Demian Rodríguez al alza: «Podría haber perdido la apuesta»
Foto: Matías Saldías
Entrevista

Demian Rodríguez al alza: «Podría haber perdido la apuesta»

Muy tempranamente, la idea de componer y llegar a ser un cantor popular se instaló en la proyección de vida de Demian Rodríguez. Fue ensayándolo a tientas, con años de turnos incansables en bares porteños, sin banda ni disco, decidido a insistir hasta dar con lo que quería afirmar musicalmente. Hoy puede al fin hablar con una proyección profesional bajo su mando creativo. El sanantonino era quizás el menos conocido de los nominados al Premio Pulsar a mejor cantautor 2016, y de todos modos se quedó con el trofeo. Entonces, dice, «¿cómo no voy a querer seguir insistiendo?».

Marisol García | Lunes 06 de junio de 2017 Fotos: Matías Saldías

Demian Rodríguez al alza: «Podría haber perdido la apuesta»

Diez días en China, entre abril y mayo, dejaron a Demian Rodríguez al menos con un descubrimiento y una convicción. El primero fue el carácter de la audiencia con la que se topó en Pekín, frente a los escenarios que ocupó en el XVII Festival de las Artes «Meet in Beijing», en el auditorio del Instituto Cervantes, en un bar y en un restaurante peruano de la ciudad (hubo también una entrevista abierta en la Universidad de Pekín). Personas, en sus palabras, «cariñosas, esforzadas», con quienes la distancia del idioma no trabó una inesperada forma de conexión emocional:

—Lo único que querían era escuchar. No tenían cómo saber algo ni tener prejuicios sobre mí, y entonces lo que les quedaba era prestar atención y disfrutar. Y eso fue lo que pasó.

Esas cinco presentaciones de voz, guitarra y bongó —en una gira gestionada principalmente por el Sello Mescalina— las concluyó el nativo de San Antonio con un recital en el restaurante Pachakutiq, a donde llegaron algunos pekineses que lo habían conocido en los días previos y querían volver a escuchar su tipo de canción porteña, tradicional y emotiva, deudora sobre todo de las formas del bolero y el vals peruano. Demian Rodríguez se vistió esa noche de blanco para tributar, a la distancia, al recordado percusionista del grupo porteño Los Chuchos, el Mariposa. El músico ponía así en escena los códigos que lo inspiran y modelan, precisamente cuando la distancia los volvía estrictamente personales.

Las poderosas canciones de su autoría contenidas hasta ahora en los discos Santos inéditos (2012) y Demian Rodríguez (2016) hicieron lo demás.

Se instaló en él esa noche una convicción:

—Hasta entonces yo no sabía qué tan importante es hacer tu trabajo afuera. Y de pronto caes en la cuenta de que es una pega muy en serio, y que nadie va a hacer el esfuerzo por ti. Le tomas el peso al valor que tiene poder arreglártelas. Es muy bonito viajar, llegar y decir: soy un autodidacta. Porque yo no vengo con clases ni una formación de academia; ni de guitarra ni de canto ni de nada. Pero a mí ahora en China se me cayó el diente de leche. Comprobé que tengo mucha seguridad en mí mismo, que me paro con confianza en el escenario, y que incluso si mañana me tocara ir a cantar a… otro planeta, sé que puedo hacer que les guste mi música.

Siempre hubo en Demian Rodríguez un respeto profundo hacia la idea de llegar a ser un cantante popular. En el oficio están muchos de los héroes de su infancia, los letristas que admira y las figuras de referencia social a las que se siente emocionalmente cercano. Pero ahora esa reverencia la afirma con un sentido de la ambición sorprendente incluso para él. El ganador del Premio Pulsar al mejor cantautor 2016 (el jurado lo distinguió por encima de nombres de mucha mayor difusión, como Manuel García) no es nombre frecuente en radios ni en pautas periodísticas atentas a tendencias y, sin embargo, marca hoy firmemente el pulso imperecedero de la canción sentimental porteña —bolerística, valseada, «cebolla»—, aportándole además a ésta composiciones nuevas.

—Desde el escenario que me toque quiero ahora proponer. Me interesa tener un discurso. Me interesa ser un cantante ligado a una tradición, mostrar respeto hacia ella.

—¿Cómo, por ejemplo?
—Yo no tengo problemas en mojarme el culo por decir algo que me parezca importante decir. Acá tenemos la chapa del cantante sin cerebro… pero creo que ser cantante es algo interesante. En otros países eso está claro, en todo aspecto. Ves al Zambo [Cavero, nombre mayor del vals peruano], y ya su rostro es Perú. Su música, su canto, su inteligencia… son los de una figura. El cantante tiene que tener una cierta elegancia, una autoridad; y estoy en eso, analizando, descubriendo…

—¿Tienes referentes?
—Claro. El único acá en Chile creo que es Lucho Gatica. De afuera, Camarón de la Isla, Diego El Cigala, Vicente Fernández, Caetano Veloso…

—Los medios nombres.
—Claro, porque son cantantes que saben hacer lo que hacen. Hay algo inteligente que les ronda, no sé cómo explicarlo. Y yo también tengo ganas de hacer algo nuevo. Hasta tengo la ambición de algún día hacer un disco con big-band.

