La Ley

Tras el fin del llamado boom pop de los años ochenta en Chile, La Ley fue el único grupo de su generación que pudo gestar una propuesta musical de referentes globales y ambición de trascendencia. Con los años, el grupo se transformaría en un nombre de reconocimiento continental, con canciones, videos y giras que captaron la atención en varios países. Pese a sus cambios de integrantes, las mudanzas geográficas y las voluntarias pausas en su trabajo, no hay duda de que La Ley fue un equipo profesional de perspectiva duradera y marca señera para el pop local.

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Años

Santiago, 1987 - 2016

Décadas

1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

La Ley

Integrantes

Andrés Bobe, guitarra (1987-1994)
Rodrigo Coti Aboitiz, teclado (1987-1991 / 1995-1997)
Lucía Shía Arbulú, voz (1987-1988)
Iván Delgado, voz (1988)
Luciano Rojas, bajo (1988-1998)
Mauricio Clavería, batería (1988-2005 / 2014 – 2016)
Beto Cuevas, voz (1989-2005 / 2014 – 2016)
Pedro Frugone, guitarra (1994-2005 / 2014 – 2016)

Marisol García

El sueño de Bobe
El concepto inicial de La Ley fue responsabilidad del guitarrista Andrés Bobe alternaba sus estudios de Ingeniería en Sonido con la participación en proyectos musicales de diverso tipo (incluyendo un tiempo de trabajo junto a Paraíso Perdido). Siempre al día en tendencias extranjeras y aplicado en su vocación musical, Bobe soñaba liderar una banda propia que articulase los códigos de pop-rock europeo que por entonces lo cautivaban. El grupo finalmente pudo tomar forma en 1987, cuando se le sumaron dos músicos ya experimentados en otros proyectos:

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Foto: EMI

el tecladista Rodrigo Coti Aboitiz venía de participar en Aparato Raro, y la española Shía Arbulú había cantado junto a sus hermanos en los populares Nadie. El nombre La Ley fue tomado de un tema de los españoles Radio Futura.

El trío se abocó de inmediato a la composición, y pudo grabar sus primeras canciones con rapidez. El cassette La Ley apareció en 1988 bajo etiqueta Fusión, con seis canciones y cuatro remezclas, y gestión ejecutiva de Carlos Fonseca. Era, así, el mismo manager de Los Prisioneros quien se hacía cargo de profesionalizar al grupo. La banda pretendía proyectarse profesionalmente cuanto antes, pero entonces la cantante, Shía, anunció que regresaba a España. Vino entonces la primera rearticulación del grupo: Bobe sumó como bajista a un compañero de su ex banda, Luciano Rojas, y al baterista Mauricio Clavería, quien hasta entonces trabajaba con Pancho Puelma y Los Socios. Para las voces y letras ubicó a Iván Delgado, ex saxofonista de La Banda del Pequeño Vicio, pero el músico no resultó ser un buen frontman y se retiró del proyecto al poco tiempo. Fue entonces que se organizó una audición para un conocido de Mauricio Clavería: un diseñador gráfico con afición por el canto y años de residencia en Canadá. Beto Cuevas llegó a cambiar el rostro de La Ley para siempre.

Beto Cuevas a bordo
Pese al antecedente de su cassette, suele considerarse a Desiertos (1989) como el debut oficial del grupo. Son diez temas de bien encauzadas melodías pop, equilibradas en sonido entre la guitarra y los sintetizadores; sin alardes virtuosos ni pretensiones de rudeza, y con versos ocupados en describir visiones más bien abstractas, todos ellos cantados con la sugerente voz de Cuevas. Del disco, también editado bajo etiqueta Fusión, se publicaron apenas quinientas copias. No existían antecedentes en el país de un pop radiable de real rigor técnico, y no pasaría mucho tiempo hasta que Desiertos llamara la atención de las personas indicadas. En la carrera por La Ley, los más visionarios fueron los entonces ejecutivos de Polygram, con quienes el grupo firmó contrato para, al fin, una grabación con financiamiento profesional.

Eran tiempos promisorios pero de quiebres internos. Primero el grupo rompió relaciones con Carlos Fonseca y pasó a ser representado por uno de los asesores de éste, Alejandro Sanfuentes (según la banda, la separación explica que Fusión haya descatalogado el disco Desiertos). Para poder promocionar el trabajo en radios, el grupo debió encargar a Buenos Aires dos mil singles a partir de un DAT con el que se habían quedado. El video para “Desiertos” lo pagaron con su propio dinero. Pero eso era un esfuerzo menor al lado de lo que se vino después: deprimido por la muerte de su madre, entre otras causas, Aboitiz anunció su retiro poco antes de entrar a estudio.

