Francesca Ancarola

Francesca Ancarola es una figura de la música popular de fin de siglo, que toma elementos de la tradición latinoamericana y las fusiona con músicas de sus tiempos. Si bien comenzó su carrera en los años ’80 (con un premio como intérprete en un festival organizado por la revista La Bicicleta y el Café del Cerro, dos ejes del Canto Nuevo), forma parte de la oleada que renovó el género a fines de la década siguiente, reconocible durante esos tiempos bajo el concepto de “novísima canción chilena”. Las coordenadas que agrupan a esta generación son básicamente tres: raíz folclórica, textos poéticos de crítica social, y música que desde la academia inician una transformación de la raíz con una mirada contemporánea.

Fechas

Santiago - 18 de marzo de 1968

Décadas

1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Francesca Ancarola

Gabriela Bade / Iñigo Díaz

Francesca Ancarola representa a cabalidad esta búsqueda estilística, considerando su extensa formación no sólo como Licenciada en Música de la Universidad de Chile, sino también como alumna de numerosas escuelas tanto chilenas como extranjeras (obtuvo en 1991 un premio en Francia por su obra electroacústica “A”, que luego apareció antologada en el disco retrospectivo de 2006 llamado 50 años de música electroacústica en Chile (1956-2006)). Después de licenciarse con honores en Música, siguió estudiando composición con Cirilo Vila; y, más tarde, canto lírico en la Universidad Católica, con la profesora Soledad Díaz. Luego, Ancarola se perfeccionó en la Manhattan School of Music, gracias a una beca Fulbright en 1997.

Otra canción chilena nueva
En ese año Ancarola viajó a Chile para grabar su primer disco como solista de música popular, compuesto por ella en colaboración estrecha con los guitarristas Juan Antonio Sánchez y Antonio Restucci. El álbum se llamó Que el canto tiene sentido en tributo al “Manifiesto” de Víctor Jara, uno de sus inspiradores. Este trabajo, que fue editado recién en 1999, marcaría también el comienzo de una carrera más vinculada al mundo popular.

Francesca Ancarola aprovechó con su debut un ambiente mucho más favorable hacia la música local que despuntaba en esos días en el país. El camino hacia su segundo disco como cantautora, en consecuencia, fue más expedito. Su siguiente trabajo, Pasaje de ida y vuelta (2000), le permitió recorrer los escenarios santiaguinos para dar a conocer su música, mientras mantenía en paralelo sus vínculos con el canto lírico y terminaba sus estudios en Nueva York.

El nombre de esta compositora fue creciendo en importancia local y llegó a sonar en radios. Pero su estilo, como el de sus contemporáneos Laura Fuentes, Magdalena Matthey, Alexis Venegas o Elizabeth Morris, los nombres principales de esa generación, se topó igualmente con las dificultades de ingresar a los medios masivos. Ancarola fue parte de esa generación que vivió el proceso de finalización de la industria formal de la música y el inicio de la autoproducción, en el cual ella misma se desenvolvería durante la década de los 2000.

Jardines humanos (2002), el siguiente disco de Francesca Ancarola, siguió su curso promocional en ambientes locales y extranjeros y completó esa primera trilogía de grabaciones que determinó la estética en torno a la fusión latinoamericana. El trabajo de la compositora y cantante le permitió ganar el respeto y respaldo suficiente como para mantener su carrera vigente en festivales y encuentros de música popular en Chile y otros países. De hecho, su siguiente álbum, Sons of the same sun (2003), fue editado por el sello californiano Petroglyph Records e incluyó versiones de ese repertorio cantado en inglés.

El canto en movimiento
Tras preparar una colección temática de canciones a pedido (de las cuales editó la serie de boleros Contigo aprendí, 2004), Ancarola siguió con un trabajo de estudio sobre la música de Víctor Jara en su etapa londinense que llegó al disco con el nombre de Lonquén (2006), a partir de una composición de Ancarola titulada “Lonquén”. Ahí, la cantante y autora reemplazó en sus bandas a los músicos de fusión por un trío de respaldo proveniente del jazz y encabezado por el guitarrista Federico Dannemann, y que le imprimió a su nueva música autoral elementos depositarios del rock.

En colaboración con este músico y con el Ensamble Quintessence, en 2007 Ancarola encabezó un concierto de cámara en el Teatro Matucana 100 dedicado a los 90 años del natalicio de Violeta Parra. En 2008 volvió a trabajar con el pianista argentino de jazz latinoamericano Carlos Aguirre (un antiguo colaborador en la primera serie de sus trabajos personales) y editó en dueto de voz y piano el disco de canciones infantiles de distintas culturas, titulado Arrullos.

Su regreso a la creación propia se consolidó en 2012, con el aplaudido disco Templanza, para el que Ancarola recuperó canciones que había escrito en un período de diez años, como “Desnudas del alba”, “Corazón mendigo” o “Amanda dibuja el día”. Ahí también volvió a combinar autorías de músicos cercanos como Antonio Restucci, el argentino Carlos Aguirre y uruguayo Hugo Fattoruso, además de la brasileña Léa Freire, quien compuso la música para “Templanza”, y su colaborador fundamental en el inicio de la década, el guitarrista Simón Schriever.

Luego, Ancarola amplió su proyecto al editar un libro de partituras con canciones suyas escritas en el período 1996-2005, que se acompañó del disco homónimo Espejo de los sueños (2015), cuyo estreno quedará en la historia como el primer concierto realizado en el Museo Violeta Parra.

Natalino sale a recorrer Chile con nueva canción

El trío romántico abre su itinerario el 14 de diciembre con un concierto en Valdivia. Seguirán en Puerto Varas, Casablanca, Panquehue, Maullín, Curacaví, Quintero y Papudo, entre otras localidades. Con miras a su nuevo álbum, titulado Natalino vivo, el grupo liberó además la balada “No volveré a caer”, del autor curicano Lenny Zing.

El año de Jorge Peña Hen

A 45 años de su asesinato a manos de la Caravana de la Muerte, en La Serena se levantó un monumento que recuerda su pionera labor como educador.