Isma Rivera, el derecho a decir
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Entrevista

Isma Rivera, el derecho a decir


Frente al paisaje social más oscuro y egoísta del Chile reciente, el poeta y cantor santiaguino levanta en su primer disco versos que ganan potencia junto a guitarras y secuencias a la vez furiosas y cautivantes. La última cena de los buitres es una de las publicaciones remecedoras de la temporada, gracias a una poesía musicalizada de fuerza atípica, como las inquietudes de quien las vocaliza: «Si me dicen “canta despacito”, ni sé cómo se hace».

Entrevista de Marisol García | 15 de febrero de 2019 Fotos:

Isma Rivera, el derecho a decir

La poesía musicalizada ha sido herramienta de denuncia, seducción, alabanza o adoctrinamiento desde que la canción es canción, y no es esa deriva lo que sorprende en el trabajo puntual que a esa larga cadena suma Isma Rivera (n. 1986, Santiago). Los versos enlazados a las guitarras y secuencias de este poeta, editor y cantor chileno son excepcionales por la potencia que empujan en el conjunto completo: más parece el golpetazo hardcore de una banda de garage que la articulación lírica puesta a andar por alarde intimista.

La última cena de los buitres (2019, Precario) es también un disco de presentación inusual, con nombre de solista en su portada pero factura colectiva, gracias a la colaboración sobre todo entre Rivera y el músico Daniel Jesús Díaz. Tuvo una presentación en vivo a fines de enero (en el Anfiteatro del Museo de Bellas Artes), montada como una obra teatral, con guión, escenografía y monólogos entre canciones. Y en rigor ni la clasificación de cantautor le cabe al hombre en la voz y las letras: hasta ahora, el trayecto de Rivera contaba con dos libros de poesía y ningún disco. Bueno, hubo un EP inserto al final de las páginas de su poemario Desbautízame (2015, Oximoron), atribuido a Errante, su primera banda:

«No pudieron con tu fuerza / nada consiguieron con el destierro / de una madre y su hijo. / Tigres fuimos / somos tigres / habitamos el desierto», son versos de ese trabajo rudo y decidido, como suelen serlo los escritos de este Licenciado en Literatura de educación musical audodidacta.

Ismael Rivera compone con su voz y su lápiz («no sé tocar instrumentos»), y con esas herramientas básicas y los colaboradores adecuados acaba de levantar uno de los discos remecedores de la temporada en Chile. Cabría presentar La última cena de los buitres como poesía musicalizada si el concepto no remitiese por primera impresión general a la trova: la charla agitada del joven escritor al frente es todo menos la de un nostálgico.

«La poesía tiene un origen en común con la música; fue después que las separamos —recuerda, y con toda razón histórica—. Siempre me ha interesado el carácter oral de la poesía, su ritmo, su musicalidad interior. Para mí no son asuntos distantes, la verdad».

—Pero sí para mucha gente, y eso te deja frente al desafío de la autodefinición.
—Cuando me preguntan qué música hago, no sé qué decir. Al final siempre respondo: «Musicalizo mis poemas». Prefiero presentarme como cantor que como músico; en parte, porque no quiero faltarles el respeto a los músicos, y porque en el oficio de los cantores hay un sustento político que para mí es indivisible de la escritura.

—Definirte como cantor te ubica dentro de una tradición.
—Claro, uno no viene a inventar la rueda con esto. Se ha hecho antes, y la postura es, más bien, «sigamos rodando». Hay tantas referencias que uno toma al trabajar, hay tantas miles de melodías dando vueltas, que no me gusta la figura del ‘autor’ como tal, como individuo creativo aislado, celoso de su obra. Uno es una esponja que aporta un poco más a esta gran historia llena de ideas; qué importa de quién sean.

Rivera mantuvo bandas desde el colegio. Con ellas aprendió el trabajo en colectivo, y a soltarse en un tipo de canto que no puede describirse sino desde su potencia. «El canto a pura guitarra no es lo mío; si me dicen “canta despacito” ni sé cómo se hace», admite y sonríe. «Un tango cantado de forma rockera, como lo que hace Adriana Varela, me identifica más que una canción de raíz folclórica. Me interesa la referencia urbana, pero no pasarme a gringo. Hablamos con Daniel [Díaz, productor y principal musicalizador del disco] lo de avanzar hacia algo tipo Nick Cave con color latinoamericano».

—Hay punk en este disco.
—Sí, porque vengo de ahí en muchos sentidos. Pero tampoco el punk bastaba para lo que queríamos hacer. Mis inquietudes musicales son muy variadas, y buscaba plasmar eso y que se notara. Lo de los géneros musicales… no sé si la palabra sea ‘obsoletos’, pero creo que cada vez vamos más hacia una difuminación…

—¿Qué te dejó el punk?
—La escuela de la autogestión y creer en el trabajo colaborativo, que es algo que no he dejado de hacer. Entender que solo, uno no vale nada pero que si somos veinte quijotes podemos romper el molino. Si uno se dedica y le da tiempo a lo que quiere, se logran cosas. De eso de trabajar como en familia que me enseñó el punk no me salí nunca más.





