra en la Escuela Musical Vespertina de la Facultad de Música de la Universidad de Chile, e impartió clases en las carreras de pedagogía musical (1969) y pedagogía en danza (1973) de la misma universidad.

Todo ese trabajo fue interrumpido de cuajo en 1973, a raíz de la persecución política iniciada en Chile ese año. Mujer de izquierda y comprometida con el gobierno del Presidente Allende, Gabriela Pizarro perdió al momento su empleo en La Granja y en 1974 fue exonerada de la universidad por las nuevas autoridades de la dictadura. Ya se había separado de Héctor Pavez cuando éste partió al exilio, condición en la que moriría dos años más tarde en París. Millaray fue disuelto. Y días después del golpe de Estado había sido asesinado Víctor Jara.

–Cuando mi madre supo que había muerto el tío Víctor (Jara) estuvo ronca entre dos o tres años. Bajó su calidad de voz, no podía cantar y no podía tener trabajo –recuerda Gitano Pavez, y la propia folclorista hace memoria sobre la época. “¿Cómo salí de ahí para adelante sin guitarra ni nada? Fueron los niños, los niños chicos del barrio que, como los hacía cantar todos los años para Navidad, me dijeron ¿Vamos a cantar ahora? ¡Ya, po! Tuve que salir a buscar una guitarra prestada y con eso comencé a formar grupos de niños (…). Fue la primera vez que saqué a los niños de la población a cantar a un recital de cinco villancicos, no más”.

El alma al cuerpo
Gabriela Pizarro enfrentó el mal tiempo con diversos oficios: hizo clases esporádicas de música, artesanía en tarjetas y flores, actuaciones en peñas y su primera grabación de la época, como parte del LP Folklore en mi escuela (1978), editado por Alerce y dedicado a la enseñaza musical en los colegios. Y el mismo año emprendió una gira a Europa, en contacto con organizaciones y audiencias de exiliados chilenos. Si Violeta Parra y Margot Loyola lo habían hecho en mejores tiempos, Gabriela Pizarro mostraría ahora el folclor chileno en el nuevo escenario de la solidaridad internacional.

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–Fue lo que le que le devolvió el alma al cuerpo –recuerda su hijo. Tres giras hizo la folclorista en ese período. En 1978, junto a Pedro Yáñez, actuó en universidades y museos de Francia, Inglaterra, Suecia, Suiza, Italia y España y se reencontró con Mariela Ferreira y Joan Turner en Estocolmo y Londres. En 1984 volvió a Francia e Italia. Y en 1986 se presentó en Holanda, Alemania, Finlandia y España. Una cuarta gira a Canadá, tuvo lugar en 1987, con actuaciones y encuentros en Winnipeg, Vancouver, Edmonton y Montreal.

También rearticuló su actividad en Chile junto a músicos como Catalina Rojas, Roberto Parra, Arssel Angulo y Romilio Chandía, que había sido su compañero en Millaray, además de sus hijos. Con una nueva versión de su conjunto presentó el recital de canto religioso campesino “La pasión de Manuel Jesús” (1979) y en adelante siguió trabajando en obras relacionadas con el Primero de Mayo, la fiesta de Cuasimodo o la Navidad, además de conseguir el apoyo de la agregaduría cultural de la Embajada de Francia para el recital “Canto a seis razones” (1985).

Gabriela Pizarro inició además su discografía propia. Su primer disco es Canciones campesinas (1982), editado por Alerce, con canciones y tonadas recopiladas como “El caleuche”, “La pericona tiene” o “He venido caminando”. De su última visita a Madrid data una segunda grabación, Romances de acá y de allá (1986), junto al español Joaquín Díaz, en la que ambos unen sus investigaciones sobre el género tradicional del romance. Y el mismo objeto de estudio tiene Cuaderno de terreno – Apuntes sobre el romance en Chile (1987), que presentó junto con el recital “Romances en el cancionero folklórico criollo”.

Los últimos diez años fueron más prolíficos en cuanto a grabaciones. Con la folclorista Carmen López grabó la antología Cantos de Rosa Esther (l989), basada en décimas, tonadas y versos aprendidos de una cultora tradicional. A partir de entonces su trabajo volvió a encontrar eco en instituciones y fondos culturales. Junto a Anaís Pavez y a José Pepe Cabello volvió sobre los romances en el disco Romances cantados (1991), editado por la Facultad de Música de la Universidad de Chile, y con Pepe Cabello y Guillermo Ríos hizo el disco doble Veinte tonadas religiosas (1993).

En marzo de 1999 grabó el recital Las estaciones del canto, una de sus últimas actuaciones. Para entonces Gabriela Pizarro ya avanzaba en la grabación de un disco de cuecas recopiladas por Violeta Parra cuyas partituras habían sido halladas por su discípula Patricia Chavarría. Pero también avanzaba un cáncer al pulmón que no le permitió ver el terminado el disco, demorado por una disputa legal sobre los derechos de esas obras que fue resuelta en su favor, pero tarde. 20 cuecas recogidas por Violeta Parra (2000) apareció después de que, el 29 de diciembre de 1999, la enfermedad acabara a los 67 años con la vida de Gabriela Pizarro. Completadas por sus hijos y por Catalina Rojas y Patricia Chavarría, ocho de esas veinte cuecas que un mes antes aún ella estaba grabando son su último aliento.

“Gabriela ha sido mi mejor alumna, desde que la conocí en las Escuelas de Temporada que hice en la Universidad de Chile. Ella muere con toda su voz, con una gran voz, una vida natural preciosa que la hizo cantar muy hermosamente las canciones campesinas de la zona centro y sur”, fue el recuerdo de despedida que le dedicó Margot Loyola. Y una memoria igual de afectuosa guarda Rubén Nouzeilles, el director del sello Odeon, donde Gabriela Pizarro grabó sus primeros discos con Millaray.

–Con ese aire de aristocracia que sale de su maravillosa producción musical ella se iba a una población, a veces lloviendo, se bajaba de una micro y caminaba cuadras por el barro a la una de la mañana. En cuanto abría la boca estaba dictando cátedra –recuerda Nouzeilles–. Donde se sentaba Gabriela Pizarro era una profesora.

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