Claudia Acuña

La artista del jazz chileno con mayor presencia a nivel internacional logró algo que ninguno de sus pares en el género pudo alcanzar: el fichaje en una de las casas discográficas claves del jazz mundial, el sello Verve. Claudia Acuña se incorporó a su catálogo de artistas al finalizar los ’90 como una de las voces de mayor proyección en el recambio generacional del jazz. Alcanzó así una categoría inédita para nuestros músicos –siempre relegados al último confín de Latinoamérica– y que la acercó a figuras más mediáticas como Diana Krall y Norah Jones.

Fechas

Santiago - 03 de julio de 1971

Décadas

1990 |2000 |2010 |

Géneros

Iñigo Díaz

Nacida en Santiago aunque creció en Concepción, fue influenciada por voces tan diversas como Abbey Lincoln (en el jazz), Frank Sinatra (en el pop) y Violeta Parra (en el folclor), se inició a los 17 años junto al grupo fusión encabezado por el guitarrista Edgardo Sánchez, Sesión, con el que actuó entre 1989 y 1992. Se incorporó a la escena jazzística nacional al comenzar los ’90, con la apertura producida principalmente por la gestión de la Radio Classica. En aquellos primeros años, apadrinada por el baterista Alejandro Espinosa y adiestrada por los pianistas Jaime Pinto y Moncho Romero, actuó en los festivales de jazz vocal, cantó en los estudios de esa estación radial y alternó escenarios con figuras emergentes como Francesca Ancarola, Rossana Saavedra, Verónica Espina o la cantante pop Rachel, con quien disputó la primera final de estos certámenes.

El swing de la cintura cósmica: un enfoque musical
En 1994 emigró a Nueva York en busca de mejores horizontes artísticos. Un proyecto emprendedor que en un primer momento fue calificado de demasiado ambicioso, pero que a la larga obtuvo frutos. Tras algunas temporadas alejada de la escena del jazz, realizando todo tipo de trabajos, pudo darse a conocer en algunos pequeños y clubes del Village de menor prestigio. Sobre los escenarios de Smalls y de Tenth Street Club conoció a músicos como el pianista Jason Lindner, quien la invitó a cantar junto con su big band y quien pronto se transformaría en el brazo derecho de la cantante. Luego Claudia Acuña ya actuaba con Avishai Cohen, Jeff Ballard (quienes tras tocar para ella fueron contratados como sección rítmica por Chick Corea), Abi Leibovich y Harry Whitaker, y amplió su circuito de jam sessions a clubes más importantes como Sweet Basil’s, Metronome y Zinc Bar.

El demo que presentó a Verve junto con algunos de estos solistas fue significativo. Los ejecutivos de la casa editora la contrataron rápidamente sorprendidos por el talento oculto en esta figura desconocida proveniente del último país de América. Claudia Acuña debutó con Wind from the south (2000), que le valió una serie de críticas favorables y apariciones en revistas especializadas. Ahí se orientó hacia las baladas clásicas como «My man’s gone now» (Gershwin) o «Prelude to a kiss» (Ellington), aunque ya abría sus opciones por poner música latinoamericana en un contexto norteamericano («Alfonsina y el mar»).

Poco después, y con músicos de mayor reputación (el contrabajista Dave Holland, el pianista Billy Childs y el baterista Jeff Watts), editó su segunda placa, Rhythm of life (2002) transformándose entonces en una estrella indiscutida, número fijo en festivales jazzísticos y con un extenso calendario de giras por los cinco continentes. Su tendencia a las sonoridades, ideas musicales y poesía del cono sur iba in crescendo: «Volver a los 17» (Violeta Parra) o «Maria Maria» (Milton Nascimento).

