Pintocabezas, el llamado de la música
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Entrevista

Pintocabezas, el llamado de la música

El oficio de la composición puede de pronto quedar bajo riesgo, pero no se olvida. El proceso del nuevo disco del cantautor chileno es prueba viva de ese pulso esencial. Con Vió, un hombre educado a la vez en la electricidad y la cueca levanta una obra que actúa como síntesis de una trayectoria peculiar, puesta a prueba una y otra vez, incluso al límite de su capacidad física luego de un grave accidente. «Mi invitación es que ojalá pudieran escuchar este disco con audífonos, y notar todas las capas que hay», propone. Son mantos superpuestos de sonidos de exploración, pero también de íntimos estados de ánimo.

Marisol García | 1 de marzo de 2019 Fotos: Marisol García

Pintocabezas, el llamado de la música

Lanzar una noticia promocional a mitad del descanso general de verano es el tipo de cosas que los estrategas de la atención pública piden evitar. Para Pintocabezas, en cambio, haber echado a andar su nuevo disco el 20 de febrero de 2019 tiene una carga ineludible, superior a cualquier cálculo.

Entre otras cosas, la salida de Vió cierra a tiempo un ciclo de pérdida, dolor, recuperación y trabajo largado el 20 de febrero de 2014 en Buenos Aires. La mañana de ese día, en el barrio de Almagro, una severa caída desde altura dejó al cantautor en grave riesgo vital, y puso en duda la continuidad de su trabajo.

«De una manera u otra es la música la que me tiene aquí», dice ahora, visiblemente recuperado, en reencuentro desde una última entrevista que tuvimos juntos con él en silla de ruedas. Reacio al sermón, el músico no puede sin embargo evitar articular el significado de un reinicio como éste:

«La capacidad humana es algo que suele subestimarse. Nos creemos incapaces de hacer o de aguantar un montón de cosas, hasta que las hacemos. Esto, que fue lo peor que me ha pasado en la vida, también fue el mejor maestro: me di cuenta del temple y la dedicación que hay que tener para las cosas que te importan».

Al momento del accidente, Pintocabezas —es ése el nombre que identifica a Rodrigo Pinto (n. 1982, Chañaral) en su camino musical solista— trabajaba en la promoción de Árboles en construcción (2013), un disco poderoso de canto destemplado, rasgueos eléctricos, percusión incisiva y melodías elegantes. Junto a una banda establecida, bien orientado en su intención por encontrar al rock con la tradición folclórica urbana, era para él —y para muchos entusiasmados con su sonido— una época brillante, asegura:

«Estaba creando mucho, tocando bien, inspirado, me sentía en la gloria… en la cima de mi potencialidad», describe y sonríe. Son ahora recuerdos amargos, no ya de conquista sino de nostalgia.

En el alza de esa ola decidió viajar por un tiempo a Argentina, y entonces sucedió lo impensado. La caída desde un cuarto piso dejó al músico diez días en coma, con ambas piernas y su mandíbula quebradas. Ocho semanas estuvo en un hospital de Buenos Aires, y luego un año entero en casa postrado en cama. Los siguientes dieciocho meses los pasó sentado en una silla de ruedas.

Lo físico era un lastre. La música, otro; incluso más doloroso:

«Llegó un momento en que me olvidé de la música. Tuve que olvidarme, porque me rompía el corazón sentir que nunca más iba a poder tocar».

—¿Así te lo dijeron los doctores?
—Es que no podía, simplemente. No podía tocar guitarra ni escribir. Tuve que aprender a hablar de nuevo.

—¿Se olvida uno de la música?
—No. Pero en tu cabeza hay ideas que tus dedos no pueden responder. Sabes cómo hacer los acordes para un Sol, un Re… pero eso no te sirve.

Sin embargo, persistió. Cuando se atrevió a volver a tomar una guitarra lo hizo como para sorprenderse y «saber qué podía ser capaz de hacer». Escuchaba vívido, asegura, el llamado de la música:

—Sentía un «¡Vuelve! ¡Vuelve!» que me motivaba. Y en ese camino la música empezó a aparecer de nuevo. Es la disciplina lo que me tiene acá.

