Lalo Parra

Tío Lalo para los sobrinos y cercanos, Eduardo Emeterio Parra Sandoval de nacimiento, Lalo Parra es parte de la primera y famosa generación de la familia Parra, cuarto hermano de la casa luego de Nicanor, Violeta e Hilda, y mayor que Roberto, Lautaro, Elba y Óscar Parra. Cantor, guitarrista, autor y compositor, Parra ha difundido un repertorio de cuecas choras, jazz guachaca y valses tradicionales acunado en la familia y aprendido en ocho décadas de historia. Junto a Nicanor es el único octogenario de la familia, y entre todos sus hermanos es el que más ha merecido el nombre familiar de tío, ya no sólo de parte de sus sobrinos originales, sino de todo el público que ha encontrado en él un símbolo de experiencia popular chilena.

Fechas

Chillán - 29 de junio de 1918
Santiago - 04 de abril de 2009

Décadas

1930 |1940 |1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |

Géneros

Lalo Parra

David Ponce

Violeta, Hilda, Eduardo y Roberto: el primer elenco
Hijo de Clarisa Sandoval y Nicanor Parra, Eduardo Parra nació en Chillán el 29 de junio de 1918. Entre sus primeros recuerdos figuran la casa familiar y el lustrín con que a corta edad empezó a trabajar en la plaza San Francisco de esa ciudad, siempre en compañía de sus hermanos más próximos en edad.

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Foto: Archivo Fotográfico Roberto Parra

Violeta, Hilda, Eduardo y Roberto formaron un grupo unido y solidario. Donde iba uno iban todos, y ganaban sus pesos limpiando tumbas y arreglando floreros en el cementerio, o bien barriendo, lavando platos y sirviendo comidas donde los vecinos, los Bobadilla, que tenían posada y cocinería”, reconstruye el escritor Fernando Sáez en La vida intranquila (1999), su biografía de Violeta Parra.

Por los cambios de trabajo del padre, profesor primario, la sureña ciudad de Lautaro fue otro domicilio de la familia durante la infancia de Eduardo. “Hilda, Violeta, Eduardo y Roberto formaban un grupo unido y revoltoso que pasaba el día jugando, recorriendo las orillas del río Cautín, cercano a la casa, escuchando a su padre cantar acompañado de guitarra bajo los árboles del sitio”, consta en la misma biografía. “De ahí nació la costumbre de aprender canciones que el padre premiaba con alguna moneda”.

A los siete años Lalo Parra ya era precoz cantor callejero junto a sus hermanos. Trenes, bares, circos y mercados fueron sus primeros escenarios, y en particular los circos de pueblo les permitieron recorrer ciudades y localidades como Maule, Santa Clara, Inihue, Longaví o Chillán Viejo. Quedaba una parada fue más lejana: Santiago, donde ya estaba el mayor de los hermanos, sería el próximo destino.

Por Mapocho con Matucana: entre La Popular y el Tordo Azul
Entre doce y trece años tenía Lalo Parra cuando llegó a la capital a encontrarse con Nicanor. El primogénito, que ya era estudiante en el Internado Nacional Barros Arana, recibió uno tras otro a Violeta, Eduardo y Roberto en Santiago, donde los tres terminarían por dedicarse a la música.

Gracias a Nicanor me dieron una beca para estudiar internado en el INBA (Internado Nacional Barros Arana)”, hace memoria el propio Lalo Parra en su testimonio “Mi hermano Nicanor”, publicado el 21 de octubre de 2004 en el periódico “The Clinic”. “Él fue mi apoderado, así que me vigilaba mucho. Todo ese año que estuve ahí, nos topábamos a cada rato en el colegio, vivíamos juntos. Aparte de mantener el rendimiento, mi hermano nos puso una condición para traernos a Santiago: que dejáramos el canto y las guitarras. Así comenzó la vida de los tres hermanos en la capital”.

