Manolo Lágrima Alfaro: «Si una canción hace llorar, de seguro va a ser un éxito»
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Entrevista

Manolo Lágrima Alfaro: «Si una canción hace llorar, de seguro va a ser un éxito»


«Soy cebollero, ciento por ciento», dice —y con orgullo de identidad— uno de los boleristas populares de más constante agenda en vivo en Santiago. El tocopillano conocido por dramas como el de “Mamita querida” e himnos cantineros como “Bohemio y bacán” hace, eso sí, una precisión: «Mi cebolla es cruda. No es finita». En ese detalle, sostiene parte de su carácter y su particular apego a la audiencia.

La voz de Manolo Alfaro es murmullo de horas amargas y de abandonos sin remedio. Tiene más de cuatrocientas canciones grabadas y un nombre que circula hace casi cuatro décadas por un circuito de aplausos del que no se enteran radios ni cámaras. Pero es un recorrido a su favor, cree él: «A la gente le gusta el sufrimiento, y para saber de eso hay que tener calle. Entonces, lo que yo canto, lo siento».

Marisol García | 16 de marzo de 2018 Fotos: Marisol García

Manolo Lágrima Alfaro: «Si una canción hace llorar, de seguro va a ser un éxito»

Entre muchas cosas a un cantante lo definen sus audiencias, y también los espacios de encuentro que tiene con ellas. Manolo Lágrima Alfaro (n. 1951, Tocopilla) es por eso un bolerista único, que al cantar se vuelve cómplice de silenciosas penas de amor, que ve llorar delante suyo a hombres encarcelados en desatado recuerdo, que acompaña juntas de vecinos en actividades de barrio y que incluso ha aprendido a adaptar su repertorio si, de vez en cuando, lo llaman para acompañar el velorio de algún antiguo admirador.

—Mucha cárcel, mucho bingo, casamientos, cumpleaños, alguno que otro entierro: ahí está mi público —detalla—. Es la gente popular la que me sigue. Aunque no esté en la radio ni en la tele, pega no me falta. Me llaman porque la gente lo pide. Hay fanáticos míos que cuando están enfermos piden: «Tráiganme a Manolo Alfaro cuando me muera».

—¿Cómo es el público en cárceles?
—Llora mucho. Aunque estén recluidos son humanos, pues. Hay gente ahí que me escuchó de niños, y están presos, tapados de años, y de pronto ver en vivo a Manolo Alfaro es algo fuerte para ellos. Con “Mamita querida” quedan sicoseados, porque es una historia que los presos sienten cercana. Cuando termino de cantar, yo me tiro al suelo y me arrodillo.

También aquellos espacios de los que es apartado pueden definir a un cantante. En Facebook, el grupo Fans de Manolo «Lágrima» Alfaro describe así a su inspirador tocopillano:

«Bohemio y bacán: un romántico underground.
Tan guachaca que no lo invitan a las cumbres guachacas
y tan cebolla que no lo invitan a los festivales cebolla».

—¿Por qué cree usted que sucede eso?
—Es raro, sí. La gente me pregunta por qué, y, mire, yo no quiero dar nombres, pero hay cantantes que están en los medios y les gustan a los que decidan esas contrataciones, ¡y la gente no los conoce! ¡Son planos! Muchas veces me pasa toparme con un productor que no tiene ni idea quién soy, y que me dice: «Ya, Manolito: seis temas nomás». Pero a los seis temas la gente no quiere que me vaya y termino cantando catorce…

—Es como que hubiera dos mundos.
—Claro. El bolero podrá no ser lo más popular hoy en día, pero es universal y no va a morir nunca. A mí no me ha perjudicado el reguetón ni el “Despacito”, ni nada. La gente me quiere. Y yo sé lo que gusta, y la dejo feliz.

El trato de Manolo Alfaro con sus seguidores es prueba de esa cariño incombustible, con códigos muy diferentes a los del endiosamiento en el pop y el marco más lustroso de la balada. Se trata, en su caso, de un intercambio constante y cercano de mensajes de apoyo, de fotos en espacios domésticos y abrazos junto a otros personajes de la bohemia musical como él: Luis Alberto Martínez, Ramón Rimac, Hernán Cáceres («El Pelusita»), el Trío Inspiración. Es, además, una entrega musical que no está para reparar en modas ni tendencias, y que con mínimos recursos consigue afianzar un lazo de vivo sentimiento en ida y venida, y en una entrega casi candorosa en su sinceridad.