—¿«Disciplina» en qué sentido?
—Para mí la música es disciplina. Lo digo así porque la respeto mucho: si hay una deidad en la que creo es en la música. He visto gente sanarse con la música, vivir por ella. Si no hubiese sido músico tal vez todavía estaría en silla de ruedas.

Siete de las once canciones en Vió no llevan letra, y ni falta que les hace para transmitir la intención expresiva de títulos como “Desde el fondo”. Con múltiples cordófonos (guitarras acústicas y eléctrica, guitarrón cuyano, charango) y profusión de percusiones, el disco consigue instalar un pulso vivo entre atmósferas elocuentes: de alerta envolvente, en “Corría”; de tentador arrabal en “Callejón”; de peligro acechante, en “Crujen las ramas”. Hay ideas tomadas de la cueca y el vals peruano, pero el inteligente galope de “Abran candados” o la marcha incisiva de “Apariencias” se miran más bien en el rock sureño estadounidense.

«Quiero decirte que llevo / ni pistola ni metralla: / son guitarras lo que estalla…», revela uno de los versos en ese último tema. Es como un manifiesto del tipo de fuerza que a su autor más le importa.

«Sigo siendo intuitivo para la música. Como decía Violeta Parra, “las canciones me bajan”», considera Pinto, y sonríe. «Tengo un imaginario. Y siento que este disco compila súper bien lo que he hecho antes: hay canciones, hay ruidismo, hay sicodelia, hay cueca… y hay un sonido».



Desde el primero, Cabezaspinto (2010), hasta el nuevo Vió, los discos de Pintocabezas han sido obra creativa casi íntegra de Rodrigo Pinto, guitarrista autodidacta —mantuvo clases esporádicas con Jorge Díaz— que hacia 2006, recién salido de la banda Ábrete Gandul, decidió combinar su gusto por variadas vertientes del rock con el intruseo en terreno del canto popular. Hacer de la música oficio, dejaba atrás su proyecto adolescente de estudiar Medicina: «Me di cuenta de que iba a ser imposible. Son dos carreras que te quitan la vida. Es la una o la otra».

Esa dedicación total ha sido en su caso la de un enfoque autoral e interpretativo propios, con el que busca conjugar pulsos sudamericanos y rock de alto vuelo. La exploración por bares, restaurantes y mercados de Santiago y Valparaíso le permitieron hace más de una década conocer de primera fuente los estertores de la generación mayor de la cueca urbana.

Nos ha citado para esta entrevista en el mercado de La Viseca, uno de los ejes capitalinos de la historia chilenera. Lo saludan, lo abrazan con cariño comensales y tenderos. Un poco más allá, jaulas con pollos, sacos de frutos secos, gordas gallinas paseando campantes. Pinto no es un recién aparecido en este rincón del barrio Estación Central (que inspiró el nombre para su propio sello, La Viseca Records, con el que hoy prepara como productor discos de Carmen Lienqueo y de Farrios). Su relación musical con la cueca creció hasta llegar a inscribirlo en créditos de discos de Los Canallas de la Cueca, Los Corrigüela y Los Chinganeros. Ha colaborado en grabaciones y recitales con Luis Castillo. Y acompañó por tres años presentaciones en vivo de Luis Baucha Araneda (1927-2014), leyenda de la cueca nacida y forjada en este sector.

—Sin querer queriéndolo estuve metido en ese proceso de encuentro entre generaciones, de contacto entre viejos y nuevos cuequeros. No lo sabía entonces, pero habíamos entrado en una dinámica muy valiosa de recuperación de su tradición para que sus lecciones siguieran circulando. Los propios compañeros nos íbamos subiendo la vara. Pienso en La Gallera, en Los Celestinos, en Los Piolas del Lote. Nunca nos imaginamos entonces que la cosa iba a terminar como terminó, tan extendida. Era una época de experiencias en vivo, de aprendizaje, de conocer la música donde nacía, como sucedía acá en La Viseca. Conocer al Baucha, al Aladín Reyes, al Flaco Morales [Los Afuerinos], a Juan Pou… ésas han sido mis clases.

