Napalé

Hay un conjunto que fue tan subversivo como Quilapayún. No vivió en el exilio, sino en medio del hervidero de la dictadura militar. Y entre esa nebulosa ayudó a mantener vivo el espíritu de la Nueva Canción Chilena con un mensaje a veces explícito, a veces oculto en su presentación de grupo de «música clásica»: Napalé. Junto con Barroco Andino sobrevivió a los años duros y llegó a ser el más importante ensamble continuista de una estética que desde fines de los ’60 unificó las músicas docta y popular.

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Años

Santiago, 1982 -

Décadas

1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Napalé

Integrantes

Rodrigo Pérez, guitarra, charango, zampoña, flauta contralto, voz tenor, arreglos y composición. Dirección musical (1982 – 1998).
Ernesto Pérez, tiple, guitarra, voz tenor, arreglos y composición (1982 – •).
Fernando Mena, flauta dulce, oboe y voz barítono (1982 – 1986).
Felipe de la Cerda, charango, cuatro, guitarra, voz tenor, arreglos y composición (1982 – 1988).
Reinaldo Villalobos, cello, guitarra, cavaquinho y voz barítono,  (1982 – 1987).
Pablo Sepúlveda, bajo acústico, zampoña, voz barítono, arreglos y composición (1982 – 1984).
Alejandro Vidal, bajo acústico, zampoña y voz tenor (1984 – 1985).
Alejandro Ibarra, clarinete, marimba, percusión principal, voz barítono, arreglos y composición (1985 – 2008).
Jaime Salinas, contrabajo y voz tenor (1985 – 1986).
Javier Zapata, guitarra, guitarrón mexicano, zampoña y voz barítono (1985 – 1990).
Gabriel Cruz, flauta traversa, zampoña y voz barítono (1986 – 1994).
Mauricio Mascaró, cello y voz barítono (1987 – 1989).
Pablo Sanhueza, flauta traversa, zampoña y voz barítono (1989 – 1992).
José Luis Minguell, cello (1989 – 1993).
Jorge Lillo Godoy, contrabajo, guitarrón mexicano, guitarra, quena, zampoña, percusión, voz barítono, arreglos y composición (1990 – 2012) (2016– •).
Claudio Chuhuaicura, quena, zampoña y voz tenor (1992 – 1993).
Carlos Miranda, flauta traversa, quena, zampoña, charango, cuatro venezolano, acordeón, voz tenor, arreglos y composición (1993 – 2009) (2016 – • ).
Paulette Joui, cello (1993 – 1994).
Javier Estrada, cello y voz tenor (1995 – 1999).
Alejandro Cornejo, quena, zampoña y voz tenor (1995).
Ignacio Ugarte, guitarra, zampoña, mandolina, percusión, voz barítono, arreglos y composición (1996 – •).
Daniel Osorio, guitarra, charango, zampoña, voz barítono (1998 – 1999).
Rodrigo Arratia, quena, zampoña, charango, tiple, guitarra, cuatro venezolano, voz tenor, arreglos y composición (1999 – •).
Hernán Castro, cello (1999 – 2002).
Rodrigo García, cello y percusión (2002 – 2015).
Jorge Reyes, marimba, percusión principal (2008 – •).
Rodrigo Bobadilla, quena, zampoña, acordeón, charango, saxo tenor, percusión, guitarra, voz barítono, arreglos y composición (2010 – 2016).
Guido Huequelef, ukelele-bass, charango, tiple, guitarra, voz tenor (2012 – 2016).
Axel Rojas, cello (2016).
Felipe Inostroza, cello (2016).
Ricardo Monsalves, cello, percusión adicional (2016 – • ).

Iñigo Díaz

Inicios en un taller
Su historia requiere un preámbulo. A los talleres musicales para niños que en 1975 encabezaban los integrantes de Barroco AndinoJaime Soto LeónPatricio Wang y Jaime Marabolí, llegaron los hermanos Ernesto Pérez (n. 1960) y Rodrigo Pérez (n. 1961), junto a Fernando Mena (n. 1962). Provenían de familias de gran cultura en la música clásica europea, pero al interior del taller conocerían los instrumentos propios del folclor. Hasta 1977 formaron parte del grupo Barroco Andino Juvenil (conocido también como “Barroquito”). El quiebre de Barroco Andino ese mismo año decretó el final de la sección de alumnos. Sin embargo, tanto los hermanos Pérez como Mena ya se encontraban involucrados con la música y tenían planes para su futuro.

Formaron Napalé al reunir a músicos de dos pequeñas agrupaciones que en 1982 estaban en retirada: Umbral, con Ernesto Pérez, Felipe de la Cerda y Pablo Sepúlveda, y Fragua, con Rodrigo Pérez, Fernando Mena y Reinaldo Villalobos (quienes tocaron junto a Hugo Moraga en 1981). Napalé se configuró como sexteto acústico por estos estudiantes de medicina, historia, veterinaria y filosofía, y desde 1982 lanzaron su manifiesto estético: acento en el trabajo vocal (heredado de los ensayos del grupo Umbral), rigor en la composición y los arreglos (desde Fragua) y la presencia de tres instrumentos que en todos estos años jamás han faltado: la guitarra, el cello y la zampoña.

