Fernando Milagros: La energía del desacomodo
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Entrevista

Fernando Milagros: La energía del desacomodo

Un recuento justo debiese ubicar a Milagros muy arriba entre los mejores discos eléctricos del año en Chile. Su autor, sin embargo, dice que no espera ni ansía distinciones mayores. Decidido a orientarse por sus búsquedas, curtido por cierta predecible ingratitud chilena, cree que no puede medir su avance en la música a partir de que todo se vuelva más fácil que en sus inicios: «Tengo distancia con la comodidad, no me interesa; y creo que no es ésa la misión de un artista. Al contrario». Si hay un concepto clave en el trabajo que hoy anima a Fernando Milagros no es el de conquista sino, más bien, el de «descolonización» cultural.

Marisol García | 30 de noviembre de 2017 Fotos: Jaime Valenzuela

Fernando Milagros: La energía del desacomodo

Los viajes para los músicos suelen tener ritmo de trabajo y brújula promocional, pero intuye uno que en el caso de Fernando Milagros (Talcahuano, 1980) esos traslados han supuesto sobre todo una ampliación de referentes y colaboradores que no cesa de enriquecer su cantautoría. Es algo evidente en sus discos, ensanchados a lo largo de diez años en seis títulos solistas —además de varias asociaciones de conjunto, como integrante o productor (un par de ellas de próximo debut)— que sostienen con cada vez más firmeza una voz de inflexiones propias y contenidos escogidos, no sólo heredados.

Su publicación 2017, Milagros, se levanta entre lo mejor en canción eléctrica chilena del año. Si algo prueba, es que entre el rasgueo austero y canto lánguido de Vacaciones en el patio de mi casa (2007) y las ideas de quiebres e integración de timbres de sus nuevas canciones hay un músico innegablemente más imaginativo y enfático.

«No tan de rock tradicional», lo sintetiza él, sencillamente.

Es un descarte elocuente de una dirección de ascenso.

Suena en todo Milagros una convocatoria asociable a lo latinoamericano, en un sentido de impulso colectivo y desprejuicio. Aunque la guía es la de las cuerdas, la percusión y la voz, hay canciones junto a una banda colombiana (Diamante Eléctrico), una mexicana (The Chamanas) y otra peruana (Kanaku y El Tigre) que aportan colores vívidos e inquietudes propias. El gesto es más confiable que un simple saludo de citas internaciones:

—Me han preguntado: «¿qué ritmos folclóricos trabajas en tu disco?». Bueno, en verdad, ninguno [sonríe]. No soy muy amigo del purismo en la música ni me interesa para nada seguir pistas que ya están armadas (mi escuela es autodidacta, cosa que agradezco). Entonces, si tengo que referirme a una presencia de lo latinoamericano lo defino más como una sensación.

—Has hablado, sí, de estar haciendo un «folclor bastardo».
—Lo popular, la tradición del folclor, me gusta mucho, pero creo que sí o sí hay que mestizarlo, mezclarlo, renovarlo… y transformarlo en otra cosa. Porque si no, como pasa con todas las disciplinas, se queda en un museo. Si hablo de «folclor bastardo» es en el sentido de tomar la tradición y permitirse faltarle el respeto.

—No serías el primero en querer llevar ritmos tradicionales a otros lugares, pero en tu disco no aparece ese cuoteo de géneros que muchas veces muestra que el interés de algunos cantautores por la raíz no pasa de ejercicios de estilo.
—No soy estudioso, nunca lo he sido [sonríe], pero me es inevitable llegar a la música y querer ahondar. Lo que en este momento me interesa no es hacer homenajes sino crear música nueva a partir de raíces. A mi modo de ver, la única manera de instalar un discurso propio, de orgullo sobre las raíces y de identidad frente al público, es pervirtiendo y dando vueltas los conceptos y haciendo otra cazuela. Es un modo, también, de que el folclor sobreviva.

Como muchos de quienes crecimos en Chile en los años ochenta, para Fernando Milagros el gusto por la música en castellano fue un proceso de recelo y entrega, desconfianza y seducción. Según él, el prejuicio inicial contra la canción en nuestro idioma lo acostumbró a fijarse en la música «sin prestarles atención a las letras», como si éstas no importaran. Un padrastro particularmente melómano (incluso tenía un puesto de venta de vinilos en Santiago) lo acercó de niño a una colección privilegiada de grabaciones—«millones de cassettes; marca Amiga, recuerdo»— que lo llevó al cruce entre épocas y géneros como una dinámica de audición natural.