Vientos al sur: oleada de regresos a Chile
Regresó en Chile convertida en personalidad artística, una suerte de cónsul chilena de la música, para participar en el Festival Providencia Jazz de 2003. De vuelta en Nueva York, fichó con el sello independiente Maxjazz, con el que pudo desligarse de ciertas limitaciones que le imponía Verve y centrar su siguiente etapa creativa hacia una apertura de la canción latinoamericana más allá de la canción standard jazzística. Su tercer álbum, Luna (2004) incorporó boleros jazzíficados, piezas de músicos chilenos (Pedro Greene, Jorge Díaz) y un set de canciones originales por primera vez («Historias», «Chorado», «Carita de luna»). El público chileno pudo atestiguar el éxito en una actuación histórica en el Teatro Municipal ese mismo año (junto a su trío neoyorquino y las inclusiones del tenorista Claudio Rubio y el trompetista Sebastián Jordán).

Poco antes de ofrecer su primer concierto propio en Chile, en el invierno de 2005 en San Carlos de Apoquindo, en el verano neoyorquino, llegó al famoso club del Village Blue Note, con presentaciones durante una semana completa. Era el mismo espacio donde en 1995 trabajó en el guardarropía y fue despedida por cantar sin autorización en una jam session. En 2006 regresó para una segunda actuación en el Teatro Municipal y después de ofrecer catorce shows en una semana en el Dizzy’s Club del Lincoln Center de Nueva York, temporada que repitió en 2008. Esa presentación en Santiago sería el tercer concierto en Chile, esta vez frente a un cuarteto (más el clarinetista chileno Moncho Romero Jr como invitado).

Pero no fue el último. En el verano de 2007 regresó a Santiago con un plan de proyección musical aún más severo y claro, al ofrecer conciertos gratuitos en espacios abiertos en comunas populares y populosas como Maipú, Cerro Navia, San Joaquín y Conchalí, acompañada de su cuarteto y como lady crooner de la novel Conchalí Big Band (del trompetista Gerhard Mornhinweg). Y en la primavera de ese mismo año se presentó en Concepción y Santiago como solista de un concierto sinfónico dedicado a los 90 años del natalicio de Violeta Parra junto a la Orquesta Sinfónica de Concepción dirigida por el compositor y arreglista Guillermo Rifo.

Tras editar un trabajo junto al músico latino Arturo O’Farrill (In these shoes, 2008), Claudia Acuña cambió de casa discográfica convencida por su propio director: el saxofonista Branford Marsalis, quien la llevó como la primera mujer y la primera cantante al sello Marsalis Music. Desde esa plataforma lanzó En este momento (2009, que presentó en vivo en el Festival Providencia Jazz), con composiciones propias («Tulum»), nuevos boleros («La mentira», «Contigo a la distancia»), tango piazzolliano («Vuelvo al sur») y sus primeras tres grabaciones de piezas originales de Víctor Jara («El cigarrito», «El derecho de vivir en paz» y «Te recuerdo, Amanda»). Marsalis tocaría ahí el saxofón soprano en la canción de Violeta Parra «Run Run se fue pa’l norte».

En 2017, con motivo del centenario de Violeta Parra, Claudia Acuña participó en la obertura del Festival de Viña del Mar, en una suite orquestada de canciones de la compositora, junto a Isabel y Tita Parra, y voces provenientes del pop como Consuelo Schuster y Camila Gallardo.

En el otoño de ese año, Acuña daría un nuevo concierto de jazz vocal en el Teatro Nescafé de las Artes, donde se había presentado en 2010 con su banda neoyorquina. Como sección de ritmo y acompañamiento, esta vez utilizó a musicos chilenos de fusión como Camilo Salinas (piano), Fernando Julio (contrabajo) y Danilo Donoso (batería), integrantes a su vez de Inti-Illimani Histórico. Durante esa visita, Acuña fue voz solista en el montaje de la obra «Canto para una semilla» (1972, de Luis Advis), con ese grupo, además de Quilapayún, que se presentó en los teatros Municipal de Santiago, Caupolicán, Municipal de Valparaíso, Municipal de Chillán y Universidad de Concepción. Nuevos horizontes de Acuña, la cantante del jazz chileno de mayor alcance en la historia.

Los Jaivas y Congreso: historia pura en vivo

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