Andrea Andreu, raíz que se eleva
Foto: Marisa Niño y Carlos Cadenas.
Entrevista

Andrea Andreu, raíz que se eleva


El cruce desde una fase de estudio e interpretación a otra de propuesta creativa y coordinación de un equipo es la principal conquista en Raíz, el primer disco de Andrea Andreu con una mayoría de composiciones propias. La autora e investigadora ha sido una estudiante de rigor, dispuesta a rendirle tributo fidedigno a la tradición musical chilena. Hoy, asegura, prima en su música la libertad. También frente al conservadurismo folclórico y el Chile de venta postal.

Marisol García | 11 de enero de 2018 Fotos: Marisa Niño y Carlos Cadenas.

Andrea Andreu, raíz que se eleva

Andrea Andreu le llama «la decisión» al giro voluntario que hace ocho años le dio a su rutina y al énfasis que sus prioridades tuvieron para ella de ahí en adelante. En una improbable novela inspirada en su biografía, ese hito iría escrito en mayúsculas, separando las dos partes sustanciales del libro; quizás impreso en una portadilla entre filigranas elegantes.

«La Decisión» la convirtió en la autora que hoy es, con peculiares rasgos como tal y el compromiso que mantener aquello le exige. Explica, también, en gran parte el trayecto hacia su nuevo disco, Raíz.

Completaba Andrea para 2010 siete años de clases en diversos colegios de Santiago. Era, recuerda, una rutina estresante, en la que fue comprobando con frustración su imposibilidad de aportar con cambios sustanciales al entorno educativo. El llamado de la música fue de pronto más imperativo que el que había querido escuchar hasta entonces:

—Las ganas de cantar, tocar guitarra y componer no estuvieron nunca en duda para mí. Pero en ese momento me comprometí de otro modo con esa pasión, y entonces algo me agarró y no me soltó más.

Para entonces Andrea Andreu (n.1980, Santiago) había desarrollado con entusiasmo su afición por el canto chileno a un ritmo aventajado, primero por directa influencia de sus padres, ambos cultores en conjuntos de proyección folclórica; y más tarde en grupos a los que se integró como intérprete en voz y/o guitarra. Rigurosa en el estudio, tenía ya títulos de Licenciada en Teoría de la Música (U. de Chile) y Licenciada y Profesora de Educación Musical (U. Mayor), además de lecciones de técnica vocal en la U. ARCIS y el Taller de Músics de Barcelona (más tarde, iba a sumarle un Magister en Música con mención en Cultura Tradicional). Margot Loyola, la Premio Nacional de Artes Musicales 1994, era tan cercana a su familia, que por años Andrea se refirió a ella como «la tía Margot». Por años frecuentó  su casa para obtener lecciones de primera fuente.

—No era que yo asumiera de pronto una vocación en la música, porque eso ya estaba en mí desde siempre —precisa—. Desde que tengo memoria creo que he ido bordando el camino que yo iba a transitar en el canto. Pero fue importante comenzar en un momento a verme en un trabajo profesional, comprometido, incluso sabiendo que mi opción iba a tener varios costos, pues la música que elegía no era la más rentable. Es folclor, es canto popular chileno. Tuve la convicción de que era una necesidad personal, y que no podía hacer otra cosa que no fuese eso.

Lo dice sin solemnidades, pese a que fue un giro ya sin vuelta atrás.



La nueva etapa en el trabajo musical de Andrea Andreu no ha sido por eso sólo un cambio en la distribución de tiempos y en el armado diario de encuentros y ensayos. Afirmarse en la creación implicó, también, comenzar a lidiar con su expresión particular de autora:

—En un principio, yo sola me ponía límites que nadie me pedía. El trabajo con música tradicional te lleva a interpretar de manera fidedigna, tal como se aprendió y se traspasó. Por eso me autoimponía crear desde formatos reconocibles: «Esto es de mi autoría pero es… una tonada», o «ésta es mi creación, y es un vals». Por un lado estaba la duda de por dónde enfocarme y, por otro, quería respetar las directrices aprendidas de la escuela de Margot Loyola.

—¿Y?
—Me di cuenta que es una lesera. De partida, Margot Loyola era mucho más abierta a la creación de lo que pueda pensarse, y mucho menos purista que alguna gente de su entorno. Al ponerme esos límites, vi que yo misma estaba impidiendo que me salieran ideas como autora. Cuando me junto con amigos, canto y escucho muchas cosas: me gusta el jazz, me gustan Marta Gómez, Silvia Pérez Cruz… Era cosa de reconocerlo.

Andrea marca entonces otro giro cronológico en su desarrollo musical; un nuevo capítulo de esa improbable novela biográfica:

—Entonces, me liberé —define—. Dije: voy a ver qué sale. Y me largué.