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Lalo Parra estaba interno y Violeta Parra asistía al liceo, pero ninguno estaba dispuesto a abandonar la música. “Fue a la Violeta a la que se le ocurrió que si me sacaba malas notas iba a quedar repitiendo y me iban a quitar la beca: ésa era la única forma de salir del colegio. Así que comencé a sacarme puros dos y tres”, recuerda Lalo Parra. “Hasta que llegó fin de año, quedé repitiendo y pa’ fuera. Agarré mi certificado y me fui feliz. Nicanor se quería morir con todo esto. Más encima, mi hermano Roberto ya nos había conseguido pega en un local de calle Matucana. Así, a los dos o tres días ya estábamos cantando, Roberto, la Violeta y yo, más mi hermana Hilda que había llegado de Chillán”.

Es local, situado en Matucana 1100, casi al llegar a Mapocho, era la cafetería La Popular, el sitio donde los hermanos Parra empezaron a ganar en Santiago sus primeros sueldos por cantar. Rancheras, corridos y boleros eran el grueso del repertorio, conforme lo dictaba la música en boga; cuecas y tonadas eran menos frecuentes, según documenta Fernando Sáez. Luego vinieron otros restaurantes y quintas de recreo, como el Tordo Azul, también en Matucana y Mapocho, El Rancho Criollo, El Zeppelín o, de plano en la Plaza de Armas, El Patio Andaluz, célebre restaurante de la bohemia de la época.

“Cantábamos hasta ópera. La que más le pegaba al canto lírico era la Violeta. Ella era más grande, nos enseñó el himno alemán, el francés. Con eso les dábamos los pesitos para comer a los padres”, cuenta Lalo Parra al escritor Rafael Gumucio en una entrevista con el diario “Las Últimas Noticias” en enero de 2005. Para entonces y a instancias de Nicanor Parra, recuerda el propio músico, la familia Parra Sandoval entera estaba en Santiago, instalada consecutivamente en los barrios de Mapocho, Exposición y Plaza Egaña. Lalo Parra se había casado con su primera esposa, Clara Moreno, y ya estaba dedicado de lleno a la música.

De los valses del recuerdo al Hombre Nuevo: los repertorios
A los veinte años, hacia 1938, Eduardo y Roberto formaron el dúo de los Hermanos Parra, a tono con otras duplas de la época como Las Hermanas Acuña o Las Hermanas Loyola. De ese modo, según consta en su biografía, hicieron las primeras grabaciones de sus vidas, para el sello RCA Victor, con títulos como “Los marcianos” y “Como te poní”.

El dúo también emprendió giras por el país y se presentó en Bolivia, Perú, Argentina y Ecuador. En Chile, además, Lalo Parra actuaba junto a su esposa en quintas de recreo y boites. Para entonces el cantante tenía un repertorio con el que se había familiarizado desde la primera infancia, en valses de autores chilenos como “La pobre loca”, “Corazón de bandido” y “El hundimiento del transporte Angamos”, de Críspulo Gándara, o “Corazón de escarcha”, de Chilote Campos.

Más tarde, con sus hermanos Roberto y Lautaro, empezó a tocar jazz, otra de las músicas populares en la época en Chile. Adoptado de las grabaciones europeas o estadounidenses que emitía la radio y que practicaban las orquestas, el de los Parra era un jazz sin padre ni escuela formal reconocidos: jazz guachaca, bailable, cercano al foxtrot y sobre todo al hot jazz tocado con guitarra acústica al modo que habían hecho célebre los músicos europeos Stéphane Grappelli y Django Reinhardt.

Las cuecas choras fueron un tercer afluente del repertorio, nuevamente al alero de Roberto Parra y hacia los años ’50, con “El afuerino”, “El sacristán vivaracho” y “El chute Alberto”, entre otras. Y el tío Lalo trabajaba también como artista de circo. Más que a la música, en esas pistas se dedicó al ilusionismo, en un número practicado junto a su hija, una Clarita Parra aun niña, que décadas más tarde quedaría registrado en uno de los libros de Lalo Parra, “Las cartas de la suerte del profesor Parra”. Su compromiso con el gremio llegó más allá, y fue durante seis años presidente del sindicato de artistas circenses de Chile.

