Si no se siente, no se canta
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Entrevista

Si no se siente, no se canta

Para un conjunto que crece en atención y se apresta a publicar su primer disco, JM y Juanín Navarro resultan dos muy atípicos pilares. Al frente de Los Crack del Puerto, los carismáticos músicos de Valparaíso han venido a conseguir en su tercera edad el aplauso de teatros llenos e incluso citas europeas, luego de décadas en que el canto y la guitarra fuesen para ellos una espontánea afición de encuentro con su comunidad. Repertorio de boleros y valses peruanos, y la sociedad con experimentados instrumentistas distinguen al grupo por técnica y entusiasmo. En vivo, pocos espectáculos chilenos resultan así de encantadores.

Marisol García | 25 de agosto de 2019 Fotos: Marisol García

Si no se siente, no se canta

Se dijo a sí mismo hace pocos años Luis Alberto Gómez, cantante y feriante porteño conocido por todos como JM:

«Si voy a dedicarme a esto, si dejo la feria, me voy a meter de lleno: lo voy a tomar en serio».

Era el más firme propósito que se había impuesto jamás en sus siete décadas de vida. Hasta entonces, pensaba en la música como un desvío de entretención y encuentro, pero no un medio de subsistencia. Cuando el canto cebolla aún se avivaba en el Barrio Puerto con las voces de gente como Jorge Farías y Lalo Escobar, JM escuchaba y aprendía por puro gusto, «sin escándalo, con los amigos. Soy pelusón, pero de la buena onda», describe mientras caminamos por un sector que conoce bien junto al Cerro Polanco. La vida práctica se le ha ido resolviendo sola, asegura, «en bodegas, en matute, en la feria… porque yo me las he rebuscado en todas. Creo en Dios, y Él me ha ayudado mucho».

En la historia de JM es clave la sociedad personal y musical con el guitarrista y también cantante Juan Juanín Navarro, su primo hermano, hombre gentil y de familia consolidada, funcionario (retirado) de Carabineros por más de treinta años y músico autodidacta desde la adolescencia. Él le dio hace mucho el consejo musical más importante de su vida:

«No cantes nunca algo que tú no sientas. Si no lo sientes, no vas a entregar lo que la gente quiere escuchar, y se nota».

Cantores ambos por gusto y afición desde siempre, hacia el año 2010 se asentaron más formalmente en un trío inspirado en Los Panchos (también con Luis Flaco Morales en requinto), para compartir con más constancia un repertorio de boleros y valses peruanos. Se presentaban en bares y cafés de Valparaíso, como El Molinón y el Hesperia, pero también en clubes deportivos, juntas de vecinos y funerales. En paralelo, Juanín Navarro fue invitado como integrante estable a La Isla de la Fantasía, entonces el más contundente conjunto de canto popular en el puerto.

El excepcional carisma que JM y Juanín transmitían cuando estaban juntos en un escenario amplificó rápidamente su audiencia y los puso frente a encuentros de proyección nunca imaginada por ellos. Fue fundamental el cruce con Macha Asenjo, de Chico Trujillo, quien no tardó en sumarlos a shows de El Bloque Depresivo, y que luego gestionó lo necesario para abrirles puertas impensadas: en 2015 en París (Théâtre el Duende), al año siguiente en Buenos Aires y La Plata (Teatro Margarita Xirgu, Café del Árbol, El Teatro), y luego en el Festival Womad UK 2018 de Londres la chispa de Los Crack tuvo vitrina internacional.

La promoción de este último encuentro de world-music los presentó como «los Buena Vista Social Club chilenos». Se precisaba allí, en inglés: «Tras dedicar toda su vida a deleitar a su barrio, ahora el resto del mundo también quiere escucharlos».

—¡¿Cuándo iba yo a pensar estar cantando en un festival en Europa?! ¡Y a la edad que tenemos ahora…! —recapitula JM sobre esa inesperada embajaduría musical porteña—. Es una novedad, una alegría inmensa.

Asiente a su lado, tranquilo, Juanín. Cuando viajó a París, a los 77 años era su primera vez en un avión: «Quién lo iba a decir. Han sido cosas preciosas».