Lo que ha salido de la Andrea Andreu autora está, hasta ahora, registrado en dos discos, aunque es el más reciente, Raíz (2017), en el que más definidamente aparece su voz propia. Si en Legado (2012, Alerce) la creadora e intérprete se concentró, sobre todo, en el repertorio tradicional que aprendió por directa transmisión de Margot Loyola (sólo cuatro de los catorce títulos incluidos son de su autoría), en su nuevo disco la proporción entre autoría y cita tradicional es de 13 a 1.

Raíz es, entre otras cosas, el disco de una creadora. Son canciones personales, levantadas con su voz y guitarra en afinación traspuesta, y de muy fina producción de arreglos (piano, percusiones, arpa, saxofón). Los versos y ritmos acogen la fusión, como saliendo al encuentro de un país agitado y en marcha.

«Intimidante, no, porque responde a una necesidad. Desafiante, sí», sopesa la autora sobre el esfuerzo de un trabajo que preparó a la largo de cuatro años, que la exigió también en la búsqueda de financiamiento (recién la cuarta postulación le dio un Fondo de la Música), y que la puso al frente de la convocatoria de un equipo de trabajo, la coordinación de un conjunto de músicos e incluso lo de asumirse en la coproducción en estudio (junto a Patricio Toledo-Creus).

—Lo realmente desafiante en la creación es decidir a desnudarse y mostrarse con lo que hay dentro de uno. Es decir: ésta es la forma que tengo de componer, de cantar, de convocar, de dirigir. Desde la creación me he largado mucho a la emocionalidad. No hay nada tan intelectualizado. Me siento todavía dentro de un proceso, y me gustaría ir viendo qué efecto tienen estas primeras canciones, a ver si acaso identifican también a otras personas.

—Una de las cosas llamativas del disco es el viaje entre sonidos. Ésta es música chilena, aunque no puramente tributaria al folclor del valle central. Hay tonadas y cuecas, pero también sonidos nortinos, un vals peruano y hasta un jazz (“El viaje”). A veces, hay varias citas que se encuentran en una misma canción.
—Hay aires frescos en el disco. Sonidos que vienen de otros lados; de cosas que escucho, que entran, se encuentran con la raíz, y se van. Y ésa no fue una intención de producción; es cómo yo soy en lo musical. Yo estoy desprejuiciada totalmente. Hoy para mí, por un lado está la decisión de no ponerse límites pero también está la idea de no forzarse a hacer algo distinto. La pauta es ir a lo que salga. Nada más.

¿No hay algo en el disco que sientas ajeno? Es una pregunta prejuiciada, pero en “Tarapacá” y “Colores de feria”, por ejemplo, hay citas a la música andina.
—¡Pero si yo soy de Santiago! Aquí es todo y es nada. Cuando me di cuenta de eso vi que tengo libertad total. Por eso el disco se llama Raíz: por mucha libertad que haya en el disco, es difícil que ese cauce de raíz me lo saquen.

Hubo una vez en que Andrea Andreu enfrentó una crítica descolocante: «Tú no puedes tocar guitarra traspuesta, porque eres de Santiago», le dijeron. La frase era una forma de discriminación más o menos representativa del trato de algunos sectores con la oralidad y el folclor, donde se limita el diálogo según dónde se ubique el interlocutor interesado. La cantautora dice que esa frase excluyente primero la sorprendió y luego la puso a pensar desde otros lugares sobre su trabajo. Hoy la agradece:

—Me hizo cuestionar lo que hago y por qué. Hay una idea instalada que asocia la identidad a las regiones, a los pueblos, a localidades, que mientras más chiquititas y más lejanas, y menos tele y radio tengan… ¡más tradicionales y folclóricas son! [sonríe]. Pero por supuesto que uno tiene una raíz si vive en Santiago. Acá vivimos personas venidas de todos lugares, y es a donde primero llega la información foránea. Todas esas mezclas son la identidad que tenemos, como si fuese un resumen de Chile. Y, en ese contexto, la raíz es individual. Mi raíz es la que está en el disco.

—Hay rasgos personales evidentes al escucharlo. ¿Cuáles distingues tú?
—Haber crecido en un entorno súper político. Haber aprendido de canto tradicional y de educación por mi familia…

—Tus versos de amor son muchas veces tiernos, a veces de descripciones muy físicas, en otras rebeldes… no siguen la pauta habitual de pareja y desamor. «Yo no quisiera más depender del amor / de sus bondades, su magia y cualidades. / Yo quisiera desprenderme y entender, / practicar el claudicar y olvidarme», cantas en “Loca confusión”. Eso no es cándido ni dócil…
—Claro, no es el amor «floral» [sonríe]. Pero es un tipo de lenguaje que hace rato está en la canción peruana, por ejemplo; por eso [el tema] salió como vals. No me parece tan raro, es el tipo de letra que la gente escucha y piensa: a quién no le ha pasado. Puede ser que no está tan visualizado entre autoras mujeres; son letras que sí pueden escucharse entre hombres. Yo escucho el carácter de [las peruanas] Lucha Reyes, de Chabuca Granda, ¡y me identifico, claro!