En 1957 el cantante enviudó de su primera mujer, Clara Moreno, y a partir de entonces se estableció durante siete años en Argentina junto a sus hijos Francisco y Clarita. Sus siguientes discos, según registra del cantor y escritor Nano Acevedo, datan de 1965 y 1966 y son grabaciones dieciocheras y circenses como 18 cuecas para el dieciocho y Las cuecas del señor Corales que Lalo Parra hizo con un nuevo grupo familiar: Los Viejos Parras, junto a su hermano Lautaro y a Ena Troncoso. También en familia, pero esta vez con Clarita Parra, grabó en 1970 los LPs Las cuecas choras del Hombre Nuevo y Las cuecas de Hogar Dulce Hogar, a tono al mismo tiempo con los nuevos vientos de la Unidad Popular y con el famoso radioteatro “Hogar, dulce hogar”, de Eduardo de Calixto y su elenco.

Las peñas y las cuecas de la Polla Gol
Desde Violeta Parra hasta artistas de la generación siguiente como sus hijos Isabel y Ángel, la familia en pleno fue un símbolo reconocido de la cultura popular de izquierda asociada a la Nueva Canción Chilena. “También tengo siete hermanos fuera del que se engrilló / Todos revolucionarios con el favor de mi Dios”, cantó con orgullo la propia hermana mayor en “La carta”. Pero instalada la dictadura de Pinochet, ese compromiso dejó proscrito al apellido Parra, y el tío Eduardo no fue ajeno a esa condición.

“Casi todos los Parra optamos por quedarnos en Chile”, dice Lalo Parra a Rafael Gumucio en la aludida entrevista de 2005. “Los primeros días y meses no había qué comer. Y yo tenía hartos niños chicos. No podía alimentarlos, porque al que veían en las calles le tiraban balas. Yo vivía en una población de La Cisterna. No podíamos ni salir de la casa. Teníamos que esconder el hecho de ser Parra”.

El cantante hizo frente a los años oscuros de nuevo junto a su hermano Roberto. Ambos tocaron en escenarios de peñas, festivales, colegios y universidades en dúo de voces y guitarras durante los largos años ’70 y ’80 en los que estos precursores de primera generación de Parras resistieron en el confinamiento, al margen de las radios, la industria disquera, la televisión y la prensa oficial.

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Foto: Andrés Racz (1992)

Un LP citado por el propio Lalo Parra y titulado Las cuecas de la Polla Gol es un solitario disco publicado por el músico en los ’80. Recién con los últimos años de dictadura empezaron a despuntar signos mayores de recuperación de ese trabajo, y otra vez fue determinante la figura de Roberto Parra, gracias al vínculo que el actor Andrés Pérez fijó con él al llevar al teatro su obra La Negra Ester en 1989.

A la par empezó una época de nueva actividad para Lalo Parra, quien precisamente grabó junto a Clarita Parra el disco Las cuecas de la Negra Ester (1991), con canciones de su autoría y basadas en la obra de su hermano. Un nuevo disco encomendado a la memoria es Valses del recuerdo (1992), donde el cantante regrabó viejas páginas como “La pobre loca”, “Corazón de bandido” y “Corazón de escarcha”. Para entonces ya estaba en condiciones de ser “descubierto” por otra nueva generación de músicos y de público.

Los ochenta y más
En septiembre de 1996 el tío Lalo llegó a cantar a una carpa instalada en la capitalina Plaza Ñuñoa. Era la primera versión de La Yein Fonda, la fiesta dieciochera fundada por Los Tres junto a una serie de músicos de la vieja guardia que además fue un comienzo para la revaloración de Lalo Parra.

El cantante dejó su voz grabada en el consiguiente disco La Yein Fonda (1996), actuó en 1997 en una Piter Fonda celebrada en Concepción y volvió a cantar en futuras ediciones de la fiesta. Y si en 1994 había actuado en los tributos por los ochenta años de Nicanor Parra, en 1998 fue el turno de sus propias ocho décadas.

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Además de entregarse en vivo a los festejos de aniversario, ése fue el año en que Parra grabó el jazz guachaca “Negrita”, la rumba “Lágrimas negras” y la cueca “Cerro Caracol”, dedicada a Concepción, en el disco Peineta, de Los Tres, junto a su hermano Roberto, que había muerto en 1995. Y en cuestión de meses lanzó un nuevo disco, con jazz guachaca, cuecas choras, foxtrot y valses. Estoy llegando a los 80 está firmado por Lalo Parra y Los Churi Churi, un grupo formado ese año con Carlos Arenas (guitarra), Renato Muñoz (clarinete), Pablo Ugarte (bajo), Colombina Parra y Clarita Parra (percusión).