Fue, dice, su encuentro con las melodías. Mucho más tarde vendría la atención al castellano y las palabras, incluso en ritmos lejanos a su interés hasta entonces. En Milagros, las referencias a las relaciones de pareja son excepciones. Impulsan más bien estos nuevos versos revisiones colectivas y existenciales, elocuentes de las actuales inquietudes y prioridades de su autor: el autoconocimiento, las lecciones tomadas del error, lo que en la vida se pierde y merecidamente se gana.

—Si piensas en los textos de la cantautoría chilena de más alto nivel, ¿qué es lo que más te gusta?
—Más que nada la actitud. Si pienso en Violeta Parra, es precisamente eso: una actitud capaz de, con muy pocos elementos, crearte todo un universo (y que es lo contrario de los miles de homenajes que se le hicieron este año poniéndole mil violines y challa, y que no hacen más que borrar toda esa actitud, a mi juicio). Hay discos que te dejan la impresión de que toman la música como un medio para transmitir algo mayor, una sensación, una manera de pararse. Pienso en un modo de maduración.

—¿Crees que puede haber ventajas al cantar en castellano con códigos aprendidos del Primer Mundo?
—Soy un profundo defensor del español, que estoy convencido es una lengua mucho más profunda, llena de pliegues y más rica que el inglés. Y ahí hay mucho por hacer en la música. Debajo de todo lo que hago creo que está el concepto de descolonización, y con eso me refiero a la colonización que sufrimos todos los días, no sólo a través de la música. Los gringos han sido los más hábiles en vendernos su cultura, y pienso que se puede intentar doblarles la mano a través de sus mismos medios, pero desde nuestros barrios, con nuestros errores y con nuestra estética. Y hacerlo interesante, no desde un hippismo pachamámico… [sonríe].

Entre las doce nuevas canciones de Milagros, la vehemente “Marcha de las cadenas” sobresale como una poderosa composición política, en el mejor sentido de la tradición de denuncia enarbolada desde un repique rock («cae la noche junto a máscaras y velos que no nos dejaron ver»). Consigue la inusual conquista de impulsar la furia hacia un lugar de inteligente advertencia, como si el autor y los suyos fueran un ejército atento al avance del enemigo:

No podrán, no podrán:
detener la lluvia, no podrán.
No podrán, no podrán:
apagar el canto, no podrán.

—Puede ser pretencioso en estos tiempos confiarse en la canción política: no vas a cambiar nada. Sí, a lo mejor, consigues que un cabro se haga un par de preguntas… y eso ya es lograr algo —revisa Milagros sobre la factura de una de las pocas composiciones de este año en el país con el impulso de un himno—. Es algo que me cuestiono. Quizás hoy hay otros tipos de comunicación. Está bien quejarse, pero es mejor hacer.

—«Yo me pregunto cuántos días te quedarán para seguir viendo todo a través de los ojos de mamá». ¿A quién le cantas?
—Ya me cae mal la gente que hace la vista gorda de las cosas. Es demasiado evidente que hay muchos castillos que están cayéndose pero todos miran para el otro lado, es muy raro. Es cosa de meterse a Ciper y leer. Hay como una energía que hace que hoy se estén destapando ollas, que haya cosas disolviéndose.

—Es un disco con la energía del enojo.
—¡Sí! Es bien angry [sonríe]. Hay algo de soltar, de sanar, de sacarse las malas ondas. Funciona muy bien en vivo. Tengo distancia con la comodidad, no me interesa; y creo que no es ésa la misión de un artista. Al contrario: hay que ir adelante, no adaptarse a lo que ya está ni ver lo que funciona para ponerte en la fila.

—Eso tiene costos.
—Claro, pero no puedo detenerme a pensar por qué no me incluyen en grandes actividades, ni en notas de prensa ni en premios… no puedo estar pendiente de esas cosas. No estar en modas ni en olas hace que tu trabajo tenga luz propia. Quizás estoy trabajando para más largo plazo. Ya sé que no soy monedita de oro, y no me interesa ser niño símbolo de nada.

