Pinochet Boys

Su inolvidable nombre, persistente autogestión y avanzado espíritu subversivo convirtieron a Pinochet Boys en una de las bandas más importantes del punk chileno —según muchos, la primera de todas—, pese a su corta vida y a que por décadas no existió registro alguno de su trabajo. El grupo mantuvo siempre una misma formación, y decidió su separación durante un viaje a Brasil. Todos sus integrantes se destacaron luego en diversos proyectos musicales en Chile y el extranjero.

Hoy, Pinochet Boys es ineludible en la revisión de los márgenes de la cultura santiaguina bajo dictadura; un logro que la banda jamás llegó siquiera a imaginar.

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Años

Santiago, 1984 - 1987

Décadas

1980 |

Géneros

Integrantes

Daniel Puente, bajo y voz (1984 – 1987).
Iván Vanchi Conejeros, voz y guitarra (1984 – 1987).
Miguel Conejeros, teclado y guitarra (1984 – 1987).
Sebastián Tan Levine, batería (1984 – 1987).

Marisol García

Su versión del punk
En los patios del Campus Oriente de la Universidad Católica se conocieron Daniel Puente e Iván Conejeros, ambos melómanos inquietos que coincidían en su gusto por el pop-rock inglés y el desprecio por los referentes (tanto oficiales como de oposición) que respiraban sin gracia ni sorpresa en el país bajo dictadura. Conejeros venía llegando de La Unión, donde creció y absorbió cuanta información musical pudo. Cuando en 1984 su hermano Miguel llegó también a Santiago, decidieron armar una banda que agitara en algo un país pasmado por el miedo y el aburrimiento.

Los equipos se compraron con el dinero que consiguieron los hermanos Conejeros al vender un Fiat 600: una batería Korg programable, un sintetizador y el costo de reparación para una guitarra eléctrica que Daniel Puente tenía rota. El grupo hizo algunas actuaciones improvisadas, y al poco tiempo se les unió Sebastián Tan Levine (ya con cierta experiencia en la primera formación de La Banda del Gnomo). En satírico homenaje a un régimen que dictaba su hora de dormir, su acceso a la información y su vida completa, nacieron, provocadores, los Pinochet Boys.

Luego de su inclusión en el montaje teatral Medea, de Vicente Ruiz, la banda debutó formalmente en 1985 en el ñuñoíno bar La Luna, frente al Campus Oriente de la Universidad Católica. Enfrentaron ya entonces la represión que apuraría su fin: durante su actuación, y cuando Vanchi lucía una vistosa gorra policial auténtica, llegó desde la calle una bolsa con barro que arruinó los equipos y obligó a detener el recital.

«Para cualquiera que haya estado haciendo música en los años ochenta era difícil no ser punk, con tanta represión encima», reflexiona ahora Conejeros sobre la corriente en contra; aunque es un hecho que los Sex Pistols fue un grupo que comenzó a difundirse en Santiago casi una década después de su irrupción en Londres. Como tantas otras adaptaciones culturales, el punk chileno fue un concepto en extremo sui generis, mezcla de new-wave, comics y tecno-pop.

Aunque limitado, el repertorio del cuarteto era poderoso y enfático, y alternaba el hedonismo de la evasión vinculada a los más básicos alucinógenos con la furia ante un país sujeto a la voluntad militar: «Dictadura musical / nadie puede parar de bailar la música del General / Nada en el cerebro, nada en el refrigerador», eran algunos versos de “La música del general”, uno de los únicos dos temas que la banda alcanzó a grabar (el otro es “En mi tiempo libre”). Las cintas fueron financiadas por Carlos Fonseca, quien se ofreció como su manager si se cambiaban el nombre. «Como dijimos que no, se quedó con Los Prisioneros y ellos fueron los famosos», recordarían más tarde semi en serio.