Más historia hay en el siguiente disco. En 80 son las razones (2002) Lalo Parra es acompañada por músicos como su sobrina nieta Javiera Parra, Joe Vasconcellos, Roberto Márquez, Palmenia Pizarro y Moyenei Valdés, en un trabajo que un año más tarde ganó el premio Altazor en la categoría de música tradicional o de raíz folclórica. Financiado con recursos del Fondart, el disco fue reeditado además por el sello Warner en 2003 y se suma a Un año más y qué (2002), otro álbum reciente de Lalo Parra, grabado en convenio con el BancoEstado.

Voy y vuelvo: el desafío a la muerte
Es en vivo donde el cantante se ha mantenido más inquieto, pese a las complicaciones de salud que lo han obligado a internarse en el verano de 1998, en mayo de 1999, junio de 2002, julio de 2003 y septiembre de 2006 por una serie de enfermedades cardíacas, hepáticas o respiratorias. Pero en paralelo a ese historial corre uno musical. Con renovadas versiones de Los Churi Churi, de las que han tomado parte Cuti Aste, Víctor Hugo Campusano, su sobrino nieto Barraco Parra, su sobrina Clementina Parra y su nieta Toña Parra, tío Lalo ha actuado en el festival por las víctimas de los temporales de 2000, en los segundos Carnavales Culturales de Valparaíso en 2002 y en fiestas patrias como la Fonda The Clinic (2000) o La Yein Fonda (2006), además de sus propios cumpleaños: los 83 años en Carmen 340 (2001), los 85 en el Galpón Víctor Jara (2003) o los 87 en audiencia con el Presidente Ricardo Lagos (2005).

También siguió escribiendo canciones, entre las que aparecen las cuecas “El viagra”, “El cabro Carrera” o “La Mujer Metralleta”, y Lalo Parra atrajo a músicos nuevos, desde Los Chamullentos, formados a su alero en 1997, hasta Chancho en Piedra, con quienes grabó en 2005 un aviso de TV para la popular campaña de una marca de analgésico iniciada en 2003. Tampoco ha dejado de escribir, y además de la biografía en verso Mi hermana Violeta Parra (1998) y del inédito Las cartas de la suerte del profesor Parra, el autor anunció en 2001 una biografía de Los Tres en verso y trabaja en un libro sobre su infancia con Nicanor Parra.

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El 20 de mayo de 2002, en una ceremonia celebrada en el Sindicato de Folkloristas y Guitarristas de Chile, Lalo Parra se casó con Elizabeth Castro Riquelme, de 43 años, con el rol de padrino de matrimonio reservado para Roberto Márquez, de Illapu. Hijo Ilustre de las ciudades y comunas de Chillán, Cerrillos y Pudahuel entre otros honores, un año más tarde, el 13 de septiembre de 2003, el cantante mereció el máximo reconocimiento oficial reservado a personalidades destacadas en los campos de la cultura y la educación en Chile. Lalo Parra fue el tercer hermano de la familia, luego de Violeta y Nicanor, en recibir la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral, en el grado de Caballero. Fiel a tal investidura, vistió para la ocasión el traje de lino blanco con que ya toda una audiencia lo reconoce, como caballero y sobre todo como tío.

Deshauciado en 2003 y internado de emergencia en 2006, cuando debió abandonar su trabajo en las fondas de Copiapó para ser trasladado de urgencia a la capital, Parra vivió un lustro complicado. Ya en el año 2008, el documental El amor y la muerte del tío Lalo Parra, de los realizadores Cristián Calderón y Carlos Fuentes, sintetizaba parte de esa trajinada historia. Poco después, en febrero de 2009, fue internado nuevamente en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, donde fue operado y donde sufrió una complicación cardíaca. Ese día, antes de ingresar al quirófano, le dijo a su mujer Elizabeth Castro: “voy y vuelvo”. A pesar de que incluso había regresado a su casa recuperado y de alta durante marzo, Lalo Parra falleció la tarde del 4 de abril. Fue sepultado en su tierra chillaneja dos días después.

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