En medio de la debacle musical que se produjo en Chile tras el fin del llamado
boom de los años ochenta, La Ley gestó una propuesta pop de referentes globales y ambición de trascendencia. Con los años, se transformaría en una agrupación de éxito y reconocimiento internacional, acumulando premios Grammy y ventas récord en gran parte de Latinoamérica. Pese a sus cambios de integrantes y las voluntarias pausas en su trabajo, no hay duda que La Ley fue un equipo profesional de perspectiva duradera y marca señera para la escena musical local.
Bobe y CuevasEl concepto inicial de La Ley fue responsabilidad de un músico clave, por su talento en la composición y disciplina profesional. Hacia mediados de los años ochenta, el guitarrista
Andrés Bobe alternaba sus estudios de Ingeniería en Sonido con la participación en proyectos musicales de diverso tipo, incluyendo un tiempo de trabajo junto a
Paraíso Perdido.
Pero a Bobe lo que más le interesaba era llegar a liderar una banda propia. Pensaba llamarla La Ley, como una canción de los españoles Radio Futura, y combinar en ella los códigos de pop-rock europeo que por entonces lo cautivaban. Por su gestión y la de su amigo
Carlos Fonseca, el grupo tomó forma en 1987, cuando se le sumaron dos músicos ya experimentados en otros proyectos: el tecladista Rodrigo Aboitiz venía de participar en
Aparato Raro y la española
Shía Arbulú había cantado junto a sus hermanos en los populares
Nadie.
El trío se abocó de inmediato a la composición, y al poco tiempo ya tenía reservado un estudio para su primera grabación. El cassette
La Ley apareció en 1988 con seis canciones y cuatro remezclas, con gestión ejecutiva de
Carlos Fonseca y etiqueta EMI. Era el mismo manager de
Los Prisioneros quien se hacía cargo de profesionalizar al grupo.
El grupo apostó por difundir un primer single ("Sólo un juego / La luna") y proyectarse en un trabajo estable. La banda hubiese seguido sin mayores alteraciones de no ser por el anuncio de
Shía de que regresaría a España. Bobe acudió entonces a un compañero de su ex banda, el bajista Luciano Rojas, y al baterista
Mauricio Clavería, quien hasta entonces trabajaba con
Pancho Puelma y Los Socios. Para las voces y letras ubicó a Iván Delgado, ex saxofonista de la
Banda del Pequeño Vicio, pero el músico no resultó ser un buen
frontman y se retiró del proyecto al poco tiempo. Fue entonces que se organizó una audición para un conocido de
Mauricio Clavería: un diseñador gráfico con afición por el canto y años de residencia en Canadá.
Beto Cuevas cambiaría el rostro de La Ley para siempre.
Pese al antecedente de su cassette, suele considerarse a
Desiertos (1989) como el debut oficial del grupo. Son diez temas de bien encauzadas melodías pop, equilibradas en sonido entre la guitarra y los sintetizadores; sin alardes virtuosos ni pretensiones de rudeza, y con versos ocupados en describir visiones más bien abstractas. Toda una novedad para la época. Del disco, editado bajo etiqueta Fusión, se publicaron apenas quinientas copias. No existían mayores antecedentes en el país de un pop radiable de real rigor técnico, y no pasaría mucho tiempo hasta que
Desiertos llamara la atención de las personas indicadas. En la carrera por La Ley, los más visionarios fueron los entonces ejecutivos de Polygram, con quienes el grupo firma contrato para, al fin, una grabación con financiamiento profesional.
Eran tiempos promisorios pero de quiebres internos. Primero el grupo rompió relaciones con
Carlos Fonseca y pasó a ser representado por uno de los asesores de éste, Alejandro Sanfuentes (según la banda, la separación explica que Fusión haya descatalogado el disco
Desiertos). Para poder promocionar el trabajo en radios, el grupo debió encargar a Buenos Aires dos mil singles a partir de un DAT con el que se habían quedado. El video para "Desiertos" lo pagaron con su propio dinero. Pero eso era un esfuerzo menor al lado de lo que se vino después: deprimido por la muerte de su madre, entre otras causas, Aboitiz anunció su retiro poco antes de entrar a estudio.
