Los espacios donde irrumpir
Foto: Marisol García y Amapola Gauthier
Entrevista

Los espacios donde irrumpir


Tuvo dudas hasta de que publicar su primer disco solista valiese la pena, pero ahora Carola López se ha quedado con el Premio Pulsar a Mejor Artista de Música de Raíz 2018. Sus décimas con perspectiva de género son las de inquietudes personales fundidas con una explosión social mayor. La cantautora, profesora e investigadora en folclor chileno levanta en Una mujer como usté un manifiesto folclórico no sólo atrevido en sus versos sino también en lo atípico de su cruce entre experiencia y tradición. «En este disco siento que están las decisiones que yo he tomado en la vida», sentencia, pensando a la vez en música, feminismo e intimidad.

Marisol García | 12 de julio de 2019 Fotos: Marisol García y Amapola Gauthier

Los espacios donde irrumpir

El título que Caro López pensó inicialmente para su primer disco solista tenía tono de arenga: Despierta, mujer, despierta. La cantautora santiaguina, activa hace tiempo en la música como profesora e intérprete —con experiencia en grabación y escenarios junto a grupos como Las Carolas, Las Primas y Los Porfiados de la Cueca— veía entonces en sus primeras canciones a solas una invitación a la agitación colectiva y a la toma de conciencia. Que lo son.

«Pero luego pensé: ¿qué tengo yo que estar diciéndole a ninguna mujer lo que tiene que hacer, si ya están todas súper despiertas?».

El disco entonces cambió de título pero no de contenidos, ni menos moderó la decisión de su concentrada carga de valiente empatía de género. Una mujer como usté les habla a chilenas despiertas pero a la vez presas de fuerzas superiores a su autonomía, sea por un orden cultural establecido, sea por circunstancias de maltrato de bordes dramáticos.

Sobre malos amores («Verso de una mujer agredida»), rebeldía de soltera antinupcias («La revoltosa») y hasta del propio obituario («Tonada de despedida«) avanzan estas canciones que afirman a la autora —apoyada en guitarrón chileno, guitarra y armónica por José Pablo Catalán— como una peculiar vocera de conflictos reconocibles y nada gentiles, aliados a los códigos de rima y guitarra traspuesta presentes en la tradición. El tema que le da título al disco es un impactante relato en décimas que parte amable y descriptivo y termina en voz de ultratumba y denuncia:

Al comienzo todo era de ensueño,
me mimaba y me servía el té
pero luego empezaron los celos
sin motivo, sin haber con quién.
Me alejé de todos mis amigos
de mis padres y hermanos, también
y para no dar explicaciones
no salía ni p’al almacén.

Pero nadie sospechaba nada
que mi vida era infierno de hiel,
era él un ejemplo, era un santo:
buen vecino y hombre muy cortés
el amor no es amor cuando mata
cuando arrolla cual si fuera un tren
y cuando la mujer lo permite
no la salva ni Jerusalén […].

 

—Hasta a mí me costó asumir esa letra, que llegó un día de la nada, mientras jugaba en la guitarra con una introducción —, recuerda la cantautora sobre el flujo rápido de tan potente manifiesto, a la vez solidario y denunciante—. ¿Por qué salió? ¿Qué es esto?, pensaba.

—Cuando cantas «soy una mujer como usté» no es la empatía frívola del tipo «estoy contigo, amiga: te entiendo, buena onda…». Es una letra incómoda. No es «soy como tú», sino que «sufro como tú».
—Es incómodo porque no es el eslógan, el cliché. Cuando la hice, estuve un tiempo pensando: yo no puedo cantar esto; ¿dónde lo voy a cantar? Y la guardé. Pero luego hubo gente que me motivó. Patricia Chaverría me dijo: «Esto tienes que mostrarlo. Es una historia que pudo pasar en el 1800 como ahora».

—Esas dudas que describes, ¿se extendían también a ti en tu capacidad como autora?
—… Todavía hay una cosa de no creérmela. El disco me empieza a convencer, sí, pero ha sido un proceso, porque al inicio yo ni pensaba en grabar mis canciones, no me sentía nadie para hacerlo. Llevaba mucho tiempo cantando y componiendo pero no tenía singles, videos, nada. En estos últimos dos años me autoconvencí de un montón de cosas. Hoy ya entiendo que un disco es la foto de un momento.

