«Fiskales me hace bien»
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Entrevista

«Fiskales me hace bien»

Cuando la banda que formaste antes de los 20 te acompaña por las siguientes tres décadas o más, su propósito se vuelve como una extensión de tus propias opciones de vida y mirada sobre el país. Hace unos años, Roli Urzúa se alejó de Fiskales Ad-Hok e incluso se mudó de ciudad, más de mil kilómetros al sur. Pero había ideas en marcha, conversaciones pendientes y un disco que defender. La fuerza de El flagelo, de próxima aparición, lo tiene convencido a él y a sus compañeros: «Tocamos con mucha pasión. Los temas a veces se te impregnan, te hacen pensar mientras los tocas —cuenta en esta entrevista el bajista y compositor del más referencial grupo punk nacido en Chile—. Por eso, te digo: no es que nosotros le pongamos a Fiskales; Fiskales nos pone a nosotros».

Marisol García | 22 de junio de 2019 Fotos: Marisol García

«Fiskales me hace bien»

La vida adulta tiene sus conquistas y pérdidas, sus desvíos y la consolidación de intereses que en la juventud sólo avanzan por curiosidad. Le sucede también a un músico al que el recorrido de la canción chilena ha ubicado como referente punk. Se ve uno hablando sobre técnicas de siembra, cursos del viento y sistemas de riego con el bajista y compositor Roli Urzúa porque el cofundador de Fiskales Ad-Hok es hoy, a treinta y dos años de su largada junto al grupo, un hombre que cuida un orden de vida en el que la disidencia es motor de opciones personales que en su caso mantienen al rock, la crianza y la vida en el campo como brazos de un mismo manifiesto.

Roli es un músico que no puede entender a Fiskales sino como un proyecto de vida, en el que metas y prácticas de trabajo se confunden con el cobijo afectuoso que ese núcleo de amigos le ha ofrecido como resistencia a la rutina obediente y productiva de casi toda su generación.

«La transición entre lo que tú querís hacer, lo que especulas cuando eres joven, y lo que al final puede resultar cuando no tienes un respaldo emocional o de convicciones, muchas veces lleva a que la máquina termine por comerte», cree Rubén Roli Urzúa, y habla con la convicción empírica del que vive y observa la deriva del Chile reciente:

—Vivo de una forma muy particular, sí. Trabajo pero no me esclavizo, me gusta estar en mi casa, desarrollar mis cosas, hacerlas bien. La plata está para la familia, yo he aprendido a no necesitarla. Hay gente que podrá preguntarse: «¿Y seguís así, a los 52 años?». Y sí, po’: así me gusta. Veo a algunos muy aproblemados por plata aunque ganen cuatro veces más que yo. Mis problemas no van por ahí, sino por otro lado. Añoro poder irme al campo, ahí quiero terminar. Soy hijo de campesino y siempre he querido dominar bien la tierra.

—En una banda de rock con más de treinta años de trabajo, esos son valores compartidos que ya no es necesario explicar.
—Claaaro. Por eso es tan bacán apoyarse con los amigos. Y eso no quita que yo sea mañoso, que no tenga paciencia con ciertas cosas porque… mi adolescencia la tengo todavía muy presente, las crisis en las que yo estaba, las cosas a las que me resistía. Pero un día, hace no sé cuántos años, a estos weones yo los vi pasar por la vereda del frente e intuí que éramos parecidos y que íbamos a tener muchas cosas en común.

Desde ahí puede entenderse el compromiso de tres décadas de Roli con Fiskales Ad-Hok, interrumpido sólo en 2015 por un tiempo que pudo ser permanente pero que se extendió por no más de veinte meses. Llegó a hablarse en público, incluso, del fin del grupo. Pero ahora hay single en circulación (‘El canto’), disco por venir en primavera, Flagelo, y marcha de recuperación completa y convencida. De sus compañeros, el bajista habla como de amigos, unidos por historias de convivencia y lazos más firmes que las circunstancias.

—Pasó que yo no me llevaba bien con alguien que trabajaba con la banda, pero ése era yo: los chicos no. Y además estaba en cosas personales que me hacían hace rato querer irme al sur. Y me fui.

—A Puerto Varas, ¿no?
—A las afueras de Puerto Varas. A los pies del [volcán] Calbuco. Puerto Varas, no: lo odio [sonríe]. Los chicos me pidieron cumplir con unos últimos compromisos. Se venía lo de los treinta años, y ya… venía para algunas tocatas grandes; en las chicas, alguien me reemplazaba. Pero con el paso del tiempo la historia me dio la razón: esta persona se fue… y me empecé a involucrar mucho más con los chicos. Y el disco estaba ahí, ya grabado. Mostrar eso me embaló.

«Estaba ese abismo entre mi postura y la de Fiskales: ése era nuestro flagelo», explicó Roli Urzúa en una entrevista hace meses en torno al conflicto interno que desató el trato con un ex manager. Pero hoy las fuerzas tienen una mejor distracción: mostrar a partir de septiembre el primero disco del grupo en diez años, con composiciones nuevas y una división de trabajo que ha dejado al bajista como principal compositor.

«También sé que en la banda somos todos muy diferentes. Todavía hay cosas en las que no les encuentro razón pero ya no nos agarramos a combos por eso como antes [sonríe]. Aprendes a ser más tolerante, a convivir con los antagonismos que siempre habrá entre nosotros, a no imponer tus cosas como cabro chico. Aprendes que esas diferencias te hacen descubrir otro montón de cosas. En todo equipo hay diferentes mentes que se comprometen en objetivos en común, y eso se respeta».