«Fue un tropezón conocer la noticia», recordaría luego
Beto Cuevas, «pero Andrés rompió el escepticismo: "No importa; le pediré plata a mis papás para comprar un Roland W-30 y secuenciar los teclados
". Con ese sonido y con esa actitud salimos adelante». Fue entonces como cuarteto que La Ley trabajó y presentó
Doble opuesto (1990), un disco en el que se regrabaron dos títulos ya antes incluidos en
Desiertos ("Desiertos" y "Qué va a suceder"), se agregó su versión para "Angie", de los Rolling Stones (hasta entonces sólo conocida en vivo), y se cuidó cada detalle pensando en un sonido de impacto. Y así fue: la banda consiguió ubicar cuatro singles en radios ("Prisioneros de la piel" y "Doble opuesto", entre ellos) y una invitación para participar del Festival de Viña del Mar 1993. El carisma de
Beto Cuevas y la sólida base musical del grupo habían cautivado al público y la industria.
El éxito les permitió grabar con un mucho mejor presupuesto su siguiente álbum. Con una carátula que saludaba al Sgt. Pepper's, de los Beatles,
La Ley (1992) fue un disco ambicioso que hizo que el grupo comenzara a acariciar la posibilidad de internacionalizar su música. Primero "Autorruta" y luego "Tejedores de ilusión" llamaron la atención de un público amplio, que justificó los primeros viajes de promoción a Argentina y México. Un año más tarde, un contrato publicitario con Pepsi confirmaba su dirección de imparable ascenso.
La tragediaNadie podría haber previsto que el siguiente disco de La Ley se presentaría como un tributo. Pero la tragedia golpeó al conjunto del peor modo imaginable: la madrugada del 10 de abril de 1994,
Andrés Bobe chocó en su moto tras un concierto benéfico y no logró llegar con vida al hospital. Además del dolor por la muerte de un amigo, La Ley no pudo evitar replantearse qué haría a partir de entonces sin su principal compositor y productor. El grupo ya había decidido radicarse en México, y contaba con bases y guitarras ya grabadas por el guitarrista para la grabación del siguiente álbum. Su decisión de continuar fue, según
Beto Cuevas, «en honor a su talento». Y fue inevitable que el papel de líder recayera a partir de entonces en el carismático cantante.
La partida de
Bobe les abrió las puertas a dos nuevos integrantes.
Pedro Frugone llegó a ocuparse de la guitarra, mientras que Rodrigo Aboitiz reapareció como tecladista. El título del siguiente disco aludió a la presencia intangible de
Bobe: cuatro de los doce temas de
Invisible (1994) incluían su apellido en los créditos de composición. Con canciones en tres idiomas, el álbum logró un récord de venta en Chile, con cinco singles destacados en radios (entre ellos, "El duelo" y "Hombre"). Las pruebas le habían permitido al grupo componer una de las mejores canciones de su carrera, "Día cero":
«Me dolía mucho ver cómo los medios no daban un peso por nosotros a nivel creativo tras la muerte de Andrés y cómo intentaban sepultarnos en vida», explicaría luego
Beto Cuevas. «La mezcla de esa angustia y de las ganas de mandar todo al infierno dio como resultado una letra que tenía que ver con nuestra necesidad de renacer después del duelo». Es cierto que los comentarios no fueron siempre alentadores, pero la banda estaba convencida de su firmeza interna. Sin dudar, La Ley concretó su anhelada mudanza a México en marzo de 1996.
Los discos posteriores debieron analizarse como los de un grupo de alcance continental, que —con mayor o menor eficacia— apuntaba su música a un mercado global. A medida que se fueron lanzando, el grupo intentaba presentar un sutil concepto asociado:
Vértigo (1998) era la alienación ante la incertidumbre futurista —y se apoyaba, por eso, en una pesada base electrónica; con una mala recepción para el single "Fotofobia"—, mientras que
Uno (2000) sostenía en la simpleza de melodías como "Aquí" y "Fuera de mí" su convicción en el valor de lo básico.