—Tu primera promoción para Milagros fue en Colombia. Hubo notas allá adelantando el disco incluso desde el año pasado.
—Sí, a Colombia creo que voy desde 2014, al menos una vez por año, y hay interés de medios y gente de radios siempre muy enterada de qué estoy sacando. Bueno… por lo general, la recepción es mejor afuera que acá.

—Qué fome, ¿no?
—No me quita el sueño. Acá en Chile dan como por hechas las cosas; todo se valora en términos de seguidores y de plata, y qué le voy a hacer. Chile es súper ingrato, yo ya medio tiré la esponja. Tengo fe en que el camino que elegí es el correcto. Y la gente también me da un feedback que lo prueba. Ver desde el escenario a personas escuchándote, hacer canciones que te das cuenta que llegan mucho… es alimento para uno. Ver que las opciones que uno toma te retribuyen es súper reconfortante.

—Hablaste alguna vez de tu composición como «canciones de cocción lenta».
—Sí, me pasa que muchas canciones… ni yo las puedo entender a la primera. A veces me llama la atención algo mío cuando lo escucho en la radio, tres años después [sonríe]. Hay que probar y achuntarle o equivocarse. El error es maravilloso, de todos modos. Si le tenemos miedo a equivocarnos… uf, entonces mejor dejamos la música a cargo de la Inteligencia Artificial.

Fernando cree que, en parte, el sonido firme de su disco de este año se explica «porque estoy menos solo que antes». Hay más colaboradores cerca suyo para la organización del trabajo y los conciertos, «y de a poco vamos aprendiendo cómo comunicarnos y hacer calzar las piezas. Es un barco grande, aunque tampoco tanto como para no saber a dónde va». Su banda en vivo la conforman hoy Alejandro Gatta (batería), Diego Perinetti (bajo), Martín Benavides (percusión y teclados) y Yanara Zarhi (coros). Durante el año podrían conocerse tanto sus nuevos encargos de producción como sus grabaciones junto a Cristóbal Carvajal (en el dúo Los Pájaros) y el cuarteto en conformación de música para niños que debutará en Kidzapalooza (Laguna y El Río).

Es entendible que al ahondar en esa dinámica de creación colectiva recurra a palabras prestadas del trabajo teatral. Cuando debutó con Vacaciones en el patio de mi casa, Milagros era un cantautor ya adulto que venía ocupándose hasta entonces en el diseño teatral, el oficio que aprendió con estudios en la Universidad de Chile y que ejerció sobre todo junto a la compañía Teatro de Chile (por años, fue un músico infiltrado entre actores, parte de un grupo de trabajo desafiante y alabado en obras como Prat, Juana y Rey Planta).

Como en el de una compañía, hay en el trabajo de una banda una jerarquía que exige una dirección:

—Tienes que tomar decisiones todo el tiempo: dónde, cuándo, cómo, por qué sí por qué no —explica.

—Éste es tu primer disco autoproducido.
—Sí. No era el plan original, pero en un momento Cristián [Heyne] me habló de que estaba con más pega de la que imaginaba, y que sentía que yo podía ir con esto solo. «Siento que tienes las ideas súper claras, que has producido discos de otras personas… ¿por qué no produces el disco tú?». Lejos de tomármela a mal sentí que me entregaba la confianza, y que sí podía seguir solo.

A solas, también, Fernando Milagros enfrenta ahora la más inusual perspectiva de viaje. Invitado por el Instituto Chileno-Antártico, tomará la segunda semana de diciembre un barco hacia el territorio nacional del Polo Sur. Él, su guitarra y sus guantes, como parte de una delegación oficial también con investigadores y científicos a bordo.

Los organizadores del viaje ya habían tomado “Un espíritu” como tema principal del proyecto Antartikanos (INACH-Corfo). Y aunque esa canción de Milagros habla de fiesta, llamas, fogones y otras imágenes lejanas al hielo, instala en su canto una idea poderosa, acaso universal:

Un espíritu anda en el aire,
se pasea por las cabezas
Y me trajo una certeza
y también una canción.

Un espíritu me dio la mano,
me llevó a lo más profundo.
Abajo, a lo más oscuro,
y me dijo: éste soy yo.

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