—¿Por qué tantas dudas?
—Qué quieres que te diga: hay todavía un imaginario instalado de cómo las mujeres tenemos que hacer las cosas. La música para mí ha sido un camino de rebeldía, y en eso estuve primero de un modo más… personal. En mi casa, en mis clases, sin que se notara. La forma de componer mía es muy… instintiva. Si me siento frente a un papel en blanco, no funciona. Lo que sí resulta es eso que viene de repente, casi listo, como una epifanía. Sé que suena medio mágico [sonríe] pero a veces me despierto a las dos de la mañana, tomo la guitarra, y sale una canción.

De mirar a sus padres fue aprendiendo Caro López el gusto por tonadas y cuecas. Desde niña canta y toca guitarra, y en la adolesencia fue que se largó a escribir décimas. La crianza de dos hijos aplazó sus estudios superiores, que luego encauzó en Música en el Pedagógico. Asombrada por el legado de Los Chileneros, intentó en el dúo Las Carolas transmitir en vivo similar fuerza de cueca brava, junto a su compañera Carola Carmona. Más tarde, con Porfiados de la Cueca y Las Primas pudo tener la experiencia profesional de la grabación y las presentaciones itinerantes. Sin embargo, no fue hasta 2014 que se sintió lista para mostrar sus composiciones. Las de Una mujer como usté abarcan por eso un período de varios años (hay, también, tres temas ajenos, de Jenisse Díaz, Hermanos Núñez y una recopilación de Gabriela Pizarro), precisamente aquellos en que López iba convenciéndose de sí misma como solista, con el estímulo preciso de reconocimientos en el Concurso de Composición Musical Luis Advis y el premio Margot Loyola a la Música de Raíz.

—La gente me dice: «Tú has hecho todo al revés. Primero tuviste dos hijos, luego te pusiste a estudiar y ahora sacas un disco». Quizás se fue dando así para mí. Hay un misterio ahí, no es parte de un plan ni mucho menos. A partir de 2014 se fue dando algo muy especial para mí, no sé cómo explicarlo. Esta explosión feminista… que en mí también estaba pasando. Se juntó todo, un momento social. En este disco siento que están las decisiones que yo he tomado en la vida, está el haber crecido en dictadura y tener conflictos con la autoridad y haber entendido muy joven que la música podía ser un medio de lucha, de defender un espacio. Mi mamá me dice: «Tú andas buscando, quizás inconscientemente, los espacios donde irrumpir».

—De hecho, no debe ser fácil defenderte ahora como payadora y cantora. Hay quienes consideran que ahí se califica por linaje.
—Claro, y no es mi caso. La tradición la respeto, por supuesto, pero confío en el criterio, en la intuición, que te hace ir aportando desde tus preferencias, tus gustos, tu subjetividad. Tampoco podría definirme como una investigadora. Digamos que soy curiosa.

Hace cinco años, Carola acompañó el trabajo de un amigo que la invitó a visitar cantoras de la zona de Parral. Aprendió al conocerlas, dice, que el canto ancestral es como una forma de vida. Y pensó en que valía la pena hacer un esfuerzo por trasladar esa cosmovisión a su espacio de trabajo en Santiago:

—Yo soy una cantora urbana. Es una cosa que algunos te discuten, pero yo me defino cómo quiero, cómo me siento. Una cantora para mí es una persona que toma su guitarra, compone y ve la vida a través de eso. Lo he visto en el campo, y así me siento, pero en mi espacio de ciudad.

También desde ese espacio es que Carola López se forma a sí misma como payadora. La improvisación en décimas es hoy una motivación poderosa, tanto en la muestra de su propio oficio como en la investigación. Pronto aparecerán dos libros coordinados por ella y con financiamiento Fondart: sobre el poeta popular Luis Ortúzar y una antología de título atrayente: La décima feminista.

—Nunca pensé en subirme a un escenario a mostrar mis décimas. Cuando empecé a componerlas y estudiarlas, la paya era un terreno de hombres. Pero a mí me nacía expresarme a través de las décimas, y por eso no dejaba de escribirlas, sin mostrárselas a nadie.

—¿Asocias a algo parecido tu decisión en las letras feministas?
—Creo que todas las formas de lucha son legítimas si hablamos de feminismo: la teórica, la activista, la de la calle. Todas somos distintas, y yo tengo la mía, así como prefiero ver de dónde viene la lucha de las demás: ¿es una mujer mayor? ¿Alguien que cría sola? ¿Es una mujer que no sale de su casa porque tiene que cocinarle a los hijos? Tener un diálogo, mantenerlo… es eso lo que busco por ahora con mis composiciones. Es mi aporte y mi mirada, no hablo del total de las mujeres.