Ricardo García
Foto: archivo revista Ritmo

Discos

Ricardo García

Conocido principalmente como locutor radial, la figura de Ricardo García cubrió campos amplios de la música popular chilena, incluyendo los del periodismo, la televisión, la producción de festivales y la gestión discográfica. Su principal legado fue Alerce, el sello que fundó en 1976 y que constituyó durante más de una década el más firme bastión de promoción discográfica de resistencia a la dictadura. Pero su gestión resultó también fundamental para incontables iniciativas asociables a la Nueva Canción Chilena y el Canto Nuevo.

Fechas

1929
Varadero (Cuba) - 02 de junio de 1990

Décadas

1950 |1960 |1970 |1980 |

Géneros

Marisol García

La biografía de Ricardo García, influyente en la trayectoria de incontables músicos nacionales, es la de un aporte cultural como pocos, en momentos brillantes de nuestra historia reciente y también en los más oscuros.

Desde la radio
Discjockeys radiales hubo en Chile muchos y muy destacados, incluyendo entre ellos a Raúl Matas, Julio Gutiérrez, Juan Carlos Gil y Miguel Davagnino. Pero pocos trascendieron su oficio estricto de comunicador como lo hizo Ricardo García, el hombre que elevó su oficio hacia una plataforma de enorme e imperecedero aporte cultural. Para García, la radio fue la base para conocer y darse a conocer en un mundo —el de los cantautores chilenos— al que terminaría aportando de modo fundamental.

Aunque se crío como Juan Osvaldo Larrea García, en sus primeros pasos radiales acuñó su popular seudónimo, pensando en una mayor cercanía y recordación entre la audiencia. Su público de entonces lo conoció masivamente a través de “Discomanía”, el espacio de radio Minería al cual Larrea llegó como reemplazante de Raúl Matas en 1955, cuando éste último se fue a trabajar a España. Al año siguiente una beca le ofrecía al joven locutor la posibilidad de perfeccionarse en la BBC de Londres, pero no la aceptó. «Si me hubiese ido, seguramente me habría quedado allá y mi carrera habría tomado un rumbo muy distinto», diría más tarde. También el rumbo de la música chilena necesitaba su presencia.

Durante más de una década, la enorme popularidad de su labor en “Discomanía” le abrió una ventana promocional a una amplia selección de nuevos músicos, que se sumaban a esa época revolucionaria para la canción popular a través de propuestas diversas en torno al Neofolklore, la canción social (también llamada «de protesta» o comprometida), el primer pop y rocanrol (Nueva Ola), y la investigación en torno a la raíz latinoamericana. Su contacto con tan valioso ebullir creativo (de Violeta Parra a Los Ramblers, de Patricio Manns a Luis Dimas) le hizo darse cuenta tempranamente que desde su puesto de conductor atestiguaba un remezón cultural que cambiaría para siempre a la música chilena.

Al acercarse, por ejemplo, al circuito de cantautores que hacia mediados de los años sesenta combinaba folclore, crítica social y una aguda revisión sobre nuestra posición en el contexto latinoamericano, supo que en ese inicial trabajo de Inti-Illimani, Patricio Manns, Víctor Jara, Isabel Parra y Rolando Alarcón se incubaba un fenómeno que debía ser tratado con altura. Fue él quien bautizó este inédito ebullir creativo como Nueva Canción Chilena.

Siempre entendió su función como la de un divulgador, y así debe verse su involucramiento en la organización de los tres festivales de la Nueva Canción Chilena (1969 a 1972), de vital difusión para decenas de nuevos músicos. Diría más tarde en la revista Ahora: «Me preocupaba el hecho de que, existiendo una enorme materia prima, un potencial riquísimo entre autores e intérpretes comprometidos con una realidad social, no tuvieran ellos acceso a los medios de comunicación. No se editaban sus discos. Entonces propuse la existencia de un festival, una muestra carente de estímulos materiales que les permitiera congregarse y mostrar al país el verdadero rostro de la canción chilena del momento».

