Cirilo Vila

Premio Nacional de Artes Musicales 2004, Cirilo Vila fue un activo compositor, pianista y académico chileno, que cruzó entre mundos artísticos y pudo forjar una privilegiada formación con maestros de Chile y Europa. Como a pocos músicos, sin embargo, a su impronta como creador e intérprete la sostenía también su amor por la docencia. Vila fue formador de varias generaciones de músicos, desde un espacio en el Departamento de Música y Sonología de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile que mantuvo desde 1970 y por más de cuatro décadas. Vila fue un destacado pianista tanto solista como en música de cámara, y tuvo un tiempo de trabajo junto al Ensamble Bártok. Su obra como compositor muestra piezas asociables a la música docta, experimental, contemporánea, popular e incidental para teatro. «Nos enseñó algo de lo que nunca se habló en clases —recordaba sobre su tiempo como alumno suyo Eduardo Carrasco—; esto es: el amor a la música, que es algo que no se enseña, pero sí se contagia».

Fechas

Santiago - 07 de octubre de 1937
Santiago - 23 de julio de 2015

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

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Marisol García

Formación entre continentes
Cirilo Vila fue un estudiante precoz, que ingresó al Conservatorio a los 7 años, y que, antes de licenciarse —en 1959, en Interpretación Musical con mención Piano—, participaba ya en la Orquesta Sinfónica de Chile. Aún como estudiante había obtenido el Premio Orrego Carvallo. Fue un alumno privilegiado por algunos de los mejores maestros de su tiempo en el país, y en paralelo a sus clases en el Conservatorio tuvo formación en composición con Alfonso LetelierGustavo Becerra.

Becas de los gobiernos de Italia y Francia le permitieron durante los años sesenta seguir estudios de dirección de orquesta en Roma y luego en la École Normale de París. Más tarde, el chileno pudo tomar clases particulares de composición musical con el profesor Max Deutsch y análisis con el compositor Olivier Messiaen.

Aunque no fue la música popular su cauce principal de creación, el trabajo de Cirilo Vila como compositor se cruzó en los años sesenta con la obra de Víctor Jara y Quilapayún. Del primero transcribió canciones a partitura (por encargo del tenor Hanns Stein), y al conjunto de los ponchos negros le aportó la «Cueca de la libertad» (que Quilapayún incluyó en su disco Cinco, de 1972) y, más tarde, parte de la Cantata del carbón, obra basada en textos de Isidora Aguirre que quedó inconclusa por el Golpe de Estado de 1973.

La composición de Vila abarcó géneros y mundos muy amplios, cercanos tanto al campo docto y experimental como al de la música de cámara y escenario; para solistas, coros, orquestas y conjuntos. «¿Hay obras en su catálogo que usted atesore de manera especial?», se le pregunta en una entrevista de 2013 con radio Beethoven. Responde el compositor y pianista:

Hay varias, sí. Le tengo mucho cariño a mis obras para canto y piano, como El Fugitivo, Oda a la Esperanza sobre texto de Neruda y el tango “Tan solo sombras”. De un modo u otro, toda la música es tributaria del canto humano. El canto es la base de la música. Es esencial, además del ritmo. El elemento «canto» está presente en los instrumentos, es inherente. Cuando hay un impulso musical detrás, una coherencia desde la primera hasta la última nota, uno percibe que es algo que se puede cantar. Allí está el germen, y es importante que los músicos, además de saber solfear, sepan cantar. Precisamente escribí una obra que se titula “Canto” y que no tiene voz, es para un conjunto de instrumentos. Esa es una de mis preferidas. También podría nombrar “Secuencias” para cuarteto de cuerdas y “Hojas de Otoño” para flauta sola.

Al anunciar su elección como Premio Nacional de Artes Musicales en 2004, el jurado destacó «su sobresaliente contribución a la vida musical chilena en los campos de la creación, docencia e interpretación musicales, y por haber dedicado toda su vida al arte de la música, transformándose en un ejemplo para futuras generaciones». En torno suyo surgía un respeto unánime, reforzado por el cariño hacia un profesor inolvidable para cientos de músicos chilenos.

Tras conocerse de su muerte, por un infarto cardíaco, el 23 de julio de 2015, el músico y crítico Juan Pablo Abalo escribió:

Al musicólogo Rodrigo Torres le escuché decir que entrar a una clase de Cirilo era como entrar a un mundo. Mi experiencia fue ésa. Cada vez que entraba a su sala del sexto piso de doble puerta tenía la sensación de entrar a un Chile antiguo, muy antiguo, un Chile poco pretencioso, sencillo, conversador, a su tiempo, o como de un tiempo detenido, uno en el que el amor por la música era a prueba de balas y donde era la música la que estaba en primer lugar, uno después. Un mundo en el que la educación era una experiencia inigualable y de la que no solo salíamos maravillados por una sonata de Mozart o el cuarteto de Debussy, sino también por la impronta que nos dejaba un hombre que vivía como aparte, una impronta que, como dice Torres, «nos deja un pedagogo generoso, humano y amoroso, reivindicador de las músicas pequeñas».

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