Son versos con carácter. “Deseo” califica de cueca ecoconsciente. “Maíz” es un alegato anticapitalista de defensa de los recursos naturales: «… ayayay, nos están robando el país», canta Andrea ahí:

—Sí, no hay tapujos, en ese sentido. No quiero hacer clichés. No quiero estereotipos. No quiero hacer una foto postal, ni un verso para exportar Chile ni una cursilería que se ha cantado mil veces antes. Sí quiero algo poético y a la vez sincero.

—¿También hay clichés en la tonada tradicional chilena?
—Los hay en la tonada de foto postal, ésa que canta la gente de la alta sociedad. Es la mirada desde el dueño del fundo. Eso yo jamás lo haría.

—Eso es contradictorio con el folclor.
—Por supuesto. Es una estilización, totalmente pasada de moda; que se usó acá para mostrar y exportar una estampa del país… parecido a lo que hizo Franco en España, cuando instaló a la tuna como el canto universitario, estilizó las sevillana… dejando atrás la música más auténtica.

Cuando Andrea hacía clases en colegios recuerda que el material didáctico que recibía oficializado desde el Ministerio era, en parte, el de ese canto chileno estilizado del que intenta mantenerse a prudente distancia:

—Se trabaja con planes y programas totalmente estandarizados, y es un hecho que a muchos profesores de música en Chile no les gusta el folclor; a lo mejor, porque no lo conocen. Es ahí dónde hay que apuntar: entregar herramientas específicas para la labor educativa tomadas del folclor como cultura general. Me interesa mucho entrar alguna vez en ese lugar. A la formación de profesores.

—¿Captan bien los niños el folclor en la sala de clases?
—Síiii, totalmente. Más de lo que uno cree. Los prejuicios son nuestros, no de los niños.

—Tienes tres títulos universitarios, además de muchos cursos completados en música. ¿Por qué has creído acoger tu vocación por la música desde ese rigor?
—El estudio me proporciona inspiración y también claridad sobre cómo mostrar y sistematizar. Cuando le digo a alguien que un músico estudia mucho más que un médico… no es que no lo crean, es que ni siquiera intentan visualizar si acaso eso sea verdad. Lo niegan, simplemente. Porque, claro, es música; y más encima música de raíz, folclórica, popular. Tengo súper asumido que estudio para mí. No es algo que acá se reconozca en el rigor que implica.

—A la vez, el folclor exige el contacto con la oralidad y el encuentro personal. No puedes encerrarte en el estudio. ¿Cómo lo has conjugado tú?
—Margot Loyola defendía la relación entre oralidad y academia como si fuesen amoríos entre Capuletos y Montescos. Creía que la academia debía estar en función de los saberes populares, y ocupar sus herramientas para acceder a ellos, sin que compitiesen ni entrasen en conflicto. Me enseñó que ambas dimensiones pueden convivir, y es por eso que me estoy entrenando, estudiando mucho pero sin perder el foco de que la importancia está en el saber popular. Todos quienes nos dedicamos a la creación folclórica, de alguna manera, investigamos.

—Dejaste de hacer clases en aula hace ocho años. Tu trabajo, sin embargo, transmite al menos en parte una vocación didáctica.
—Tiene que ver con adoptar y adaptar lo que hago a la realidad que existe. Asumo muchos de mis conciertos como espacios didácticos, y me apoyo en imágenes, videos, y así voy explicando las características de la cueca, la tonada, la guitarra traspuesta… Cuando presentas tu trabajo enlazado a lo tradicional es un doble esfuerzo, y hacerlo requiere convicción. Cuando trabajas con algo tan profundo y enraizado, la declaración de intereses debe ser súper sólida.

(del interior de carátula de Raíz):

La Raíz, al igual que el alma, está presente, existe, pero a simple vista no se ve.

La raíz de manera silenciosa trabaja cobijada bajo la tierra en búsqueda de los nutrientes fundamentales con el fin de erguir el tallo que sale a la luz. Así mismo, el ser humano busca su alimento en el terruño, en la memoria y en los sueños para nutrir y guiar el camino de esta transitoria experiencia terrenal. Este cruce que hago de la Raíz con el Alma une la constante búsqueda de la identidad común que cultivamos como pueblo, con la verdadera identidad que poseemos en nuestra alma.



ANDREA ANDREU - RAÍZ
Todos los temas de Andrea Andreu, excepto "Tarapacá" (Silvia Andreu), 
"Durmiendo te hago cariño" (cueca tradicional) y "La guitarra"
(melodía tradicional; décimas de Andrea Andreu).
Producción: Andrea Andreu y Patricio Toledo-Creus.
Andrea Andreu: voz, guitarra, caja chayera, bombo legüero y castañuelas;
Ignacio Villalón: saxofón (soprano y contralto);
Mauricio Vega: arpa y tañador;
Andrés Ferrari: piano;
Patricio Toledo-Creus: bajo;
Cristian Bidart: batería y cajón peruano;
Marcelo Maldonado: pandero y espuelas;
Silvia Andreu: piano;
Miguel Molina: guitarra.
www.andreaandreu.cl