Revistas y Alerce
Ya antes, en 1960, Ricardo García se había ocupado de animar la primera versión del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, el cual también ayudó a fundar y conceptualizar. El dato es una curiosidad que suele olvidarse, pero que da luces sobre su relevancia en el ambiente musical de la época. Sus escenarios posteriores como animador incluyeron, además, el programa televisivo “Música libre” y “Buenas tardes, domingo”.

Su acercamiento a la radio había sido fruto espontáneo de la necesidad. El joven Larrea requería pagar sus estudios de estudiante de Bellas Artes y Pedagogía en la Universidad de Chile, y consiguió trabajo como locutor primero en radio Prat y, luego, en las estaciones Bulnes y Cooperativa Vitalicia. Antes del éxito de “Discomanía”, su espacio más importante había sido “El show de Ricardo García”, en radio Corporación. En radio Chilena, García se encargó de apoyar con sus libretos el programa con el que Violeta Parra compartía sus descubrimientos en los campos chilenos (“Canta Violeta Parra”). Más tarde, trabajó en “La ronda juvenil de Coca-Cola”, “El show de la Polla”, “Show efervescente Yastá”, “Regalo de cumpleaños” y “El sonido de la historia”, entre otros.

En tiempos en que las universidades locales no acogían aún el periodismo como carrera formal, García ensayaba de modo natural la ubicuidad que hoy se considera natural en el gremio. A su labor radial, sumaba encargos habituales para revistas como Ecran, El Musiquero, Ritmo o Ramona, entre otras; a las que fue aportando sucesivas columnas, notas y entrevistas. Muchas de ellas se encuentran recopiladas en el libro Ricardo García, un hombre trascendente (1996, editorial Pluma y Pincel), en el cual pueden encontrarse sus entrevistas a gente como Joan Manuel Serrat, Víctor Jara y Alfredo Zitarrosa, entre otros textos de diverso carácter. En el prólogo del libro, el escritor Volodia Teitelboim describe al discjockey y productor como una «figura jovial y trascendente, que […] en los años negros encendió la luz del canto para dar ánimo a un país horrorizado».

Su vínculo con el circuito de la Nueva Canción Chilena lo convirtió en otro de los indeseables para la dictadura militar impuesta en septiembre de 1973. Aunque no partió al exilio, García se vio enfrentado a múltiples obstáculos para continuar con su trabajo, coartada como estaba la libertad de expresión en todo el país y dificultada la creación musical de modo dramático.

El sello Alerce nació como un modo de avivar en algo un latir creativo que García sentía no podía detenerse. Su fundación, en 1976, abrió una ventana de difusión que, dadas las condiciones de la música popular chilena entonces, podría calificarse de un asunto de vida o muerte. Por un lado, la etiqueta se preocupó de reeditar el valioso catálogo que había legado el sello más maltratado por los militares: Dicap. Por otro, se permitió difundir localmente artistas entonces considerados polémicos, como los nuevos trovadores cubanos (Rodríguez, Milanés) o los chilenos viviendo su exilio en Europa (Quilapayún, Inti-Illimani, Ángel e Isabel Parra, entre tantos otros). Hasta nuestros días, que se mantiene bajo la dirección de su hija Viviana, Alerce acoge un trabajo coherente con la fusión ideológica y artística que García quiso imprimirle a su origen, y que tiene que ver mucho más con un modo humanista de abordar el trabajo musical que con una ideología partidista específica.

Durante los años setenta y ochenta, García se mantuvo, además, como columnista de La Bicicleta, Apsi, Fortín Mapocho y La Época.

Ricardo García murió cuando Chile ya había recuperado su golpeada democracia, el 2 de junio de 1990, a los 61 años de edad, y durante unas vacaciones en Cuba. A diferencia de otros pilares de nuestro patrimonio, debe agradecerse que él sí logró ver en vida gran parte de la trascendencia de su trabajo como comunicador, aliado a una época fulgurante de talento local. García confió en que los medios de comunicación podían ser tierra fértil para el fortalecimiento patrimonial. Considerando que en su funeral recibió homenajes de gente como Silvio Rodríguez y Patricio Manns, piensa uno que no estuvo tan equivocado.

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