«Sin importar cuan grande sea la bandera jamás podrá cubrir su propio charco de sangre», denuncia uno de los versos en La última cena de los buitres. Son las del disco poesías hiladas en su reflexión sobre las décadas recientes de Chile, con sus curvas «de muerte y silencio» (“Curva”); sus «relámpagos negros» arrasadores (“La tormenta”); sus «pisadas tantas militares y civiles […] / estatuas de sal con la cabeza y los oídos cerrados […] manos dejándose las uñas al intenter desenterrar un sentido», como enumera “Exhumar la escritura”, una reflexión que enlaza oficio poético y denuncia en un potente manifiesto de deber creativo y ciudadano:

… el lenguaje es cartílago
aperitivo de lombrices, apenas,
cuando sirve a su vanidad.
Pero es hueso el lenguaje,
es la única justicia posible
en la lengua de las muertas.
Es testigo, recuerdo y porfía
en la lengua de los muertos.

Hunde las garras,
no la cabeza, avestruz.
Y cava aquí, y allá cava también
qe no hay número ni palabra
para decir cuántos nos faltan
cuántas nos faltan.
No dejes la palabra de carroña a los buitres.
siempre con hambre vendrán después por ti.

No es necesario detallar demasiado el carácter político de las letras. Basta ver los títulos: “Me duele Chile”, por ejemplo.

—Ésa es una referencia a [Roberto] Bolaño, que a la vez citó a [Federico] García Lorca cuando escribió: «A mí también me duele España» —explica Rivera sobre una frase en la novela Los detective salvajes—. Bueno, y a mí me duele Chile, pensé cuando leí eso. Es una letra de 2010.

—¿Y todavía duele?
—No soy optimista, la verdad. En el último tiempo se ha levantado un templo de la ignorancia. Me parece fatal la desmemoria constante… Que por ejemplo alguien como [Andrés] Chadwick, mano derecha de Pinocho, sea vocero de gobierno, y que a nadie le importe. Que [José Antonio] Kast tenga una votación tan alta como la que tuvo en primera vuelta habla de un país que está cómodo en optar por la ignorancia. El neoliberalismo nos ha empujado a la individualidad de modo muy descarnado; a vivir con la actitud de «si yo estoy bien, el resto… maní».

—¿Lo captas como una comodidad generacional?
—Mi generación creció cuando las tribus urbanas al menos tenían una filosofía: raperos, punkies, hardcores involucraban alguna forma de contracultura. Luego siguieron chicos que crecieron entre grupos que eran pura estética, pero sin un trasfondo ideológico. Los otakus, por ejemplo. Posmodernidad de pura forma y cero contenido. El trap tiene una estética marginal pero que sueña con plata y bling-bling. Es puro envase. Ese vacío me duele, y está por todas partes. El arte se ha convertido en una expresión decorativa que no quiere incomodar.

—A quien decide hacer canción política en Chile le pesa aunque no quiera el referente poderoso de la Nueva Canción. ¿Qué te pasa con esa retórica del arte de contenido social de los años sesenta?
—Enorme, sin duda. Nombres gigantescos que uno no puede dejar de admirar. Pero lo que hago está inserto en otro tiempo, y en otras inquietudes. Si vas desde el hip-hop hasta Álex Anwandter, creo que en la actual camada de letristas hay un trabajo con buena salud que propone salir de la dialéctica de otras décadas para pensar en cómo hablar hoy, más allá de lo puramente contingente. Más que abrazar a un proyecto o partido político, intento entender cómo se está dividiendo Chile hoy, donde quien gobierna es en verdad el empresariado. El enemigo hoy no es la policía, ni la derecha o la izquierda, si no quien domina los medios y financia la política.

—Imagino que la figura del buitre en el título de tu disco no es casual.
—Por supuesto que no. El buitre es un ave carroñera, que no caza. Es un animal oportunista que se aprovecha del esfuerzo de otro. Para mí es una metáfora del empresariado… con el perdón merecido hacia los buitres [sonríe]. La idea está también en “Impostores sustitutos”: «Qué pasara cuando las monedas sean lo que tienes para comer». Si a un gran empresario le quitan los empleados de su empresa no sabe ni hacerse un café.

—¿Qué exigencia les hace a los creadores un Chile así?
—Alegar es muy fácil, y motivos sobran. Mi intención con estas letras era más bien: vale, vamos a plasmar un descontento pero con qué propuesta. En eso ha sido muy importante para mí la tradición de la poesía palestina, y su idea del nakba, del retorno, de volver a tomarse las cosas. Defiendo, como escribe [la poeta chilena] Julieta Marchant, «reclamar el derecho a decirlo todo».





Isma Rivera en vivo

Jueves 28 de marzo
>Darkolics Bar (Esperanza 320, Barrio Yungay)