En junio de 1986, el grupo alquiló el galpón del Sindicato de Taxistas (en la calle El Aguilucho, de Ñuñoa) para dar vida al Primer Festival Punk. El cartel de esa noche incluyó también a Zapatilla Rota, Niños Mutantes, Índice de Desempleo y Dadá. Aunque inicipiente e informal, Pinochet Boys era parte de un pequeño movimiento dispuesto a la expresión subversiva en tiempos de riesgo. Pero eso tenía su costo, y uno de los mayores fue el allanamiento a su sala de ensayo. En julio de 1986, el mal final de una fiesta en ese lugar de calle Herrera salió a la luz en la forma de un titular del diario La Cuarta: «Escandaloso malón de ‘punks criollos’; pintaron de verde y rojo hasta al perro».

Separación y nuevos proyectos
El último concierto del grupo en Santiago fue coherente con esa historia. A mediados de 1986, Pinochet Boys se presentó en la Casa Constitución y debió abandonar rápidamente el lugar cuando éste fue destrozado por una lluvia de botellazos hacia y desde el escenario. El grupo era ya el secreto a voces de cierto círculo de artistas, pero la hostilidad policial hizo imposible su continuidad.

Viajaron a Brasil, luego de ofrecer un concierto en Buenos Aires. Su propósito era pura consecuencia punk: «No hay futuro, y no cifren esperanzas en nosotros», les explicaron a sus amigos y familiares al despedirse. Su primer concierto en Sao Paulo fue algo así como la anti-internacionalización. En el libro La era ochentera se cita a Iván Conejeros del siguiente modo: «Yo me puse a cantar una canciones de los comerciales de la televisión —el de Rexona, por ejemplo—, porque no me sabía más temas. Pero no cacharon nada. Después les tiramos las flores de plástico y fue un desastre. Tuvimos que esperar mucho rato en el camarín antes de poder salir, porque afuera nos querían pegar».

Sin registros formales de sus canciones, los Pinochet Boys se disolvieron sin imaginar un posible recuerdo entre los chilenos de la siguiente generación. Tarde o temprano, tres de sus integrantes volverían a llamar la atención en proyectos de rock independiente. Miguel Conejeros se radicó un tiempo en su natal ciudad de La Unión, pero se mudó luego a Santiago para trabajar junto a Parkinson (y, mucho después, escudarse en el pseudónimo Fiat600). Daniel y Tan mantuvieron al grupo Carlos Calor junto a Rodrigo Hidalgo (guitarra, ex Dadá y futuro Parkinson) y a Carlos Calor (voz). En 1989 Daniel Puente se mudó a Europa, donde formó el aclamado trío Niños con Bombas. Por último, y antes de su partida a Nueva York, Tan Levine fue un activo colaborador de un sinfín de bandas, entre ellas Electrodomésticos, Primeros Auxilios, María Sonora, Blancoactivos y Supersordo; así como del ex Prisioneros Jorge González.

La historia del grupo fue recuperada por varios autores en el libro Pinochet Boys (2008), elegante registro fotográfico y testimonial de una banda que dio cauce a una actitud, más que a una carrera propiamente tal. De ahí que sus integrantes miraran, incrédulos, cuando en 2010 la popular serie “Los 80s” los incluyera en uno de sus capítulos de recreación de época. El grupo pasaba, ya sin vuelta atrás, de la más completa marginalidad al recuerdo oficial en el ancho cauce de la televisión abierta chilena. Dos años más tarde, Hueso Records recuperó sus dos únicas grabaciones (“Botellas contra el pavimento” y “Música del general”) para un single en vinilo cuyas primeras copias se vendieron con rapidez.

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El trío romántico abre su itinerario el 14 de diciembre con un concierto en Valdivia. Seguirán en Puerto Varas, Casablanca, Panquehue, Maullín, Curacaví, Quintero y Papudo, entre otras localidades. Con miras a su nuevo álbum, titulado Natalino vivo, el grupo liberó además la balada “No volveré a caer”, del autor curicano Lenny Zing.

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