Las acciones se iniciaron en medio de la tensión y las movilizaciones políticas de los ’80. Ante audiencias multitudinarias en universidades y poblaciones marginales, interpretaban entre otras, obras de Sergio Ortega («Niño araucano»), Amerindios (“El coligüe”) o Violeta Parra (“Arauco tiene una pena”) desafiando la represión. Los miembros fundadores del grupo decían “las cosas por su nombre”, militaban en el Partido Socialista y cada vez que subían al escenario se vivía la incertidumbre ante la probabilidad de terminar en algún centro de detención, como sucedió, con instrumentos incluidos. Fue su época más política y directa, cuando integraron a su repertorio “Las últimas palabras”, una versión propia de la musicalización de Marcelo Coulon para el mensaje final de Salvador Allende en La Moneda, que interpretó el grupo Aparcoa.

Instrumentos, composiciones, álbumes, militancias
Desde ese momento la figura de Rodrigo Pérez alcanzó el protagonismo principal como compositor hasta su retiro en 1998. Sus piezas llenaron los primeros álbumes y dieron al grupo ese carácter de erudición musical. Hasta 1987, Napalé se enriqueció instrumentalmente con la inclusión de flauta traversa, clarinete, marimba y glöckenspiel (juego de timbres). Y además generó un contacto directo con Luis Advis, cuya serie de seis canciones incluidas en la obra “Cançôes brasileiras” fueron grabadas para el disco Napalé (1987). Pero no fue sino hasta el viaje a la Unión Soviética en 1985 cuando adquirió su jerarquía definitiva.

De regreso a Chile tras actuar en el «XII Festival de la Juventud y los Estudiantes», en Moscú, además de presentarse en las dos Alemanias, Dinamarca, Suecia, Holanda y Bélgica, Napalé ya no era sólo un grupo de cámara, sino una pequeña orquesta clásica de solistas y multi-instrumentistas. Sus integrantes eran capaces de estilizar la música de raíz popular, de trabajar colectivamente como ensamble más allá del virtuosismo instrumental que requerían los arreglos y composiciones, y de mantener equilibrios entre la música europea y la música poopular y mestiza. Además, el grupo incluyó en esa época recursos escénicos, con elementos teatrales y audiovisuales. Muestra de ello fue el espectáculo de 1987 “Advenimiento, auge y caída de él”. Con esta propuesta, y luego de su participación en Latinomúsica, en 1988 en Brasil, Napalé montó en Chile en 1989 “Un diálogo  posible”, bajo la dirección del brasileño Marco Aurelio, durante un temporada la Sala Arrau del Teatro Municipal.

Su serie de discos mantuvo la continuidad creativa. Para Crónicas (1992), Rodrigo Pérez musicalizó “Se unen la tierra y el hombre”, obtenido del libro Canto General, de Pablo Neruda, además de revisitar la canción del Ejército Rojo “En marcha”, del ruso Soloviev Sedoy, (versionada también en el primer disco del conjunto). También compuso una muy avanzada obra a la que tituló “Divertimento macabro o elegía a la fiesta de La Tirana”.

El canto de todos
Los nuevos tiempos —de democracia y apertura— orientaron a Rodrigo Pérez hacia una vertiente cada vez más contemporánea. El grupo trabajó seguidamente en el montaje músico-teatral “Crónicas del nuevo mundo”, sin gran impacto, y grabó la doble obra Suite tic-tac / Amor que calla (1993). La primera era una colección de canciones para una obra homónima de teatro infantil, y la segunda un conjunto de musicalizaciones del libro Desolación, de Gabriela Mistral, en una obra de largo aliento. Sin abandonarlos mensajes de denuncia política y protesta social, Napalé evolucionó además hacia un trabajo de creación a partir de las cualidades de la música.

En 1998, luego de una múltiple rotativa de integrantes, fue el émbolo del conjunto quien optó por la retirada. Rodrigo Pérez dejó a Napalé en los puntos suspensivos de una interrogante. Montar sus obras suponía tal complejidad, que cada vez que ingresaba un nuevo músico, el grupo se veía obligado a re-estudiar las partituras y a ensayar de manera intensiva. Se avanzaba para llegar al mismo lugar. Sin Pérez, entonces, aparecía la opción de disolver Napalé. Pero fue su hermano Ernesto, el único miembro fundador vigente, quien primero abordó la misión de renovar material con arreglos y composiciones propias: “Cuando se fue Magdalena”, “Ausencia”, “Escribo entre sueños”, “Tú sabes que nadie vuelve”, entre las iniciales.

Otras obras se sumaron al catálogo nuevo, con material original de Alejandro Ibarra (“Me peina el viento los cabellos”, “Cuando se trata de la tristeza”), de Jorge Lillo Godoy, hijo del músico Jorge Lillo que tocó en Cuncumén (“Frontera sur”, “La niña de Guatemala”), Carlos Miranda (“Preludio”), Rodrigo Arratia (“Canción nueva”) e Ignacio Ugarte (“Desvelo”). La dirección musical pasó rápidamente a ser una labor colectiva, al igual que la creación. En esa etapa siguieron entonces los discos Frontera sur (2003), Cruzando territorios (2007) y Consonancias (2014), además del registro audiovisual en vivo Migraciones (2017).

La muerte de un artífice

El 19 de junio se cumplen 50 años del fallecimiento del músico, como consecuencia de un accidente automovilístico en las afueras de Valparaíso. Desde 1959, el pianista Omar Nahuel encabezó a una generación de modernos jazzistas y dejó para la historia valiosos álbumes con su Nahuel Jazz Quartet en 1963 y 1965.

Adiós a un Chilenero

Los Chileneros, Mario Catalán, Los Chinganeros son algunos de los nombres de la cueca con los que compartió Carlos Pollito Navarro, acordeonista fundamental, que falleció ayer a los 89 años, según informa el sitio Cancionero Discográfico de Cuecas Chilenas. Esta es su historia.