Dióscoro Rojas

Ha sido la gestión del colectivo Los Guachacas lo que, desde fines de los años ’90, ha mantenido activo y le ha dado nombre público a Dióscoro Rojas. Sin embargo, el cantautor desarrolló en su juventud una destacada carrera musical, que en distintos momentos lo emparentó con la Nueva Canción Chilena y el Canto Nuevo. Hoy es más preciso describir su trabajo como el de un gestor cultural y cantautor que se ocupa de manera amplia de los códigos de la música, la cultura y las emociones de la vida popular urbana.

Fechas

Lontué - 18 de mayo de 1950

Décadas

1970 |1980 |1990 |2000 |2010 |

Géneros

Grupos

Dióscoro Rojas

Marisol García

Carga a su pesar con la asociación con el folclor: «La gente insiste en llamarme payador o folclorista, siendo que yo me veo mucho más como un cantor. Pero, claro, me llamo Dióscoro. Y con un nombre tan raro, te tienen que meter en el folclore». La discografía de Dióscoro Rojas se concentra en apenas dos discos, y sus presentaciones en vivo soy hoy esporádicas.

Triunfos en festivales escolares
Nacido y criado en Lontué, Séptima Región, Dióscoro Rojas creció en una familia cercana a la música, con un padre que interpretaba quinto (un tipo de instrumento de cuerda) y una madre aficionada al canto (una de sus hermanas es la también folclorista Catalina Rojas). «Éramos once hermanos, y todos cantábamos. La música era algo natural. Para los 18 [de septiembre] armábamos una fonda en la casa», recuerda. Ese entusiasmo debía restringirse a varias limitaciones prácticas, como el hecho de que su casa se encontrara en una población con electricidad restringida a seis horas diarias. «La radio era muy disputada. A todos mis hermanos les gustaba música diferente. Cuando me tocaba mi cuartito de hora, yo ponía folclor», cuenta.

Rojas se fue aficionando a la tonada, aunque en un principio sólo las interpretaba en guitarra. De a poco fue soltándose en la composición y el canto, y así logró inscribirse y ganar como solista numerosos festivales escolares. Antes de terminar los estudios en el colegio Pío X, de Talca, Rojas ya figuraba invitado a concursos musicales en otras ciudades. El más importante de ellos fue el Festival Sur, realizado en el parque Ecuador de Concepción en 1968 (organizado por el diario Crónica y la radio Simón Bolívar), al cual llegó como representante de las radios de Talca. Miles de personas conocieron durante la jornada el trabajo de ese adolescente entusiasta, vestido con una gran manta y que animaba sus versos con frecuentes «¡huija!». Su postulación para ese festival fue el tema “El frutero” y, según Rojas, «lo canté y dije: “Aquí gané».

Y así fue: a los 17 años de edad, Rojas se quedó con el primer lugar y regresó a Talca convertido en una estrella local. «Ahora recuerdo y cacho que lo que yo tenía era ángel. Porque todos los demás cantaban, tocaban y componían mejor mejor que yo. Pero yo ganaba».

Mudanza a Santiago
Rojas dejaba su etapa escolar cuando ya surgían los primeros brotes del florecimiento que luego se conocería como Nueva Canción Chilena, y sobre el cual se elevaba de modo especial la figura de Víctor Jara. Dióscoro Rojas consiguió un trabajo como columnista del diario La Mañana de Talca y luego otro como programador de la estación local de radio Minería, y allí comenzó a mostrar lo que podía conseguir de la interesante música que se estaba haciendo en Santiago.

Guardaba en secreto la aspiración de mudarse a la capital a estudiar música, pero no tenía cómo financiarla. El sacerdote jesuita Gonzalo Arroyo le ofreció ayuda y alojamiento, y el joven se animó a intentarlo. En 1970, y sin estudios previos de música, ingresó al Conservatorio de la Universidad de Chile. Rojas pertenece a la misma generación de destacados músicos e investigadores como Alejandro Guarello y Rodrigo Torres, y destaca la influencia que tuvieron sobre su formación dos maestros significativos: Cirilo Vila y Carlos Botto.

Junto a sus estudios, Dióscoro Rojas se mantuvo siempre componiendo canciones. Fue uno de los doce seleccionados para el Segundo Festival de la Nueva Canción Chilena, en 1970 (con el tema “Con la vista arriba”). Más tarde, pasó a ser invitado regular de acaso el mejor escenario de la época en Santiago: la Peña de los Parra, plataforma de proyección para gente como Rolando Alarcón, Payo Grondona y el propio Víctor Jara.

Si bien Rojas sentía una gran admiración por el movimiento que se desarrollaba alrededor suyo, no se sentía preparado ni interpretado a plenitud como para inscribir allí su creación. «Había una manera un poco oscura de ver la música popular que a mí no me funcionaba», dice. «Toda esa estética negra, de barbas… Yo venía del mundo campesino, me encantaba Ramón Aguilera, la Palmenia Pizarro, se me armó una contradicción. Sentí que debía hacer algo diferente».

