Congelador

Son barrios afines los que acunaron en Santiago a los iniciadores de Congelador. El guitarrista y cantante Rodrigo Santis y el baterista Jorge Santis, hermanos, se criaron a unas cuadras de la Avenida Matta, y el bajista Walter Roblero es hijo de Independencia. Los tres compartieron, también, el mismo colegio. Paisajes urbanos y regulares, como la música del grupo: un rock de capas medias, citadino, nublado, denso y taciturno.

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Años

Santiago, 1996 -

Décadas

1990 |2000 |2010 |

Géneros

Congelador

Integrantes

Rodrigo Santis, guitarra y voz (1996 – •).
Jorge Santis, batería y voz (1996 – •).
Walter Roblero, bajo (1996 – •).
Jorge Silva, guitarra (2003).
Rodrigo Rosas, guitarra (2004).

David Ponce

“Tiene mucho que ver con la ciudad. El sentimiento que emana de ella siempre ha sido melancólico”, comenta Roblero. “Y Congelador es así. Casi todos los productos culturales de Chile tienen un cariz medio fatalista. Hasta la cumbia tiene su dejo de melancolía, introspectivamente refleja ese espíritu”.

Si Congelador tiene los pies puestos en el asfalto, sus cabezas son las antenas de la ciudad. Seguro que nadie en la cuadra, ni en Matta ni en Recoleta, tiene la colección de discos con que estos vecinos combinan el free jazz de Ornette Coleman, la bossa nova de Jobim o el pop retro de Stereolab. “Nos interesa la tradición de la música popular en general”, dice el bajista.

Lo que les interesaba era el noise, el punk rock o el hardcore —desde grupos extranjeros, como Butthole Surfers, a locales, como Supersordo— cuando, entre 1992 y 1994, el trío publicó la revista musical Neutral. Asociados más tarde en un trío, debutaron en vivo en un concierto que el cantautor argentino Adrián Paoletti dio en el subterráneo de la capitalina disquería Background, en septiembre de 1996. Desde entonces su método ha sido privilegiar una intensa electricidad antes que la técnica.

Concentración de notas y discos
No hay composiciones en que el grupo parezca esforzarse por tocar difícil. En piezas instrumentales como “Iatroquímica”, de su disco Iceberg (2001), la exigencia es la opuesta. Congelador no sólo concentra sus notas: además se concentra para tocarlas. Roblero apela a la paciencia de un monje zen para sostener al infinito un mismo compás de bajo, como saboteando todo instinto de variación. Y esa misma secuencia de notas es alterada luego en exacto engranaje con el desenfreno de guitarra y batería.

Entonces aparece el triple contraste del grupo. Primero, esa oposición entre raciocinio y desenfreno. Luego, su herramienta más elocuente: el juego entre las despojadas guitarras y los muros de distorsión eléctrica que levanta Rodrigo Santis. Y está el contraste entre la expresividad del sonido de Congelador y la neutralidad de su postura. “Es algo propio de la gente sencilla. Me siento más cómodo expresando las cosas en el grupo”, dice el guitarrrista, mientras en vivo, inmóviles, de espaldas al público, rara vez muestran una emoción por la vía usual de la arenga, el discurso, el aspaviento. El sonido es el manifiesto.

El primer registro del grupo está en el compilado Pulsos (1998), con las canciones “Tormenta eléctrica” y “Purificador”. Vinieron luego otros discos colectivos, incluyendo Perdidos en el espacio (1999) —al que aportaron cuatro instrumentales junto al proyecto ambiental L.E.M.—, Astrorama (2004) y Panorama neutral (2005). Sus discos oficiales han aparecido siempre bajo su propia etiqueta, Quemasucabeza, que con el tiempo ha acogido parte de lo mejor de la independencia rock chilena (Mostro, Gepe, Día Catorce). Su disco debut, Congelador (1998), incluyó diez composiciones áridas y compulsivas, como “Espacio sideral” y “Amigo”. Despertar (2000) se mostraba más melódico y luminoso, pero el supuesto disco “alegre” de Congelador no es tal. “Para el grueso de lo que hacemos quizás es un poco más optimista, pero creo que es imposible sacarnos esa aura melancólica. Además que nos gusta”, dice Roblero.

En Iceberg (2001), su tercera grabación, Congelador desterró la voz para construir un disco concentrado y geométrico. Y Cuatro (2002), una antología de su carrera, reunió desde canciones inéditas hasta una colaboración con Rosario Bléfari, cantante del grupo argentino Suárez, en “Centro del sol”. En el mismo año se les unió el guitarrista Jorge Silva, proveniente del trío instrumental Gnosis, y el grupo aportó dos canciones a la película Sangre eterna (2002).

Desde una absoluta autogestión, el grupo ha logrado mostrar su música en el extranjero, con presentaciones a Buenos Aires (septiembre del 2000 y diciembre del 2005) y una gira de un mes por España en octubre del 2003, con paradas en Barcelona, Madrid, Valencia y Bilbao. Allí, el sello Astro había reeditado Cuatro, con el añadido de una canción grabada en vivo en Santiago de Chile junto a Joseph Costa, músico del dúo estadounidense L’Altra. Igual de afortunados fueron sus cupos de apertura para el debut de Stereolab en Chile (septiembre del 2002, Teatro Providencia) y un show de los argentinos Babasónicos en ese mismo lugar (abril del 2003).

Durante el 2004, Jorge Santis comenzó a colaborar con Shogún, como baterista invitado, al tiempo que sus compañeros se ocupaban en Barco, Paranormal y Domitorio. El EP Abrigo, puesto a disposición para descarga gratuita a fines del 2008, retomó un trabajo que tuvo alrededor de dos años de pausa.

Beto está de vuelta

El cantante ofrece un concierto este jueves 13 en el Movistar Arena, para comenzar a celebrar sus 30 años de carrera. Éxitos de La Ley y nuevas composiciones, como el single “Rosas en el lodo” junto a los colombianos Monsieur Periné, serán parte del repertorio. El sábado 15 repite en el Espacio Marina de Concepción.

Padre e hijo
Le-Bert

Dos discos se presentan este viernes en El Sindicato (Maipú 424, Barrio Yungay). El primero solista de Camilo Le-Bert, voz del grupo de rock y fusión Fósil, y el cuarto solista  de Luis Le-Bert, donde revisa, solo con guitarra y voz, canciones de Santiago del Nuevo Extremo.