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Foto: PolyGram

«Fue un tropezón conocer la noticia —recordaría luego Beto Cuevas—, pero Andrés rompió el escepticismo: “No importa; le pediré plata a mis papás para comprar un Roland W-30 y secuenciar los teclados. Con ese sonido y con esa actitud salimos adelante». Fue como cuarteto que La Ley trabajó y presentó Doble opuesto (1990), un disco en el que se regrabaron dos títulos ya antes incluidos en Desiertos (“Desiertos” y “Qué va a suceder”), se agregó una versión para “Angie”, de los Rolling Stones (hasta entonces sólo conocida en vivo), y se cuidó cada detalle pensando en un sonido de impacto. Y así fue: la banda consiguió ubicar cuatro singles en radios (“Prisioneros de la piel” y “Doble opuesto”, entre ellos) y una invitación para el Festival de Viña del Mar de 1993. El carisma de Beto Cuevas y la sólida base musical del grupo habían cautivado al público y a la industria.

El éxito les permitió grabar con un mucho mejor presupuesto su siguiente álbum. Con una carátula que saludaba al Sgt. Pepper’s, de los Beatles, La Ley (1992) fue un disco ambicioso que hizo que el grupo comenzara a acariciar la posibilidad de internacionalizar su música. Primero “Autorruta” y luego “Tejedores de ilusión” llamaron la atención de un público amplio, que justificó los primeros viajes de promoción a Argentina y México. Un año más tarde, un contrato publicitario con Pepsi confirmaba la dirección de imparable ascenso para la banda.

La tragedia
Nadie podría haber previsto que el siguiente disco de La Ley se presentaría como un tributo. Pero la tragedia golpeó al conjunto del peor modo imaginable: la madrugada del 10 de abril de 1994, Andrés Bobe chocó en su moto tras un concierto benéfico y no logró llegar con vida al hospital. Además del dolor por la muerte de un amigo, La Ley no pudo evitar replantearse qué haría a partir de entonces sin su principal compositor y productor. El grupo ya había decidido radicarse en México, y contaba con bases y guitarras ya grabadas por el guitarrista para la grabación del siguiente álbum. Su decisión de continuar fue, según Beto Cuevas, «en honor a su talento». Y fue inevitable que el papel de líder recayera a partir de entonces en el cantante.

La partida de Bobe les abrió las puertas a dos nuevos integrantes. Pedro Frugone llegó a ocuparse de la guitarra, mientras que Coti Aboitiz reapareció como tecladista. El título del siguiente disco aludió a la presencia intangible de Bobe: cuatro de los doce temas de Invisible (1994) incluían su apellido en los créditos de composición. Con canciones en tres idiomas, el álbum logró un récord de venta en Chile, con cinco singles destacados en radios (entre ellos, “El duelo” y “Hombre”). Las pruebas le habían permitido al grupo componer una de las mejores canciones de su carrera, “Día cero”:

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Foto: Warner

«Me dolía mucho ver cómo los medios no daban un peso por nosotros a nivel creativo tras la muerte de Andrés y cómo intentaban sepultarnos en vida —explicaría luego Beto Cuevas—. La mezcla de esa angustia y de las ganas de mandar todo al infierno dio como resultado una letra que tenía que ver con nuestra necesidad de renacer después del duelo». Es cierto que los comentarios no fueron siempre alentadores, pero la banda estaba convencida de su firmeza interna. Sin dudar, La Ley concretó su anhelada mudanza a México en marzo de 1996.

Los discos posteriores debieron analizarse como los de un grupo de alcance continental, que —con mayor o menor eficacia— apuntaba su música a un mercado global. A medida que se fueron lanzando, el grupo intentaba presentar un sutil concepto asociado: Vértigo (1998) era la alienación ante la incertidumbre futurista —y se apoyaba, por eso, en una pesada base electrónica; con una mala recepción para el single “Fotofobia”—, mientras que Uno (2000) sostenía en la simpleza de melodías como “Aquí” y “Fuera de mí” su convicción en el valor de lo básico.

Fueron discos trabajados íntegramente en Norteamérica, pero con dos formaciones distintas, pues entre uno y otro se produjo la salida de Rodrigo Aboitiz (1997) y Luciano Rojas (1998) (músicos que se unirían luego en el grupo Saiko). Uno, de hecho, tuvo ese título para mostrar unidad en la nueva formación de trío y como una forma de decir que la banda empezaba de nuevo, como explicó varias veces Beto Cuevas.

Una promoción preferentemente internacional fue marcando una lógica distancia con el público chileno, la cual el grupo no logró nunca más acortar. Sus conciertos en Santiago se convirtieron en encuentros excepcionales y nunca masivos, en contraste con las extensas giras y los teatros llenos de México. El fenómeno de La Ley en ese país les recordaba a los mayores lo que, décadas antes, habían logrado Los Ángeles Negros. Lo único cercano a lo multitudinario por entonces en Santiago fue el show gratuito que la banda ofreció en noviembre del 2001 en la Plaza de Armas (con Jorge González como invitado especial, poco antes de la breve reunión de Los Prisioneros).

