Las tocatas de la transición La Batuta Las tocatas de la transición

Si la capitalina Plaza Ñuñoa en parte se asocia a la música en vivo, es gracias a la acogida que desde 1989, y varias noches por semana, ofrece La Batuta a solistas y bandas que muestran su trabajo frente a una audiencia que escucha de pie y a mínima distancia del escenario.

El grupo Fulano en su despliegue único de timbres, jamás igualado; Los Tres, antes de consolidarse como la gran banda chilena de los '90; LaFloripondio, en transformación desde el rock hacia una amalgama inclasificable; Fiskales Ad-Hok, encantadoramente furiosos; La Ley, ya un nombre continental, frente a una audiencia como la de sus inicios; Banda Conmoción y su montón de integrantes tomándose todo el espacio. Lucybell en su primer unplugged. Y cómo olvidar a Los Peores de Chile.

De los varios bares alrededor de la Plaza Ñuñoa, aquel ubicado en su vereda norponiente, calle Jorge Washington 52, ostenta la ventaja irremontable de sus visitas musicales: casi todos los solistas y grupos chilenos destacados desde los años de transición democrática hasta ahora han pasado por su escenario, sus camarines y/o su barra. Además, La Batuta acogió en algún momento shows de importantes figuras del rock extranjero, como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Marky Ramone, Manu Chao (en una noche que ejerció como DJ) y Babasónicos. Mirando todo, junto a la barra alguna vez se sentó Marilyn Manson.

«Sorteando todos los problemas de un rubro complejo y de una sociedad que estaba aprendiendo a divertirse, Batuta ha demostrado mayor longevidad que locales similares en todo el mundo y ha sobrevivido a todos sus pares nacionales», precisa la historia en su página web, y en lo de resistencia no hay cómo desmentirlos. Pero es justo atribuirle al espacio también un protagonismo artístico, hoy que la actividad musical independiente es la norma, y las tocatas se ofrecen hasta lo inabarcable: La Batuta apostó por ello cuando aún era excepción.

 

La largada: víspera de Año Nuevo 1990
La sala nació en 1985 como un espacio de teatro y cafetería, al medio de un quieto sector residencial afectado, como todos, por las dificultades de la gestión artística bajo dictadura. Pero no tardó en girar hacia su identidad definitiva, vinculada a la noche y la música en directo y frente a una audiencia reducida, nunca mayor a las 500 personas.

En esa transformación, los créditos van a los hermanos Mateo y José Miguel Iribarren, y a Galvarino Palacios. Para mediados de 1989, el trío de socios estaba decidido a ofrecer la dinámica de un espacio como los ciertos pubs extranjeros, con barra y escenario a corta distancia, integrando así la música en vivo a un movimiento nocturno de socialización. La largada oficial de esa nueva etapa se concretó con una fiesta la siguiente víspera de Año Nuevo, organizada junto a los grupos Anachena y Los Tres sobre un escenario improvisado. Ya vendría el definitivo.

Así, cuando Santiago más ansiosamente recuperaba su noche democrática, La Batuta pasó a ser el espacio para acoger el sonido que musicalizaba esa añorada transición: diverso, enérgico, opinante y fusionado. Que a veces se acogieran hasta dos shows una misma noche explica que para su vigésimoquinto aniversario, su lista de tocatas históricas rondara las diez mil.

 


Un disco en vivo: ¡Ahora!
Los intentos de cierre del local por parte de un alcalde, en 1993 —«es un lugar de un manifiesto grupo de alcohólicos y drogadictos. Su aporte cultural es cero», argumentaba entonces el DC Jaime Castillo Soto—, se reservan hoy entre las superadas anécdotas del ridículo.

Los hitos más significativos de su historia han sucedido al interior y frente a la audiencia, como cuando en enero de 1995 el director teatral Vicente Ruiz organizó un homenaje a Cecilia, La Incomparable, que repletó de gente un espacio que hasta entonces nunca había pisado una figura asociada al canto romántico.

O cuando en abril de 2000, Fiskales Ad-Hok, agitadores recurrentes de esas tablas, dejaron registro de una de sus tocatas en lo que luego se convirtió en su disco en vivo más célebre, ¡Ahora!, publicado luego por su propio sello, la Corporación Fonográfica Autónoma.

Marisol García


 

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