Demian Rodríguez asegura que viendo videos de Elvis Presley y Michael Jackson fue que aprendió algunos gestos para un mejor desplante en el escenario. El hombre nacido en San Antonio en 1986 se fía de una famosa frase atribuida a Isaac Newton, y despliega desde allí la medida de su horizonte:

—Hay que saber pararse sobre los hombres de gigantes. ¡Tengo ganas de dejar la cagada en el escenario!

 

—¿Ves posible congeniar las metas que nombras con el repertorio que trabajas?
—Sí. Sé que se puede. Los franceses lo hacen cuando cantan y están preocupados de cómo gesticulan y mueven las manos. Me gusta harto la actuación pero durante años eso fue algo que desconocí de mí mismo; entre eso y lo que yo mostraba había un conflicto, una enemistad. Ahora, con 31 años cumplidos, estoy más claro. Es una calma que no sé de dónde viene, pero que es grata y me tiene con muchas ganas de seguir haciendo cosas.

—¿A qué crees que se deba?
—Me gustan los rituales. Soy de rituales y de tratos, y los cumplo. Inserto la música en ese ritual: ensayar, ver los detalles de mis canciones, rodearme de gente que toque maravillosamente, como el director de mi banda y coproductor, Claudio Concha (que, puf, es un multiinstrumentista que está en el piano desde los 6 años). Se canta como se vive la vida, creo. Entonces para mí la vida es una canción; mi hija es una canción. Desde ese punto de vista, ¿cómo no voy a querer seguir insistiendo?

Por siete años, Demian Rodríguez hizo de los escenarios de los bares y pubs porteños un circuito rutinario para mostrar y ganar algo de dinero con su canto. Se había trasladado en 2009 a Valparaíso, luego de cinco meses en Santiago en los que se suponía se iba a ocupar en seguir estudios de cocina internacional (el músico también vivió antes un tiempo junto a su familia en Rancagua). Pero en el puerto lo esperaba la música, «el pool de don Luciano» y amigos queridos ya activos en la cantautoría, como Kaskivano.

En esos primeros años de canto en vivo, no tenía discos suyos que vender ni tampoco encontraba en su audiencia mesas con fans. Sólo la persistente decisión de sacar en limpio por dónde encauzar su cantautoría lo mantenían ocupado a solas en ese circuito ingrato, en el que podía cambiar de micrófono seis, siete y hasta ocho veces por noche; de a tres canciones por local.

—Me recuerdo bastante angustiado con no tener banda. Sabía muy bien que mis ideas iban a crecer con una banda competitiva, con músicos dispuestos a escuchar mis ideas. Pero encontrar eso es difícil, y me tomó mucho tiempo.

—Es muy exigente entrar en una dinámica de recitales sin un cauce promocional más ordenado, ¿no?
—Un tiempo me angustió bastante eso de llegar a un concierto y que no hubiera nadie. Es algo que duele, porque tus ganas de hacer música igual están, y tocarías dos horas si alguien quisiera escucharlo, pero no más tienes que cantar un poco e irte. Sabía cuánto me estaba costando encauzar mi carrera, pero llegó un momento en que simplemente decidí dejar de pensar en eso, y trabajar y disfrutar mi trabajo.

Ese canto nocturno ingrato, sin embargo dejó a Demian Rodríguez cargado de muchos de los rasgos que hoy lo vuelven atractivo como autor e intérprete. Su voz poderosa, quizás quebrada, la mostró por años agotada entre bares de mala paga, donde a veces la ronquera lo obligaba a bajar la guitarra un tono entero y cantar con un registro grave como si fuese el de siempre.

El repertorio tradicional porteño, en tanto, lo acercó a un cancionero tradicional que pocos músicos de su edad conocen, del cual no siempre existen registros, pero que nunca dejó de latir en los bares desde los tiempos de auge de la llamada «Cuadra» de Valparaíso, en las gargantas de gente como Jorge Farías, Los Chuchos, Luis Alberto Martínez y Lucho Barrios.

—La creatividad dispara todas las cosas. Esto que hago, yo prácticamente me lo inventé —dice el músico, y con eso expone otra poderosa convicción—: lo tenía calculado, lo pensé, pero me largué y podría haber perdido la apuesta. Uno comienza en el canto de acuerdo a lo que uno cree, pero el destino de la música es otro.