—Cuando leo entrevistas a artistas famosos, y dicen: «… estoy preparando mi próximo disco, entro a grabar en abril y saldrá en septiembre», yo pienso: ¡pero si yo puedo hacer dos CDs en un día!  [sonríe]. A mí no me cuesta: me aprendo rápido la línea melódica de las canciones, y voy y grabo de una vez. Para mí la música no es cosa de andar en detalles.

—Con tanta presentación, sí debe ser pesado lo de los ensayos.
—No, no, no… ¡yo no ensayo! Me largo con las pistas, nomás. En mi vida, y se lo digo de verdad, ni para grabar ensayé. El ‘sol’ que conozco es el que se pone en las tardes, nomás, jeje, pero tengo buen oído, y al tiro capto una desafinación.

Cuando Manolo Alfaro se largó como cantante, en los años ochenta, a las pistas de música pregrabada se les llamaba background. Fue ése el formato que le acomodó luego de años de canto a capella en bares y restaurantes de Tocopilla, donde se hizo conocido como un bolerista informal mientras se ganaba la vida como vendedor ambulante, en encargos para Soquimich y cuidando ovejas en una planta experimental que Corfo mantenía en la Pampa del Tamarugal.

Ganó por esos años un festival en Arica, cantando en representación de Pozo Almonte una traducción al castellano del “Delilah” de Tom Jones. Pero lo que de verdad cambió todo fue “Mamita querida”, un bolero lacrimoso (de autor tocopillano desconocido) sobre un preso que en vano le escribe a su madre para que vaya a verlo a la cárcel («… llegó el domingo, día de visita, / en vez de mi madre mi hermanita llegó / vestida de negro, mi pobre hermanita / llorando me dijo: “Mamita murió”»). El tema quedó al final del cassette Para mis amigos, que Alfaro grabó en 1985 en Iquique con 150 mil pesos que pagó de su bolsillo, y que luego editó el sello Carrero.

«Yo venía diciendo hace tiempo: voy a grabar, voy a grabar. Hasta que me la jugué», recuerda.

Fue un brilllante movimiento de piezas. Ese primer cassette comenzó a venderse incluso antes de que el sello imprimiera la carátula.

—Nunca pensé que iba a llegar tan lejos. Para serle sincero, yo entonces era bohemio, y entonces el canto para mí era algo de las noches, de los bares. Pero con “Mamita querida” me di cuenta que me había llegado la hora: si no me iba a Santiago entonces no lo iba a hacer nunca; y que si me picaba el bichito de la piscola, bueno, que tenía que ordenarme para ser profesional. Porque detrás hay que tener una buena mujer, un orden: esto va, esto no va [sonríe]. 

Por eso Alfaro dice que para él la música fue cosa de adulto, largada en serio «a los treintitantos» y ordenada por propia decisión en un trabajo «de hormiga, sin apuro». Así fue bajando ciudad por ciudad desde el norte hasta llegar a Santiago en 1986 con tan sólo su contacto con el sello Atenas y las grabaciones de su primer cassette. Era un tiempo con tres monarcas populares, recuerda, y enumera: «Zalo Reyes, Pachuco y Miguelo. Ahí estaban, y pensaban que ese tiempo de gloria no se iba a terminar». Los contactos de trabajo para los músicos se hacían en la Plaza de Armas, a donde martes y jueves se aparecían empresarios buscando en persona cantantes e instrumentistas, años luz antes de los envíos a distancia y la música digitalizada.

«Nunca tuve representante. Me las arreglé solo. Pero las cosas se me fueron dando muy bien, porque ya traía un cartel desde el norte. Como las primeras cosas se vendían como pan caliente, me empezaron a pedir más canciones», cuenta Alfaro, quien hoy acumula unas cuatrocientas grabaciones a su nombre para sellos como Carrero, Atenas, Cass y OM. Son boleros, casi todas. O boleros cebolla, como no tiene complejo en describirlas:

—Yo conozco a la gente, sé lo que gusta, y donde pongo el ojo pongo la bala. Y lo que pegó pegó, nomás.

—Entonces, el verdadero trabajo está en saber elegir el repertorio.
—Ahí está la clave. A la gente le gusta el sufrimiento. Yo no le canto el amor, le canto más al dolor, al llanto. Y para eso es cosa de tener calle. Lo que yo canto, lo siento. Sé lo que gusta, pruebo cosas nuevas en los conciertos, y si una canción hace llorar de seguro va a ser un éxito.

—Es lo que se llama canción cebolla.
—Claro, pero la mía es cebolla cruda. No es finita. Soy cebollero ciento por ciento. No me molesta que me lo digan; ¡para nada! Siempre que yo canto veo a alguien llorar, incluso gente joven.

