Javier Labbé

La vida musical del cantautor Javier Labbé es rica y sincrética, tal cual su música y su poesía, fiel reflejo de los diversos espacios donde aprendió este arte que se cultiva entre vivencias comunes. Una colección inmensa de vinilos y altas torres de casetes y CDs de los más variados ritmos y estilos; la guitarra y la voz de su padre, el piano de su  abuela y tardes de estudio frente a ese instrumento fueron los primeros indicios de una fuerte afición musical que se despertaría con todo el ímpetu de la adolescencia.

Fechas

San Antonio - 16 de mayo de 1972

Décadas

1990 |2000 |2010 |

Géneros

Javier Labbé

Por entonces, pasaba horas repitiendo fragmentos de la guitarra de Silvio Rodríguez, cultivando el oído y aprendiendo de la escucha musical plena. La guía de los profesores Gonzalo Guzmán y posteriormente de Cristián Montes en el Instituto de música de la U. Academia de Humanismo Cristiano, facilitó el camino y lo potenció con nuevas herramientas para la creación. A fines de los años ochenta, siendo aún un adolescente, tocaba con su grupo de música latinoamericana (Nelquihue) los fines de semana en la Peña Antilén (hoy Café Bucaneros, frente al cerro Santa Lucía). Con el grupo participó en actividades artísticas de oposición a la dictadura en el circuito universitario y de peñas y en evento artístico masivo “Chile Crea” en 1988, donde compartió escenario con parte del coro de Mikis Theodorakis y Aníbal Sampayo.

Fueron experiencias significativas que orientaron su quehacer musical y su posterior desempeño como compositor y letrista. En sus canciones la presencia de la Nueva Canción Chilena es innegable: raíz folclórica en varias de sus composiciones, textos con contenidos sociales, ha musicalizado en clave funk a Violeta Parra en su canción “Décimas”. Pero también desde su infancia escuchó la música brasileña de Luis Gonzaga, Chico Buarque y Adoniran Barbosa entre otros y en la guitarra, un autor fundamental: Heitor Villa-Lobos, cuya influencia es observable en “Despedida”.

Pero Javier tampoco era ajeno a la música típica que oía un adolescente promedio de los años ochenta: el rock pop en inglés de grupos como Police, Queen o Michael Jackson, así como también The Beatles, Pink Floyd, a quienes homenajea en “Ruido Blanco”. Del mismo modo, se nutría de bandas de rock progresivo y del rock argentino de Charly García y Fito Páez. Simultáneamente conocía a Bach y los autores del barroco alemán e italiano, quienes fueron educando las sutilezas y los detalles armónicos de esas ideas polifónicas y contrapuntísticas que iban colmando su cabeza.

Sus canciones, entonces, comprenden tintes sonoros que van desde la música latinoamericana, el rock, el pop, el jazz y el bossa hasta la música étnica y la música clásica, con una base en la guitarra influenciada por Silvio Rodríguez, Horacio Salinas, Chicoria Sánchez, Djavan y Roland Dyens.

Ha realizado presentaciones junto a Manuel García, Valentina Rodríguez, Javier Barría y Mauricio Gutiérrez, entre otros. Desde 2013 es el guitarrista y arreglista de la cantante Vivi Ferrer.

A 30 años de Corazones

El cuarto disco de Los Prisioneros, una colección de dolorosas canciones de amor y con fuerte presencia de los sintetizadores, es considerado hoy como una referencia de la música chilena. Fue publicado oficialmente el martes 22 de mayo de 1990, como indica este documento del sello EMI que circuló en la época y que guardamos entre nuestros archivos.

Rezos para el aislamiento

A cinco años de su primera publicación, el sello Pueblo Nuevo pone para libre descarga el tercer disco del compositor electroacústico José Miguel Candela.