—¿Cuál era esa apuesta inicial?
—Entré a esto porque me gustaba la poesía. Un poco engrupido, conversando con gente que leía cien veces más que yo, que entiende francés, escuchándolos sin abrir la boca, armando calladito mis canciones. Pero no era ése el mundo de la música. Por eso, cuando comencé a moverme en bares, en un ambiente más guachaca, fue como volver al patio de mi casa: las risas que ya conocía, la conversación distendida, la rutina de lo que yo quería, y eso me gustó.

—Te entregaste.
—Eso fue. Mucho tiempo me pegué quizás demasiado en intentar entender yo mismo qué quería hacer, y ahora no: sale. Tuve que convencerme, darme una explicación. Uno como compositor a veces tiene ciertos prejuicios, pero luego descubres que la música se desarrolla desde el inconsciente y que no sirve de mucho pasar por esos libros gordos del por qué y el cómo. Lo que importa es tener la libertad para hacer lo que quieres hacer. Si no, me voy secando de a poco, pierdo confianza arriba del escenario, me peleo con todos… no sirve para nada mi existencia. Me muero.

—Hoy tu dedicación es total.
—Hago todo por la música. Y me costó un kilo llegar a esto. A los que ahora están ahí conmigo, que van a las tocatas y cantan mis canciones, sé que tengo que mostrarles algo bien hecho, porque yo también trabajé como ellos y sé lo que es la expectativa por pagar una entrada.

Afirmar una banda fue una conquista importante para Demian Rodríguez, tanto para el trabajo en estudio de su poderoso disco de 2016 (Demian Rodríguez, Música del Sur) como para las presentaciones en vivo que ha podido hacer luego de publicarlo y el inicio del trabajo para una próxima grabación.

Esa banda, dirigida por el guitarrista Claudio Concha, tiene también a bordo a Juan Allendes (segunda guitarra), Javier Barahona (bajo), Luis Barrueto (percusiones) y Claudio González (piano). Junto a ellos, asegura Demian, el cauce musical puede reorientarse desde el bolero y más allá:

—Si ya vamos a hacer de músicos en un país complejo como éste, entonces mejor tener todas las libertades para dar vueltas las expectativas.

—Dices que Chile es complejo. ¿Cómo se cruza tu cantautoría con el panorama exigido en el que estamos?
—Me doy cuenta de que el país pide a gritos este tipo de música, no solamente los que nacieron acá sino los extranjeros que están entrando e incorporándose (y que son bien interesantes, no dudo que el país se va a ver bien beneficiado culturalmente con ellos). Por un lado, no tenemos por qué aguantar todo lo que está pasando ahora; ya es hora de que pare, porque es una burla en muchos aspectos. Pero, por otro, nos haría bien llevar la vida con un poco más de disfrute. Y al cantar uno establece una conversación con los que te escuchan.

—Esa empatía es la esencia de la canción popular, ¿no?
—Soy espía de quienes me escuchan, porque quiero que sus vidas sean el fiel reflejo de lo que estoy cantando. Se supone que soy un cantante popular, entonces tengo que hacerle honor a mi nombre. En la pega de uno hay una línea muy delgada entre el cariño y respeto que se le debe al público, y lo que uno comprende y siente por dentro.

—¿En qué sentido? ¿En el de componer sobre asuntos que no son fáciles de compartir?
—Para mí la música es mi diario de vida. Es mi manera de conversar, es el modo en el que he encontrado de decir con exactitud cosas que me cuesta expresar. La canción dice lo que yo quiero decir. La canción se aparece ante uno, y a veces llega información muy clara y otras veces son cosas que no están maduras. En ese sentido, la canción ayuda a conocerse.

—Y una composición puede sorprenderte, entonces.
—Claro, y de pronto hasta te puede venir la paronoia. Haces una canción en diez minutos y piensas: ¡chuta, no puede ser! ¿De dónde mierda salió eso? [se ríe]. Tengo algunas canciones nuevas que son casi Emmanuel, y me sentí súper mamón [sonríe], pero las hice, y por algo será.

—Cuando se escribe o comenta sobre tu música se destaca el vínculo de tus canciones con un pasado porteño, pero quizás falte todavía encontrar ahí rasgos de tu propia autoría, que los hay.
—Sería interesante que más allá de proponer o nombrar, que es algo que les fascina, los medios comenzaran a comprender lo que se está haciendo ahora. Los músicos y los creativos de esta época llegaron a enseñar, no a ser nombrados por alguien. Desde el más chico al más grande saben dónde están parados y que desde ahí tienen que hacer algo nuevo. Y eso es algo que los medios tienen que aprender, por fuera de los éxitos y las luces. Los músicos de verdad tienen un gen muy interesante. Es esa gente la que tiene que mostrarse, no la que está imitando a otros.