—¿Te defines tú también como un cuequero?
—Sí. He compuesto cuecas, estoy súper ligado a la cueca. Tal vez sea mejor guitarrista de cueca que de otros estilos. En estos ambientes hay muchos estilos de música: tango, bolero, vals peruano, pero en la cueca me siento más ducho, súper en la mía. La cueca me enseñó la camaradería, un comportamiento de atención, de curiosidad, ya sin pudores.

—Cabes entonces en una categoría de cruce entre generaciones y orígenes que pone en guardia a los más ortodoxos.
—Sí, pero a veces el debate hace parecer que estuviésemos a cargo de una historia súper extensa… y éste es un país de doscientos años, nada más. ¿Qué es esa identidad chilena tan respetable si al final somos todos quiltros? Somos bastardos de una colonización brutal, y desde ahí hemos seguido como un ejemplo muy complejo de experimentos aplicados con mucha dureza, como el neoliberalismo. Así estamos, trabajando trece horas diarias… no tiene sentido.



—No eres hasta ahora un músico de singles de éxito, pese a lo bien recibidos que siempre han sido tus discos entre especialistas. Pareces haber trabajado en un camino sin referencias cercanas.
—Mi meta va por la profundidad del arte, más que por tener un éxito. Es el único camino que me parece digno de seguir, y ojalá lo consiga. No puedo trabajar pensando en lo que la gente va a pensar, porque… ¿quién es «la gente»? Tampoco sé cómo se compara mi música con la de otras personas; no digo que sea superior, sólo digo que está llena de elementos. Mi forma de componer es polifónica, hay mucha información ahí, y voy probando distintas técnicas. Mi invitación es que ojalá pudieran escuchar este disco con audífonos, y notar todas las capas que hay.

—En el encuentro entre sonidos, en tu aproximación poco convencional a la canción rockera, ¿consideras que tus discos se han entendido?
—Mis discos los han escuchado pocas personas. Por eso mismo, tengo que trabajar de acuerdo a lo que para mí es importante, no atento a lo que alguien más pueda decir. Al final hago lo que creo que tengo que hacer, y priorizo ser honesto. Eso es más significativo para mí que tener cinco likes más o cinco likes menos.

—«Se puso borroso cuando me perdí / Y las melodías se fueron de mí», cantas en “Azules”. ¿Es sobre ese tiempo sin poder hacer música?
—Este es un disco lleno de dolor, de sufrimiento. Pero no es un disco depre; no soy llorón, no me gusta ir de víctima. Cuando me pasó lo que me pasó me di cuenta de que nunca hasta entonces había de verdad sufrido. Este disco es el paso hasta este momento, de recuperación. Creo que la música tiene que contener muchas cosas, no sólo tus penas, porque es demasiado grande para limitarla a lo que te hace sufrir.






PINTOCABEZAS – VIÓ

(2019, La Viseca Records)

Grabado por Rodrigo Pinto en estudio móvil de La Viseca Records en Miró (Buenos Aires, Argentina) y Patio Naranjales (Santiago, Chile). 2017-2018. Mezcla: Gonzalo González y Rodrigo Pinto en CHT studios (noviembre 2018). Masterizado por Gonzalo González.


Pintocabezas: voces, guitarras, guitarrón cuyano, charango, caja challera, sintetizadores, kaskahuillas, charchas, semillas, ruidismos con pedales análogos, tañido en mesa con papel, tañador, palmas, lata percutida, palo sonador.

Luis Barrueto: percusión en “Azules”, “Apariencias” y “Abran candados” / Carmen Lienqueo: coros en “Cacho de olvido” y “Abran candados” / Sergio Arrollo: castañuelas en “Cacho de olvido” / Cristian Carvacho: charango 1 en “Apariencias” y bongo en “Cacho de olvido” / Fernando Barrios: animaciones y pandero en “Callejón” / Julián Herreros: palmas en “Azules” / Pablo Rogers: violín en “Apariencias” y “Abran candados”.