—¿Algo así como ver a la banda como un «bien mayor»?
—No, no: no es la banda; erís tú. Fiskales me hace bien a mí, ¿cachai?, no es que yo le haga bien a Fiskales. Y creo que a todos nos hace bien, por eso le damos tiempo.

—¿Cómo les hace bien Fiskales?
—Nos conecta con la parte más honesta de nosotros. Con la más estúpida, también: vieras las huevadas que hablamos. Que el Pelado [Álvaro España] te diga algo en serio, cuesta mucho; está todo el rato en talla. Y ahí está el Memo [Barahona, baterista] con su humor de chistes cortos y sus berrinches. La seriedad de Jaime [Alarcón, guitarra], a quien le decimos Terminator. El Pollito [Álvaro Salazar, guitarra], que es un volado… [se ríe]. Creo que todos nos cargamos con la banda. Tocamos con mucha pasión, los temas a veces se te impregnan, te hacen pensar mientras los tocas. Por eso te digo: no es que nosotros le pongamos a Fiskales; Fiskales nos pone a nosotros.

—Es potente el título del disco por venir: El flagelo. Puede ser un diagnóstico social o quizás qué.
—Ahí vas a ver.

—Son casi todos temas nuevos. ‘El canto’ es un muy buen adelanto y deja ganas de más.
—Es que si no hay temas nuevos, la verdad es que no me vale la pena. Vivir de los recuerdos lo veo patético, sería como sentarse a contar historias. Pero si hay un riff hay una idea, y sale otra cosa, y se activa una dinámica que me gusta, que mantiene las cosas andando.

—No son tuyas las letras…
—¡No! Yo nunca me meto en las letras. Ahí está el Pelao, que demora los temas porque si está feliz no funciona [sonríe].



No hubo declaraciones de la banda luego de que, en marzo pasado, su presentación de domingo en Lollapalooza-Chile giró inesperadamente a un escándalo político: sin planearlo, con las proyecciones visuales de Tomás Ives en el escenario del show de Fiskales Ad-Hok en el Parque O’Higgins volvían los matinales a tener alpiste, y el candidato Kast a encontrar otra conveniente vitrina de victimización.

«Me gustó lo que luego comentó [Mauricio] Redolés —sonríe Roli—: ‘Parece que la derecha acaba de darse cuenta de que el punk existe en Chile desde el año ’84’».

—Ustedes no quisieron comentar nada en público.
—¿Pero es que qué quieres que te diga de algo así? ¡Si ahí hicimos lo que siempre hemos hecho! No le dimos ninguna importancia a la que se armó. Nos sonaba más bien a que nos tenían como material para distraer de otra cosa más grave, quién sabe.

—Tampoco están para comenzar a explicar qué es el punk.
—[se ríe] ¡Imagínate! ¡A estas alturas de la vida, a punto de colgar los instrumentos!

Muchas veces la organización de Lollapalooza-Chile contactó a Fiskales Ad-Hok para sumarlos a su vistoso cartel. La novena edición del festival le ofrecía al grupo una plataforma con condiciones que esta vez les parecieron óptimas, y no tanto por el pago:

«Para mí estuvo genial tocar temprano —comenta Roli sobre ese turno otoñal alrededor de la 1 de la tarde—. Toqué, comí rico, regalé mi credencial, y me fui. Estuvo bien, fue un buen show, pero tampoco fue más especial que eso. Tampoco nos hicimos millonarios, fue una mierda de plata al lado de la de las otras bandas. Pero íbamos a otra cosa».

—Con vitrinas como ésas resurgen voces de resistencia hacia decisiones de la banda, críticas… imagino que es algo para lo que ya no tienen interés.
—¡Nos han tratado tantas veces de vendidos…! De traidores, de todo. Y es lógico: para lo que hacemos, tiene que haber antagonismo. Muchas veces hubo escenas anti-Fiskales. La primera, en los ’90, con los hardcore, los straight-edge, que estaban en contra de muchas cosas nuestras. Una vez vi a uno de ellos con una polera que decía: «FISKALES VENDIÓ AL PUNK». Pero era una escena valorable, iban a nuestros conciertos, criticaban, y tenían weás que decir. Aprendimos de ellos y ellos aprendieron de nosotros. Fue súper constructivo. Y pasa el tiempo, y algunos de ellos ahora son amigos.

—La atención hacia las opiniones y letras de la banda no ha decaído desde que partieron. No a muchos grupos les pasa eso.
—Siempre hemos sido política de esquina y siempre va a estar la disposición a sentarse en la cuneta y hablar. Fiskales nació puntualmente contra los militares pero todavía tiene mucho tema al frente. Esto de pasar con pena por fuera del Instituto Nacional, porque en el fondo es algo hecho a propósito para hacer mierda la educación pública, que nunca les ha importado. O mira los medios: estoy seguro de que son parte del plan.

—«El canto se llamaba traición», repite un verso de ‘El canto’. Se alude al país, claramente.
—Mira, la única vez que yo confié en Chile fue la vez que voté.

—¿Cuándo?
—Pa’l Sí y el No. Y quedé decepcionado a los cinco meses porque vi lo que iba a pasar. Vi cómo todo se iba a convertir en un gran mall, que es en lo que estamos ahora por el acuerdo de todos, porque esto no ha sido sólo culpa de la derecha. Pero tampoco vamos a andar opinando de cada cosa, discutiendo por Twitter…, qué vergüenza. Habrá cosas que no me llegan… No me gusta el reggaetón, pero ahí está: mi hijo me muestra temas de trap, y, bueno, yo escucho, no me voy a hacer atado por eso. Prefiero el silencio, la verdad. Prefiero el campo.