La Banda del Pequeño Vicio

A pesar de ser contemporánea al llamado «boom pop» de los años ochenta en Chile, La Banda del Pequeño Vicio se tiñó de un color más oscuro y propositivo que el de ese movimiento, con presentaciones que combinaron música, poesía y artes escénicas; y que hoy son recordadas como un experimento valioso en algo parecido a un rock teatral. Aunque el grupo no buscó una figuración en los circuitos comerciales, de su núcleo salieron músicos importantes para el pop chileno de la siguiente década, como Andrés Bobe y Luciano Rojas, que fueron parte de su formación antes de estabilizarse en La Ley.

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Años

Santiago, 1986 - 1991

Décadas

1980 |1990 |

Géneros

Integrantes

Héctor Titín Moraga, voz (1986 – 1991)
Juan Ramón Saavedra, guitarra (1986 – 1991)
Cristián Araya, batería (1986 – 1991)
Iván Delgado, saxo alto (1986 – 1991)
Luciano Rojas, bajo (1986 – 1991)
Andrés Bobe, teclados (1987 – )
Igor Rodríguez, sintetizador (1990)
Gonzalo Gonzo Carvajal, saxo (1991)
Joel Silva, trombón y corno francés (1991)
James Jimmy Frazier, bajo (1991)
Felipe Clarke, bajo (1991)
Jorge Guerra, batería (?)
Kuige Tashida, bajo (?)
Leonora Calderón, (?)
Cristián Srepel (?)
Igor Rodríguez, teclados (?)

Ana María Hurtado / Marisol García

En sus cinco años de trabajo, la banda se volvió familiar para locales capitalinos como El Trolley, Casa Constitución y el Garage de Matucana, los vértices del triángulo de la cultura underground de entonces. «El sentido de nuestro quehacer es ser una alternativa estética —decían—. Nuestra música tiene cánones propios, no se parece a nada conocido». Sus dos únicas publicaciones son hoy difíciles de encontrar, aunque hacia fines de 2018 se anunció la reedición en vinilo y la inclusión a servicios de streaming de su primer álbum.

Plataforma teatral
La formación artística de Titín Moraga no fue estrictamente musical, sino como actor y coreógrafo. En un taller del Centro Cultural Mapocho, el joven colchagüino (llegó a Santiago en 1981) conoció al director teatral Vicente Ruiz, con quien trabajó  por primera vez para una obra llamada Las novias.

Su alianza se afianzó en otros nuevos proyectos, hasta que, en 1986, Moraga quiso afirmarse en una propuesta propia, y estrenó en El Trolley una performance de teatro, danza y música a la que llamó Opereta: Pequeño Vicio —el nombre es una cita a una frase del escritor japonés Yukio Mishima—, y para la cual decidió armar una banda que pudiera musicalizarla en vivo. Contactó entonces al guitarrista Juan Ramón Saavedra (proveniente de grupos de rock como Arena Movediza ), y preparó un repertorio de piezas con letras tomadas de poesía universal. La obra tuvo buena acogida crítica y se mostró seis veces tanto en ese recinto como en la Casa Constitución, pero, además, convenció a ambos amigos de llevar su aventura musical más allá de ese puntual montaje.

Así, y en paralelo a los trabajos de Moraga (quien continuaba como coreógrafo) y Saavedra por separado, se fue afirmando La Banda del Pequeño Vicio. Muchos integrantes pasaron por sus filas, incluyendo algunos que ya contaba con valioso oficio en bandas pop, como el saxofonista Iván Delgado, el bajista Luciano Rojas, el guitarrista Andrés Bobe, y el tecladista Igor Rodríguez (Aparato Raro).

Pese a ello, la motivación de Moraga nunca fue la de conseguir hits radiales ni algo parecido, sino más bien levantar una propuesta estética provocadora para el Chile de ese momento. Su primer cassette, El juicio final (1987), fue financiado por la propia banda y  con quinientas copias distribuidas casi a pulso por sus integrantes. El segundo y último, Frenético en vuelo (1991), consiguió un fugaz interés de la multinacional Polygram, que por entonces también promocionaba a La Ley.

Por su esencia performativa, no es fácil definir la música de La Banda del Pequeño Vicio. Muchas veces, sus composiciones ni siquiera se ajustaban al formato de canción, y sobre unas bases mezcla de funk, reggae y psicodelia —reforzada, en sus últimos meses de vida, con la presencia de vientos— se ajustaba la voz de Moraga que más que cantar parecía declamar sus textos. En tal sentido, es justo ubicar al grupo cerca de otras propuestas parcialmente experimentales de esos años, como Electrodomésticos o Fulano.

La disposición escénica de Titín Moraga fue siempre una marca de identidad. «Cada canción tiene una actuación kinética que es inevitable», le explicaba el cantante a La Segunda, en junio de 1988. «Digo una palabra y mi cuerpo reacciona solo. No es que busque ser vanguardista, sino que es una expresión natural».

Tras la disolución del grupo, en 1991, Luciano Rojas y Andrés Bobe se integraron a la naciente formación de La Ley, mientras Joel Silva continuó como músico de la Orquesta Sinfónica. Moraga, en tanto, se estableció en Inglaterra en 1992, y visitó brevemente Chile en 1996 para presentar Andean trance, un disco tecno que mezclaba el ambient con sonidos altiplánicos, parte de su nueva historia como músico electrónico. Ese mismo año, en diciembre, volvió a tocar en vivo en la discoteque Oz junto a sus antiguos compañeros, resucitando así fugazmente a una de los más recordados grupos auténticamente experimentales que ha visto el rock chileno.

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