Millaray

El conocimiento y la difusión del folclor chilote en Chile tiene como nombre mayor el de Millaray, el grupo fundado en 1958 por la investigadora y folclorista Gabriela Pizarro que, junto a Cuncumén, fue uno de los más influyentes conjuntos de proyección folclórica iniciados al alero de Margot Loyola y Violeta Parra en los años ‘50.

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Años

Santiago, 1958 - 1973

Décadas

1950 |1960 |1970 |

Géneros

Millaray

Integrantes

Gabriela Pizarro, voz, guitarra, dirección (1958 – 1979).
Héctor Pavez, voz, guitarra y baile (1958 – 1965).
Nelly Pavez, voz y baile (1958).
Clemente Izurieta, voz, guitarra y baile (1958).

Integrantes posteriores: Raquel Pavez, Graciela Pino, Regina Valenzuela, Antonio Serra, René Figueroa, Aliro Adonis, Romilio Chandía, Carlos Negro Medel, Adrián Miranda, Alejandro Hermosilla y Arssel Angulo.

David Ponce

De esas dos maestras Millaray aprendió y puso el práctica el método de la recopilación en los campos, aplicado al folclor de las zonas central y nortina y con especial dedicación a Chiloé. En la isla encontraron el rin, la nave, la sirilla, la pericona, la trastrasera, el pavo, el cielito, la cueca chilota, la sajuriana y otros cantos y danzas. Esos mismos hallazgos fueron luego popularizados con estribillos como «Mariquita, dame un beso», «El rabel para ser fino», «Corre la nave, corre la vida», «Los patos en la laguna» y en cuecas como «La huillincana», de Liborio Bórquez, y dejaron un legado esencial para la genealogía del ballet folclórico en Chile y para futuros grupos de raíz chilota como Chamal, Bordemar o Chilhué.

De Ñuñoa a Chiloé: la tarea de Violeta Parra
En 1957 Gabriela Pizarro había empezado a trabajar en la Casa de la Cultura de Ñuñoa, donde fundó un grupo folclórico que un año más tarde daría forma a Millaray. Ahí conoció al músico Héctor Pavez, quien se transformó en su brazo derecho en el conjunto, y fue decisiva en esos inicios la influencia de Violeta Parra, a quien Gabriela Pizarro había conocido el mismo año.

«Un día la Violeta me dijo ‘Vengo llegando de Chiloé. Fui a Castro a hacer unos cursos y aprendí esto, esto y esto otro y fíjate que las cuecas allá son así’», recuerda la propia folclorista en uno de los testimonios del libro Gabriela Pizarro Soto y su andar en el folklore chileno (2002), de donde están tomadas sus siguientes citas. «Nos enseñó la sirilla. ‘Ustedes deberían ir pa’ allá’… Y nosotros partimos».

–Violeta Parra fue la persona que motivó al conjunto Millaray –coincide el cantante Héctor Gitano Pavez, hijo de la fundadora del grupo y de Héctor Pavez–. Les dio la tarea. Ella había hecho una investigación de la que trajo la sirilla y planteó a Gabriela Pizarro la propuesta de que ese trabajo lo hiciera el conjunto Millaray, porque había un caudal importante de cantores en Chiloé.

En diciembre de 1958 Millaray emprendió su primer viaje a la isla, donde volvió en 1961 y 1962, al inicio de su tarea de recopilación y reconstrucción de canciones, cuecas, romances, periconas y vestigios de bailes como el cielito, entre diversos cantos y danzas. Sus fuentes fueron cultores ya veteranos de Ancud, Castro y otras localidades, como Daniel Naín, Felipe Llaipén, Isaías Tacul y Rosario Hueicha. «Llegamos en una época histórica de la música chilota», explica Gabriela Pizarro. «La pericona era el baile más destacado en los campos. La trastrasera ya no se bailaba, era como un juego de niños, algo que se recordaba, no más. Estaba en vías de caer al olvido».

Actuaciones y recopilación: todos hacían todo
Al regreso de su primera gira, Millaray participó de un congreso de musicología organizado por la investigadora Raquel Barros, donde compartió su trabajo con académicos como Carlos Isamitt. Más tarde reanudó esa tarea de extensión con el espectáculo «La minga de Chiloé» (1962) en el Teatro Municipal del Santiago, integrado por danzas como el pavo, la zamba refalosa, la nave y el cielito.

«En ese recital fue cuando la Violeta (Parra) me prestó unos choapinos, y después me los cobraba en público», recuerda Gabriela Pizarro. «En esa oportunidad había personalidades muy importantes, y la Violeta decía ‘¡El choapino! ¡El choapino!’ para que se lo devolviera… Porque estaban puestos ahí. Y la gente creía que ésa era otra danza. Y todo el público la imitaba. ‘¡El choapino, el choapino!’».

La influencia de Millaray fue esencial en la formación de Loncurahue (1962), el primer ballet folclórico chileno, creado por Claudio Lobos y Ricardo Palma. Y Chiloé no fue su único rumbo. Ya en 1960, invitado por el Ministerio de Educación, Millaray hizo su segunda gira, con destino a Arica, Iquique, Antofagasta y otras ciudades nortinas, y durante su historia visitó Bío-Bío, Colchagua, Chanco, Aconcagua y Chillán, al tiempo que Gabriela Pizarro hacía talleres de temporada en Concepción, Valparaíso o San Miguel.