Dióscoro Rojas todavía no concluía sus estudios en el Conservatorio cuando vino el Golpe de Estado. Casi sin excepción, los músicos populares vieron truncadas sus carreras y sufrieron consecuencias que, en algunos casos, incluyeron la tortura y muerte. Rojas volvió a su pueblo natal, Lontué, y buscó como ganarse la vida. Durante un tiempo, incluso se empleó en Santiago como obrero de la construcción. Para septiembre de 1973, el cantautor era militante del MAPU, aunque desestima que pudiera haber constituido una presa prioritaria para los militares: «¿Quién no se declaraba político entonces?», contextualiza.

«El padre del Canto Nuevo»
Dióscoro Rojas supo distinguir rápido que la dictadura imponía a la canción un silencio casi total, tras el cual «teníamos que empezar de cero». En una entrevista, el cantautor llamó a trabajar sobre «los valores de la gente de la calle», y agregó: «Eso va a generar un canto nuevo». Al poco tiempo (1975) se ocupó en la organización de una peña a la que se conoció por primera vez como una «peña del Canto Nuevo», y además contactó a algunos intérpretes del Conservatorio para armar una orquesta que se presentó como Agrupación Cantonuevo, la cual pretendía «trabajar con el espíritu popular pero la elaboración de la música docta».

Todo lo anterior explica que se le atribuya el bautizo de ese movimiento, que según el propio Rojas luego «se institucionalizó» como Canto Nuevo. Para el músico, se trataba de un trabajo «no necesariamente de resistencia, sino que de expresión». A mediados de los años ochenta, Rojas apareció en El Mercurio bajo el título «El padre del Canto Nuevo», aunque, en esa misma nota, el músico advertía que el movimiento se encontraba ya en decadencia. En otras apariciones, no se ahorró críticas contra cantautores que, desde la televisión, según él blanqueaban el espíritu del movimiento, como Óscar Andrade y Miguel Piñera.

De esa época es su primer disco, Las ganas de llamarme Domingo (1982), del que fue difundido generosamente un tema homónimo y también la canción “Puerto Esperanza”, dedicada a Valparaíso. Poco después, el autor comenzó a ser invitado de varios festivales extranjeros, y calcula que estuvo once años «yendo y viniendo» de presentaciones en Europa.

En paralelo, Rojas ya había desarrollado una profunda amistad con el cuequero Roberto Parra, hermano de Violeta y Nicanor. Se presentaron juntos en varias peñas, e incluso llegaron a emparentarse cuando Parra conoció y contrajo matrimonio con Catalina Rojas, la hermana de Dióscoro. Eran tiempos duros, que el cantor llenaba con actividades repartidas entre las clases de música en liceos de Santiago y presentaciones esporádicas en vivo.

En Roberto Parra, padre del jazz guachaca, Rojas encontraba la encarnación de aquello que lo inquietaba desde sus tiempos de estudiante en el Conservatorio: la expresión sin filtros del mundo popular y de un arte más emotivo que intelectual. Se maravilló desde un primer momento con sus cuecas y poesías, pero mucho más cuando «el tío Roberto» le mostró un bosquejo de obra teatral construida en décimas e inspirada en sus vivencias en los prostíbulos de San Antonio. La había bautizado con el apodo de su enamorada: La negra Ester.

Dióscoro Rojas distinguió de inmediato el valor trascendente del texto. «Se la fui a ofrecer a los directores y nadie la quiso, así es que tuve que decir “la dirijo yo, aunque yo soy músico”». Ese intento se trabajó junto al Trío Inspiración y con la participación directa de Roberto Parra. La obra fue estrenada en el Teatro Abril en 1986, aunque no tuvo más que tres presentaciones; pero fue el único precedente de la popular y definitiva versión dirigida por Andrés Pérez desde 1989. «Mi idea era que había que mostrarla para que fuera tomada por alguien. Y, afortunadamente, la tomó después el genial del [Andrés] Pérez». La Negra Ester es reconocida hoy como un hito del teatro chileno.

Los guachacas
«Gran Guaripola» es el escalafón exacto de Dióscoro Rojas dentro de la jerarquía guachaca, y debe atribuirse a él la fundación y principal difusión de este colectivo de actividades diversas nacido en 1997, que constituye hoy el más importante en la difusión de la esencia de la cultura popular chilena. Sostiene su ideario en cuatro valores universales: lo chileno, lo republicano, lo cariñoso y lo humilde.

Las causas de los Guachacas van desde animar una «guerra a muerte contra los cuicos» hasta la anulación de la orden del cierre del tradicional bar La Piojera. Animan cada septiembre una masiva fonda y cada abril (el mes en que murió Roberto Parra, su inspirador), las multidisciplinarias «Cumbres guachacas». Según Rojas, «estamos viviendo en una sociedad globalizada y, por lo tanto, la chilenidad ha cambiado. Ni Los Huasos Quincheros ni el Quilapayún. Nosotros somos parte de la nueva chilenidad, y un ideólogo para eso es el Tío Roberto». Por sus actividades junto al grupo, el músico se ha ganado distinciones diversas, incluyendo la Condecoración al Mérito Región del Maule, la de Huésped Ilustre del Hogar de Cristo y la de Garzón Suplente de La Piojera de modo vitalicio.

 

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