Cada década ha tenido en Chile su jerarca en ritmos tropicales, y en el primer decenio del 2000 el trono lo ocupó La Noche, referente mayor en el paso de la cumbia festiva a la cumbia romántica, y uno de los conjuntos más vendedores del país durante al menos un lustro. Años de trabajo sin mucha difusión prepararon su temple para la locura que se desataría a partir de 2006 con hits como "Es el amor", "Quiero ser libre" y "Que nadie se entere"; composiciones en clave de cumbia villera argentina con letras que desdeñan el molde del amor romántico para insertar las relaciones de pareja en triángulos, cuartos de motel y ocultos encuentros eróticos. El salto fue entonces enorme en proyección, desde su origen en el Valle de Aconcagua (en pueblos como Catemu y Llay Llay) a los más grandes y mejor pagados escenarios del país. En la historia del conjunto, el más notorio cambio se dio en 2010 con la salida del cantante Leo Rey, tras lo cual La Noche ha pasado por varios otros movimientos de integrantes.
Ismael Oddó es un músico de varias dimensiones. Es parte de Quilapayún desde el año 2003, adonde llegó a ocupar el lugar de su padre, Willy Oddó, asesinado en noviembre de 1991. Pero además de esa militancia, participa en otras agrupaciones como Maestro Juba, un combo salsero con integrantes de Chancho en Piedra, la banda en vivo de Manu Carrasco, y, desde mayo del 2011, en su propia carrera solista, que ya tiene dos discos y se sigue abriendo circuitos en vivo. También ha colaborado como productor o como banda de soporte de músicos como Manuel García, Ángel Parra y Álvaro Henríquez. En 2019 presentó su tercer disco, con canciones basadas en viejas grabaciones dejadas por su padre.
Videoclips, singles incluidos en compilados y espacios creados por ella misma en radio, TV e internet, además de discos como Barouh (2012) e Inevitable (2015) fueron las herramientas con que la cantante Paula Barouh ha hecho oír rock melódico bajo influencias de música industrial, electrónica y oscura. Vocalista invitada en discos de Mal de Chagas, Santo Barrio, Usted No! , entre otros, inició su formación vocal a los 17 años, y cuenta entre sus maestras a Ana María Meza. Más adelante Paula Barouh replanteó su música presentándose con el nombre de Descargo y Maleficio, una propuesta de electrónica de beats y canciones, y una puesta en escena de bordes teatrales. La música y la imagen se plantearon entonces como crítica hacia el entorno social y artístico de Chile, descrito a través de las ideas de hostilidad, desigualdad y desesperanza. En cierto modo, el álbum Descargo y maleficio (2018) vino a anticipar el estallido social de un año después.
Tres nuevos nombres del bajo eléctrico en torno al jazz-funk estallaron a mediados de los 2000: entre Jaime Ferrada (en Alüzinati) y Roberto Trujillo (en LaMonArt), el único que se pasó al contrabajo de manera determinante fue Eduardo Peña, conocido en los círculos jazzísticos como Crespo. Un músico solvente e inquieto que se abrió paso en la escena con una pulsante propulsión de líneas de soporte, composiciones personales y un inédito liderazgo de agrupaciones entre una partida de emergentes contrabajistas de esa década: Alonso Durán, Nelson Vera, Sebastián Gómez, Pablo Vidal o Milton Russell, son algunos de sus contemporáneos.
El paso de la electrónica intuitiva a la electrónica académica ha marcado el derrotero de Alejandro Albornoz (también presentado como Mankacen), compositor, improvisador, artista sonoro y visual e investigador que participó en la revitalización de la música electroacústica chilena desde mediados de los años 2000, y junto a compositores como Federico Schumacher y José Miguel Candela, principalmente con la puesta en marcha del festival Ai-Maako. Su ciclo de tres álbumes titulado Fluctuaciones vino a registrar los tiempos en que Albornoz se instaló en forma definitiva entre esa generación de autores de música acusmática.