En todos estos lugares el conjunto combinaba la investigación con las actuaciones, contratado con frecuencia por municipalidades, radios, sindicatos y juntas vecinales, además de aparecer en actos políticos ligados a las candidaturas del futuro Presidente Salvador Allende, de quien el grupo fue creciente partidario. «Como Millaray cantábamos y bailábamos en escenarios pa’ las Fiestas Patrias, Año Nuevo, para el Día del Roto Chileno… todas esas fechas que las municipalidades organizaban», recuerda la folclorista.

–En ese tiempo no existía la estructura del ballet folclórico que conocemos, en el que hay un equipo de gente que canta y otro que baila –pone en contexto Héctor Gitano Pavez, a propósito de las actuaciones del grupo–. Lo único más técnico que se usaba era la interpretación coral: que hubiera segundas voces, que no se cantara todo plano. Pero todos hacían de todo. Uno tomaba la guitarra y después iba a bailar una danza.

Discos, músicos y la pasión de Gabriela Pizarro
Fue también al regreso de su primera gira a Chiloé que Violeta Parra llevó a Millaray al sello EMI Odeon, donde folcloristas como ella misma y Cuncumén ya habían iniciado la serie disquera El folklore de Chile, y donde el conjunto había sido rechazado al principio.

«Nos dieron muchos motivos. Dijeron que cantábamos a gritos, que las cuerdas de alambre no podían ir en una grabación y menos esa tabla con botellas atravesadas», explica Gabriela Pizarro, en alusión al charrango, instrumento de cuerda chilote. «Entonces aparecía la Violeta y les echaba unos garabatos… y bueno, con el tiempo grabamos cinco long play».

Los primeros dos de esos cinco discos constan en la propia serie El folklore de Chile, de la que Millaray grabó los volúmenes X y XII, Geografía musical de Chile (1961) y Canciones y danzas chilenas (1964), con la alineación fundadora del grupo: Gabriela Pizarro, Héctor Pavez, la cantante Nelly Pavez, hermana de Héctor; el cantante y guitarrista Clemente Izurieta, quien luego sería parte de Cuncumén, y la bailarina Raquel Pavez, hermana de Héctor y Nelly, que se incorporó más tarde.

En su tercer LP, Nuestra Navidad (1969), Millaray dispuso un repertorio de villancicos y canciones religiosas también recopiladas, grabadas con un coro de niños y con instrumentos como pitos de zapallo o de hojas de lirio, cachos, matracas y juguetes tradicionales. Y sus últimos dos dos discos, El folklore de Chile – Vol. XXIII: Cuecas con brindis (1970) y La ramada (1971) fueron grabados ya con nuevos músicos como Romilio Chandía y Carlos Negro Medel, tras el alejamiento de los integrantes fundadores.

El grupo se disolvió de plano en 1973. El golpe de Estado significó para Gabriela Pizarro, comprometida mujer de izquierda, la exoneración de todos sus trabajos y la desintegración del grupo musical que había fundado. En adelante ella se transformó en una de las más abnegadas folcloristas activas en Chile durante la resistencia a la dictadura, y en 1979 impulsó incluso una formación fugaz del conjunto, con músicos como Romilio Chandía y Arssel Angulo, para la representación de la obra La pasión de Manuel Jesús, con repertorio religioso del folclor campesino sumado a su experiencia como pobladora urbana.

Rin, sirilla, pericona, sajuriana y trastrasera: lo que encontró Millaray
Si Cuncumén representa el legado folclórico campesino extendido al conocimiento de los chilenos, Millaray es el principal responsable de ese conocimiento relacionado con el folclor de Chiloé, con cantos y danzas como el rin, la nave, la sirilla, la pericona, la sajuriana, el pavo, el cielito, la trastrasera y la cueca.

–Son danzas que se reconstituyeron. No se encontraron intactas en los campos. En Chiloé la estructura de la mayoría de los ritmos tiene que ver con una base huilliche. A eso se implanta todo lo español, que viene con la poesía, con los ritmos, con la variedad musical. Eso es lo visual que el Millaray encontró –documenta Héctor Pavez hijo. A su juicio, una vertiente de esa tradición quedó a medio camino en la historia inconclusa del grupo: el género poético español del romance.

–Existe otra temática más antigua y que sin duda faltó tiempo para desarrollar, un trabajo interrumpido por la dictadura y por otros elementos que les impidieron seguir investigando: es la canción antigua, los romances –explica Pavez, que también acompañó a su madre en algunas de esas visitas–. Mi madre logró investigar el Romance de San Pedro y San Pablo, que estaba oculto en las mujeres chilotas. Porque antiguamente la mujer chilota cantaba, y después por el machismo el hombre pasó a interpretar.

Gabriela Pizarro reanudó como solista su investigación en ese género y rastreó los orígenes del romance hasta llegar a grabar en Madrid, con el estudioso español Joaquín Díaz, un disco de romances hallados en España y Chile. Pero es la isla de Chiloé la que permanece como el principal terreno del conjunto en la historia. La influencia de Millaray sigue viva y se manifiesta en la tradición de los ballet folclóricos chilenos, en los grupos posteriores de música chilota y hasta en la clase de música en el colegio, pasando por la memoria que existe de una trastrasera que dice «Mariquita, dame un beso que tu mama lo mandó» o de una cueca con acordeón chilote llamada «La huillincana».