 

Él mismo se ubicó el “Lágrima” como seudónimo artístico entre su nombre y apellido. La carga de drama es marca de su repertorio, y se reparte entre distintos protagonistas de historias unidas por la soledad: “Libertad”, por ejemplo, es el testimonio de un hombre que al fin vuelve a casa luego de años tras las rejas y sólo encuentra una nota de despedida de la mujer que ansiaba volver a abrazar («Oh, libertad, libertad: / yo te odio; tú me dejas muy solo»). Junto a varios temas de señas cantineras, como “Bohemio y bacán”, y de extrema confesión de abandono (“De cigarro en cigarro”), Manolo Alfaro mantiene un nutrido cancionero de dedicatorias de padres a hijos, que incluyen la despedida a una guagua muerta (“La cuna vacía”) y la plegaria de desesperación ante un hijo que se pierde en la droga (“La marihuana”). La no menos desconcertante “Papito, tocan la puerta” se inicia con la conversación de tres voces: la de una niña que advierte el regreso de la madre que la ha abandonado, la de la mujer arrepentida que promete «que nunca más te dejaré sola» y la del hombre firme en que «no, no, no / no te puedo perdonar».

—Son cosas que pasan.
—Eso mismo digo yo. No me gustan las canciones que son puro cuento. El dolor existe. Y la verdad es que no sé si el amor existirá, o parece que muy poco porque usted ya ve cómo terminan todos separados. A través de las canciones se pueden recordar personas que se fueron y también cosas que salieron mal.

—¿Siempre ha sido así?
—Siempre fue así. Llevo treintaitantos años cantando las mismas canciones y la gente no se aburre. Lo mío ya no es de locales nocturnos, sino que una cosa más familiar. Tengo hasta tres generaciones en mis shows.

 

«Yo alguna vez estuve de moda. Yo era el Américo del año ’80. Entonces sé que hay que hacerse valer», recuerda Alfaro sobre tiempos idos de más autógrafos y abrazos, incluso de mejores pagas, pero que por muchas razones hoy no añora:

—A veces les pregunto a los colegas por cuánto tocan. Quince lucas, veinte lucas, me dicen. Yo no. Tengo lo mío, y no me regalo. No es como antes porque ya no tengo la fama, ahora estoy en lo de sobrevivir, pero no me falta nada, tampoco a mi hijo ni a mi señora. Mi época fue bonita, pero el tiempo cae sobre todos y hay que ser realista. Ya no estamos de moda. Si usted hace un círculo con toda la música que se escucha en Chile, el bolero tiene una tajada pequeña hoy día, no es tan masivo. Porque están el reggaetón, el pop, la cumbia, la ranchera… Uno prende la tele y hay gente súper famosa que yo ni los conozco.

—¿Cambia el modo de cantar cuando se es parte de la moda y cuando no?
—Sí. Antes uno deseaba que le pidieran un autógrafo, que se sacaran fotos. El ego, el ego. Pero después uno se da cuenta de que no es así. Que la fama es ficticia. Que cuando estás en problemas tienes al lado a tu familia y dos o tres amigos más, nomás.

Manolo Alfaro tuvo una vez un espejo en el peruano Lucho Barrios, a quien escuchó y admiró desde sus primeros discos importados a Chile, «cuando los más grandes eran él y Julio Jaramillo», recuerda. En su estilo, dice, están los códigos de lo que él considera es un canto sentimental convincente:

—El hombre cantaba con el corazón. Usted escuchaba la canción y era verdad: uno sentía cómo le llegaba. Las canciones de Lucho Barrios eran como teleseries chiquititas. , y uno sentía, que le llegaba. Y canción que cantaba eran como teleseries chiquititas, en tres minutos. Muchos aprendimos de él a fines de los años cincuenta. Luego vinieron Luis Alberto Martínez, una maravilla, y Ramón Aguilera, muy querido, un hombre capaz de sacarse la camisa y regalártela si la necesitabas. Son cantantes que tienen lo que se necesita para estar en la música.

—¿Qué es eso que se necesita en el canto?
—Cuatro cosas —responde rápido, y pasa a una lista que parece haber pensado mil veces—: suerte, perseverancia, talento y humildad. Porque si pierdes la humildad la gente después te abandona, eso me lo enseñó mi madre que una vez me retó por no querer darle un autógrafo a una mujer. Ahí aterricé. Yo no ando diciendo que soy el mejor de Chile; hay muchos que estamos en lo mismo. Yo sí agradezco tener trabajo, porque la vejez es larga y no quiero en unos años más andar haciendo una teletón. Si yo, cantante, gané plata y me la fumé y me la tomé, usted no tiene la culpa. ¿Entiende? Yo sigo porque la gente todavía me lo pide, y porque no sabría cómo vivir sin cantar.