—¿No se asusta uno de cambiar tanto así de tipo de público?
—Es mejor pensarlo como una aventura, como algo entretenido a lo que uno se entrega a ver qué pasa —ilustra JM—. La primera vez pa’ Europa vi que Juanín estaba un poco asustado. Le dije: «Juanín, la muerte está en todos lados. Yo doy gracias a Dios de estar viviendo esto contigo».

Conversamos en Valparaíso, entre los preparativos para su presentación en La Quinta de los Nuñez, donde hace cinco años son banda estable cada almuerzo de domingo, ante una audiencia de niños, adultos con ganas de bailar, y ancianos que vienen a cantar ‘Ódiame’, ‘Con los cinco sentidos’, ‘Amor gitano’ y ‘El gran tirano’. Es un repertorio del recuerdo adaptado por el grupo a un sonido impecable, que pone al frente la voz sentida de JM sin que dejen de lucirse tres guitarras y un sobrio pero contundente aporte en percusión y bronce.

Los Crack del Puerto son hoy un conjunto de ocho integrantes con características de imposible comparación. Sobre el escenario, junto a los dos primos comparten tareas instrumentistas jóvenes, todos ellos de largo oficio y permanentes encargos de colaboración. Desde 2017, el guitarrista porteño Darío Fuentes es director musical de un grupo que también integra en percusión a Christian Coloro Heyer, en guitarra a Manuel Jesús, en teclado a Ángel Calderón, y al bajista León Massicot y el trompetista Mauricio Castillo.

Participaron todos ellos en la grabación del que será el primer disco del grupo, con salida proyectada para noviembre de 2019 y adelantado desde septiembre con un single de vinilo producido por Macha Asenjo.

—¿Cómo ha sido irse tomando de a poco la música como un trabajo?
—No, no: todavía no lo es —responde Juanín.

—¿Cómo?
—Esté dónde esté yo sigo haciendo lo mismo que hice cuando tomé la guitarra por primera vez. Y soy el mismo, también. No cambio.

—La música me la tomé siempre bien en serio —confirma JM—, pero a la vez era una cosa por la que yo…, cómo le explico… no recibía nada. Nada más allá de lo que aspiraba yo: que gustara lo que hacía, y quizás un aplauso. De eso vive uno, al comienzo.

—Ahora son aplausos a teatro lleno.
—JM: Ha sido una cosa de fe. Le he creído al de arriba, al que me enseña, y las cosas han resultado. No pido nada especial, sólo que me traten con respeto. Hay músicos que tienen su genio, pero si me hablan bruscamente no lo dejo pasar, porque yo me crié en la calle. Que no me hablen golpeado, eso pido: si traes un problema de tu casa, no es mi culpa. Lo lindo del grupo ahora es que son todos muy cariñosos, y con esa confianza que le dan a uno sale todo a la pinta. Ellos lo dan todo. No es ese cariño falso, no: de calidad.

—¿Por qué el bolero?
—Juanín: El bolero, para mí, tiene una situación de acercar a las parejas enamoradas o que se van a enamorar. O traerles recuerdos a parejas como la que tenemos con mi señora, 64 años juntos. Tenemos además en Chile algo muy especial, porque de acá son intérpretes como Lucho Gatica.

—Vivió además la mejor época del bolero.
—Claro, y me llenaba. Cuando conocí el vals peruano no lo cambié, sino que lo agregué. Quedó ligado conmigo. Aquí en Valparaíso, hacia el Cerro San Roque había diecisiete quintas de recreo. Y ahí me fui una noche, sin pedirle permiso a nadie, a escuchar a Luis Abanto Morales [uno de los más importantes compositores populares peruanos].

—¿Se considera usted buen guitarrista?
—Yo aprendí mirando. Y la práctica a uno lo mejora, pero si tuviera que aconsejar a alguien, le diría que intentara aprender con pentagrama. He tenido grandes amigos músicos, y no me pongo a su altura… Ahí me doy cuenta de lo que me falta a mí.

—Le faltará, pero es alguien reconocido hoy como músico.
—No, no… Yo no soy músico…

Juanín se calla entonces unos segundos, y comienza luego a mover sus manos para una enternecedora explicación gestual:

«La música la tengo aquí cuando la escucho —dirá primero, tocándose el corazón—. La tengo acá cuando la almaceno [y se toca la cabeza]. Y luego la tengo aquí para que la gente la escuche», cierra, con su mano en la garganta.

