Nicolás Vera es un nombre referencial entre la generación del jazz chileno comtemporáneo surgido en la década de los 2000, aquella que consolidó la idea de la autogestión, multiplicó el repertorio original y movió varios límites de la música de jazz más allá de lo que hasta entonces se entendía como jazz. Fue sidemen, luego compositor y líder de bandas y finalmente un experimentador de la música a través de tecnologías y un trabajo cada vez más determinante al interior del estudio de grabación como espacio de creación. En ese sentido, Nicolás Vera se ubicó en una posición que superó lo estrictamente escénico y performático como intérprete. Nacido en una ciudad tan musical como Concepción, su trabajo en la capital generó una discografía propia que nunca detuvo su frecuencia de ediciones en distintos formatos, lenguajes y propuestas, y que además Vera canalizó mediante de sellos discográficos en los que tuvo distintos roles: Discos Pendiente, Aconcagua Records y TMPRMNTL.
De todos los bateristas de jazz que se iniciaron en los '90, posiblemente el de mayor ductibilidad haya sido Andrés Andy Baeza. Su nombre se reparte en un abanico muy abierto: Desde el pop y el jazz-rock de sus inicios, pasando por la percusión docta, hasta la profundización de los lenguajes del bop moderno y la improvisación libre. Baeza fue un pivote de su generación.
Guitarrista de versatilidad formativa y polivalencia en los escenarios, Cristóbal Menares —hermano mayor del contrabajista Pablo Menares— ha sido principalmente un sideman en el campo del jazz, desde lo tradicional a lo contemporáneo, y un investigador de las dimensiones de la guitarra, que lo ha llevado a incursionar desde el avant-garde hasta el folclor.
Transversalmente a la sucesión de estilos y décadas de tránsito en la música popular chilena está un baterista como Pedro Greene. Un solista que fue desde la versión adolescente de los Blops hasta la madurez de La Marraqueta, engrosando en su bitácora una múltiple militancia en proyectos abiertos, con participación en ensambles experimentales europeos y activa presencia entre los músicos nacionales de la generación del toque de queda que subieron el volumen a la música de los '70 y '80.
Una de las personalidades más relevantes en una equidistancia que existió entre la música docta y la música popular fue el percusionista, compositor, arreglador, director orquestal, académico y educador Guillermo Rifo. Su propia historia cruza parte de la historia de la música chilena a desde mediados de los años ’60, con una participación de 30 años en la Orquesta Sinfónica de Chile, una categoría como compositor docto y solista de música contemporánea para percusiones. Además se le considera el primer vibrafonista del jazz chileno y fue impulsor de agrupaciones camerísticas de fusión como Aquila (1973), Sexteto Hindemith 76 (1975) y Latinomusicaviva (1978). El musicólogo Juan Pablo González lo considera "un músico para la ciudad de Santiago", por su cualidad de representar ese paisaje urbano a través composiciones como "Puente del Arzobispo", "Providencia al mediodía", "El cerro San Cristóbal" y "Santiago de noche". Guillermo Rifo murió a los 76 años, en enero de 2022.