Fue éste el período de mayores cosechas internacionales para La Ley: Grammy al mejor álbum de rolk alternativo latino 2000 (por Uno), participación en la banda sonora de Crazy beautiful (con el tema “Everytime”) e invitación al Unplugged de MTV, en Miami (con cuyo registro ganaron un Grammy Latino al mejor álbum vocal rock de grupo 2001). Presentaciones por toda América y España los ocuparon durante un par de años, y la preparación del álbum Libertad se desarrolló con el trío viviendo en California. Allí atestiguaron la delirante «guerra contra el terror» que por entonces animaba la administración de George W. Bush, y decidieron opinar al respecto. La carátula del disco aludía a la impuesta censura en tiempos de tensión política, y la canción “Ámate y sálvate” incluía versos como «Ama a tu enemigo / cuelga tu ambición / Sobreviviremos / a la desolación».

Hasta pronto, La Ley
Seguros en una posición internacional largamente anhelada, La Ley pudo permitirse al fin ciertos lujos. Y el más llamativo de ellos fue su decisión de darse una pausa a partir de agosto del 2005, definida una y otra vez como «un descanso, no una separación». «No somos una enciclopedia de cómo se debe llevar a cabo la carrera de una banda de rock latino, pero sí pienso que después de quince años es bastante sano hacer cosas por separado», afirmó Beto Cuevas, quien de inmediato confirmó la preparación de un disco solista y participaciones en cine. También Pedro Frugone y Mauricio Clavería hablaron de ideas musicales que desarrollarían por separado.

La banda organizó la despedida de rigor: un disco antológico (Historias e histeria, con trece éxitos y tres temas inéditos), el anuncio de una biografía escrita y una gira latinoamericana con exitosas paradas en varios países y más de dos meses de presentaciones por México. Un contraste cruel con Chile, donde el grupo no logró entusiasmar a más de cuatro mil personas para su último concierto local, el 1 de junio en Espacio Riesco (el último concierto de la gira completa fue el 29 de septiembre, en el Luna Park, de Buenos Aires). Un par de meses antes, la banda les había regalado a sus fanáticos una estampa histórica, al invitar a Coti Aboitiz y Luciano Rojas al escenario del Festival de Viña 2005. La Ley sabía ya de gloria internacional y fue lo suficientemente generosa para no reparar en lo que algunos medios llegaron a calificar como «el pago de Chile». Su entusiasmo de esa noche en la Quinta Vergara fue como el de los deportistas que vuelven a casa con medallas olímpicas.

Luego de la última actuación formal de La Ley como tal (3 de noviembre del 2005, en el la fiesta del Grammy Latino, en Los Ángeles) debió seguirse la pista de sus integrantes en sus respectivas carreras solistas, pues todos continuaron involucrados en proyectos musicales.

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Foto:

Reunión 2014 y quiebre definitivo
Aunque a fines del 2005, Pedro Frugone sugirió que pasaría mucho tiempo antes de que La Ley se reformase («el grupo se acabó, al menos para mí») y que sus compañeros manifestaron la misma distancia en posteriores entrevistas.

La reunión del grupo fue un hecho confirmado a principios de 2014, con su presentación de febrero en el Festival de Viña del Mar (y con un concierto breve «de precalentamiento» casi un mes antes en Mar del Plata, Argentina) que tuvo sobre el escenario a Cuevas, Frugone y Clavería, más el argentino Héctor Zeta Bosio (Soda Stereo) como invitado especial (en declaraciones a la prensa de esos días, tanto Luciano Rojas como Coti Aboitiz se manifestaron decepcionados por no haber sido convocados).

Nueve años después de su despedida, La Ley comenzó la gira latinoamericana «Retour», que paró en Chile el 19 de diciembre de 2014, en un Movistar Arena repleto. Público y banda mostraron un entusiasmo que merece articularse en el largo plazo. «Este receso fue muy importante para madurar ciertos aspectos de nuestra personalidad que quizás no funcionaron en el pasado», dijo el cantante. Vinieron más presentaciones y luego un bien comentado disco, Adaptación (2016). Y, entonces, a mediados de 2016, lo impensado: un quiebre súbito, anunciado de golpe en Facebook, que dejó en un bando a Cuevas y en otro a sus compañeros. Sin resignarse a detener el trabajo musical, Frugone y Clavería convocaron a Luciano Rojas y Coti Aboitiz, ex compañeros suyos en otros momentos de la banda, y a un socio cercano, Ignacio Redard. Nació entonces Día Cero, un grupo que se aplicó de inmediato a la composición y que ya hacia fines de año podía mostrar un nuevo tema. Entre otras cosas, Día Cero simbolizaba el fin definitivo de La Ley.

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