Por separado, Juanín hablará de JM como «mi partner». Pero del guitarrista tiene el cantante una descripción aún más afectuosa:

«Somos más hermanos que primos. Yo me crié solo, peluseando en la calle, y de muy niño me arrimé a Juanín. Él ha sido alguien de una enorme paciencia conmigo, en todo sentido».

Ya a los 11 años, JM era un huérfano arrojado a las lecciones de la calle y la pobreza. El atropello de un camión lo había dejado con un injerto en la pierna desde los 7, aunque pese a eso destacaba en el fútbol. «Estuve en infantil de Wanderers, y en infantil de Everton. Jugaba de 8 —dirá con orgullo—. Los niños paltones llegaban a entrenar con leche con plátano, pasteles… yo sacaba la lengua, nomás. Me saboreaba mirando».

El apego a la familia de su primo-hermano mayor lo fue acercando al canto. En la casa de los Navarro, Juanín animaba desde joven guitarreos espontáneos con amigos, «y yo llegaba y me sentaba a escucharlos. Ni en la escuela ponía tanta atención».

—Juanín llegaba vestido de carabinero, se sacaba el uniforme y ¡a cantar!. A veces yo no tenía muchas ganas, pero él insistía: «Ya, un ratito…». A la casa llegaban guitarristas fabulosos, así es que me tenía que sumar. Cuando me aburría, partía a jugar fútbol.

—Ésa fue su escuela en la música.
—Fue una cosa así sin planes. Yo era un niño muy vagabundo. La gente me compara con Jorge Farías, y yo creo que después de él estoy yo, pero no tanto en el canto, sino que en la vagabundez. Desde los 13 años, donde pudiera me iba a escuchar. Vi a [los tangueros argentinos] Miguel Caló, a Alfredo de Angelis. A veces mis amigos me invitaban a jugar a la pelota, y yo prefería meterme en algún festival. Vi a Facundo Cabral, a Alberto Cortez en el Municipal. Me di ese gusto. Me gustaba Raphael, también.

 

«Desde niño me gustó cantar / fue la calle mi universidad […] / Puerto lindo que me cobijó, / en tus cerros se pulió mi voz», dice un bolero que con esas historias de recuerdos le compuso especialmente Coloro Heyer, su compañero de grupo:

Vivir cantando es saber vivir.
Soñar despierto, una bendición.
Una guitarra y un buen cajón:
soñar, bailar, reír.

[…] En el barrio que me vio nacer
vi la vida y la salí a buscar.
Fui pelusa pero aprendí,
y así fui lo que fui.

Soy un hombre agradecido
de la gente que me dio su amor,
de este pueblo que me hizo cantor.
¡Porteño, sí señor!

 

—¿Cuál cree que es su estilo en el canto?
—Yo sé que la voz es mía-mía: no le imito a nadie. No le tengo miedo a probar canciones nuevas, las puedo aprender rápido. No soy de oído cerrado.

—También tiene un estilo en el escenario. Se mueve con mucha gracia, todos están atentos.
—De pelusa, po’. De cómo siempre he sido, nomás. Juanín me ha enseñado que en cualquier lado tengo que pararme; que si tengo personalidad, entonces que corra. De repente sentí un poco los nervios cuando nos invitaron a Francia, no sabía cómo lo iban a tomar. Pero después ya entré en confianza y… es lo mismo que acá, nomás. Y no me la creo en el sentido de sobresalir: he sido siempre el mismo. Esto de dar entrevistas, de hablar de mí, de mandarme las partes… no va conmigo. La gente me quiere por eso: estoy con los pies bien puestos sobre la tierra, no me ando agrandando.

—Decía que dedicarse en serio a la música fue para ustede una decisión.
—Claro, pero cuando entré a la música de lleno… uf, caí como anillo al dedo. En la Quinta me quieren mucho, y entonces yo tengo que devolverlo. Me he puesto responsable, hice caso. Puedo estar con gente de mi edad, centradita, tomando té, tranquilo. Ya tengo nietos, miro la vida de otra manera. Y hasta aquí me ha resultado. Cantando me he sabido mantener sin salirme del libreto de lo que soy yo.

 

Los Crack del Puerto en vivo | Santiago:

Miércoles  4 de septiembre, 21 h.
Café Palermo (Infante 1414, Barrio Italia, Providencia).
reservas al +569 9734 9070