Fueron discos trabajados íntegramente en Norteamérica, pero con dos formaciones distintas, pues entre uno y otro se produjo la salida de Rodrigo Aboitiz (1997) y Luciano Rojas (1998), músicos que se unirían luego en el grupo
Saiko.
Uno, de hecho, tuvo ese título para mostrar unidad en la nueva formación de trío y como una forma de decir que la banda empezaba de nuevo, como explicó varias veces
Beto Cuevas.
Una promoción preferentemente internacional fue marcando una lógica distancia con el público chileno, la cual el grupo no logró nunca más acortar. Sus conciertos en Santiago se convirtieron en encuentros excepcionales y nunca masivos, en contraste con las extensas giras y los teatros llenos de México. El fenómeno de La Ley en ese país les recuerda a los mayores lo que, décadas antes, habían logrado
Los Ángeles Negros. Lo único cercano a lo multitudinario por entonces en Santiago fue el show gratuito que la banda ofreció en noviembre del 2001 en la Plaza de Armas (con
Jorge González como invitado especial, poco antes de la reunión de
Los Prisioneros).
Fue éste el período de mayores cosechas internacionales para La Ley: Grammy al Mejor Álbum de Rolk Alternativo Latino 2000 (por
Uno), participación en la banda sonora de
Crazy beautiful (con el tema "Everytime") e invitación al
Unplugged de MTV, en Miami (con cuyo registro ganaron un Grammy Latino al Mejor Álbum Vocal Rock de Grupo 2001). Presentaciones por toda América y España los ocuparon durante un par de años, y la preparación del álbum
Libertad se desarrolló con el trío viviendo en California. Allí atestiguaron la delirante «guerra contra el terror» que por entonces animaba la administración de George W. Bush, y decidieron opinar al respecto. La carátula del disco aludía a la impuesta censura en tiempos de tensión política, y la canción "Ámate y sálvate" incluía versos como
«Ama a tu enemigo / cuelga tu ambición / Sobreviviremos / a la desolación».
Hasta pronto, La LeySeguros en una posición internacional largamente anhelada, La Ley pudo permitirse al fin ciertos lujos. Y el más llamativo de ellos fue su decisión de darse una pausa a partir de agosto del 2005, definida una y otra vez como «un descanso, no una separación». «No somos una enciclopedia de cómo se debe llevar a cabo la carrera de una banda de rock latino, pero sí pienso que después de quince años es bastante sano hacer cosas por separado», afirmó
Beto Cuevas, quien anunció de inmediato la preparación de un disco solista y participaciones en cine. También
Pedro Frugone y
Mauricio Clavería hablaron de ideas musicales que desarrollarían por separado.
La banda organizó la despedida de rigor: un disco antológico (
Historias e histeria, con trece éxitos y tres temas inéditos), el anuncio de una biografía escrita y una gira latinoamericana con exitosas paradas en varios países y más de dos meses de presentaciones por México. Un contraste cruel con Chile, donde el grupo no logró entusiasmar a más de cuatro mil personas para su último concierto local, el 1 de junio en Espacio Riesco (el último concierto de la gira completa fue el 29 de septiembre, en el Luna Park, de Buenos Aires). Un par de meses antes, la banda les había regalado a sus fanáticos una estampa histórica, al invitar a
Coti Aboitiz y Luciano Rojas al escenario del Festival de Viña 2005. La Ley sabe de gloria internacional y es lo suficientemente generosa para no reparar en «el pago de Chile». Su entusiasmo de esa noche en la Quinta Vergara fue como el de los deportistas que vuelven a casa con medallas olímpicas.
Luego de la última actuación formal de La Ley como tal (3 de noviembre del 2005, en el la fiesta del Grammy Latino, en Los Ángeles) es mejor seguirle la pista a sus integrantes en sus respectivas carreras solistas, cada vez más auspiciosas. En declaraciones a fines del 2005,
Pedro Frugone sugirió que pasará mucho tiempo antes de que La Ley se reforme. Según él, «el grupo se acabó, al menos para mí». La misma distancia hacia la idea de una reunión han manifestado sus compañeros en posteriores entrevistas.
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Marisol García
Foto: Warner